Particulares | Inma Puche
Desde que recuerdo, siempre entendí que mi familia era, por decirlo de alguna manera,
particular. Mis abuelos, con quienes vivíamos, nos enseñaron muchos valores, pero a la vez eran esclavos de muchas manías, y yo, en mi aprendizaje, iba con todo incluido.
Aquellas tardes con el abuelo Clemente, en el sótano de la casa. Allí, en su pequeño taller,
pasaba las horas dándole forma a tarugos de madera y convirtiéndolos en preciosas figuritas.
Las pulía una y otra vez, hasta conseguir maravillosas creaciones que terminaba quemando en
el fogón de la cocina cada lunes. Su trabajo era infinito, cotidiano, sin utilidad aparente. Ante
mi curiosidad siempre respondía:
ꟷEl fuego lo purifica todo.
Luego estaba la abuela María. Pasaba las horas lavando trapos, casi de manera enfermiza.
Todo lo que encontraba acababa en la pila y si te descuidabas, podía quitarte hasta la ropa
recién puesta para volver a lavarla cuando estaba limpia. Sus manos menudas, siempre rosadas,
sufrían irremediablemente sabañones en invierno.
Jesús, mi padre, también era especial. Su obsesión por controlar el tiempo lo llevaban a un
mundo donde todo estaba bajo la batuta de las manecillas del reloj. No había habitación en la
que faltara uno. Tanto sus rutinas cotidianas como las nuestras se regían por el severo
minutero que dictaba qué debía hacerse y cuando: desayuno a las nueve, almuerzo a las dos,
cena a las ocho. Nadie podía alterarlo. Su mundo giraba de minuto a minuto delante del reloj.
Mamá intentaba poner un poco de cordura en esta familia tan peculiar, pero sabíamos que sus
eternos dolores de cabeza la recluían en su dormitorio, del que podía no salir en toda una
semana. Cuando eso ocurría, mi hermana Talía tomaba el relevo e intentaba calmar nuestra
hambre con una cacerola de arroz hervido.
Nuestro hermano mayor, Lucas conocedor de la disciplina absurda de la casa, intentaba por
todos los medios salir de esa prisión sin sentido. En plena adolescencia, se rebelaba, y los
enfrentamientos hacían estragos. Cada vez que eso sucedía, los dolores de cabeza de mamá se
agudizaban. El abuelo se bajaba rápidamente al sótano mientras la abuela acumulaba más
trabajo. Papá se desorientaba y hasta los relojes se desincronizaban. Talía aumentaba las
raciones de arroz hervido. Y yo me movía en ese caos sin un modelo claro de actuación.
Mi amigo Pepito frecuentaba con asiduidad mi casa y también lidiaba con ese ambiente. No sin
razón me comentó un día:
ꟷChico, creo que estamos rodeados de idiotas.
Yo me enfadaba con él, defendía a los míos y le dije que no eran idiotas, solo diferentes.
Por casualidad, una tarde apareció un primo de mamá, Agustín, un aventurero. Llegó cargado
de maletas repletas de libros que no conocíamos y que nos cambiaron la vida. En pocas
semanas, el ambiente se transformó radicalmente. Mamá estaba encantada, no se quejaba de
sus migrañas y cocinaba ricas comidas para el nuevo huésped, que todos degustábamos. Papá
se olvidó mirar los relojes, absorto escuchando sus historias. El abuelo dejó de quemar
figuritas, y la abuela pidió una lavadora, para tener más tiempo para oír sus andanzas. Pepito y
yo nos volvimos inseparables de él. Talía y Lucas pudieron escaquearse sin ser molestados.
El tío Agustín, de mente abierta, vino a salvarnos de la estrechez de miras que reinaba en
nuestra casa.
Fue el verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, papá dejo por fin de medir el tiempo y los
abuelos dedicaron momentos para amarse.
Inma Puche

INMA PUCHE MANZANO
Antequerana y de profesión comerciante, estuvo 40 años detrás de los mostradores de un pequeño negocio familiar textil muy querido en la ciudad.
Madre de dos hijos maravillosos.
A día de hoy, dispone de tiempo para disfrutar de sus pasiones: estar con la familia, con amigos, viajar, la pintura, las manualidades, restauración y últimamente la escritura.
Desde el mes de marzo pertenece al Taller Antequerano de Escritura Creativa, donde junto a sus compañeros y a su profesor, desarrollan este arte y sobre todo los relatos breves. Se sorprende de cómo, con tan pocas palabras, se puede narrar una historia. Y se hace eco de los momentos donde es leído, escuchado y ese ambiente que se crea alrededor de la lectura.
Es autora de ‘Biografías del Alma’.*
Le encanta aprender de los trabajos de investigación, que a veces tiene que llevar a cabo para “retratar” a un personaje, en terrenos que no conoce, o en ciudades lejanas, sus formas de vida y costumbres. Trasladar al papel descripciones, que te hacen adentrarte de lleno en la figura reseñada, penetrar en la piel del protagonista o protagonistas y vivir con igual emoción como ella pone en todo lo que hace.
Agradecida, disfruta del momento presente y de todo lo bueno que tiene la vida.
*atqmagazine pidió en su día a Inma su colaboración con nuestra revista para ir contando esas ‘Biografías desde el alma’ con las que suele describir a distintas personas de otras ciudades y de la sociedad antequerana, que iremos publicando en nuestro digital en una sección específica.
A ella también le hicieron una biografía. Pon auriculares y sube volumen:






