«MAÑANA», DE OLALLA CASTRO: UNA NOVELA A DOS VOCES CON EL NEXO DE LA PÉRDIDA, EL DOLOR Y LA ESPERANZA | Reseña Por Mercedes S. Espejo y Juan L. Rama

Mercedes S. Espejo y Juan L. Rama comparten libros y lecturas y les he pedido que me dejen la reseña de este librazo para publicar en atqmagazine y contagiar su lectura… | ChLL


«Mañana» lo leímos a la vez intercambiando por wasap subrayados e impresiones. Nos impactó muy hondo esta maravilla de Olalla. Decidimos que merecía la pena escribir una reseña entre los dos. Lo hemos hecho con calma, intercambiando correos y mensajes, hasta terminarla.
Nos ha resultado una experiencia muy enriquecedora, porque entre los los dos hemos descubierto muchos detalles que a uno solo se le habrían de este hermoso libro.

«No supe qué era arder hasta que el incendio estuvo dentro de mí». Olalla Castro, Mañana

Mañana, de Olalla Castro, nace de una osadía: narrar la devastación de una madre tras la muerte de su hija de ocho años y construir, desde esa tragedia, una obra luminosa. Entre los restos del naufragio, Olalla halla los hilos finísimos con los que borda la esperanza de un futuro, zarandeando a los dos autores de esta reseña de la lágrima a la sonrisa cómplice mientras la leíamos en paralelo, intercambiando impresiones y subrayados. Así descubrimos matices que, de manera individual, se nos habrían escapado.

Esta reseña nace de esa experiencia común e integra el sentir de dos voces que intentan desentrañar la dimensión de una obra imprescindible. Decidimos redactarla para animar a futuras lectoras y lectores a atreverse a transitar este territorio tan abrupto como deslumbrante, entre el dolor y la esperanza. La aventura literaria les merecerá la pena. Porque para disfrutar del arte también hace falta cierta dosis de audacia.

La arquitectura de la palabra y el silencio: dos voces para nombrar lo incalificable

Con una estructura narrativa notable, Mañana es un libro redondo. Su logro no radica únicamente en el dolor que explora, sino en la forma en que elige contarlo. A través de una arquitectura polifónica, la novela entrelaza las voces en primera persona de sus dos protagonistas. Esta elección sumerge a quien lee en una intimidad cruda, donde el lenguaje no es un simple vehículo, sino un personaje en permanente conflicto.

Virginia siente un profundo dolor tras la muerte de su hija Moria. Atravesó el duelo lejos de su mundo y en silencio. Resistiéndose de forma férrea a que su herida se cerrara lo más mínimo.Nos incomoda el dolor ajeno; no sabemos sostenerlo y tendemos a pasar de puntillas, sin alborotar lo más mínimo. Se dan respuesta del tipo: «ya pasará», «el tiempo lo cura todo, tú eres fuerte, lo que tienes que hacer es salir».  Recetas mágicas como si fueran una tirita que poner sobre la herida y esta fuera a sanar. Pero nunca tienen el efecto deseado y despiertan rabia y frustración en lugar de consuelo. Virginia busca el refugio del silencio: sanar significaría, para ella, traicionar la memoria de lo que más amaba.

La maestría de Olalla Castro se despliega en la relación que Virginia entabla con la palabra: su aparente afasia no implica una pérdida del lenguaje, sino la reconfiguración del silencio para intentar nombrar lo incalificable.

En el otro extremo, Sùyin busca desesperadamente escapar de una vida marcada por la violencia y el desprecio. Casada por mandato con un hombre que ejerce violencia física y psicológica, la novela explora cómo el miedo sostiene la obediencia. El cuerpo sometido se convierte en un territorio amordazado donde el deseo propio debe ser reprimido para sobrevivir. Pero frente al repliegue de Virginia, ella se aferra a la caligrafía: escribe para no perder su luz, para trazar un cable a tierra que la salve del olvido. Surge así una paradoja fascinante: mientras una encuentra en el silencio la vía para sobrevivir a la pérdida, la otra necesita la escritura para no desaparecer.

Empatía en la frontera del dolor

El libro se hace más bello y alcanza su cima cuando las dos protagonistas se encuentran. En el silencio se arropan, se cuidan, se aman y hallan lo que les faltaba por separado para liberarse. Todos guardamos dentro el cadáver de algo que no pudo ser. Lo ponemos un altar y, a veces, encendemos incienso y le rezamos. Pero las almas atormentadas se reconocen y saben darse consuelo. Encuentran el hogar ansiado. Porque el cuerpo si sabe calmar, donde la palabra se queda vacía y sin sentido las caricias llenan todo, los besos calman y en los abrazos, llenos de fuerza, sientes que tú puedes descansar en el otro. 

A través del deseo y de la mirada de Virginia, Sùyin comienza a descubrirse de una manera nueva: deja de verse únicamente desde el lugar que otros le han impuesto y empieza a reconocerse como una mujer deseable, bella y capaz de desear. Ese descubrimiento transforma su relación consigo misma; al sentirse mirada y valorada, recupera algo que el sometimiento había ido apagando: la confianza en su propio cuerpo y en su propio valor. El deseo se convierte así en una forma silenciosa de liberación: antes de poder escapar físicamente de aquello que la oprime, Sùyin empieza a escapar de ello por dentro, porque ya no puede mirarse con los mismos ojos con los que había aprendido a verse.

El deseo como recuperación de la soberanía: frente al sometimiento que enajena la corporalidad femenina, el deseo entre mujeres se plantea en la obra no solo como un refugio, sino como una vía de reencuentro con el propio cuerpo y de resistencia frente a las lógicas de dominación.

Me gusta gustarme, esta sensación extraña, tan nueva.
Me gusta cuidar el deseo que aflora, sentirlo crecer, que ya no dependa de ella, que se vuelva tan mío.
Desear a alguien es desearte a ti. Cuando palpas, te palpas. Cuando buscas, te buscas.
Con exceder el confín, borrar la linde, limar el borde (el deseo deshace las fronteras y las barreras idiomáticas).

Así el núcleo emocional de la obra es un canto a la solidaridad humana. A pesar de la barrera idiomática y la distancia cultural, ambas mujeres se salvan mutuamente sosteniendo la empatía en la frontera del dolor. La novela nos regala una certeza: solo quien ha ardido por dentro es capaz de reconocer las cenizas en el otro. El sufrimiento compartido borra las fronteras y transforma las barreras en un espacio de sanación que no requiere traducción.

Una resonancia cinematográfica

Durante nuestra lectura no pudimos evitar encontrar algunas resonancias entre Mañana y Azul, de Krzysztof Kieślowski. Fue Mercedes la primera en detectarlo:

«Veo una relación entre Mañana y la película Azul. ¿Qué opinas?»

Juan estuvo de acuerdo casi de inmediato.

Ambas obras parten de una pérdida devastadora y acompañan a una mujer en el aislamiento, el silencio y la dificultad de reconstruir su vida después de la muerte de su hija. En las dos, el duelo no es un episodio pasajero, sino un territorio en el que las protagonistas quedan atrapadas y desde el que tienen que aprender, de algún modo, a seguir viviendo.

Pero es precisamente en la respuesta a ese dolor donde encontramos una diferencia esencial. En Azul, Julie intenta cortar los vínculos con su vida anterior y liberarse de aquello que la mantiene atada al pasado; en Mañana, Virginia se resiste a que el dolor se cierre porque siente que hacerlo sería también alejarse de Moria. Y mientras Julie emprende fundamentalmente un camino de reconstrucción individual, Virginia encuentra en Sùyin la posibilidad de un encuentro que no borra la herida, pero sí permite compartirla y sostenerla. Dos obras distintas, dos lenguajes y dos caminos ante una pérdida semejante: desprenderse para poder seguir viviendo o aceptar que quizá también se puede seguir viviendo llevando la herida consigo. 

Mientras que Azul plantea un viaje de desapego individualista y liberación espiritual, Mañana se enfoca en una reconexión colectiva. La película busca la autonomía personal a través del vacío, mientras que la novela encuentra la salvación en la memoria y el arraigo social.

Una constelación de voces literarias

Pienso en los versos de las poetas suicidas de las que hablaba en mis clases como si fueran luciérnagas en mitad de la noche: animales emitiendo su luz mientras todo se apaga. Las mujeres que se hundieron en el agua con los bolsillos llenos de piedras, que se pusieron el abrigo rojo de su madre y encendieron el motor de su coche, introdujeron la cabeza en el horno después de dar de desayunar a sus pequeños.

[…]

La verdad de sus heridas las devastó. Sin embargo, las leo y siento una punzada de placer en la punta de la lengua.

Hay otro aspecto de Mañana en el que merece detenerse, aunque sea brevemente: la presencia, a veces explícita y otras más velada, de otras voces literarias. Olalla construye también su novela en diálogo con una tradición de escritoras y escritores para quienes la literatura, el dolor, la muerte y la memoria han estado profundamente entrelazados.

En algunos momentos, sin nombrarlas, reconocimos alusiones a tres escritoras cuya muerte por suicidio presenta rasgos que permiten identificarlas: Virginia Woolf, Sylvia Plath y Anne Sexton. Más adelante, Woolf aparece ya de manera explícita. No sabemos si la intención de Castro es que el lector establezca necesariamente esas correspondencias, pero resulta difícil no reconocerlas y preguntarse por el significado de esas presencias en una novela tan atravesada por el dolor y por la necesidad de encontrar palabras para nombrarlo.

Algo parecido sucede con la conmovedora visita al cementerio de Portbou para visitar la tumba de un tal Benjamin. Castro no necesita decirnos más para que resulte casi inevitable pensar en Walter Benjamin, muerto allí en 1940. La escena, delicada y profundamente emotiva, convierte ese lugar de memoria en otro espacio de diálogo con la literatura y el pensamiento europeo.

Son referencias que enriquecen la novela sin imponerse sobre ella. Como pequeñas señales que la autora va dejando en el camino, que invitan a quien lee a detenerse, reconocerlas y establecer sus propias conexiones. También en esto Mañana se revela como una novela de voces: las de Virginia y Sùyin, pero también las de quienes escribieron antes que ellas y siguen acompañándonos desde sus libros.

El mañana como resistencia

Frente a la devastación, la novela no opta por el cinismo. Propone una esperanza alternativa que radica en la forma de nombrar el futuro. La salvación no consiste en clausurar el pasado con un adiós definitivo, sino en resistir, abrazar la incertidumbre y aprender a articular una palabra: mañana. El mañana como un acto de resistencia y esperanza.

Esta es una obra que sigue latiendo mucho después de cerrar su última página.

Todo empezó con un mensaje de Mercedes, como quien lanza una piedra a un lago sereno:
—¿Has leído Mañana, de Olalla Castro?
Las ondas expansivas de esa pregunta no han dejado de crecer. Nos alcanzaron, nos guiaron por una lectura compartida y nos llevaron del nudo en la garganta a la complicidad.
Ahora esas ondas continúan su curso. ¿Te dejas llevar? El viaje merece la pena.

Mercedes S. Espejo y Juan L. Rama (agosto 2026)

  • Título: Mañana                                            
  • Autora: Olalla Castro
  • EAN: 9788426432377
  • ISBN: 978-84-264-3237-7
  • Editorial: LUMEN
  • Año de la edición: 2025
  • Páginas: 208