«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine
El pasado 20 de marzo, Antequera vivió una noche de celebración doble: la esperada reapertura de la renovada Casa de la Cultura y el regreso del teatro con la puesta en escena de Ocho mujeres, un montaje que convirtió cada gesto, cada silencio y cada mirada en pura verdad escénica.
Es una felicidad poder volver a contar con esta sala y poder asistir a las puestas en escena de obras tan bien puestas como la que Antequera Teatro ofreció para reinaugurar el sitio.
Carmen Ramos, Marta de la Rosa, Mónica Megías, Encarna García, Teresa Barroso, Mercedes Montilla, Pilar Parejo y Carmen Partida, dirigidas por Marina Pérez conquistaron a un público que nos divertimos y quedamos maravillados de su representación.
La noche de viernes en la Casa de la Cultura de Antequera tenía algo de acontecimiento doble, casi ceremonial. No solo se alzaba el telón para Ocho mujeres; el propio espacio escénico renacía ante la ciudad tras meses de rehabilitación. Y hay que decirlo sin ambages: la remodelación ha devuelto a la sala de actos una dignidad mayor, una calidez envolvente que convierte la experiencia teatral en algo más íntimo, más cercano, más vivo. Es, sin duda, una conquista cultural para Antequera y un motivo legítimo de celebración colectiva.
En ese marco renovado, la representación de Ocho mujeres, pieza de intriga con resonancias de comedia negra, encontró el contexto ideal para desplegar su juego de tensiones, secretos y máscaras. Bajo la dirección de la polifacética Marina Pérez, el montaje apostó por un equilibrio muy acertado entre el ritmo narrativo y el desarrollo en escena, evitando caer por ejemplo en el histrionismo fácil que a veces pudiera acechar a un texto de estas características.
Otro de los méritos de Marina Pérez reside en haber entendido que Ocho mujeres no era solo un juego de sospechas, también era un delicado mecanismo de relojería donde cada gesto cuenta. Yo vi su dirección muy limpia, sin artificios innecesarios, confiando en la fuerza del texto y en la capacidad de las intérpretes para sostenerlo, incluso en esos momentos en los que el silencio habla tan alto como cualquier palabra.
Porque, a mi modo de ver, si algo distingue una buena función y aquí es donde yo afino siempre mi mirada cuando asisto al Teatro, es en atender no solo a lo que se dice, también a lo que ocurre en los márgenes del texto. Como espectador atento, siempre me fijo en los gestos mínimos, una mirada sostenida menos de la cuenta, un leve cambio de postura, la forma en que un personaje escucha al otro. Las muecas de las caras… qué hacen cuando no hablan…
Y en esta representación había mucha verdad también precisamente ahí. Las actrices no abandonaban nunca el personaje, ni siquiera en silencio. Cuando no hablaban, seguían construyendo la narración, reaccionaban, juzgaban, temían, ocultaban. Esa vida subterránea, ese “estar” constante en escena, es lo que dota de credibilidad a un montaje y en este caso también lo hicieron sublime.

Lógicamente y no es un tópico, el verdadero corazón de la función fue, sin duda, el elenco de actrices. Brillaron cada una en su estilo. Por un lado y con la autoridad escénica de trayectoria y arte que ya conocemos y que improntan Carmen Ramos, Carmen partida, Teresa Barroso y Encarna García (¡qué entrañable verla de nuevo en las tablas!) todas ellas de talento demostrado muchas veces y que bordan con firmeza sus personajes.
Por otro, el también admirable descubrimiento para mí (que conocía menos sus actuaciones antes de esta obra) que también marcaban el pulso en sus momentos clave, Marta de la Rosa, Pilar Parejo, Mercedes Montilla y Mónica Megías, que ya digo que fueron para mí admirables, en pasajes muy incisivos, manejando con inteligencia los silencios y las réplicas cargadas de intención. Agradezco poder haberlas visto en el escenario en papeles tan intensos, ya son talentos nuevos para mí.
Así que…¡Vaya equipazo de 8 actrices!. Construyeron personajes sólidos, bien definidos, con interpretación precisa aportando capas de humanidad a una trama donde todas ocultan algo. Se movieron con soltura entre lo dramático y lo irónico, y lograron arrancarnos al público más de una sonrisa cómplice. Supieron dotar a su papeles de una energía vibrante que contribuía a mantener la tensión en el patio de butacas.


El público, que llenábamos esta renovada sala, (yo me había quedado sin entrada, pero la mano generosa de una excepcional persona -Tere Ruiz- que solucionó mi pena, regalándome la suya con inmensa generosidad, me devolvió la alegría) respondimos con atención sostenida y un aplauso final largo, sentido, agradecido… además de por la función tan interesante y divertida, por el regreso de un espacio, La Casa de la Cultura, que vuelve a latir con mucha fuerza, y lo hace con teatro del bueno.







