«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine
Por primera vez, al menos en un acto de estas características, Menga abría su espacio milenario para acoger la presentación de Cantos a Menga, el último poemario del escritor antequerano Nicolás Ramos Pérez.
El acto, organizado por el Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera en colaboración con el sabio catedrático Juan Benítez reunió a una nutrida representación del mundo cultural de la ciudad, que pudieron acceder a la oferta pública pero limitada de invitaciones a este momento histórico.
El tiempo en Antequera no parecía detenerse, este pasado 24 de septiembre. Pero a a las 19:30 horas, en el interior del Dolmen de Menga, se multiplicaba sobre sí mismo para abrazar cinco milenios de historia.
Quienes tuvimos la oportunidad de cruzar aquella tarde el umbral del monumento no asistimos simplemente a la presentación de un libro. Asistimos a un encuentro poco habitual entre la palabra contemporánea y uno de los grandes testimonios en piedra de la Prehistoria europea.
La velada comenzó de la mano de Juan Benítez Sánchez, catedrático ya jubilado, investigador de la tradición oral, escritor y estudioso apasionado también de la historia literaria de Antequera. Su intervención fue mucho más que la presentación de un poemario. Fue un recorrido por la relación entre Menga y la mirada que, a lo largo de los siglos, han proyectado sobre ella historiadores, escritores y viajeros.

Recorrió las primeras referencias al dolmen, desde las menciones eclesiásticas del siglo XVI hasta las interpretaciones, en ocasiones equivocadas, que llegaron con los viajeros y eruditos del siglo XIX, como Rafael Mitjana. Y recordó también una circunstancia especialmente reveladora, que la presencia de Menga en la historia de Antequera ha sido enorme, pero su presencia estrictamente poética no siempre estuvo a la misma altura.
Comentó que, desde Pedro Espinosa y el esplendor literario del Siglo de Oro hasta autores posteriores como Baltasar Martínez Durán, la ciudad ha producido una larga tradición de escritores. Sin embargo, aquella gigantesca construcción de piedra permanecía, en cierto modo, esperando que alguien la escuchara desde la poesía.
Ese alguien ha sido Nicolás Ramos Pérez. Nacido en Antequera en 1962, diplomado por la Universidad de Granada, fundador de la conocida Lectura de la Canela y autor de títulos como Azulada sal, Flores altas o El universo amante. Nicolás, ( nos dijo Juan) , pertenece a esa estirpe de poetas para quienes el verso no es únicamente inspiración, es también oficio.

También nos comentó Juan Benítez que hay en su escritura una atención casi artesanal a la palabra, a la métrica, a la música interna del poema. Una paciencia que exige volver sobre cada verso hasta encontrar su lugar exacto. Y quizá por eso Menga parecía un escenario especialmente apropiado para presentar esta obra.
Siguió avanzando que lo verdaderamente singular de Cantos a Menga está en la relación que el poeta establece con el dolmen. Nicolás Ramos no contempla Menga desde fuera. No la trata únicamente como monumento arqueológico ni como símbolo turístico de Antequera. La convierte en interlocutora. La piedra habla.
A través de la prosopopeya, el dolmen adquiere voz, memoria y conciencia. Menga deja de ser solamente una construcción levantada hace miles de años para convertirse en una presencia que observa, recuerda y dialoga con quienes han crecido a su alrededor.

En esa mirada hay también una dimensión profundamente personal. Ramos conoce Menga desde niño. La ha contemplado de día y de noche, ha jugado en sus proximidades y ha crecido bajo la presencia de esas enormes piedras. El monumento, por tanto, no aparece en el poemario como una pieza arqueológica distante, sino como parte de una memoria íntima. Una roca madre. Una presencia anterior a nosotros que, sin embargo, forma parte de aquello que somos.
Esa fue quizá una de las claves de la tarde: escuchar esos versos precisamente allí donde fueron pensados. Dentro de Menga, las palabras adquirieron una resonancia distinta. La voz del propio Nicolás Ramos, grave y pausada, encontraba en las piedras un extraño compañero de lectura. El espacio hacía el resto.

Durante unos minutos, la arquitectura megalítica dejó de ser únicamente arquitectura. Las enormes losas que durante miles de años han permanecido inmóviles se convirtieron en una especie de caja de resonancia para la poesía. Y entonces se entendía mejor el propósito del libro. No se trataba simplemente de escribir sobre Menga. Se trataba de dejar que Menga hablara.
Sus versos, pronunciados en el interior del dolmen, adquieren una dimensión difícil de reproducir fuera de allí. Porque en ese momento desaparece, aunque sea por unos instantes, la distancia entre el poeta y aquello que contempla. Hay que entenderlo así. Son cinco mil años y un libro de poemas de sus entrañas.
Hay algo especialmente hermoso en que un monumento concebido por seres humanos hace aproximadamente cinco milenios vuelva a convertirse, en el presente, en espacio para la creación humana.
Menga fue construida para una comunidad cuyo mundo apenas podemos reconstruir. Sabemos de sus piedras, de su orientación, de su relación con el paisaje y de la complejidad técnica que hizo posible levantarla. Podemos estudiar sus materiales, su arquitectura y su significado arqueológico. Pero no podemos escuchar directamente las voces de quienes la construyeron.
Escuchamos decir al sabio catedrático que la poesía no puede resolver ese silencio, pero sí puede acercarse a él de otra manera. Eso es lo que hace Nicolás Ramos, él no pretende explicar Menga. La escucha.
Y en ese gesto reside buena parte de la singularidad de Cantos a Menga. El poemario establece un puente entre dos tiempos que normalmente contemplamos por separado: la Prehistoria y el presente, la piedra y la palabra, la arqueología y la literatura.
Por eso la presentación del 24 de septiembre tuvo algo más que el interés de una novedad editorial. Fue también un gran acontecimiento cultural para Antequera. No todos los días un monumento de cinco mil años se convierte en escenario de una obra que intenta devolverle la voz.
Antequera tiene la fortuna y también la responsabilidad de convivir con uno de los conjuntos megalíticos más extraordinarios de Europa. Menga no necesita que la literatura la haga importante. Su valor histórico, arqueológico y patrimonial está fuera de toda duda. Pero la literatura puede hacer algo diferente. Puede cambiar nuestra manera de mirar.
Cuando volvamos a mirar Menga después de Cantos a Menga, quizá resulte un poco más difícil pasar junto al dolmen y verlo únicamente como una sucesión de enormes piedras prehistóricas. Porque ahora, entre sus losas, queda también la voz de un poeta antequerano que decidió acercarse a ellas no como quien contempla un monumento, sino como quien conversa con un antepasado.
El 24 de septiembre, se celebró durante unos minutos, un acontecimiento histórico. Cinco mil años de silencio encontraron una voz. Y esa voz fue la de Nicolás Ramos Pérez.
Quizá ese sea, al final, el verdadero valor de Cantos a Menga. Recordarnos que hay lugares que no necesitan hablar para decirnos quiénes somos. Solo necesitan que alguien sepa escucharlos.
Meritorio documento visual de Fernando del Pino, que inmortaliza este momento histórico celebrado en el interior del dolmen de Menga ( Patrimonio Mundial) en el Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera:
Vídeo de Fernando del Pino con las palabras de Juan Benítez y los poemas que recitó Nicolás Ramos.















