Cuando las canciones nos conocen | Encuentro de Corales en Antequera

«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine

Se celebró el pasado 19 de septiembre en San Juan de Dios en Antequera el concierto «Dos ciudades y una sola voz». Un encuentro musical entre las corales ‘Ciudad de Antequera’ y ‘Alminares de Nerja’.

…Haciendo memoria de una tarde en la que las canciones hicieron de puente entre personas, ciudades y recuerdos.

Hay repertorios que nos escuchan a nosotros, a quienes estamos como público disfrutando y sintiendo. A veces uno va a escuchar música y sale habiendo escuchado algo más, quizá una parte de sí mismo. Una canción que creía olvidada. Quizá, sencillamente, la certeza de que afortunadamente quedan momentos donde un puñado de personas puede reunirse para cantar y conseguir que durante un rato el mundo parezca un sitio bastante más amable…

Eso me ocurrió en San Juan de Dios con el encuentro de la Coral Ciudad de Antequera y la Coral Alminares de Nerja. Dos corales, dos ciudades, muchas voces y una idea extraordinariamente sencilla: juntarse para cantar.
A veces las mejores ideas son precisamente tan sencillas como esta.

Estos dos temas fueron el final del concierto. Ambas agrupaciones juntas, dirigidas por sendos directores. Un bonito final para un concierto precioso:

Ambas corales dirigidas en esta ocasión por Manuel Ruiz Campos

Ambas corales dirigidas en esta ocasión por José Eugenio Vicente Téllez

La tarde había empezado mucho antes de que se levantara el telón. La coral nerjeña llegó a Antequera para conocer la ciudad, pasearla, compartir conversación y unas horas con sus anfitriones. Había patrimonio, pero también algo menos fotografiable y bastante más importante: tiempo. Tiempo para mirarse, reconocerse, contar historias, intercambiar experiencias de ensayos, nervios, repertorios y pequeñas batallas de la vida coral. El concierto comenzó, en realidad, allí.

Porque cantar juntos después de haber pasado juntos unas horas no es exactamente lo mismo que cantar juntos sin conocerse. La música tiene esas cosas. Se diría que también escucha.

Y después llegaron las canciones. El repertorio elegido tenía una virtud que no siempre se valora lo suficiente: sabía dónde estaba el público. No buscaba impresionarnos desde la distancia, querían invitarnos a entrar. Zarzuela, canción popular, bolero, música mejicana, …canciones de siempre. Melodías que no necesitan presentación porque llevan años presentándose solas en nuestras vidas.

Entonaron Los Nardos, con ese pasacalle que parece caminar solo; la Ronda de los Enamorados, de La del Soto del Parral; las sevillanas de El Bateo…
Y uno comprende entonces que la música popular tiene un extraño poder de convocatoria, porque puede reunir en una misma sala a personas de edades, historias y gustos diferentes y conseguir que, de pronto, todos sepamos algo. O recordemos algo que habíamos oído alguna vez en nuestra vida aunque sea solamente un estribillo.

El Brindis de la Traviatta, de Verdi:

Después llegaron Alma, corazón y vida y Eres tú, transformada esta última en bolero, y con ellas apareció esa zona de la memoria donde las canciones dejan de ser canciones para convertirse en habitaciones. Uno entra en ellas y allí siguen ciertas voces, determinadas tardes, algún verano, alguien que ya no está, alguien que todavía está. La música popular tiene ese imán. No necesita explicarnos por qué nos emociona. Le basta con recordarnos que alguna vez fuimos felices, o que alguien lo fue con nosotros.

La Llorona llevó la tarde desde Méjico hasta nuestros recuerdos ( creo que el de muchos, pero al menos los míos, escuchando a mi madre mientras planchaba). Hay canciones que parecen haber nacido cansadas de guardar secretos y esta es una de ellas. Cada nota trae consigo una historia, una pena, una tierra, una manera de entender la nostalgia. Pero incluso la tristeza, cantada entre muchas voces, puede convertirse en una forma de celebración.

Amigos, fue el medley dedicado a las canciones de Roberto Carlos, había además una especie de subrayado secreto. Porque aquel concierto trataba precisamente de eso. De la amistad. De la visita devuelta. De la hospitalidad. De dos agrupaciones que habían compartido antes escenario en Nerja y que ahora se encontraban en Antequera. De esas relaciones que empiezan con una canción y terminan siendo otra cosa.

Insisto en que hay repertorios que nos escuchan a nosotros. Por eso funcionó tan bien. Porque no exigía conocimientos previos ni solemnidad. Bastaba con dejarse llevar. Quien disfrutara de la zarzuela tenía dónde agarrarse. Quien prefiriera la canción popular, también. Y quien simplemente había venido dispuesto a disfrutar o a reconocer alguna melodía acababa descubriendo que reconocer una canción es, muchas veces, reconocerse a uno mismo.

La felicidad de aquella tarde tenía algo de contagioso. Se podía percibir incluso entre canción y canción, en esa complicidad silenciosa del público cuando llega una melodía conocida y antes de que aparezca la primera palabra ya sabemos lo que viene. Es otro de los pequeños milagros de la música, durante unos segundos, cientos de personas comparten exactamente la misma expectativa.

Y entonces llegó el momento que parecía estar esperando todo el concierto. Las dos corales se unieron para cantar Torrevieja y las Seguidillas de La Verbena de la Paloma. Ya no eran dos agrupaciones. Eran una. (Vídeos del comienzo de mi crónica)

Muchas voces, distintas procedencias, dos ciudades y un palpitar común. La escena tenía algo de metáfora, pero de esas metáforas que no necesitan que nadie las explique. Bastaba con escuchar.

Yo digo que ahí estaba el verdadero sentido del encuentro. No en demostrar quién canta mejor, ni en convertir la música en competición, sino en descubrir que una voz gana cuando se encuentra con otras. Que cantar juntos obliga a escuchar. Y que escuchar al otro es, como en la vida, probablemente, una de las formas más sencillas y más olvidadas de convivencia.

Vivimos demasiado deprisa. También yo; o yo el primero aunque esté jubilati. Vamos de un sitio a otro acumulando obligaciones, mensajes, horarios y pequeñas urgencias que mañana nos parecerán ridículas. Y, de repente, una tarde cualquiera, un grupo de personas se pone a cantar y nos recuerda que todavía sabemos detenernos. | ChLL

¡Qué extraño poder el de unas canciones!. No arreglan el mundo. No pretenden hacerlo. Pero durante el tiempo que duran pueden cambiar nuestra manera de estar en él y lo hacen más bonito.

Después de todo, tal vez la música popular lleva siglos haciendo exactamente eso: ponernos de acuerdo sin preguntarnos antes si estamos de acuerdo. Una melodía empieza, alguien la reconoce, otro sonríe, una tercera persona recuerda dónde la escuchó por primera vez. Y ya está. El puente ha sido tendido.


Y es verdad verdadera que algunas canciones que pasan por nuestros oídos y, casualmente, encuentran una puerta mucho más difícil de localizar, entran en nuestros recuerdos, en nuestras vivencias … Y se quedan dentro, como lluvia suave de agua fresca que hace más llevadero el verano.

Gracias, Corales, por la felicidad que nos dais.

Ana Gómez, presidenta de la coral antequerana, agradeció al público la asistencia y el cariño de todos y anuncíó que se sentían tan bien con la coral invitada que querían entregarle unos detalles de agradecimiento y admiración.

Pidió a Ani Solórzano y a Pepi Giráldez que, en nombre de su coral, le entregaran flores y ese símbolo torcaleño, tan antequerano.

La coral nerjeña también quiso entregar a Antequera un detalle de bien hallados entre ellos:

Nota: Tengo más vídeos, pero, como estos, tampoco tienen calidad de grabación ni de sonido. Me he acostumbrado al automatismo de que mis manos sujeten mi móvil pachanguerillo para documentar y poder contaros, mientras yo disfruto de lo que veo, escucho y siento.
Eso sí, está claro que no es lo mío esto de las grabaciones. Pido perdón por el sonido y las imágenes poco nítidas que mi dispositivo móvil no transmite lo bonito que fue. | ChLL