Las lozas de la cafetería que frecuento son blancas y negras, a modo de tablero de ajedrez, pero en diagonal. Allí me desprendí de mi carpeta a propósito; solo tuve que despegar la punta de mis dedos para que se deslizase hacia el suelo porque está forrada de un plástico resbaladizo como el lomo de un pez. Cayó en una de las baldosas negras del suelo, justo a los pies de la mesa.
Allí se encontraba el dibujante de viñetas de un importante periódico, un asiduo del local que en ese momento hacía garabatos sobre una servilleta de papel. Además, imparte clases de pintura. Las hojas que contenían la carpeta, con mis dibujos de los últimos días, fueron cayendo una tras otra. Todos eran de pájaros, al estilo de los que ilustran en sus libretas los biólogos cuando están estudiando sus comportamientos. El señor, sin dudarlo, se levantó y me ayudó a recogerlos.
—Bonitos dibujos —dijo tras un amable buenas tardes.
—Siento la molestia, disculpe —dije yo simulando apuro.
—¿Te importa que los repase con detenimiento?
—No, qué va, adelante —le contesté ya algo turbada.
¡No me lo podía creer! !Mi recurrente e ingenua idea de dejar caer la carpeta, para que ese señor viera mis dibujos y se interesara por ellos, estaba pasando!
El dibujante tiró del bolígrafo que portaba sujeto a la bocamanga de su jersey de lana algo deslucido. El local adolece de una buena iluminación, pero en cada mesa hay fijada una lámpara que proporciona una redondez de luz tan amplia como el tablero.
—¿Me permites? —me preguntó con el bolígrafo apuntando hacia mis dibujos y señalando con la otra mano la silla contigua a la suya invitándome a tomar asiento.
—Claro, claro —le respondí acomodándome a su lado.
Él empezó a marcar, con la rúbrica de una palomita y en color azul, distintos puntos de los dibujos e hizo algunas observaciones, sobre todo en las líneas de los contornos, en rojo. Me sentí orgullosa y ufana cuando comprobé que los rojos escaseaban, pues di por hecho que era donde veía los fallos.
—Doy clases, soy muy selectivo y acepto pocos alumnos, aunque creo que ya estás en antecedentes —dijo guiñándome un ojo— Y prosiguió haciendo comentarios sobre el talento que había visto en mis dibujos: los perfectos trazos que distinguió, el brillo en los diminutos ojos de las aves, los matices de los colores, la perspectiva, pero, por supuesto, necesitaba pulir mi estilo y aprender las distintas técnicas.
A esas alturas, con mi corazón ansioso y exaltado, las palabras empezaban a atropellarse en mi garganta que me traicionó, con un inoportuno gallo, y me obligó a aclararme la voz y pedir disculpas.
—Depende del precio y si no tengo que desplazarme lejos…—conseguí por fin articular esta frase como respuesta.
—Tú ven el próximo jueves, a las seis —dijo extendiendo hacia mí una tarjeta de visita y presentación.
Cogí la tarjeta y me despedí; comprendí que daba por concluida la conversación y yo me hice cargo de haber abusado bastante de ese peculiar personaje; así lo intuí en aquel momento. Luego, con el trato continuado, me reafirmo en que es, verdaderamente, un individuo curioso, poco común.
Cuando salí a la calle, ya era tarde y había llovido. Me pareció luminosa y limpia a pesar de que una muchedumbre ocupaba las aceras, como si se hubiese generalizado una urgente necesitad de salir a disfrutarla, pues era una noche linda, con ese olor a nuevo que tiene el aire después de las lluvias. Ese olor que desde entonces me retrotrae a aquel afortunado y fructífero día.
Remedios Fernández.
Remedios Fernández, pertenece al Taller Antequerano de Escritura Creativa.







