LA MALETA
Como de costumbre, al caer la tarde, me gustaba ir a meditar a la playa cuando el ocaso se tornaba inconfundible y el clamor del mar se reducía a una suave marejada. Caminaba descalza por el rebalaje, permitiendo que el agua gélida acariciara mis tobillos. Fue entonces cuando vi la maleta: vieja, maltrecha y medio sepultada en la arena húmeda.
Supuse que contendría ropajes, algún fetiche extraviado o, con fortuna, algo de valor. Con dedos trémulos, forcé el cierre oxidado. En su lugar, el interior me reveló un insólito tesoro: un álbum de fotos, la novela El viaje a ninguna parte, tres latas de pimientos verdes fritos, una botella de ron y un pequeño espejo agrietado.
Lo examiné con fijeza, aguardando hallar en el cristal alguna visión, pero fue en vano; ni siquiera devolvió mi propio reflejo. Dejé el espejo a un lado y, bajo el último rastro de luz del crepúsculo, me acomodé sobre la arena para inspeccionar el resto de los objetos. Me detuve en las capturas de color sepia, donde aquellos elementos aparecían retratados de forma inquietante, como si integraran un ritual arcano. Al dorso de una de ellas se leía, en tinta azul eléctrico, una esotérica frase: «Todo es como tendría que ser, nada falta y nada sobra».
Con estupor, advertí que mis facciones figuraban en una de las instantáneas. Mis ojos fulguraban con un brillo espectral y una mano esquelética reposaba sobre mi hombro, junto al pequeño espejo. En ese instante, un hálito gélido rozó mis mejillas y comprendí que la soledad de la playa custodiaba otra presencia. Súbitamente, los cierres saltaron y la maleta se clausuró, devorándome. Un impacto seco. Oscuridad absoluta. El tiempo se detuvo y el aire se densificó, transformándose en un veneno que calcinaba mis pulmones. Arremetí contra la tapa una y otra vez. Inútil. Mis alaridos morían contra el cuero añejo. La angustia me anudó el estómago en un espasmo de náuseas.
De pronto, un leve hilo de luz se filtró entre las costuras. Con bríos renovados, embestí la cubierta con ferocidad y, en un último aliento, la maleta cedió. Rodé sobre la arena, escapando de aquellas fauces que me acechaban desde su abismo interior, justo antes de que el cuero se sellara de nuevo con un chasquido metálico, confinando sus oscuros secretos. Un pavor gélido me atenazó el corazón. El oleaje comenzó entonces a acunar la maleta; ya no oponía resistencia. Con cada vaivén, la mancha oscura del cuero se alejaba de la costa, reduciéndose a un punto negro que zozobraba entre las olas hasta desvanecerse en el horizonte. Permanecí allí, con los pies hundidos en la arena húmeda, sintiendo cómo el frío borraba el rastro de aquella pesadilla. El silencio se tornó tan denso que solo el murmullo del mar persistió, apenas encubriendo los lamentos remotos de las almas que aún moran en el reino de las tinieblas.
CARMEN BECERRA GARCÍA
MUJER CREATIVA, DESDE LA NIÑEZ LE GUSTA CONTAR HISTORIAS.

Carmen Becerra García (Málaga, 1961). Escritora y funcionaria, vinculada al Taller de Escritura y al Club de Lectura de Antequera. Autora del libro de relatos En el umbral de Rebeca Mundo (2024), ha colaborado en diversas antologías del Círculo Cultural Bezmiliana y del Taller Antequerano de Escritura Creativa. Sus relatos han sido publicados en Atq Magazine, así como en prensa local y provincial. Su trayectoria narrativa ha sido reconocida con premios del Ateneo de Málaga, el certamen Ochavada (Archidona), el concurso de microrrelatos «EN13» de Atq Magazine, el centenario de El Sol de Antequera, Diversidad Literaria y el Certamen Literario María Carreira de Antequera.






