EL OJO DE LA CERRADURA
El azul intenso de los calurosos días, se iban convirtiendo en un desvaído celeste y, en las casas del barrio, se comenzaba a abrir las ventanas para intentar que un poco de aire fresco, aliviara el bochorno que había fabricado los 38 o 39 grados con los que nuestro querido “lorenzo”, nos obsequiaba en esos días.
Las luces de las viviendas empezaban a encenderse. Yo, asomado al balcón, observaba como los trinos tardíos de los pájaros que, rezagados, aún no se habían refugiado en los árboles y algunos menesterosos, ya vivaqueaban al cobijo de las acacias que cubrían el parque. Todo esto, me hacía caer en la cuenta de que se acercaba la hora más esperada de la incipiente noche.
Pared con pared, vivía mi vecina Elena, ella tenía una elegancia natural, un don secreto que hacía que quien la conociera, no la olvidara. Sus ojos de un azul casi violeta, hacía que, si fijaba su mirada en ti, sintieras que tenías que bajar los tuyos porque no eras capaz de sostenerla. Por el contrario, tenía una melena negra como el azabache y no rubia como era de esperar por el color de sus ojos y de su piel. No había chaval en el barrio que no estuviera enamorado de ella a pesar de que era varios años mayor que cualquiera de nosotros. A veces, cuando oía la puerta de su piso, corría a mirar por el ojo de la cerradura solo por la satisfacción de verla atravesar el rellano hacia la escalera y enseguida me iba a la ventana para cuando saliera del portal, observar sus andares por la avenida.
Tocaba el piano como los propios ángeles y a esas horas, la musicalidad que salía por su ventana, entraba por la mía inundando de frescor mi salón, dando la sensación de que los acordes, abrazaban la estancia. Mis pies se movían al ritmo de la música sobre las losas de mármol blanco y hasta las aspidistras que adornaban el recinto, parecían bailar moviendo sus tallos.
En invierno era algo distinto pues, las ventanas permanecían cerradas, pero yo, a la hora de siempre pegaba la oreja a la pared y seguía disfrutando de tan maravillosas melodías.
Llegó el momento de irme a la universidad y ya se fue espaciando el tiempo en los que podía disfrutar de esa felicidad y se terminó totalmente, después de irme a trabajar a otra ciudad y cambiar de residencia. Ya no pude volver a verla ni escucharla. No sé qué sería de ella.
Han pasado muchos años, cierro los ojos y lo recuerdo todo como un perfecto Edén al que quisiera volver; escuchar de nuevo aquellos acordes y el canto de los pájaros en el balcón que me llenaban de serenidad y a la vez de energía.
Ahora, a veces, sin saber por qué, voy a la puerta de mi casa y miro por el ojo de la cerradura. Creo que mi subconsciente aún espera ver atravesar a Elena por delante. Sé, que eso ya es imposible y me conformo pensando que esos años fueron algo especial e irrepetible que no volverán pero, sí, que puedo disfrutar de todo lo bueno que esté por llegar.
Ángeles Venteo Lara | 06/06/2025

Ángeles Venteo Lara nació en San José de la Rinconada (Sevilla) pero hace 41 años que vive en Antequera. Estudió en el Instituto Laboral Femenino y Escuela de Secretarias.
Ha compaginado su labor de ama de casa, con la consulta de Pediatría de su marido.
En 2004 comenzó su andadura en Colaboración Internacional,
concretamente en la provincia de Nara, región del Koulikoro en la República de Malí; hasta que en 2014 tuvo que abandonar el ir hasta allí, por culpa de la
rebelión de los tuaregs y un golpe de estado. Aún sigue en contacto con algunos de los amigos que allí hizo y sobre todo con una niña que se ha traído
en acogida en varias ocasiones, que ya es una mujer casada y con hijos a la que ayudó a hacer la carrera de enfermería y que la llama mamá.
Actualmente y desde hace muchos años, es la vicepresidenta de la Plataforma para la promoción del voluntariado de la comarca de Antequera.
A Ángeles le gustaba leer desde muy pequeña; ya con cinco años leía de corrido las “Lecturas Graduadas” y el primer libro que le compró su padre fue
“Otra vez Heidi” de Juana Spyri. Aunque siempre le han gustado los libros, solo se planteó escribir cuando en 2015 se le concedió el premio Cristobalina Fernández de Alarcón, pero no comenzó hasta el año 2023 que se apuntó al “Taller de Escritura Creativa de Antequera”.






