«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine
No podemos evitar que el tiempo pase por nosotros sin pedir permiso acelerando muchas veces nuestras vidas. Aunque a veces a un puñado de «locos» nos da por detenernos un instante para sentirlo conscientemente y saludarlo.
El 23 de septiembre entramos a las 2:05 en una nueva estación del año y ese mismo día, Clandestinos de Cultura y la EMMA celebraban el equinoccio de otoño.
Desde hace algunos años vienen festejando cada cambio de estación. Saludando al sol y a la luna en dos amores iguales. La astronomía les brinda una excusa. Han rozado el cielo subidos en globo, han sentido el vello erizado al ver amanecer en el laberinto de piedra de El Torcal, han contemplado la inmensidad del mar de tejados antequeranos desde el mirador 360º de Carmona en calle Diego Ponce…
Se han refugiado entre las tres puertas del Postigo de la Estrella. Han convertido el patio de armas de la Alcazaba en patio de paz. Les hemos encontrado conspirando poesía y música en la Plaza del Coso Viejo; abrazando la madrugada en la Ermita de la Veracruz o con la mirada perdida en la Peña de los Enamorados desde el Mirador del Carmen o desde el Conjunto Arqueológico de los Dólmenes de Antequera. Cada solsticio, cada equinoccio, ahí están este grupo abierto de Clandestinos de Cultura y la EMMA saludando al Sol y a la Luna celebrando su importancia.

Y como no podía ser de otra manera en este momento en el que el Ayuntamiento de Antequera había inaugurado muy oportunamente, el día antes del equinoccio, un conjunto de tres relojes solares en nuestra ciudad, decidieron celebrarlo en esta ocasión en la Plaza Fernández Viagas, lugar donde están ubicados estos cuadrantes solares diseñados por Antonio Madrona. Frente a la Biblioteca en una plaza llena de vida y de luz.
Era una llamada inevitable. Tenían que celebrarse allí para recibir al otoño desde esos artefactos que son tan nuevos como ancestrales.
La tarde del pasado miércoles 23 de septiembre, la plaza se convirtió en refugio para rendir tributo a la luz que se despide y a la memoria que se queda.
A las ocho de la noche, MaryPaz Alba (cofundadora de Clandestinos de Cultura) puso voz y cercanía a un encuentro que, desde el primer momento, tuvo ese aire que tanto se agradece en los actos culturales que no necesitan solemnidad para ser importantes. Frente a los relojes de Madrona se fue congregando un buen número de personas. Gente que inspira, que crea, que acompaña y que, de una manera u otra, vive la cultura de Antequera. Amigos, curiosos, amantes de las cosas que ocurren cuando alguien decide mirar un poco más allá de lo evidente.

Frente a la piedra labrada por el escultor recién jubilado Antonio García Herrero y las sombras trazadas por el acero corten, se fue tejiendo ese ambiente tan de los Clandestinos donde los abrazos de amigo no se escatiman.
El equinoccio exacto había ocurrido de madrugada, a las 2:05. Ese instante mágico en el que el día y la noche se reparten el tiempo a partes iguales antes de que la luz empiece a ceder tres minutos cada jornada. Pero allí nadie tuvo prisa durante un rato.
Antonio Madrona nos explicó con esa mezcla de conocimiento y pasión que convierte una explicación técnica en una pequeña aventura intelectual, «lo que hay ahí». Nos habló de geometría, de astronomía y de cuadrantes verticales, ecuatoriales y horizontales… Pero cuando la emoción le pellizcó la garganta, nos abrió el corazón para contarnos el verdadero motor de su obra. El recuerdo infinito a su querida Merceditas (y señaló al cielo, desde donde nos contempla), el aliento de sus hijos y esa invocación franciscana al «Hermano Sol» y a la «Hermana Luna».

Lo que hay ahí es mucho más que unos relojes. Hay una manera antiquísima de medir el paso de las horas mirando aquello que nunca deja de moverse, el cielo. Los cuadrantes solares nos recuerdan que hubo un tiempo en que para saber qué hora era bastaba con mirar la sombra. Una sombra que, paradójicamente, solo existe porque existe la luz.
Madrona habló también de sus agradecimientos y de ese carácter de simbología colectiva que quiso acompañar el encuentro. El Sol, el tiempo y la memoria aparecieron así como las tres coordenadas de una tarde en la que un sencillo objeto urbano se convirtió por unos minutos en lugar de reunión, reflexión y afecto, no en una tarde cualquiera, en aquella que marca el comienzo de una nueva estación del año 2026.


Nos dejó a todos admirados y nos recordó la frase que es patrimonio sentimental de esta tierra: «¡Que salga el sol por Antequera y sea lo que Dios quiera!».

Luego, la palabra cambió de turno en la plaza. El profesor y escritor Manuel Vergara nos regó el alma con un poema de su Antología del Aire. Su voz madura nos recordó que los relojes de sol no solo miden el paso del tiempo técnico, que también la longitud de nuestros recuerdos. El poema tenía todo que ver con el tiempo y la memoria. Y comprendimos que los relojes solares también pueden medir otras cosas. No solo las horas. Pueden medir lo que hemos sido, lo que todavía recordamos, aquello que se nos escapa y aquello que permanece.


Y como broche a este pequeño ritual civil, Pepi Giráldez y Ani Solórzano regalaron al aire una versión a capela de Gracias a la vida, de Mercedes Sosa. Dos voces desnudas que hicieron temblar el espacio y acelerar los corazones.



Además de que cantan como ángeles, son simpatiquísimas y nos hicieron reír al finalizar su actuación.

El encuentro duró apenas veinte minutos. Breve, en su punto justo, como algunas otras cosas buenas de la vida. Terminado el saludo, tocó prolongar la salud emocional con esa cervecita cómplice por los bares de la zona, arreglando el mundo mientras caía la tarde. Allí, en la plaza, nadie parecía preocupado por medir la nostalgia de la prisa obligada.






