«NO TE SOLTARÉ» | Por Manme Morillo Fillol

Sara despertó de una breve cabezada al creer oír, entre sueños, su nombre y un «te quiero» pronunciado con voz débil. Al mirar a su alrededor, distinguió en la cama un pequeño bulto oculto bajo las sábanas, conectado a varios aparatos cuyos monitores mostraban constantes vitales de la enferma. Asió su mano de la que pertenecían dichas débiles constantes, tan débiles como el apretón que ella apenas podía devolverle. En un intento de transmitirle un poco de fuerza, se le acercó al oído y le susurró un te quiero. Le pareció ver que se le dibujaba una sonrisa, pero, justo a continuación, los aparatos comenzaron a pitar. El equipo sanitario acudió rápidamente, obligándola a salir al pasillo. Poco después, el médico la llamó:

─Ya ha terminado, puede pasar y acompañarla hasta el sótano.

Echó una ojeada a todos los aparatos a los que había estado conectada a la vez que los enfermeros lo desconectaban.

Se acercó a ella y le cogió la mano, aún caliente. Se acomodó en el gran ascensor, junto con el personal sanitario, y evocó la primera vez que se había subido a uno.

Toda la familia había viajado a Murcia en Navidad, cuando ella tenía unos seis años, donde visitaron los lugares más emblemáticos de la ciudad, para terminar en El Corte Inglés. Allí, en la planta baja, habían preguntado por los juguetes y la ropa infantil y un amable dependiente les había sugerido que tomasen el ascensor hasta la quinta planta y después bajaran a la segunda. La niña quedó hechizada al subir, ya que hasta ese momento solo los había visto en películas porque en su pueblo aún no había ninguno. Le daba miedo, pero ella le dijo: «No te soltaré de la mano, conmigo estarás segura».  Los juguetes la cautivaron, y nunca olvidaría tampoco el pichi, el jersey, los leotardos y el abrigo que le compraron con ese aire sofisticado y elegante de los grandes almacenes, quedando grabado para siempre en su memoria. Al salir, se quedaron un ratito en Cortilandia.

Sin embargo, ahora iba vestida con unas simples mallas y un jersey antiguo. Y ahora era ella la que tenía que soltar esa mano que, constantemente, la había protegido. Respiró hondo, se inclinó, le dio un beso en la frente y otro en la mano mientras le susurraba: «Te quiero, mamá», mientras contemplaba como desaparecía de su vista.

Subió las dos plantas que le separaban de la calle y, mientras llamaba por teléfono para comunicar la noticia, se sonrió al escuchar a lo lejos la canción de Cortilandia. Enjugándose una incipiente lágrima, miró al cielo y le envió un último beso. 

                                                                Manme Morillo Fillol

María del Carmen Morillo Fillol, nació en Campillos. Desde hace 41 años vive en Antequera. Estudió en el instituto de su pueblo y en la Escuela Universitaria María Inmaculada de esta ciudad. Está casada y tiene dos hijas y dos nietas maravillosas (las cuatro).
Maestra jubilada.
Desde pequeña, su madre, le inculcó el gusto por la lectura y la escritura. Pertenece al club de lectura de la biblioteca de San Zoilo y al Taller Antequerano de Escritura Creativa. Ha publicado en Las 4 esquinas y participado en 2 libros de relatos del Taller. Es voluntaria de la AECC.