«EL GIMNASIO» | Por Ángeles Venteo Lara

Julián se despertó sin dientes en la encía superior y un hilillo de sangre reseca adornaba la comisura de sus labios. Cuando quiso echar los pies fuera de la cama, sintió como una descarga eléctrica le sacudía todo el cuerpo. Anduvo un poco encorvado hasta el baño y dos gruesas lágrimas resbalaron por sus mejillas cuando se miró al espejo. En ese momento, comenzó a tomar conciencia de lo que le había ocurrido.

He de decir que Julián, a pesar de que tiene poco más de treinta años, es un hombre poco agraciado de cara, no muy alto, enjuto y un poco clorótico y que unos días antes paseando por la calle principal de la ciudad, se paró a ver unos trajes de caballero en un escaparate. A su lado, vio reflejado en el cristal a otro joven que hacía por dos de Julián: Guapo, alto, musculoso…, y al instante, tomó conciencia de que tenía que mejorar su imagen. Desde allí se fue a un gimnasio y pidió un entrenador personal. Cuando vio a la persona que lo iba a ejercitar, se quedó con la boca abierta.

Llegó a su casa eufórico:

— ¡Raquel es un bombón! Es una chica diez: alta, rubia, ojos azules…, seguro que en poco tiempo me pone hecho un atleta.

El primer día de gimnasio, Raquel le dijo:

—Hoy comenzaremos con algo sencillo; primero calentamos y después media horita de bicicleta.

Julián llegó a su casa hecho polvo. Le  dolían  las pantorrillas y el culo, pero pensó que al día siguiente se le pasaría.

El segundo día Raquel, después de calentar, lo puso media hora en la bicicleta, para más tarde, colocarle una pesa de un quilo en cada mano para que hiciera bíceps.

Cuando volvió a su apartamento, no era capaz ni de coger las llaves de su bolsillo, — según él, le dolía hasta las pestañas— y tumbado en la cama, comenzó a pensar que a Raquel, él, no le había caído muy bien.

—Yo no la veo muy femenina. Quizás quiera dejar en ridículo a los hombres y por eso me machaca

Al día siguiente,  después del calentamiento, la bicicleta y las pesas, Raquel lo pasó a la cinta andadora y ahí ya, las piernas y los brazos de Julián, comenzaron a flaquear. La entrenadora le dijo:

— “¡Animo, Julián! ya estás mejorando”. Te voy a poner un paso lento para que le vayas cogiendo el ritmo.

El pobre tenía la boca seca, los ojos enrojecidos, el sudor lo empapaba como si estuviera debajo de la ducha.

Como no quería quedar mal frente a la chica, no dijo nada.

Agarrado a la barra de la cinta, comenzó a dar pequeños pasos. En ese momento la cabeza le daba vueltas y quiso asirse con más fuerza, pero, con tan mala suerte que, al no tener la vista clara, puso la mano en los botones digitales para acelerar la marcha. La cinta lo despidió lanzándolo fuera de ella, cayendo boca abajo y yendo a dar con la boca en el borde metálico de la misma.

Ahora frente al espejo se mira y dice:

—¡Maldita, Raquel! No solo no le caía bien, sino que quería aniquilarme.

Ángeles Venteo Lara