De vuelta a casa después de un duro día de trabajo, caminaba despacio, absorta en un solo pensamiento: “¿Como sería el desarrollo de las nuevas decisiones en el planteamiento de inversiones en otras compañías?”. De pronto, un olor me sacó de mi ensimismamiento y me conectó con el mundo exterior.
Me giré rauda buscando la procedencia del aroma y vi a una señora de edad avanzada pero, con un estilo impresionante que me sonrió al notar mi mirada. Enseguida me pregunté: ¿Por qué esa fragancia me ha impactado tanto? Y; al instante, me di cuenta… ¡Olía a mi madre! Hace algunos años que ella había abandonado este mundo y yo ignoraba que el perfume que usaba, siempre adherido a sus abrazos, pudiera permanecer oculto en mi subconsciente esperando que algo o alguien lo despertara.
En ese mismo momento comencé a rememorar con nostalgia las visitas que hacía de pequeña con ella a la perfumería de mi ciudad. Un recuerdo que embarga el alma de la niña que aún no me ha abandonado.
Al entrar, frente a la puerta, nos recibía un gran espejo con un penacho tallado, colocado estratégicamente, un poco inclinado hacia adelante con la idea de que los clientes se vieran reflejados de cuerpo entero. Nada más llegar, mi madre me sentaba en un pequeño sofá isabelino con tapicería adamascada que había a la izquierda y me pedía que no me moviera hasta que ella terminara, y yo, obediente, cerraba los ojos. Me quedaba abstraída y soñolienta, dejándome embriagar por los maravillosos efluvios que allí se esparcían.
A la derecha, se extendía un mostrador de latón y cristal, y unas estanterías a media altura donde reposaban grandes frascos de vidrio con pequeños dosificadores en la parte inferior para la venta a granel. Al lado de cada recipiente, un pequeño letrero indicaba el nombre y las esencias de su composición: Azahar, jazmín, lavanda, bergamota, sándalo…
Estaban rellenos de colonias o esencias con una gama de colores que iban desde el transparente, al miel clara, pasando por tonos verdosos. Desde la altura de mis ojos infantiles, veía como cambiaban esas tonalidades según las irisaban los rayos del sol que entraban a través de la puerta y los escaparates.
Al lado, una vitrina cerrada, con cristales biselados con el nombre del comercio y el fondo forrado de un terciopelo gris plata. Allí se acumulaban gran cantidad de tarros pequeños de cristal, porcelana o cuarzo. La mayoría simples pero otros, más sofisticados, estaban adornados con volutas de plata o brillantes gemas que servirían para rellenarlos con el líquido de los botes grandes; aunque, a veces, solo bastaba con traer de casa el frasco vacío para volverlo a llenar.
MI madre siempre usaba un perfume que estaba compuesto casi en su totalidad por azahar, quizás por eso, y sin que yo fuera consciente, me encanta la primavera y el aroma de los naranjos y limoneros. Yo solía echarme un poco de ese perfume a escondidas y mi madre me reñía:
— ¡Tienes que usar colonia para niñas!— me decía, aunque con media sonrisa en los labios porque, en realidad, le gustaba que fuera coqueta y deseara oler bien.
Ha pasado mucho tiempo y aquella tienda desapareció, pero perdura en mi memoria, transmutándome a una eternidad presente. Porque, ¿Cómo mide la mente las horas, los días, los años…? Parece una simbiosis entre el olfato y los recuerdos en la que, la beneficiaria soy yo.
Ángeles Venteo Lara | 2026

Ángeles Venteo Lara nació en San José de la Rinconada (Sevilla) pero hace 44 años que se afincó en Antequera. Pertenece al Taller Antequerano de Escritura Creativa. Ha colaborado en dos publicaciones del Ayuntamiento. En dos libros de microrrelatos y una novela de relatos cortos de la editorial Diversidad Literaria. Ha participado en las novelas colaborativas: “Desde una mirada, ver para crear” del taller antequerano de escritura creativa. Y “Donde el Corazón se Divide” publicada por Archinoticias. Atqmagazine y La Crónica también han publicado varios de sus escritos.






