
LAS MIL HISTORIAS NATURALES | de Francisco J. Rodríguez
Verano de 2025.
Carretera A-348, Km.109.
Término municipal de Campillos.
“Sucesos reales”.
Aquel día mi vehículo avanzaba sobre el asfalto. Pardos tarajes desfilaban a la vera; se erigían protectores envolviendo la orilla de la vecina Laguna Dulce de Campillos. La vida bullía en sus aguas. Ruidosas pagazas de llamativo pico azabache sobrevolaban la lámina de agua entre sonoros griteríos, mientras cigüeñuelas saltarinas desplegaban su danza.

Fuera, en tierra firme, pájaros de negro collar sobre el cuello se adivinaban en el barbecho. Eran sisones, aves de la estepa cuyos machos, la pasada primavera comunicaron a los suyos su mensaje a modo de semáforos: eran perfectos candidatos para competir en el sagrado evento anual que les congregaba en medio de la pista de baile comunal. Desplegaron exhibiciones, adoptaron su particular “postureo” aviar
⸺mucho antes de que nosotros “les copiásemos” posando muy compuestos en las redes⸺. Aquel ejemplar colocó su cuello henchido, y mientras emitía un peculiar sonido repentino, dio un salto que casi llegó al metro de altura, destacando por un segundo sobre la extensa llanura seca. Fue su momento de gloria. Jugueteos y danzas de cortejo imprescindibles que abrirían las puertas a la época del amor, garantizando la elección del mejor candidato para la reproducción. Perpetuarían así la especie, que en los últimos años se encontraba en serio Peligro de Extinción, debido al dramático descenso de sus poblaciones. Los cambios en los cultivos extensivos tradicionales de cereales de secano, así como el abuso de insecticidas envenenando el alimento sobre sus campos tenían gran parte de culpa.

La laguna Dulce forma parte integrante de ese conjunto de hasta once lagunas que se reparten por las tierras de Campillos. Constituyen lejana reminiscencia de aquel paisaje antiguo que se sumerge en la profundidad de los tiempos, cuando hace millones de años esta región estuvo bajo un extenso océano primitivo de poca profundidad, el mar de Tetis. Violentos empujes entre las montañas terminarían cerrando el Estrecho de Gibraltar, convirtiendo al Mediterráneo en un lago completamente cerrado. El implacable azote del sol terminó evaporando progresivamente sus aguas, convirtiéndolas en dispersos charcos de salmuera, de una salinidad extrema. Terminarían secándose, precipitando su contenido hasta convertirse en dispersos bancos de sal que yacerían para la posteridad. Cada temporada de tormentas y lluvias intensas, vuelven a renacer los vestigios de aquel mar ancestral, y lo hacen en forma de lagunas saladas, ojos que reflejan a pequeña escala el recuerdo de aquel mar que aquí un día existió.
De entre todas las lagunas hermanas, es la Dulce la que atesora menor concentración de sal. De ahí su errado nombre, pues más que dulce se trataría de la menos salada del rosario que conforma el complejo lagunar de Campillos.
La sequía azotaba aquellos días la región. Y en medio del hostil ambiente de desecación, esta laguna, la mayor entre todas, resistía estoica, cuando el resto hacía tiempo que sucumbió al implacable estiaje. Desde siempre es sabido que mantiene por más tiempo las aguas en el interior de su vaso lacustre.
Todo eso ocurría aquel verano, cuando las aves del humedal no encontraban hábitats con un mínimo de agua en su seno. La vecina laguna de Fuente de Piedra, a escasos kilómetros de distancia, lo único que alcanzaba dar de sí eran los rayos de sol que desprendía cegadores, tras reflejarse en el espejo de su costra de sal sobre el reseco lecho.

Y allí estaba la laguna Dulce, llena de agua; convertida en un vibrante hervidero de aves, actuando como potente imán para la biodiversidad, verdadero reservorio de vida por entonces, con ruidosos bandos de patos y andarinas zancudas, zampullines y gaviotas.
De pronto, algo me hace volver a la realidad, abandonando la ensoñación en que estaba sumido. Un vehículo avanza hacia mí por el carril opuesto. Realiza extrañas maniobras, como si algo pretendiese esquivar. Pongo mis sentidos alerta. Ya me lo habían avisado, estos días andan por aquí, inexplicablemente… en mitad de la carretera.
Ojos bien abiertos, voy atento por si se produce el encuentro. Disminuyo la velocidad. De pronto… aparece. Ahí está…, delante de mí. Alto, desgarbado. Sus patas palmeadas pisan el negro asfalto. Pasea sobre el vial como si anduviese tranquilo por su laguna protectora. “No es este su sitio”, pienso. Algo no cuadra. Piso el freno a tope. Por suerte no viene ningún vehículo detrás. Los trastos que llevo sobre el asiento del acompañante salen disparados contra el salpicadero. “Debo ser más ordenado”, me digo. Cuando mi coche queda finalmente pegado al asfalto, el pollo de flamenco, que pasea su pardo plumaje ante mí, ha quedado a un palmo del morro de mi vehículo. Un segundo antes, cuando me aproximaba peligrosamente hacia él, noté que me miraba desde aquellos ojos pequeños, de profundo iris amarillo que encerraba en anillo una pequeña pupila negra, minúscula. ¿Qué estaría pensando en aquel preciso instante? ¿Qué pasaría por su mente de dinosaurio emplumado?

Del susto que se ha llevado, cambia de sentido 180 grados, para dirigirse ahora hacia la cuneta. Pienso que ahí estará seguro. ¡Uff!… Soplo aliviado al no haber atropellado al pobre animal. Ha faltado muy poquito.
Arranco y me quito de en medio para evitar provocar un accidente. Mientras acelero, echo un vistazo por el retrovisor para comprobar cómo evolucionan los acontecimientos tras de mí. ¡Dios!…, mi alivio dura poco. Observo que el polluelo vuelve de nuevo al centro del vial. Presiento una cosa… su destino está sentenciado. El próximo automovilista tal vez no acierte a reaccionar a tiempo. En mi avance me topo con un cuerpo sobre la carretera, varios metros después otro, y así varios más; son sus compañeros de bandada, que yacen caídos. Tuvieron peor suerte.
Días atrás habían llegado a mis oídos rumores. Un grupo de jóvenes flamencos merodeaba desorientado, bajos de energía, justo en este tramo de la carretera.
Aquellos días, por más que busqué la causa de tan incompresible comportamiento, no alcancé a entender. Era aquella una conducta antinatural. El instinto de supervivencia debía ordenarles otra cosa distinta a aquellos animales. Todo se había vuelto ilógico.
Aquel bando de flamencos persistió con terquedad una y otra vez en andar dejando atrás su laguna protectora, para adentrarse en aquel camino de muerte.
Explicaciones sobre el hecho se oyeron varias, de muy diversa índole.
Comentaban los unos que la gripe aviar amenazaba la región, y buen puñado de aves acuáticas estaba cayendo, afectadas en algunos humedales. Otros recodaban episodios pasados en que el botulismo azotó esta misma laguna, provocando que negras fochas y otras aves aturdidas fuesen atropelladas en el mismo punto negro de la carretera.
Opinadores los hubo diversos. Pero la hipótesis tal vez más plausible la narraron como sigue:
Observadores habían contado que la noche anterior un gran bando de flamencos adultos arrancó a volar, como sucedía puntualmente cada anochecer. Era un momento muy intenso, con aquella excitante algarabía de graznidos que sonaban aquí y allá. En medio de un contagioso y sugestivo espíritu gregario, la emoción de la colonia iba in crescendo, con la expectativa de un vuelo inminente que se aprestaban a acometer, prometiéndose kilómetros de viaje en busca de alimento a lejanas salinas y marismas costeras, a cientos de kilómetros.

Un puñado de atrevidos jovencitos, de los nacidos aquel año en la vecina laguna de Fuente de Piedra, imbuidos por el magnetismo que sobre los animales gregarios ejerce el irresistible sentimiento de bandada, se mimetizaron con aquella enorme masa rosada en vuelo, que se comportaba como si de un único y colosal organismo se tratase, el Ave Fénix.

Ingenuos, debieron creerse preparados para la azaña, convencidos de su capacidad, y se adosaron al conjunto de adultos fuertes y vigorosos. Pero tal imagen tan sólo estaba en su fantasía. Y aquella aventura fue corta. Al poco de iniciar la travesía, las fuerzas de los incautos jovenzuelos comenzaron a flaquear. No eran capaces de seguir el ritmo del gran bando, iban a caer de un momento a otro.

Poco a poco comenzaron a descolgarse como torpes paracaidistas, dejándose caer en una maniobra forzosa. El destino quiso hacerles aterrizar en tierra de nadie, un espacio intermedio entre la laguna Dulce y la carretera colindante, a escasos metros de esta.
Agotados y desorientados, comenzaron a andar por el carril del observatorio ornitológico. Un capilar que desembocaba inexorable en la oscura arteria principal, la carretera por donde pasaban como rayos los mortíferos artefactos rodantes a velocidad endemoniada. Una ratonera. No había vuelta atrás. Andar…, y que el destino decidiese. Y bien que lo decidió.
Tal vez nunca lleguemos a saber qué ocurrió realmente…, qué le pasó por la mente a aquel desdichado puñado de jóvenes cagarzos. Aquerenciados empecinadamente a permanecer en la carretera. Pero el destino inmisericorde, que no entiende de razones ni sentimientos, tuvo el capricho de hacer coincidir en un mismo lugar dos mundos totalmente antagónicos: la gracilidad y delicadeza de aquellas aves, y la vorágine alocada y veloz del mundo moderno.
Francis Rodríguez
Francisco J. Rodríguez es un investigador y divulgador medioambiental con una amplia trayectoria en el estudio del ecosistema del Torcal de Antequera (Málaga).
Ha sido premiado por:
–La Agencia de Medio Ambiente de Andalucía
–El Colegio de Doctores y Licenciados de Málaga por su trabajo sobre el ecosistema del río Guadalhorce.
Encargado del inventario y propuesta de restauración de fuentes y abrevaderos del Torcal, por el Ayuntamiento de Antequera.
Es autor del libro “La naturaleza en Villanueva del Rosario”, publicado por su Ayuntamiento.
Forma parte de un grupo de seguimiento de la colonia de cernícalos primilla, una rapaz protegida en el núcleo urbano de Antequera.
Actualmente trabaja como guía e intérprete de la naturaleza en el Caminito del Rey, en el Paraje Natural del Desfiladero de los Gaitanes.

Y es autor de además de numerosos trabajos científicos, del libro ‘Torcal. Habitantes del tiempo | Una historia humana.





