Imagen de portada: cuadro de Cristóbal Toral. «La Llegada»
LA MALETA
Me levanté temprano. Y es que, desde hace un tiempo, no soy la misma: me siento melancólica, triste y pesimista, y no encontraba ninguna razón para salir de ese estado. Aunque cómoda, mi vida se había vuelto monótona y aburrida: marido, hijos y un trabajo que me gustaba —o eso creía—.
Me marché a dar un paseo sin rumbo por calles alejadas. Entré en un bar a tomar un café y, en cuanto me lo terminé, seguí caminando. No recuerdo cuánto tiempo estuve deambulando. Ya me disponía a regresar cuando alguien me tocó el hombro. Al volverme, entre sobresaltada y sorprendida, ni siquiera la reconocí.
—¡Qué alegría, cuánto tiempo! Me he acordado mucho de ti. Me preguntaba cómo te iría.
—Bien. ¿Y a ti? —pude reaccionar apresuradamente.
—Bien, bien también. En mi trabajo viajo mucho, ya sabes. Oye, mira, si no tienes nada que hacer, vente con nosotros, que justo vamos a ver la exposición de Cristóbal Toral. Porque te sigue gustando el arte, ¿verdad?
—Sí, sí, claro. Pero ya regresaba a casa.
—¡De ninguna manera! Venga, vamos a visitar la obra de nuestro paisano más universal.
La verdad es que no me apetecía nada, pero Rosa había sido mi mejor amiga. A ella, a Violeta y a mí, Margarita, nos apodaban «Las Flores». ¡Qué tiempos! Por un momento se dibujó una sonrisa en mi rostro y acabé accediendo, aunque sin mucho entusiasmo.
Al llegar al museo, lo primero que me impactó fue ver el patio y las ventanas llenas de maletas, cajas, hatillos y bultos. Mis ojos se clavaron en una maleta de la que apenas se intuían el asa y las cerraduras. En ese momento, Rosa se me acercó y me dio un toque; me había llamado ya varias veces y yo no había reaccionado.
—Chica, te has quedado hipnotizada. ¿Continuamos?
—Sí, sí, perdona.
Subimos, pero continué mirando la maleta desde la escalera hasta que la perdí de vista. Al llegar a la sala, hicimos el recorrido hasta el final y, en la última pared, ¡no lo podía creer!, había cuatro lienzos en los que volvía a aparecer la misma valija. Uno de ellos era la interpretación del artista de Las Meninas. De nuevo, quedé extasiada.
—¿Te ha gustado?
—Muchísimo.
—¿Nos marchamos ya?
—Si no te importa, yo me voy a quedar un poco más.
—Anda, con la prisa que tenías antes… Bueno, yo me marcho, que quiero ver a mi madre. Te llamaré cuando vuelva.
—Sí, por favor, me alegrará verte de nuevo.
En realidad, me moría de ganas por que se marchara para poder volver a la última sala, frente a aquellos cuadros. No podía dejar de contemplar esa valija de color beige que alternaba cuatro rayas finas marrones con una gruesa del mismo color, presente en los cuatro lienzos. Al mirarla, la vi de nuevo, pero esta vez real, más abultada, en mitad del comedor de nuestra casa, atada con un cinto de cuero de hebilla marrón y el resto, ajado y brillante, de color negro.
Mi madre nunca nos decía cuándo iba a regresar mi padre de Alemania; nosotras simplemente lo intuíamos porque ella sacaba el vestido de los domingos, lo planchaba con mucho esmero e iba a la peluquería. Siempre nos engañaba y, dos días antes de la fecha anunciada, al llegar de la escuela, nos topábamos en mitad del cuerpo de la casa con aquel maletón y percibíamos el olor de nuestro padre. Eran días de una felicidad absoluta. Después de llenarlo de besos y abrazos, esperábamos nerviosas sus regalos. Mamá era muy estricta al respecto: primero se comía y, después, se abrían los presentes. Ese día, más que comer, devorábamos, aunque ni siquiera nos gustase el menú. Rodeábamos entonces a papá y él, con una parsimonia infinita, desabrochaba el cinto, introducía la llave y, por fin, abría lo que para nosotras era el cofre del tesoro.
Aquel año nos trajo a las tres unos anoraks celestes forrados de borreguito, con capuchas ribeteadas de pelitos blancos y azules; a mi madre, una batidora de vaso; a mis tíos, afeitadoras eléctricas; y, para la familia, una radio Sanyo blanca y roja con funda de cuero marrón. Con el tiempo, empecé a tener sentimientos encontrados con la maleta, porque sabía que venía llena de ilusiones, pero después se tenía que marchar llena de tristeza. Hasta que unas Navidades, mi padre no nos trajo regalos: la traía llena de herramientas. Sacó todo su contenido en el suelo, cogió la maleta rota y la tiró.
—Se acabó Alemania y los alemanes. Vamos a montar un taller de coches aquí. Mamá llevará las cuentas y vosotras tendréis que arrimar el hombro ayudando en la casa. A la que quiera, le enseño el oficio, empezando por arreglar pinchazos y todo lo que queráis aprender.
Salí de la exposición totalmente renovada, con las palabras de mi padre resonando aún en mis oídos. Llegué a casa, abracé a mis hijos y a mi marido, me enfundé el mono de trabajo, bajé a la cochera y me puse manos a la obra para restaurar el viejo Mercedes de mi padre.
Manme Morillo Fillol.

María del Carmen Morillo Fillol, nació en Campillos. Desde hace 41 años vive en Antequera. Estudió en el instituto de su pueblo y en la Escuela Universitaria María Inmaculada de esta ciudad. Está casada y tiene dos hijas y dos nietas maravillosas (las cuatro).
Maestra jubilada.
Desde pequeña, su madre, le inculcó el gusto por la lectura y la escritura. Pertenece al club de lectura de la biblioteca de San Zoilo y al Taller Antequerano de Escritura Creativa. Ha publicado en Las 4 esquinas y participado en 2 libros de relatos del Taller. Es voluntaria de la AECC.






