Descendió a los infiernos
Viernes Santo: dimos sacramental sepultura al propio Cristo. La salida de El Santo Entierro (parroquia del Carmen) se hizo como corresponde: tinieblas y silencio. Bellísima noche, bellísimo silencio: Se trataba nada menos que de acompañar al Señor en su descenso a los infiernos. Pero en latín “infernus” (de ahí “infer”, “infra”), era -en una tradición milenaria- el inframundo o morada de los muertos…, que en principio poco tiene que ver con fuegos y demonios: Con pocas variaciones, el mítico Hades griego o el Sheol bíblico, fue ese lugar al que llegaban los muertos que, ya sin conciencia ni identidad propia, vagaban eternamente en las tinieblas de la más fantasmal inconsistencia. Soltadas las amarras, se van de aquí sin tacto (último y más primitivo de los lazos).
Pero he aquí que unas cintas de seda desde la urna a unas manos inocentes (¿hasta el final, “las santas mujeres”?), evocan todavía aquella transfusión de ternura. De eso sabían bien nuestros padres romanos cuando depositaban un delicado ajuar funerario en la urna de plomo de su hija, (hallazgo de Bobadilla). ¿Y nosotros, cómo no acompañar a Cristo en su caída al inframundo?
La urna, las cintas y ni una palabra más, sólo un tambor ronco y la noche. “Descendió a los infiernos” significa, pues: Él se murió de veras; uno más en la completa indistinción de la muerte. Por más que el Sheol sea a esas alturas el seno de Abraham -ha habido un afinamiento en “la técnica de la mística” diría un poeta- estaba claramente a la espera de ser liberado.
Sábado: Nos despierta el alucinado Réquiem de Mozart: Como en esa urna rococó de El Carmen, ahí cabe toda la filigrana vida-muerte. Cualquier cosa salvo ese inerte escalofrío de tedio (es el significado de la laguna “Estigia”) ¿Quién no canta un amén? ¡Pascua florida!: Cristo -dicen- “… tiró las llaves de la muerte y del infierno” (Ap. 1.18). Y uno grita a la sierra, a las ovejas, al agua; a todo ese amado mundo de luz: “Muerte ¿dónde está tu victoria?” (I Cor. 15. 55)
Antequera, abril del alma de 2026
Manuel Vergara Carvajal
A lo largo de los últimos años, Manolo Vergara ha publicado títulos como Apología del aire (2015); Dólmenes de Antequera. Una mirada empática (2017); Enunciación (2018), La dulce pura nada (2019) ; Giróvaga la voz (2021); Papeles de MengaNo (2021); Como te iba diciendo (2022); Tajo a fondo perdido (2023);La noche de los días (2023); Renglón seguido (2024) y Penúltima amarra (2025). Libros que han destacado por su capacidad de combinar el pensamiento reflexivo con la sensibilidad poética. Su obra explora temas que van desde lo cotidiano hasta lo místico, sin olvidar la mirada crítica hacia el patrimonio cultural, como demuestra en sus ensayos sobre los dólmenes de Antequera.






