La Orquesta “Ciudad de los Califas”, nos enamoró musicalmente en la EMMA a propuesta de la ONCE Antequera

«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine.es

Aunque la Semana Santa ha retrasado esta breve reseña que me habría gustado hacer sobre el concierto de la ONCE en la Sala EMMA celebrado el 27 de marzo, no me gustaría dejar de contar que esa tarde-noche vivimos unos momentos preciosos

Aún me cuesta poner en palabras la emoción que flotaba en el ambiente desde el primer acorde. Sentado entre un público que llenaba la sala, percibí algo distinto, una especie de emoción compartida que iba mucho más allá de lo musical. Aquello no era un concierto simplemente; era una lección de vida, de arte y de humanidad, enmarcada en la Semana del Grupo Social ONCE 2026 y presidida por María Teresa Cobos, directora de ONCE Antequera.

Desde las primeras notas del Popurrí de aire andaluz, el sonido nos envolvió con una calidez extraordinaria. Había una limpieza, una precisión y, al mismo tiempo, una ternura difícil de describir. Los instrumentos de plectro, bandurrias, laúdes, guitarras y contrabajos, parecían respirar al unísono, como si cada cuerda supiera exactamente cuándo y cómo emocionarnos. Era armonía en estado puro.

Confieso que hubo momentos en los que cerré los ojos. Alfonsina y el mar me atravesó con una delicadeza casi dolorosa; Camino del Indio me llevó lejos, muy lejos, y en las piezas de cine, como El padrino, Forrest Gump o La vida es bella, sentí cómo la música despertaba recuerdos que ni siquiera sabía que tenía guardados.

Pero más allá de la belleza del repertorio, que fue exquisito, lo que me conmovió profundamente fue la entrega. La Orquesta de Plectro “Ciudad de los Califas”, compuesta en su mayoría por músicos ciegos o con alguna discapacidad visual, no solo interpretaba música: la vivía, la compartía, nos la regalaba. Bajo la dirección de Rafael Romero Gil, cada gesto, cada entrada, cada matiz estaba cargado de intención y sensibilidad.

Hubo un instante, durante Los chicos del coro, en el que sentí un nudo en la garganta difícil de disimular. Miré alrededor y no fui el único. El silencio del público era absoluto, reverente, como si todos fuéramos conscientes de estar asistiendo a algo irrepetible.

Y entonces llegó el final. El bueno, el feo y el malo sonó con una fuerza arrolladora, espectacular, arrancando una ovación larga, sincera, de esas que nacen sin pensarlo. Me levanté a aplaudir como si tuviera un resorte que me empujara con una mezcla de admiración y gratitud. Creo que a todos nos pasó lo mismo: un impulso interno nos levantó de la butaca para gritar bravos y aplaudir con ganas.

Fue un concierto precioso, impecable en lo técnico, brillante en lo sonoro.
… profundamente humano.
Y eso, cuando ocurre, a mí no se olvida jamás.