Hasta el día 9 de febrero puede visitarse en el Casino de Antequera la exposición El Rey a los ojos de pintores españoles que puede leerse, más allá de cualquier marco institucional, como un ejercicio colectivo de mirada.
La muestra reúne 33 obras pictóricas junto a algunas esculturas de Rodolfo Navarro, encargadas de aportar volumen y materia en un conjunto dominado por la superficie y el gesto.
La clave de la exposición radica en que un grupo amplio y diverso de artistas de muchos lugares de España se enfrentan a un mismo motivo y lo traducen a su propio lenguaje plástico individual, generando un relato coral sobre la representación, el tiempo y la figura pública del Rey entendida como sujeto artístico.
No se trata de un retrato único ni de una imagen cerrada, sino de una sucesión de aproximaciones. Diferentes propuestas de estilos realistas, interpretaciones simbólicas, tratamientos más íntimos o abiertamente contemporáneos. Cada obra propone una distancia distinta entre el artista y el modelo, y en ese juego de distancias aparece el verdadero interés de la exposición.
Dentro de ese diálogo colectivo, la presencia malagueña adquiere un peso particular. Cuatro de los artistas participantes proceden de la provincia, y entre ellos destaca el antequerano David Sancho, cuya obra introduce un gesto sutil y profundamente personal. Antequera aparece al fondo del retrato, no como un simple escenario, sino como parte activa del relato. El paisaje funciona aquí como anclaje emocional, una manera de situar al personaje en un territorio concreto y reconocible, cargado de identidad.

Ficha técnica, por David Sancho
Retrato del Rey Felipe VI, con fondo de una vista de Antequera, con el castillo o la alcazaba, símbolo de poder e historia.
En el fondo predomina el color rojo carmesí, que es el color predominante en el estandarte del Felipe VI, reemplazando el azul que usaba su padre, es un color tradicional de la monarquía española.
El color verde también tiene bastante importancia dentro de la obra porque identifica
a la monarquía y a los monárquicos, siendo un color simbólico y usado en algunas órdenes como la de Carlos III.
El color Blanco, que representa una antigua deferencia concedida por el pontífice a aquellas casas reales que mostraron particular y devoción al papado, también se puede adivinar el color naranja, color de la vitalidad y renovación
El color gris simboliza, neutralidad, sobriedad, formalidad y tradición, a menudo se asocia con la modestia, experiencia y sabiduría, pero también puede representar la moderación y la seriedad, actuando como un color de transición en momentos solemnes como el luto o actos institucionales políticos donde se busca equilibrio entre lo formal y lo discreto.
En cuanto a la vestimenta es una interpretación de un uniforme real (lo que lo identifica es una insignia o escudo en la solapa derecha) he querido darle un aire mas informal y contemporáneo de colores o tonos azules, que en la monarquía española simboliza, la realeza, nobleza y pureza de linaje. Lo que lo identifica es una insignia o escudo en la solapa derecha, origen de la expresión “sangre azul”.
(40,5×32,5) Acrílico sobre tabla.
David Sancho
Junto a David Sancho, las piezas de Cristóbal Córdoba, Antonio Montiel y Santiago Fernández Aragüéz amplían esa mirada desde Málaga y dialogan con las propuestas de otros autores nacionales de primer nivel:
Adrián García Gutiérrez (Madrid), Amelia Esteban Tudela (Madrid), Antonio Roa López (Jaén), Catalina Sureda (Mallorca); César Ramírez (obra cedida en Sevilla), Emilio Fernández Galiano (Madrid), Felipe Herreros Rodero (Jaén), Fernando García Monzón (Zaragoza), Jag L’ile (Mallorca), Javier Marín (Valencia), José María Fayos (Mallorca), José Tomás Pérez Indiano (Sevilla), Juan Valdés (Sevilla), Marta Arespacochaga (Madrid), Mercedes Ballesteros (Toledo), Nuria Barrera (Sevilla), Paco de Dios (Huelva) y Ricardo Sanz (Madrid)
El resultado es una exposición plural, donde el retrato se aleja del molde rígido y se aproxima a la interpretación personal, al gesto pictórico y a la toma de decisiones arriesgadas. Lo oficial se diluye y aparece, en su lugar, la mano del artista.
El recorrido funciona así como una exposición de retrato contemporáneo, casi un laboratorio abierto. Técnicas distintas, soluciones compositivas variadas y sensibilidades muy diversas conviven sin jerarquías. La libertad creativa es el hilo conductor, no hay una imagen dominante, es un mosaico de miradas que se complementan.

Su carácter itinerante refuerza esta lectura. La muestra ha pasado ya por diferentes ciudades y espacios culturales, adaptándose a cada contexto y estableciendo una relación distinta con el público. Por lo que he visto en documentación facilitada por los organizadores y su Secretaria Nacional de Relaciones Públicas y Difusión, Mercedes Martínez, en cada sede, las obras parecen cambiar de tono expositivo, como si el lugar también participara del discurso.










