Antonio Domínguez Luque | Un prestigioso psicólogo forense, antequerano

«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine

El oficio de escuchar | Psicología, tinta y música en la vida de un antequerano «inquieto»

Como siempre digo, la Historia respira en cada esquina en Antequera y en su geografía humana surgen a veces figuras que no solo caminan con su tiempo, que lo interpretan y ayudan a enriquecer el de los demás.

Antonio Domínguez Luque es psicólogo forense, perito calígrafo, melómano apasionado y divulgador cultural, y una de esas presencias que desbordan su propio ámbito profesional. A sus 41 años, este «inquieto» (declarado así por sí mismo), ha tejido una trayectoria versátil y singular en Antequera.

Su nombre es habitual en los tribunales. No pienses mal, lector-a , es que es allí donde firma informes periciales en casos tan complejos como custodias de menores, incapacidades o pericias documentales.

Pero también resuena en salas de conciertos, y en la ópera y en tertulias cofrades y asociaciones sociales donde acompaña a mujeres afectadas por cáncer o a niños con discapacidad. Su talento y su entrega consiste en observar con minuciosidad, comprender con profundidad y explicar con claridad y con una sabiduría y sensatez no frecuente en su juventud profesional (parece que se ha tragado un sabio) .

Me recibe con serenidad, a pesar del trajín profesional que sus distintas dedicaciones le impone.
“La psicología es escucha”, parece decir su manera de hablar, casi musical.

Lo que sigue es un bienintencionado (por mi parte) retrato, eso sí, incompleto, pero poliédrico de un profesional que se mueve con idéntica naturalidad entre el juzgado, las distintas asociaciones a las que ayuda, la partitura y la palabra.

Antonio Domínguez Luque no levanta la voz, pero deja estela. No busca el foco y, sin embargo, termina iluminando rincones incómodos de la realidad. Pertenece a esa estirpe cada vez más escasa, la de los profesionales que no separan el rigor técnico de la conciencia ética, ni la cultura del compromiso humano.

A sus 41 años, este antequerano ejerce como psicólogo judicial, perito calígrafo, escritor, divulgador musical y analista del fenómeno cofrade, pero reducirlo a un listado de etiquetas sería una injusticia. Lo que define a Antonio no es lo que hace, sino cómo lo hace: escuchando. Con método. Con la distancia oportuna y la cercanía deseable. Y con una sensibilidad que no se apaga ni siquiera cuando el trabajo exige ponerse una armadura.

Le pedí que me contara cuáles son sus facetas, las que ha «cultivado». Porque veo que sabe de ópera, sabe de literatura, de…
“Yo creo que tengo un huerto muy grande”, me dijo, casi disculpándose. Y ese huerto «lleno de surcos, injertos y temporadas difíciles» explica mejor que cualquier currículo la coherencia de una vida atravesada por la observación del ser humano.

El despacho de Antonio no es un lugar neutro. Es una frontera donde la teoría se rompe. De un lado, la ley a la que hay que ajustarse por derecho y por deber; del otro, la vida. De un lado, los expedientes; del otro, personas que llegan rotas, enfadadas, asustadas o confundidas. Desde 2013, cuando abrió su consulta al público, la puerta no ha dejado de girar.

Su especialidad es la psicología judicial o forense, una disciplina que exige precisión quirúrgica y una imparcialidad casi inhumana. Interviene en procesos de separaciones, guardias y custodias, incapacitaciones y evaluaciones complejas donde un informe puede cambiar el rumbo de una vida.

Y es precisamente en el terreno de los menores donde Antonio se muestra más contundente.

“Hay padres y madres que utilizan al niño para hacerse la puñeta el uno al otro. Literalmente. Y eso es devastador.” |
Antonio Dominguez

Habla sin estridencias, pero con firmeza. Desmonta la idealización de la custodia compartida cuando se aplica como dogma y no como solución adaptada a cada caso.

“Sobre el papel, es ideal. Pero tú no puedes imponer una custodia compartida si el niño, desde el día uno, está deseando volver con el otro progenitor porque no soporta la situación.”
Antonio Domínguez

Describe escenas que no aparecen en las sentencias: niños gritando en los intercambios, ansiedad, bloqueos emocionales, fracaso escolar. Todo eso forma parte de la realidad desnuda frente a la teoría bienintencionada.

Y ahí entra su papel: determinar aptitudes parentales reales, no ideales. Decir verdades incómodas. Incluso a quien le paga el informe.

“La imparcialidad no es no sentir; es no mentir.” | Antonio Domínguez

Ser perito exige blindarse. Antonio lo sabe. Lo practica. Pero no presume de dureza.

“Yo no entro por la puerta y me quito el traje de persona.” | Antonio Domínguez

Reconoce el desgaste emocional, la dificultad de no llevarse a casa historias que duelen, decisiones que dejan cicatriz. Y no hay armadura que lo evite. La psicología judicial no es terapéutica; no consuela, Certifica. Y eso, a veces, pesa más que acompañar.


Pero tiene amplitud de miras y generosidad de sobra. Por eso, quizás, su colaboración con asociaciones como la Asociación de Mujeres Mastectomizadas o AMIDIS no es una casualidad, sino un contrapeso vital.

En estos espacios, Antonio sostiene, no evalúa. Es su versión psicólogo sin toga. Cambia el tono, el ritmo, el objetivo. Aquí no hay informes; hay personas enfrentándose a una bomba que estalla en mitad de la familia.

“A veces nos centramos solo en la paciente, pero la familia sufre lo más grande.”
Antonio Domínguez

Habla de mujeres mayores y no tan mayores que pierden el sentido de seguir viviendo, de maridos desorientados, de hijos y nietos que no entienden el silencio. Y ahí emerge una de sus ideas más repetidas, tan incómoda como honesta:

“A veces hay que tirar del carro no solo por uno mismo, sino por los que se quedan.”
Antonio Domínguez

No es psicología de eslogan. Es ética del cuidado. Dura, pero profundamente humana.

Y si el despacho judicial es «frontera», su mesa de peritaje caligráfico es laboratorio. Lupas, mediciones milimétricas, luces ultravioletas, análisis multiespectral. Nada es decorativo. Es su laboratorio de la escritura, cuando la tinta habla y revela cosas que él sabe ver.

Como experto calígrafo, Antonio sabe que la escritura es un acto inconsciente, un rastro neurológico y emocional.

“En un manuscrito puede aparecer una psicopatología.” | Antonio Domínguez

Ha participado en casos donde un «análisis de pulso, homogeneidad y presión del trazo» ha sido clave para demostrar estados depresivos profundos, consumo farmacológico o alteraciones del juicio.

Recuerda especialmente un caso en el que un hombre acusado fue exonerado tras demostrar que los escritos analizados se realizaron en un momento de grave depresión clínica.

“Cuando la verdad técnica hace justicia, te vas a casa en paz.” | Antonio Domínguez

«No sientes triunfalismo. Sientes alivio».

Hay en Antonio una afición musical más allá del juego. Me dice que él no heredó la música, que la descubrió. Tenía cinco años cuando escuchó un aria de La flauta mágica en un anuncio de televisión. Aquel instante fue el inicio de una larga especialización.

Desde entonces, la ópera ha sido en él una estructura emocional. Rossini ocupa el centro de ese universo, hasta el punto de que en 2008 publicó un libro analizando sus 39 óperas, una obra pionera en su ámbito.

“El conocimiento, si no se comparte, tiene menos valor.” | Antonio Domínguez

Para él, la música no es evasión, es orden. Es arquitectura, belleza con lógica interna. Quizás por eso conecta tan bien con su mente analítica.

Antonio es cofrade desde niño, pero tampoco por herencia. Se define como “el primer bicho raro” de su familia. Vivió dieciséis años en la primera línea de gestión, especialmente en Santa Eufemia, en años intensos y exigentes.

Y luego se fue.

“Dejarlo fue como un duelo.” | Antonio Domínguez

No por falta de fe, sino por exceso de lucidez. Cuando las direcciones se separan, retirarse también es una forma de coherencia.

De esa experiencia nació ‘Psicología Cofrade‘, un libro que incomodó a muchos porque ponía un espejo delante de una realidad idealizada: luchas de poder, liderazgos tóxicos, influencia social, pero también en otros muchos, generosidad silenciosa y devoción auténtica.

“Dentro hay verdaderas batallas campales… y también personas maravillosas que no quieren que se sepa lo que han dado.” | Antonio Domínguez

Antonio no corre maratones ni escala montañas. Su refugio es la novela negra. Agatha Christie como maestra absoluta. Dolores Redondo y Gómez-Jurado como contemporáneos.
Le gusta adelantarse al autor. Leer como quien investiga. Incluso cuando descansa, analiza.

Y entre sus intimidades, sin épica pero con enorme sabiduría, viajar con su amada, con quien aprovecha cada momento para disfrutar de otras geografías, otras músicas en escapadas frecuentes.

Antonio Domínguez Luque no es un personaje estridente. No pontifica. No moraliza. Observa.
Es un Psicólogo que no promete felicidad, aunque conoce el camino y lo practica en su vida privada. Un perito que no vende certezas, un melómano que no presume, y un cofrade que supo irse. Su mayor virtud es la coherencia silenciosa entre lo que piensa, lo que hace y lo que calla.

En Antequera, este paraíso de ciudad de etapas en la historia y de tiempos superpuestos, Antonio es uno de esos hombres que ayudan a entender el presente sin fastidiarlo.

Porque, al final, como él mismo deja caer casi sin querer, en psicología, en música y en la vida, el secreto está en saber escuchar.