«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine
Con Inma Pérez García ha nacido una nueva estrella en el panorama literario antequerano.
La otra tarde, con la sala Antonio Parejo de la Biblioteca Municipal San Zoilo, de Antequera, hasta la bandera, con personas de pie y la emoción ocupando los huecos que ya no dejaban libres las sillas, asistimos al florecimiento de algo que llevaba muchos años creciendo en silencio; …no era únicamente la presentación de un poemario…
No sé si fue la calidez de la sala abarrotada, la complicidad de quienes la aprecian de verdad, la profundidad de unos versos que no necesitaron levantar la voz para entrar dentro o aquella manera tan delicada de terminar el encuentro. Quizá fue todo junto. Lo cierto es que salimos con la sensación de haber asistido a algo más bonito (si es que cabe) que la presentación de un libro.

La primera señal de que la tarde iba a tener algo especial estaba a la vista. No cabía un alfiler. Las sillas ocupadas, la gente de pie y ese murmullo de expectación que se produce cuando quienes acuden no vienen solamente a escuchar a una escritora, sino también a acompañar a una persona querida.


«Alma» Puche Manzano fue la encargada de presentar a Inma Pérez García. Y no lo hizo desde la distancia formal de quien introduce a una autora ante su público, sino desde la cercanía de quien conoce sus luces, sus sombras y los caminos que la han traído hasta aquí. Alma es su amiga, de esas amigas que son también hermanas aunque no compartan apellidos.

Vayamos por partes, Alma Puche es una artista versátil, que escribe, pinta, hace monólogos ingeniosos de humor cotidiano y tiene esa rara habilidad de poner colores dulces en la vida de los demás. Una capacidad que, por cierto, no se queda en una bonita definición. También ha ilustrado el interior de Sembrando bambú con unas viñetas de gran belleza, pequeñas ventanas gráficas que acompañan al lector en su recorrido por el universo de Inma Pérez García en «Sembrando Bambú».
Así presentó, «Alma» Puche Manzano a Inma Pérez García, autora de «Sembrando bambú».

Este libro tiene también mucho de encuentro entre sensibilidades. La portada, que es obra de Cristina Trujillo, hija de la autora, aporta otra mirada, otro lenguaje y otro gesto de amor. Es una cubierta realista, sin concesiones a la dulcificación de la realidad, pero capaz de contener la dimensión poética de lo que aguarda dentro. A mi modo de ver, define muy bien el espíritu del poemario, porque la belleza no consiste en maquillar las heridas, sino en encontrar una manera de mirarlas sin apartar los ojos.
Es una metáfora muy acertada, un corazón «hundido en la tierra», y capaz de hacer florecer, tiene esa pinta real menos parecida al idílico corazoncito rojo de los mundos de Yupi.

«Alma» fue conduciendo la conversación con Inma a través de preguntas muy bien puestas ¿qué une poemas escritos en momentos diferentes?, ¿cómo pueden convivir en una misma voz la voluntad de superación, la ternura, el dolor íntimo y la rabia ante las injusticias del mundo?…
Inma fue contando el proceso, el hilo conductor del poemario y leyendo algunos poemas del libro.

Fue contando por encima los capítulos. En «Las semillas», Inma recupera los poemas de su adolescencia, las primeras idealizaciones del amor y las emociones que marcaron sus comienzos. En «La Tierra y el abono«, la poesía se arraiga en el paisaje, la memoria y los afectos, evocando lugares significativos y la presencia de sus padres. Con «Las Malas Hierbas«, su voz se transforma en denuncia y compromiso ante las injusticias, el sufrimiento de la infancia y las heridas del mundo actual. La sensibilidad personal se convierte así en una mirada solidaria, capaz de dar voz a quienes más la necesitan.
Pero este puente también atraviesa los inviernos de la condición humana. En «La espera», Inmaculada no se esconde en su intimidad; abre de par en par las puertas de su “trinchera” cotidiana para hablarnos de la dureza de conciliar, de los silencios, de ser mujer, …
En «La Planta Crece«, reflexiona sobre la experiencia de mujer, madre y trabajadora, y sobre la fortaleza adquirida a lo largo de la vida. Finalmente, «Meditaciones Poéticas» abre un espacio de contemplación y de comunión con la naturaleza, donde el agua, las nubes, la lluvia y el universo se convierten en símbolos de libertad y transformación. El recorrido del poemario refleja ese proceso de crecimiento personal y poético en el que las raíces del pasado, las dificultades del presente y la búsqueda de la luz se entrelazan para celebrar la vida y la capacidad de seguir creciendo.
Durante la presentación, Rocío Testa, Teresa Santiago y Ángel Torres Sanzo se sumaron a la lectura de algunos versos, prestando sus voces a ese universo que Inma había ido construyendo a lo largo de los años.
Fue bonito también comprobar cómo un poema, nacido en la intimidad de quien escribe, puede abandonar por un momento a su creadora y encontrar alojamiento en otras gargantas. Cada voz aporta una cadencia, una pausa, una manera de acariciar las palabras. Y, sin embargo, el poema sigue siendo el mismo y también empieza a ser de todos.
Siempre he pensado que ese es otro de los pequeños milagros de la literatura, que consigue que algo tan íntimo como una emoción individual se convierta en una experiencia compartida.
Pero Inma había reservado para el final una sorpresa que prolongó la presentación más allá de los límites habituales de un encuentro literario. Leyó dos poemas con un favoritismo especial, uno dedicado a su padre, (qepd): «Pino piñonero». (Romance del hortelano). y otro dedicado a tío, presente en la sala: «El hombre de la miel». Ambos con lágrimas «pa dentro» entre el público asistente.
Y no quiso despedirnos simplemente con unas palabras de agradecimiento. Nos invitó también a una meditación poética. Con el sonido de los pájaros de fondo, unas ramas de romero y lavanda que fue regalando a cada persona del público y su voz acariciando unos versos especialmente creados para la ocasión, logró transformar la sala dentro de nuestra imaginación, a ojos cerrados, en otro lugar más campestre.
El aroma de las plantas, el canto de los pájaros, la cadencia de la voz y aquellas palabras pronunciadas sin prisa fueron componiendo, al menos en mi caso, una pequeña ceremonia de reconciliación con uno mismo. No se trataba de seguir una explicación, comprender la estructura de un libro o descubrir el origen de un poema. Bastaba con estar allí, escuchar y dejarse llevar. Y nuestras mentes se echaron a soñar.
No hacía falta mucho más. Tal vez esa fuera la mejor manera de comprender el sentido último del poemario. Después de mostrarnos las heridas, la memoria, la injusticia y el esfuerzo de crecer, Inma nos ofrecía un lugar donde descansar. No para olvidar lo vivido, sino para mirarlo desde otra perspectiva y permitirnos imaginar que todavía puede brotar algo hermoso. El bambú, al fin y al cabo, no crece para quedarse bajo tierra.

La tarde tuvo también una dimensión solidaria que merece ocupar un lugar propio en esta crónica. Porque Sembrando bambú no se limita a hablar de la sensibilidad, la empatía o el compromiso con los demás, intenta ponerlos en práctica. Los beneficios de la edición del poemario se destinan íntegramente a Casas de Asís, entidad dedicada a ayudar a personas en situación de vulnerabilidad.
En la presentación estuvieron presentes su presidente, Ángel Guerrero Clavijo, y su directora, Rosi Trillo Alarcón. Casas de Asís hace una labor encomiable en distintas facetas de ayuda. Ángel explicó que los fondos se dedicarán en este caso a un programa de intervención con la infancia que actualmente trabaja con 40 niños y niñas.
La decisión de Inma de entregar los beneficios de su obra a esta causa añade una dimensión especial a su propuesta literaria. La poesía no se queda en el papel, ni el compromiso termina cuando se cierra el libro. Las palabras encuentran una manera de salir al mundo y participar, modestamente pero de forma real, en su transformación.
Es un gesto que habla de la autora tanto como sus versos. No porque la solidaridad convierta automáticamente un libro en una buena obra literaria, sino porque aquí hay a mi modo de ver una correspondencia preciosa entre lo que se escribe y lo que se hace.
La sensibilidad que se rebela ante la injusticia en los poemas es la misma que busca contribuir, en la medida de sus posibilidades, a aliviarla. Y eso merece ser celebrado.




Fernando del Pino tiene, siempre que le deja su agenda, la bonita y altruista costumbre de regalar a la posteridad cronista de Antequera un documento gráfico de actos culturales que van sucediendo en la ciudad.
Desde el minuto 5:50 disfrutarás de este:
8 de octubre de 2026 | atqmagazine






