JUAN PEREA Y LA INDUSTRIA TEXTIL EN ANTEQUERA | Por José Enrique Ramos Vidaurreta

A lo largo del siglo XIX en Antequera se mantuvieron en activo las fórmulas industrial y artesanal en su industria textil, estas últimas centradas en el tisaje que por su nula mecanización seguía prestándose en los mismos términos dado el trabajo disperso. La fuente de energía animal se mantuvo hasta el año 1861 en la fábrica de Juan Marín, la de vapor se instaló en el año 1870 en la de Juan Aparicio en la Carrera, siendo la energía hidráulica la más extendida a lo largo del río de la Villa.

Se aprovecha la estructura de los antiguos molinos harineros de la época árabe, al disponer de una gran fuente de energía como era el agua, construyéndose nuevas ruedas de cangilones, junto a la gran cantidad de personas en disposición de trabajar, provenientes de la antigua industria artesanal.

Serán los viejos molinos harineros ubicados en la orilla del rio, que ya contaban con una mínima infraestructura como los de la Reja, Prieto, Puente, Henchidero, Invernizo, Cámara, río Alto e Instrumendi, junto a los lavaderos de los Álamos, la Iglesia ó la Citarilla, los que pasarán a convertirse en fábricas textiles provocando innumerables conflictos con los agricultores y demás molineros, por la utilización del agua del rio.

El agua se utilizó como fuente energética en el sector textil, desde su aplicación en el batanado a las restantes fases del proceso de fabricación, bien mediante la utilización mucho más intensiva de la rueda hidráulica o sustituyéndola por sistemas de mayor aprovechamiento como la turbina de vapor.

El empleo del agua como única y exclusiva fuerza motriz viene a plantear serios inconvenientes, dada la irregularidad de las lluvias y la sequía estival, amén de los conflictos por el uso compartido de ella, al coexistir distintos beneficiarios como eran los agricultores, molineros, curtidores y ahora los nuevos empresarios del textil. Dando lugar al Convenio de Aguas del año 1854 que establecía días y horarios de utilización del cauce del Rio de la Villa.

Para proveer de energía estas instalaciones mecánicas, el agua del río de la Villa fue el único medio empleado durante todo el siglo XIX, aumentando en caso de necesidad el número de ruedas hidráulicas en su cauce. A pesar de ello el curso irregular del rio, provocó grandes carencias de funcionamiento en estas fábricas.

De la fabricación de paños y bayetas artesanales, se pasaría a las mantas industrializadas. Así irán apareciendo a lo largo de la Ribera de los Molinos, elegantes edificios destinados a la elaboración de la lana y la fabricación de los paños y bayetas. Molinos, Batanes, Tintes, Lavaderos, Telares y demás. Manteniendo estrechas relaciones entre el sector fabril y el artesano.

En el año 1825 con el sector textil sumido en una amplia crisis, se llegó a emplear unas 5.700 personas que representaban a un tercio de la población, llegando a contar en la Ribera con 22 molinos harineros, 3 batanes, 6 lavaderos de lana, 4 de tintes y 10 tenerías. Estas cifras oscilaban mucho según la coyuntura, de hecho muchos de ellos realizaban al mismo tiempo faenas agrícolas y supeditaban los trabajos en la industria a la agricultura.

A partir del año 1833, los viejos usos gremiales en el textil se vieron superados por la nueva burguesía emprendedora, quién estableció por su cuenta verdaderas fábricas textiles. Poco a poco y lo largo de la Ribera de los Molinos hasta el Henchidero, van apareciendo elegantes edificios destinados a la elaboración de la lana y la fabricación de los paños y bayetas.

En el año 1842 comenzaron a funcionar los primeros tornos mecánicos y las “mule jennys”, a continuación los tornos de hilar y los telares comunes. De los 300 telares en activo por el año 1850 en las 10 fábricas, se pasa a los 400 telares en el año 1875, para caer a los 200 telares por el año 1900.

Es cuando se funda en el río de la Villa la Fábrica de los Hermanos Moreno Burgos (1833), más tarde Vicente Robledo Castilla (1837) hizo lo propio, adaptando el Molino Harinero del Henchidero para su nueva actividad. Así como, los Hermanos Auroux (1840), José de Palma (1840), Francisco Ovelar (1845), Manuel Iñiguez (1850). Le seguirán otras más, como la Chafarina (1850), La Cruz (1851), la Maquinilla (1851), Huerto Perea y la de calle Higueruelos (1869).

La Fábrica Textil del Huerto Perea situada en el camino del mismo Huerto Perea, estuvo funcionando entre el 1856 y el 1965. En la actualidad en total ruina, abarcaba el proceso completo de la fabricación, desde el preparado, hilado, tisaje, tinte y acabado de la lana. Con Juan Perea de Vejar y años más tarde, con Juan Arguelles Jiménez y su hijo Juan Arguelles Atroche.

Juan Perea de Véjar (1781-1843) importante fabricante textil y de curtidos, residió en el número 9 de la calle Encarnación. Persona de reconocido prestigio en su época, muy en contacto con las familias francesas de la época.

En el Museo de la Ciudad de Antequera y en su sala dedicada a la pintura y escultura del siglo XIX, se puede contemplar su pintura al óleo sobre lienzo, del pintor Antonio María Esquivel en el año 1839.