José María Alarcón presentó su segundo poemario, en la Real Academia de Antequera

El pasado 5 de diciembre se presentaba en la Real Academia de Nobles Artes de Antequera el segundo libro de José María Alarcón Sánchez.

Estuvo acompañado del Director de la institución, José Escalante; de la Académica Numeraria Carmen Rivas Resel; así como de María José Ruiz Roldán, profesora; y del director de la Editorial ExLibric, Carlos Torres.

El salón de actos de la Real Academia de Nobles Artes de Antequera se convirtió el pasado 5 de diciembre en el escenario de un encuentro íntimo de la puesta de largo de Versos desde la Tierra Serena, el segundo libro de poemas de José María Alarcón. Pese a la inclemencia del tiempo, una nutrida representación de la sociedad antequerana arropó al autor en una tarde donde la palabra se hizo poema.

El acto contó con una mesa presidencial de excepción, encabezada por el director de la institución, José Escalante (a quien el autor felicitó públicamente por su reciente nombramiento como director del Instituto de Academias de Andalucía) ; la académica numeraria Carmen Rivas Resel; la profesora y guía literaria del autor, María José Ruiz Roldán; y el director de la Editorial ExLibric, Carlos Torres.

José María Alarcón, definido por María José Ruiz como un hombre «meticuloso, de puntualidad inglesa y profunda fortaleza de espíritu». Un hombre de «vieja escuela» y sensibilidad moderna que ha volcado en este ejemplar su madurez vital. El libro se estructura en cuatro bloques fundamentales: Poesía, Personajes, Lugares y Semana Santa.

Por su parte, la académica Carmen Rivas Resel realizó un análisis pormenorizado de la métrica y el sentimiento que habita en las páginas. Destacó el uso del versículo amétrico y la capacidad del autor para filtrar la realidad a través del recuerdo y el sueño. «No es una poesía descriptiva; el paisaje es un producto de la emoción», afirmó Rivas, resaltando temas como el paso del tiempo y la presencia constante de la luz y el otoño.

El director de la Academia, José Escalante, subrayó el mérito de Alarcón al atreverse a «dibujar la palabra» en la madurez y elogió su capacidad para conectar con todo tipo de lectores: «Lo difícil de escribir es que te entienda todo el mundo, y José María lo logra con una simbiosis perfecta entre autor y lector».

Durante la presentación, Carlos Torres destacó que la escritura de Alarcón no busca fuegos artificiales ni ambiciones de estilo impostadas, sino la verdad. «José María escribe desde el llano de su vida, buscando sentido y transformando la melancolía en paisaje», señaló el editor, comparando la obra con una «casa abierta» donde conviven los otoños perdidos y los silencios compartidos.


Dicen que escribir es salvar algo del tiempo: una emoción, un instante, una silueta que se aleja. Escribir es detener lo fugaz para que no se nos escape del todo. José María Alarcón lo sabe bien: cada uno de estos poemas es una semilla plantada en mitad del viento, un intento sereno por hablar con la vida antes de que se marche.

En Versos desde la tierra serena no hay impostura ni decorado. No hay ambición de estilo ni fuegos artificiales: lo que hay es memoria. Y la memoria, cuando se vuelve palabra, es una forma de permanecer. Como decía un poeta, no se trata de encontrar las palabras más bellas, sino las que sean ciertas. Y aquí, en estas páginas, todo lo que se dice tiene el sabor de lo verdadero.

Hay poetas que escriben desde la torre y poetas que lo hacen desde la llanura. José María escribe desde el llano de su vida, desde una mirada que no busca épica, sino sentido; que no intenta brillar, sino abrazar. Y en ese gesto humilde está lo más valioso de su voz: la capacidad de transformar la melancolía en paisaje, el deseo en sombra, el paso del tiempo en materia para el alma.

Este libro es una casa abierta: entras y encuentras rincones que conoces sin saber por qué. Aquí están los otoños que todos hemos perdido, los besos que no llegaron, las manos que no volvieron, los silencios compartidos con quienes ya no están. Pero también hay una ternura imprevista que lo equilibra todo. Porque aunque el dolor aparece, nunca es derrota. El dolor, aquí, es una forma más de amar lo vivido.

Los versos de José María a veces tienen forma de suspiro, a veces de plegaria, a veces de abrazo, y siempre están atravesados por el rumor de la tierra: esa tierra andaluza que no es solo lugar, sino latido. Es la tierra que habla desde los árboles, desde los cielos encendidos, desde el agua que fluye, aunque nadie la mire. Y él, platero de oficio y poeta por necesidad del alma, ha sabido escucharla. Por eso sus poemas suenan a campo en silencio, a piedra que recuerda, a pueblo que reza con los ojos cerrados.

Leer este libro es como abrir una caja donde alguien guardó su vida entera. Pero no desde la nostalgia vacía, sino desde el deseo de compartir lo esencial. Aquí no se escribe para exhibirse, sino para encontrarse. José María no quiere que lo admiremos, quiere que lo entendamos. Que, al leer sus versos, nos reconozcamos, nos miremos desde dentro, como quien se asoma a un estanque en calma. Es una conversación íntima entre el autor y su tiempo. Una charla pausada con los días que ya no volverán, con los seres queridos, con los rincones amados, con el amor mismo y con la muerte, que no da miedo cuando se la nombra con dulzura. Es un cuaderno donde se anota lo esencial: la luz, el silencio, el tacto, la ausencia, la fe, la espera.

Como el propio título insinúa, esta es una obra que se escribe desde la serenidad, no desde la prisa. Desde la hondura, no desde la superficie. Desde la conciencia de que el poema no tiene que gritar para quedarse dentro. Por eso, al terminar de leerlo, uno no cierra el libro: lo guarda. Porque sabe que volverá a abrirlo cuando el alma lo necesite.

Benjamín Prado escribió que «la poesía no sirve para cambiar el mundo, pero puede cambiar a quien lo mira». Ojalá este libro nos regale esa transformación callada. Ojalá estos versos, sembrados con la paciencia del que ha amado mucho y ha perdido lo justo, nos enseñen a mirar mejor, a vivir más lento y a recordar sin miedo. | Carlos Torres

Otro de los momentos emotivos de la tarde llegó con la lectura de poemas por parte del propio autor. Alarcón desgranó versos dedicados al «Cachorro» de Sevilla, a su «Cristo Verde» y a la Virgen del Socorro, demostrando su honda raíz cofrade.

Y especial mención merece el poema dedicado a la memoria de Antonio Burgos, una pieza llena de ingenio y respeto donde José María Alarcón repasó la esencia de Andalucía, desde los «maestros de la pluma» hasta los placeres cotidianos de nuestra tierra: los molletes de Antequera, el aceite de oliva y la luz de la calle Larios.

Con Versos desde la Tierra Serena, José María Alarcón consolida su trayectoria literaria y regala a Antequera un espejo donde mirarse con calma, recordándonos, como se dijo en el acto, que la poesía no cambiará el mundo, pero sí puede cambiar a quien lo mira.

En tiempos de vértigo y desarraigo, cuando el hombre moderno ha hecho del olvido su patria y de la prisa su liturgia, Versos desde la tierra serena irrumpe como un remanso de contemplación y palabra, como una suerte de santuario lírico donde aún se honra la cadencia del mundo natural y el temblor del alma humana. Estos poemas —hilvanados con una sensibilidad que parece beber tanto de los místicos castellanos como de la delicadeza oriental— son, a la vez, elegía y alabanza, meditación y destello, súplica y celebración.

Cada verso es una pincelada sobre el lienzo del tiempo; cada estrofa, un reclamo silencioso contra el estrépito de la banalidad contemporánea. Aquí la naturaleza no es paisaje, sino revelación; y la memoria, más que archivo de vivencias, se torna liturgia del corazón. Dicho de otra forma, no se trata de una geografía concreta, sino de una disposición del ánimo: la de quien ha aprendido a mirar hacia adentro sin perder el pulso del afuera; la de quien escribe no para exhibirse, sino para agradecer. No es un mero testimonio poético, sino una defensa -serena pero firme- de todo lo que aún merece ser dicho en voz baja. | ExLibric

Foto: prestada por Fernando del Pino