“La fronda es fábrica de vida; la poda sin razón es… cortar beneficios.”

Cada otoño; incluso antes, comienza en muchas ciudades una extraña procesión de podas intensivas que despojan a los árboles de lo que les da sentido: sus hojas. En la mía, lamentablemente, también. Suele hacerse sobre naranjos, pero no faltan moreras, plátanos, olmos o cualquier especie que alguien haya decidido “limpiar” para el invierno.
Se embolan, se pelan, se mutilan. Y mientras tanto, se ignora que esos millones de hojas arrancadas a golpe de cortasetos; o en el peor de los casos, con motosierra, no son un adorno: son una fábrica viva de aire limpio. Tampoco son un residuo ni un problema estético. Son unidades fisiológicas prodigiosas. Son, literalmente, el pulmón verde que filtra y transforma la atmósfera que respiramos. Cada hoja es un laboratorio de luz y carbono. Allí se produce la fotosíntesis, ese proceso milenario e increíble, mediante el cual las plantas convierten la energía solar en oxígeno y, por tanto, en vida. Un fenómeno bioquímico tan sofisticado como indispensable, que sustenta toda la cadena trófica del planeta y hace posible nuestra propia existencia. Cada estoma, cada cloroplasto, trabaja incansablemente para capturar CO₂, liberar oxígeno y, de paso, refrescar el aire y aportar humedad ambiental.
Eliminar hojas sin razón es interrumpir ese ciclo sagrado. Es desactivar pequeñas fábricas de salud en plena producción. Y hay más: las hojas son superficies de captura. A mayor superficie foliar, mayor retención de partículas en suspensión. A más hojas, menos polvo, menos PM10, menos PM2.5. Más salud. Más vida. Menos problemas. Es cierto que, en el caso de los naranjos urbanos, la caída de los frutos puede implicar molestias reales: manchas, olores, riesgo de caídas, vandalismo, e incluso problemas higiénico-sanitarios en determinadas zonas. La retirada de estos frutos debe contemplarse, por tanto, como una intervención justificada. Pero una cosa es gestionar los frutos, y otra muy distinta es arrasar con la fronda. La recogida puede hacerse sin recurrir al deshojado completo ni a podas mutilantes. Lo contrario revela más comodidad operativa que racionalidad técnica.

Porque podar no es mutilar. No lo es en arboricultura moderna. Entonces, ¿por qué se perpetúa esta práctica? Por inercia, por estética mal entendida, por cronogramas administrativos rígidos… o, sencillamente, porque “siempre se ha hecho así”. Se alega riesgo, se alega limpieza… pero rara vez se justifican estas decisiones con criterios científicos. El resultado: un gasto inútil, un daño evitable al árbol, una pérdida tangible de beneficios ecosistémicos y, en definitiva, una traición a la lógica natural y al sentido común.La poda no es ni debe ser mutilación. En arboricultura moderna, podar significa intervenir con sentido, cuando es estrictamente necesario: para resolver un conflicto estructural, una cuestión sanitaria o una interferencia grave. Todo lo demás es agresión gratuita. Y además, costosa. Porque cada vez que “pelamos” un naranjo, no solo le arrebatamos su capacidad fotosintética y su poder de filtrado: también tiramos dinero público.
En el contexto actual de emergencia climática; declarada por múltiples instituciones y evidente en nuestros veranos cada vez más extremos, no hay solución más natural ni más eficiente que el árbol urbano. No hay toldo, ni pérgola metálica, ni artefacto de refrigeración que iguale la capacidad de un árbol sano y frondoso para reducir la temperatura, purificar el aire y amortiguar el estrés térmico. Un árbol no es un ornamento: es infraestructura viva, climática, social y emocional. Así, cuando se despoja a un árbol de sus hojas, no solo se le resta eficacia ecológica, también se debilita su fisiología. Se pieede evapotranspiración, se eliminan estomas, esos poros donde ocurre el intercambio de gases, y se reduce su aporte de oxígeno. Podar sin necesidad es, literalmente, podar calidad de vida.

Urge un cambio de mirada. Urge comprender que las hojas no son basura, sino aliadas. Que barrer una acera es menos costoso que inhalar aire contaminado. Que un árbol frondoso no es un problema, sino una oportunidad. Y que la planificación urbana debe dejar atrás la costumbre para abrazar el conocimiento científico y la sensibilidad ambiental. Porque las hojas no solo caen. También respiran, filtran, protegen… y nos sostienen. Y si las dejamos estar, tal vez descubramos que, además de cubrir las calles de belleza, también limpian el aire. Y por si hicieran falta más argumentos, ahí está el dato. Según el diagnóstico elaborado por el propio Ayuntamiento en el marco de su “Agenda Urbana, Antequera” se encuentra entre las ciudades con peor calidad del aire de España, especialmente por los niveles de partículas PM10. No lo dice quien firma este texto: lo reconoce el Observatorio de la Sostenibilidad en su informe de 2021, citado en dicho documento oficial. En una ciudad con semejante urgencia ambiental, cada hoja que se elimina antes de tiempo es una oportunidad perdida de filtrar, de mitigar, de sanar. No deberíamos seguir consintiendo que la poda sea un gesto de rutina, ni que la ignorancia gane terreno a la evidencia científica. Si los árboles urbanos son nuestros mejores aliados, cuidarlos con inteligencia debería ser una prioridad irrenunciable. Porque el aire que respiramos también depende de la política… y de la poda.
Gracias, cuídense. | Juan Manuel Ruiz Cobos

Juan Manuel Ruiz Cobos es un experto en Jardinería con más de 30 años de experiencia en el diseño, creación y mantenimiento de espacios verdes urbanos. Director técnico de Jardines de Icaria y presidente de la Asociación Multisectorial de la Jardinería Andaluza. Ávido de conocimientos y actualización de técnicas tiene una extraordinaria formación en Infraestructuras Verdes Urbanas. Apasionado de la lectura y de Antequera, de su historia y de su desarrollo como ciudad, de sus costumbres y de su patrimonio cultural, artístico, paisajístico y gastronómico. Gran conocedor, amante y defensor de su pueblo, al que lleva siempre donde quiera que vaya.





