«Exasperado«
Querido diario:
Lo malo de ser Dios es que no tengo a quien rezar pidiendo ayuda y consuelo.
Hoy estaba viendo el telediario a la hora de la cena y el ángel que me servía la sopa, corrió a apagar la tele al ver mi desconsuelo. El pobre quería ahorrarme disgustos ocultándome las cosas que están haciendo los humanos. En su buena fe, olvidó que soy omnisciente y que aunque no ponga la tele, nada se me escapa.
Reconozco que los hombres me salieron un pelín defectuosos. Cuando los creé me apené de ellos, porque sin garras, sin colmillos afilados y lentos a la hora de correr, estaban condenados a la extinción; así que les di un cerebro evolutivo e inteligente, que les permitiera compensar su inferioridad frente a los demás animales.
Fue un error. Habría sido mejor dejarlos como un primate más: los monos y los gorilas son igual de feos que los humanos, pero mucho más buenos y simpáticos.
Además de inteligencia, les otorgué capacidad de tener la idea de Dios, de saber que existo. Incluso les regalé la posibilidad de darme el nombre que desearan: Júpiter, Shiva, Jehová, Alá, ¡hasta Pachamama! También les di libre albedrío y capacidad de decisión.
¿Y qué han hecho con regalos tan magníficos? Mal utilizarlos desde el principio.
Lo primero que se inventaron es que los hice a mi imagen y semejanza… ¡Cuánta arrogancia y cuánta ceguera! Pero si yo no tengo imagen alguna, soy el Espíritu, la esencia del Bien. Cualquier criatura está más cerca de parecerse a mí que ellos, porque ningún animal, excepto el ser humano, actúa por pura maldad. De hecho, fue el ser humano quien inventó el Mal porque lo necesita para alcanzar sus fines y para justificarlos, ¡pero si incluso lo practican como diversión!
Luego decidieron que eran capaces de interpretar mis designios y acomodaron su ambición y sus intereses a esa voluntad que decían conocer. A partir de ahí, a cargar desastres a mi cuenta: ¿que diluviaba?, ¿que había pandemias?, pues se inventan que eran castigos Míos, y ¡hala!, a quemar herejes y brujas, a organizar cruzadas y guerras santas. ¿Que no les gustan cómo otros aman o cómo piensan?, pues decretan que los voy a condenar al Infierno por no ser como Yo mando.
¿Y qué había mandado yo? En principio, nada. ¿Qué iba a mandarles, si a mis ojos no eran más que animales un poquito más listos que los demás? Y después de todo tampoco son tan listos, a las pruebas me remito.
Lo del Infierno es otra, ¿quién les ha dicho a estos cenutrios que tengo un Infierno para castigarlos durante toda la eternidad? ¿Por qué clase de psicópata me toman? Creen en el Infierno porque saben de lo que hablan, es invento suyo, han creado no uno, sino cientos, miles: la Inquisición, Montsegur, Auschwitz, Gaza, Soweto, Sarajevo, Guantánamo, las favelas, las pateras, Libia, Lampedusa….
Y cuando la lían parda, hasta el punto de horrorizarse de sus actos, de avergonzarse, entonces sacan la pregunta del millón: ¿cómo es posible que Dios haya permitido esta guerra, aquel genocidio o esa hambruna? Ellos matan y la culpa la tengo yo… En verdad son sepulcros blanqueados.
¿Cuántas veces les tengo que dar las normas de uso de la vida? ¿Cuántos mensajeros les tengo que enviar con las instrucciones? ¿Cuántos hombres y mujeres buenos tienen que hablar en mi nombre hasta que aprendan que basta con amar y perdonar? ¿Qué más quieren, si yo mismo bajé a explicarlo y todavía me duelen las cicatrices de las manos y los pies cuando cambia el tiempo? Con Amor y Perdón cesarían las guerras, no habría ricos ahítos y pobres famélicos, ni niños abandonados, ni animales explotados, ni bosques arrasados, ni océanos agonizantes. Así de fácil.
A veces pienso que prefiero a los ateos, al menos ellos no me echan la culpa de sus actos, ni me dan trabajo con sus quejas y súplicas.
Por eso querido diario, a ratos quisiera ser humano, tipo rey medieval o quizás algo más actual, sin manto de armiño ni corona, algo como presidente de EEUU, Rusia o Israel… individuos poderosos y sin conciencia, a los que nada les importa ni les afecta y además se divierten. Me saldría más a cuenta que ser un Dios que no gana para tila, ni para pañuelos con los que enjugar las lágrimas.
Mª Teresa Becerra López

Nací hace 60 años en Ronda. No mucho tiempo después, nos mudamos a Málaga, donde habían destinado a mi madre que era maestra. Estudié EGB en el colegio Sagrada Familia y bachillerato en el instituto Sierra Bermeja. Soy licenciada en Geografía e Historia por la Universidad de Málaga y como llevo la enseñanza en el ADN y en el corazón, he dedicado treinta y seis años de mi vida a inculcar entre mis alumnas y alumnos el amor por la Historia y el Arte. Espero y deseo haberlo conseguido.
Desde 2004 tengo la enorme suerte de vivir en Antequera donde me siento, desde el primer día, querida y apreciada. Estoy dando mis primeros pasos en la creación literaria de la mano del Taller Antequerano de Escritura Creativa, cuya cita quincenal se ha convertido en un momento increíble de compañerismo, aprendizaje y creatividad. Por todo esto doy gracias a esta ciudad y a sus gentes y a la vida.






