«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine
La plaza de toros convertida en teatro, una ópera del siglo XIX vibrando bajo las estrellas y más de 700 personas viviendo una noche mágica.
El pasado 18 de julio, la compañía Ras de Terra trajo a Antequera una versión inolvidable de La sonámbula, de Bellini, en una producción que combinó excelencia artística, sensibilidad social y un cuidado exquisito por cada detalle.
Permíteme lector, lectora, que antes de hablar de este milagro escénico ocurrido en esta ciudad hace unos días, te apunte a modo de prólogo que en el centro de esta proeza cultural, están fundamentalmente dos quijotes Juan Urquiola y Mónica Sánchez Robles, los artífices, soñadores y guardianes de un proyecto que parecía, al principio, tan imposible como deseable.
Son quijotes modernos, no por desvarío, sino por atrevimiento y resolución; de los que se aventuran, por ejemplo, a mirar la piedra de una plaza de toros y su albero e imaginar en ella un templo lírico, un lugar donde lo imposible se hace audible. Dos valientes que lideran Ras de Terra como se lidera una revolución silenciosa, con paciencia, con belleza, con una fe profunda en que la cultura no es un adorno, sino una necesidad humana…
¡Y que se pueden hacer virguerías, como las que hacen ellos!.
Juan Urquiola, con su mirada estratégica y su compromiso inquebrantable con la transformación a través del arte, y Mónica Sánchez Robles, con una sensibilidad que convierte la luz en caricia y el espacio en poesía escénica. No buscan el foco, sino el fondo. No se conforman con traer arte sublime, lo siembran, lo hacen brotar, lo ponen al alcance de todos, sin renunciar a la excelencia.
Me tocó personalmente en el alma la fuerza esperanzadora de Juan Urquiola en sus palabras de presentación del acto desde la tribuna de la plaza, después de que Mónica agradeciera expresamente la acogida de nuestra ciudad a ellos y a la ópera: «Hoy somos unos pocos; mañana seremos muchos más».
Y su trabajo, el de ellos dos y el de quienes componen Ras de Terra no está hecho de grandes promesas, sino de hechos que hablan por sí solos. Como esta noche de julio en Antequera, donde una ópera completa y compleja, con 80 personas implicadas, fue tejida mimando cada detalle, para ser ofrecida a la gente como un acto precioso de dignidad y belleza.

Ellos han demostrado que lo sublime no es inalcanzable, solo necesita voluntad, amor y visión. Y que cuando la locura es la de creer en lo «imposible», entonces no hay molinos que valgan, solo sueños que se alcanzan y en este caso se cantan.
Esta producción formó parte de su labor para acercar la cultura y las artes escénicas a territorios descentralizados, dentro de su objetivo de provocar una transformación social y cultural a través de proyectos artísticos.
En nuestro blog cultural, atqmagazine, Antonio J. Domínguez Luque, ese joven e interesante antequerano, nos avisaba en días anteriores de que “La Sonnámbula”, de Vincenzo Bellini, no es una ópera cualquiera; es un prodigio de delicadeza y emoción, una obra que requiere no solo talento musical, sino una sensibilidad escénica especial.
Y lo que se vivió esa noche fue una auténtica consagración artística. No solo por la pieza en sí, ni siquiera únicamente por su ejecución (que fue sobresaliente), sino por el contexto, por el cómo y el dónde; por ese milagro de que una producción de semejante envergadura decidiera detener su curso y posarse, como un pájaro raro y espléndido, en nuestra Antequera.


A las 22:00 en punto, cuando el último suspiro del crepúsculo se fundía con la primera nota de la orquesta, la Plaza de Toros dejó de ser un simple recinto para convertirse en un templo al aire libre del bel canto.
Con una escenografía que abrazaba el alma, desde el primer momento, el público (unas 700 personas), cifra insólita para un evento lírico de acceso no gratuito, en nuestra ciudad, quedó envuelto en una atmósfera que podría describirse como mágica. La plaza, transformada en un teatro, no perdió su carácter histórico ni su aroma andaluz. Se convirtió en una suerte de caja de música monumental donde todo encajaba, las luces suaves sobre los muros de piedra, la brisa tibia del verano, el murmullo expectante antes de la primera nota…

La escenografía, de una sencillez poética, no compitió con la obra, la sirvió. Pantallas originales aprovechaban el lienzo natural del fondo, una paleta de colores naturales en una iluminación de cine, detalles de época insertados con discreción… y una dirección artística que supo jugar con el espacio como si lo conociera de toda la vida. No hubo artificio, era todo armonía… telas que respiraban con el viento, una iluminación que no cegaba, sino que acariciaba los muros antiguos. El espacio se convirtió en personaje, en memoria compartida, en escenario vivo.
La puesta en escena, concebida por William Costabile Cisco, evitó el escenario central tradicional, optando por una distribución envolvente y dinámica, entre las gradas.
La iluminación, a cargo de Sánchez Robles, realzó la belleza arquitectónica del coso antequerano, logrando una atmósfera mágica para una noche de verano que quedará en la memoria de los asistentes.
Y entonces apareció ella: Annie Fassea. Muchos ya hablaban de esta joven soprano como una promesa imparable; esa noche nos demostró que es una estrella. Con un talento antiguo de esos que conmueven sin esfuerzo. Su personaje Amina fue a la vez frágil y luminosa, pero real, una criatura casi etérea cuya voz acariciaba cada nota con un lirismo conmovedor. No caminaba, flotaba. No cantaba, tocaba el alma. Fue un milagro delicado, hecho de voz, de aire y de mirada.
Annie Fassea posee no solo una técnica depurada que pudimos disfrutar, también una intuición dramática difícil de encontrar en voces tan jóvenes. Su interpretación del aria “Ah! Non credea mirarti” nos dejó a muchos sin aliento. No por exhibicionismo vocal, sino por la emoción contenida, por la humanidad que imprimió a cada nota. Fue un susurro que al público se nos clavó en el pecho con la dulzura de lo eterno.

A su lado, el tenor Gabe Clarke (Elvino) aportó equilibrio y profundidad a una historia clásica que, sin embargo, sigue resonando en el presente. La obra mostró cómo los prejuicios y las falsedades siguen marcando nuestras relaciones humanas, manteniendo así su vigencia temática.

La Orquesta de la Ópera de la Vera y el Coro de Cámara de Extremadura ofrecieron una base tan sólida, tan envolvente, y tan totalmente apasionada… Estallaron momentos de verdadera simbiosis entre músicos y cantantes, y un equilibrio exquisito entre la potencia de las voces y la sutileza de los coros.
“La Sonámbula” no fue solo un canto de amor, también fue una reflexión sobre la inocencia, el juicio social y la posibilidad del perdón. El desarrollo de un guion que inicia con calumnias y envidias y destroza un amor puro, se revuelve en final de justicia. Aunque la mayoría de las óperas terminan en drama, La Sonámbula, logra acabar en felicidad, gracias a la actitud noble de un conde que se enfrenta al pueblo engañado para contarles la verdad.
La traducción simultánea proyectada en pantalla frontal facilitó que todos los que estábamos presentes pudiéramos seguir el argumento y conectar con su carga humana. Muchos comentamos lo acertado de este recurso.
Desde los movimientos casi coreográficos del coro hasta los silencios medidos,… todo fue cuidado hasta el más mínimo detalle.
No se trató de un espectáculo cerrado sobre sí mismo, sino de una experiencia abierta, generosa, que invitaba a sentirse parte de algo mayor. Además del hecho de poder soñar con vivir otros espectáculos de este tipo en nuestra ciudad.
Mónica Sánchez-Robles y Juan Urquiola, Ras de Terra y toda la compañía tuvieron una anfitriona entusiasta, además de amiga, Mari Carmen López Benítez (HEBE), implicada en algunos de los procesos operativos de promoción y ayuda para que pudiera lograrse lo que parecía inverosímil: que la ópera, con toda su complejidad técnica y su aura elitista, se hiciera cercana, acogedora, incluso de petición de futuro.
Más allá del logro artístico (que fue rotundo), lo que queda es un mensaje poderoso: Antequera está preparada para más. Para más ópera, más danza, más teatro de alto vuelo. Para eventos que no solo llenen butacas, sino que dejen una huella como la que estoy seguro que recordaremos esta.
Porque lo de esa noche no fue un concierto ni una función. Fue una ceremonia. Una velada que confirmó que el arte, cuando se hace con amor, respeto y talento, no entiende de geografías ni etiquetas.
Y… como te pedí, lector, lectora que me atendieras en prólogo, cierro mi artículo más abajo con un epílogo, que me sale del alma. Mientras, quiero que conozcas a los protagonistas:
La culpa de que fuera tan bonito
la tuvieron todas estas personas…




Orquesta Ópera de la Vera
Violines I
Nersés Avakimyan
Marina Garcia
Clara Pedregosa
Violines II
Lia Tehotonio
Carmen García Gil
Joan Alonso
Viola
Carlos Martín
Sergio Vigara
Cello
Fran Carmona
Zsuzsanna Brezova
Contrabajo
Enrique Tejado
Flauta + piccolo
Claudia Fernández
Oboe
Daniel Gómez
Clarinete
Iván Gómez
Fagot
Esther Infanzón
Trompa I
David Cuenca
Trompa II
Lia Marina Betancourt
Trompeta
David Casillas
Timbal y Coordinación orquesta
Víctor Segura
Percusión
Gonzalo Zandundo
Director
Juan Pablo Valencia
Coro de cámara de Extremadura
El Coro de Cámara de Extremadura es una agrupación formada por un grupo de cantantes profesionales que comparten pasión por la música coral. Fundado en 2011 con el fin de
desarrollar una oferta músico-coral de calidad tanto en Extremadura como fuera de sus
límites. Dirigido por Amaya Añúa ha participado en numerosos conciertos y festivales.
SOPRANOS:
Julia Berrocal Carreño
M. Ángeles Jiménez Horna
Iris Miralles Rodriguez
María Jesús Pacheco Caballero
L. Soraya Sánchez Benito
Yolanda Arroyo Hernández
ALTOS:
Anabel Antúnez Medina
Fátima Gómez Romero
Nuria Luengo Morales
Elena Suárez Escalera
Trinidad Fernanda Valdés
TENORES:
Sergio Aunión Leranca
José Miguel Bañón Monje
Manuel Camacho Santos
Sergio Fernández Cebrián
Juan Antonio Loro Acedo
Jaime Suárez de Venegas
BAJOS:
Pedro Javier Gómez
Rubén Molano Muñoz
Francisco Paz González
Pedro Pérez Lázaro
Luis Ramos Fuentes
Créditos
Luces y Sonido
Actúa Ibérica S.L.
Dirección Javier Pardo
Iluminación
Daniel Guijarro
Sonido
Noé Zapata
Equipo de Producción
Juan Urquiola
Mónica Sánchez-Robles
Sandra Martin-Artajo
Ayudante de Producción
Yara Mateos
Coproducción Ópera
Co-Pro
Escenografía
Mónica Sánchez-Robles
Asistente de escenografía
Toni Catalá
Figurinismo
Macarena Folache
Asistente de figurinismo
Mariana Folache
Maquillaje
Mari Carmen López Benitez
Transcripción
José Ángel Treviño
Ahora sí: «Epílogo innecesario», pero apetecible de contar:
Ras de Terra, ese proyecto obstinado en hacer de la cultura un puente y no una torre, tejió con hilo invisible una noche perfecta. No porque todo saliera sin errores, que eso pertenece al mundo de los ángeles, sino porque cada detalle estuvo hecho con alma.
Ellos entienden el cuidado como otra forma de arte. Desde el primer destello de luz hasta la última nota suspendida en el aire, todo en esta ópera estuvo pensado para emocionar, no desde la grandilocuencia, sino desde la delicadeza del gesto bien hecho. No hubo nada improvisado. Cada foco, cada tela, cada nota afinada en los ensayos bajo el sol, respondía a una forma de hacer que no entiende de atajos. La forma de quienes creen que el arte merece su tiempo, su silencio y su detalle. La escenografía no fue un decorado más, fue una forma de respeto hacia el espacio, hacia su historia y hacia el público.
Porque lo que se vivió esa noche no fue sólo una ópera. Fue una ceremonia del cuidado. Cuidado por la música, cuidado por los artistas, cuidado por el público, cuidado por las personas que normalmente no pueden acceder a espectáculos así y que, gracias a la generosidad del proyecto, tuvieron su lugar como los demás en primera fila del asombro. Desde Ras de Terra también donaron entradas a colectivos en situación vulnerable, personas mayores en soledad no deseada, en colaboración con Cruz Roja. Este gesto reflejó su compromiso con la accesibilidad cultural y la función social del arte.
Nada de eso ocurre por azar. Todo se cuidó con un amor poco frecuente. Detrás estaba la mirada tenaz de esta asociación cultural, que no se conformó con montar un evento. Quisieron regalar una experiencia completa, con alma, con corazón y con sentido. Apostaron por la calidad sin concesiones, por la belleza sin superficialidad, por una cultura que no baja el listón aunque sea en un rincón del mapa.
Y eso es revolucionario. Casi milagroso. Porque organizar algo con mimo es también una forma de resistencia. Es creer que lo cuidado es política social, que el arte no se reparte en función del código postal, que una plaza de toros puede latir como una «ópera house» si se la trata con amor y con visión.
Organizar un evento así no es solo una hazaña logística. Es una declaración de principios. Juan Urquiola y Mónica Sánchez Robles, apostaron en su fundación por una cultura descentralizada, accesible, sin renunciar jamás a la excelencia. Trabajan sin ánimo de lucro personal, buscan generar recursos para reinvertir en nuevos proyectos culturales, defendiendo la idea de la cultura como inversión y no como gasto subvencionable. Generan proyectos para seguir sembrando belleza en lugares que rara vez figuran en la agenda de lo escénico.
En Antequera, antes de que la música empezara a sonar, ya se percibía algo especial en el ambiente. La plaza de toros no solo fue escenario, fue plaza en el sentido más puro del término. Un lugar de encuentro, de conversación, de espera compartida. Familias, parejas, visitantes y vecinos iban ocupando sus asientos mientras el cielo se tornaba en ese azul profundo de la noche andaluza. Había una emoción tranquila, sin solemnidad, como quien sabe que va a asistir a algo importante pero aún no lo ha nombrado.
Las barras de bar, dispuestas con acierto en los accesos, añadieron un matiz hospitalario y festivo. No se trataba de una concesión comercial, era una forma de cuidar al público, de permitir que la experiencia fuese también un acto social. Las copas frías y los refrescos, el bullicio sereno durante el entreacto, las risas contenidas que acompañaban las conversaciones entusiasmadas… Todo formaba parte de una atmósfera que equilibraba lo artístico con lo humano…
Al final de la función, ese mismo espacio, ya cargado de música y emoción, se convirtió en un foro espontáneo de agradecimiento. Gente que no se conocía se presentaban, comentaban, compartían impresiones con la naturalidad de quien ha vivido algo colectivo. Algunos volvieron a las barras para brindar por lo que acababan de ver. Porque hay funciones que terminan, pero no se acaban.
Mientras caía el telón invisible de esa noche sin luna, muchos nos fuimos en silencio. Conmovidos. No porque no quisiéramos hablar, sino porque sabíamos que algo extraordinario había ocurrido. Y lo extraordinario, a veces, pide ser guardado con reverencia. Como cuando uno se despide sin palabras porque cualquier frase rompería el encanto. Sabíamos que habíamos sido testigos de algo raro y hermoso. Algo que no ocurre todos los días. Algo que merecía ser guardado como se guarda una carta muy antigua o una melodía que aún no sabemos cantar, pero que reconocemos como propia.
Ojalá esta “Sonámbula” sea continuada en tradición en nuestra ciudad hacia un riesgo más alto y más bello, hacia la promoción atrevida y valiente de esta y otras artes, … Ojalá se asiente este espacio como uno más para la realización de espectáculos que, como esta locura, merezcan la alegría.
Ojalá no sea la última vez. Ojalá esta ópera no sea solo un sueño, sino el inicio de una nueva costumbre.
Gracias a quienes lo hicieron posible. Este acontecimiento cultural ha estado respaldado por la Diputación Provincial de Málaga; por el Ayuntamiento de Antequera y por alguna entidad privada.
Gracias por recordarnos que lo extraordinario también puede suceder cerca de casa. Que solo hay que saber mirarlo y hacerlo posible.
…Como un poema que no necesita rimar para conmover.







La mayoría de las Imágenes son prestadas.