Fragmentos en memoria de Juan Alcaide de la Vega Capítulo 2 | OBRA LITERARIA Y  ANTEQUERA | Por Juan Benítez

JUAN ALCAIDE DE LA VEGA:  OBRA LITERARIA Y  ANTEQUERA | por Juan Benítez Sánchez.

        Aunque es muy rica y variada la obra literaria que Juan Alcaide de la Vega dedicó a Antequera, su ciudad, y a aspectos de su vida, voy a seleccionar algunas características literarias que yo he analizado en no pocas ocasiones.

Al presentar su libro Paseos por Antequera, dije que cuando uno se enfrenta a este libro, difícil de encontrar porque se distribuyó como regalo tras su presentación, no sabe si se lo hace a la lectura de una guía turística de la ciudad de Antequera; a la lectura de un libro de historia de Antequera; a la lectura de una recopilación de leyendas y anécdotas de Antequera; a la lectura de sendas o rutas para recorrer, como se suele decir hoy, Antequera y sus alrededores; a la contemplación de unas maravillosas fotografías y buenos dibujos de Antequera; a los sentimientos amorosos de varias personas amigas hacia su ciudad, Antequera, o, simplemente, se enfrenta a la lectura de un buen libro de literatura, porque todo esto, y más, se puede deducir de este libro.

Del autor literario del libro, Juan Alcaide de la Vega -como quería que se le denominase,  ya que pensaba que el apellido de la madre era esencial- poco nuevo puedo decir, porque todos los antequeranos, sobre todo los amigos de Juan,  me habéis oído siempre, cuando le he presentado alguno de sus libros, o en sus conferencias, o lo he escrito en la Revista de Estudios Antequeranos en los que he publicado algo sobre él o habéis leído u oído, porque sólo la poseen la familia y la leí en el homenaje a los 50 años de “Mi ciudad”, la carta que le escribí tras su repentina muerte, dirigida a “Un su amigo”, como hizo Fernando de Rojas con la Celestina. En todos esos escritos lo he dicho todo lo que podía deducir de su vida y a ellos me remito.

Me gusta leer y resaltar de Juan Alcaide de la Vega, el autorretrato literario que se hizo cuando  contempló, por primera vez, el retrato que el gran pintor Felipe Sánchez le hizo:

“Desde que te tengo, erguido, mirándome, en la habitación que hay enfrente de aquella en la que trabajo, tengo una sensación extraña. Yo soy yo, sí, con un nombre, unos años vividos,  al que le han ocurrido unos determinados avatares, con unos gestos, unas señales de identidad por las que resulta reconocido por los demás.”
Magnífico retrato en palabras que se hizo de sí mismo, mientras miraba y remiraba el retrato.


Juan Alcaide de la Vega, abogado y escritor, nació en Antequera, en el año 1930 y en ella creció hasta que  cursó los estudios de Derecho en la Universidad de Granada.  Su ciudad natal será la base de sus inquietudes literarias y a la que le dedicó varios libros, “Mi ciudad” y “Paseos por Antequera” sobre todo. Granada  le servirá para obtener un título académico y ejercer su única profesión remunerada que le mantuvo a él y a su familia  durante toda su vida: Abogado. Pero también le servirá “Para desarrollar una afición literaria, con lecturas y a través de sus colaboraciones periodísticas.”

Solía decirnos que perteneció a la generación   “de los niños de la guerra” o “del silencio”, porque “éramos niños cuando la guerra  y, entre una algarabía de gritos, rencores y odio, nos mantuvimos sorprendidos  y escandalizados, callados, callados como muertos, cuando, en medio de la muerte que la teníamos alrededor, era la vida la que sentíamos germinar entre nosotros, en nuestro interior, en nuestra intimidad.” Preciosa metáfora para definir la realidad que vivía.

Su primer libro “Mi ciudad” es del año 1965 -ya  celebrabramos sus 50 años en el 2015,   y tuvo el mismo sentimiento de “la mujer que ve salir de sí un ser nuevo, tan suyo y tan extraño.” Libro que F. López Estrada califica de “confidencias, en las memorias de la adolescencia” y que lo compara con otras obras como “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez,  “Ocnos” de Luis Cernuda  y “Las cosas del campo” de nuestro amigo común José A. Muñoz Rojas. 

Famoso abogado, ha desempeñado siempre su trabajo con orgullo, responsabilidad y buen hacer, ocupando cargos de dirección en el Ilustre Colegio de Abogados de Antequera, desde el que ha formado a muchos futuros profesionales de la jurisprudencia  a través de numerosos cursos. También, movido por su afición periodística, fue Director del semanario El Sol de Antequera.

“Gastronomía  antequerana”, de 1972, le supuso el reconocimiento a una labor silenciosa, pero constante, como gastrónomo. Difícil de encajar la gastronomía en un abogado de profesión y escritor de vocación, es comprensible para los que lo conocíamos bien.  F. López Estrada se preguntaba: “¿Se trata de un libro que se pueda considerar como de cocina, redactado de manera elemental, o es una obra escrita con dignidad literaria? El gran acierto radica en que se extiende hacia diversos aspectos -folklore de buena ley, recetario útil en aventuras culinarias, anecdotario y sociología- siendo un intento más para captar la escondida esencia de Antequera, esta vez sorprendida por la inesperada vía poética de la cocina.”  Un libro literario, en forma de recetario de cocina que puede satisfacer a ambos aspectos. Igual ocurre con el libro, que compartí con él, “Antequera: aquellos juegos antiguos” en el que recreaba, literariamente, seis juegos de su infancia, a la vez que yo describía los casi cien juegos que recopilé.

Por actualizar su recuerdo mencionaré otros libros: “Tres ensayos y medio”, acerca de Azorín, Manuel Halcón y José Antonio Muñoz Rojas;  “Pedro Espinosa y su época”, “Epístola inverosímil Maderuelos, desde Antequera, a Pedro Espinosa, en la ultratumba de J..J.”;  “Elogio y nostalgia del viejo Instituto”, en el que revive su estancia, sus vivencias, sus recuerdos de joven que echaba  de menos el edificio donde cursó Bachillerato.

                Nos sorprendió con unas obras muy entrañables y en las que se reflejaba todo su ser:
“Las mujeres que amó un viejo poeta”, demostrando, en mi opinión, la diferencia entre el “yo real” y el “yo de ficción”, porque  todos sabemos que nuestro amigo Juan no conoció más amor que su mujer,  a la que trató con sumo cariño  hasta su muerte, cuidándola como si de un niño pequeño se tratara; “Memorial de villanería”, concebido como alabanza de villa –“tipo de población modesta donde se concentra una vida caudalosa y rica, relacionada con el campo y sus faenas”- y menosprecio de corte. “Mi corazón ha sentido ternura, comprensión, por estos pueblerinos que viven unas vidas silenciosas y humildes, donde a veces se instala un irrefrenable sueño de gloria, o que a veces han quedado dichosamente atravesados por la espada de un rayo de luz que es la esperanza”, nos dirá.

 

Su último libro publicado en vida, en el año 2014, fue “Memorial de retaguardia”, en el que  escribe sobre sus recuerdos infantiles de guerras y que califica a su generación “de impávidos, impertérritos, pero no por ello dejamos de conmovernos. Somos pacíficos y amantes de la naturaleza, no pacifistas, ni ecologistas.”

Juan fue siempre joven y el secreto de su eterna juventud, según él, consistía en aprender algo nuevo cada día y que esa ilusión y esperanza por conseguirlo le mantenía joven. Por eso, no oyó a su gran amigo J.A. Muñoz Rojas cuando afirmaba:
 
“Quedarse quieto sin pensar, sintiendo
sólo el pasar el tiempo sin sentirlo.”

El día 20 de enero de 2015, por sorpresa e incredulidad de todos, nos dejó y Antequera perdió a un buen padre, gran  profesional de la abogacía, extraordinario escritor y mejor amigo.

Del libro Paseos por Antequera destacaré que está en la línea de la manera de escribir de Juan: Una ficción literaria en la que va introduciendo la historia de Antequera, las leyendas y curiosidades de Antequera, en un estilo ameno y cargado de recursos literarios. Se dirige a unos hipotéticos amigos, pero que muy bien podríamos decir que se dirige a todos los posibles visitantes de nuestra ciudad, adelantándose, así, a una realidad que ya empezó a vivirse en sus últimos años de vida: la gran afluencia de turistas que hoy constatamos nos visitan a diario. A esos visitantes les va enseñando, a través de esos paseos, reales o imaginados, su Antequera natal, a la que tanto amó, su historia, su arte, sus calles, sus monumentos, sus paisajes , su Torcal, su Peña de los Enamorados y sus costumbres. Cuando he dicho lo de “imaginarios” no es porque invente algo, sino porque la realidad que contempla o que le dicen la convierte en ficción literaria, convirtiéndola en atractiva para cualquier lector, como hizo con otros libros suyos.

El libro está cuidadosamente editado y cuenta con innumerables fotografías de Francisco Durán, Paco Durán, magníficamente seleccionadas para lo que se afirma en el texto y unos dibujos, posiblemente de Jesús Romero Benítez, aunque no van firmados por él, que lo hacen muy interesante para su lectura.

En el libro se nos expresa, muy claramente, “confluyen, felizmente, unos bellos sentimientos: el amor a Antequera que sintió Juan Manuel Gómez Serrano y que caracteriza al autor de estas páginas, Juan Alcaide de la Vega; la amistad que les unió a ambos y que le hizo compartir excursiones y paseos domingueros, junto con los amigos citados, sobretodo Pepe, el sastre y Frasquito, el taxista, por las calles de la ciudad, anejos de su territorio y veredas, arroyos o ríos, Torcal y Peña de los Enamorados y cortijos de su vega y de su monte. En el libro se reitera la intención de la empresa Gómez Serrano de testimoniar a un tiempo ese heredado amor hacia Antequera que la propia entidad siente por ella y la fidelidad a la memoria de su eficaz artífice, cada vez más enaltecido a medida que el tiempo transcurre y se empeña en hacerse más lejano.”

Lástima que no hayamos podido ofrecer una edición facsímil o una nueva reedición de este libro, que bien se lo merece y que sería de gran utilidad en estos tiempos en las que tantas personas de fuera de nuestra ciudad nos visitan. No obstante, el libro sí mereció una serie de cinco capítulos en vídeo, obra de Telecomunicaciones Antequera, S. A. con imagen de Antonio Arjona, que nos dejó hace un tiempo que merece la pena verlos de vez en cuando.

He dicho en repetidas ocasiones que, analizando la obra literaria de Juan Alcaide de la Vega y comparándola con la obras de otros muchos autores antequeranos, me da la impresión de que existe un estilo literario antequerano que, desde la época de la Escuela Poética Antequerano-Granadina, pasando por los escritores románticos  antequeranos, siguiendo por José Antonio Muñoz Rojas, Juan Alcaide de la Vega y otros muchos escritores de hoy, a los que no nombro por temor a dejarme alguno sin citar, nos han dejado una impronta en sus escritos y en sus libros, una manera de escribir, que podríamos llamar poesía en prosa o prosa poética, que ha hecho que su estilo sea muy diferente al de sus contemporáneos de otras latitudes. No sé si es el agua, el torcal, la rica vega antequerana regada por el río Guadalhorce, la peña de los Enamorados, los Dólmenes, la herencia romana o árabe, las iglesias barrocas o alguna otra causa, pero el caso es que a todos ellos les una manera de escribir, una forma poética muy parecida -comparemos, por ejemplo, Las cosas de campo de José Antonio Muñoz Rojas y Mi ciudad de Juan Alcaide de la Vega para apreciar esto que digo-; entonces,  nos daremos cuenta y apreciaremos ese parecido en su manera de expresarse, sobre todo en la prosa. En relación con esta idea y para confirmar esta hipótesis que sugiero, me viene a la mente la cita de Carlos M. López, que no tengo el placer de conocerlo, pero que coincido con él, cuando hablaba de la monumentalidad y el gran empaque urbano de Antequera y, de lo que más interesa para lo que acabo de afirmar, el carácter interior que los antequeranos. Es posible que en este carácter interior esté la explicación del Modus escribendi del que vengo tratando.

Existe otro dato que, también, podría justificar esta manera de escribir y lo he encontrado en Karl Ove, cuando, refiriéndose a su libro, pero que yo lo aplico a todos los antequeranos que he citado, sobre todo a Pedro Espinosa, José Antonio Muñoz Rojas y Juan Alcaide de la Vega, decía: “El proyecto empezó con textos cortos que se podrían llamar autoconfesiones maníacas. Y es posible hacer esto cuando se trata de ti mismo, pero no cuando se trata de otros. Y continua afirmando que ” desde que arrancó el proyecto – este dato es ya más propio de Juan Alcaide de la Vega que de los otros escritores-, había ido leyendo por teléfono  a sus amigos lo que escribía cada día y cuando tuvo escrito casi todos los relatos hizo unos cuantos ejemplares y se los dio, para que les diesen su opinión a varios amigos.” Exactamente lo que hacía Juan Alcaide de la Vega. A mí me llamaba reiteradamente y varias veces seguidas, hasta el punto que cuando recibía la primera llamada, entonces no había móviles, yo permanecía sentado en la silla al lado del teléfono, porque sabía que iban a ser varias las preguntas. Y, hasta que se publicaba definitivamente el libro, mantenía la copia que me enviaba para su corrección si la necesitaba y para que le diese mi opinión.

Juan Benítez Sánchez y Juan Alcaide de la Vega | Año 2007 en casa de Juan Alcaide

En el fondo, lo que nuestro amigo Juan quiso hacer fue una ficcionalización de su propia biografía y para ello se inspiraba en situaciones o personajes reales, sigue en esto una larga tradición histórica, porque, como afirma Enrique Vila Matas “llevamos siglos separando ficción y realidad con un biombo imaginario.”  Y, efectivamente, el escritor lleva siglos intentando borrar las fronteras entre ficción, ensayo y biografía. O, dicho de otra manera, recojo lo que Andrés Trapiello dijo refiriéndose a Muñoz Rojas: “El autor hace con su vida una novela, construye una ficción, porque “parte de un impulso biográfico, pero le otorga el estado de narración desde el primer momento y así todo queda velado.”

La mayoría de las cosas que J.A. de la Vega cuenta en sus libros ha pasado en la realidad, pero su yo literario lo ha transformado y lo ha convertido en ficción, sin dejar de ser realidad. Utilizando un término que acuñó Andrea Aguilar, nuestro autor, en sus libros lo que hace es emplear un “Yo de ficción” y su literatura apunta a la extimidad, una nueva tendencia de exhibir la intimidad y dar otra vuelta de tuerca a los límites de la narración. “ Las memorias, si se convierten en literarias, afirmó mi gran amigo Julio Neira, de grato recuerdo, trabajan, no ya con recuerdos, sino con sedimentos de recuerdos, donde cuentan omisiones, olvidos, sublimaciones, elipsis y exigencias del arte literario.

Para mí, la clave que avala el hecho de que su larga obra literaria lo sea como tal, sobre todo en su parte narrativa, es el hecho de lo bien que emplea los tipos de narradores que suelen aparecer en las novelas. No procede, por no extenderme más en este artículo, aunque ya lo hice en otro, más que citar y definir, sólo y sin poner ejemplos que los hay y muchos, los tipos de narradores que aparecen en las obras de J.A. de la Vega: Narrador omnisciente, que narra en tercera persona y lo sabe todo, conoce la historia y la cuenta como lo crea más conveniente;  narrador observador,  que transmite lo que observa y lo cuenta tal cual lo ve; narrador en primera persona, que es el protagonista y cuenta lo que le ha sucedido a él y a su persona; narrador como personaje secundario o narrador testigo,  que actúa como testigo que ha asistido a lo ocurrido sea real o ficticio que es un mero espectador; narrador de segunda persona o autodiegético, que crea el efecto de estar contándose la historia a sí mismo para convertirse en narrador y personaje a la vez; monologo interior, en el que el narrador reflexiona acerca del acontecer  a través de un monólogo en el que va exponiendo sus puntos de vista; narrador equisciente,  en el que se identifica con el personaje para decir lo que éste le ha contado y se asocia a él; narrador deficiente, que conoce menos que el protagonista sobre la historia y, posiblemente por ello, no se atreve a contar más, narrador en primera persona de plural, que, por modestia o por timidez, no se atreve a expresar sus opiniones  o porque tampoco quiere ser testigo directo.

En definitiva, se podría decir que Juan Alcaide de la Vega en sus obras narrativas suele exteriorizar sus intimidades y su manera de ser  y pensar a lo largo de muchos años, a la vez que pasa de su “Yo real”  que ha vivido unas experiencias y las cuenta, a un “Yo ficción” que le hace muy atractivo para los amantes de la buena literatura. Y si, encima, lo narra con esa prosa poética tan peculiar en él, desde que escribió “Mi ciudad”, el interés por sus libros deja de ser personal o por amistad, sino que se convierte en un interés literario que es lo que más nos interesa.


Juan Benítez Sánchez, autor de este artículo, nació en Cuevas de San Marcos, Málaga. Es Catedrático jubilati de Lengua Castellana y Literatura, ensayista y una figura fundamental de la vida humanística y cultural de Antequera, ciudad a la que ha dedicado más de cinco décadas de su trayectoria docente y de la que es Hijo Adoptivo desde 2020. Académico Numerario de la Sección de Letras de la Real Academia de Nobles Artes de Antequera y miembro de la Academia Gastronómica de Málaga, destaca por su brillante magisterio como conferenciante y su constante labor de dinamización literaria, impulsando y coordinando las tradicionales «Lecturas de la Canela» en el seno de la Academia, así como su prolongada entrega a la Cátedra de Mayores de la propia academia en muchas ediciones. Especialista en la investigación de la lírica tradicional, el folclore y la etnografía andaluza, es autor del Cancionero y romancero de Belda: Cuevas de San Marcos (1999) y de numerosas publicaciones y colaboraciones en foros especializados.


Para saber más de …

11 años desde que Juan Alcaide de la Vega se fue a escribir a la Antequera de los cielos – atqmagazine


Fragmentos en memoria de Juan Alcaide de la Vega | Capítulo 1 – atqmagazine