El teatro no termina cuando cae el telón. A veces se sienta a la mesa y se convierte en familia | Premios Conique

El fascinante Cortijo Conique reunió una vez más a uno de los grupos de la EMUTE de Antequera en una celebración donde el reconocimiento artístico se convirtió también en celebración de la amistad.

Impulsados por Pilar Ruiz Muñoz y Juan López Rama, se ha celebrado en el Cortijo Conique, la IV edición de los Premios Conique de Teatro plena de salero, familiaridad y acertada crítica en cada caso.

Eso también es el Teatro, hacer familia, que ha encontrado en el reconocimiento personalizado una forma especialmente hermosa de entender la crítica y el aplauso. Hablar de esta reunión campestre es hablar de la delicadeza con la que Pilar Ruiz Muñoz y Juan López Rama hacen florecer, año tras año, los ya imprescindibles Premios Cónique de Teatro, que alcanzaban el pasado sábado 19 de septiembre su cuarta edición.

Yo, que sigo contemplando Antequera y sus alrededores con esa fascinada perplejidad del foráneo que se sabe afortunado por disfrutar un paisaje y un paisanaje privilegiado, me volvió a ocurrir sentirme en total bienestar ese bonito día en el que he vuelto a Conique en la Fuente del Fresno de la vecina Archidona. Hay lugares a los que llegué hace un par de años casi por azar y de los que ya no me puedo, ni quiero marchar ( he pedido descaradamente a sus dueños mecenas, Francisco Ruiz y María Córdoba, que me acojan, al menos tres de los doce meses del año, a pensión completa con la misma generosidad y regalo como me acogen habitualmente ) .

«Llévate estos racimos de uvas». Me dijo María. «Toma el mando llave de la casa«, me regaló Francisco.



Como he contado alguna vez, Conique. Una vida entre encinas es un espacio donde el campo, la conversación y la cultura encuentran una naturalidad difícil de fabricar, es un rincón paradisíaco que ha sabido consolidar con elegancia y generosidad una tradición cultural viva, de esas que no precisan de grandes artificios para calar hondo en el alma.

Me invitaron como aficionado y amigo a compartir mesa, llena de delicatessen gastronómicas del propio cortijo y de las aportadas por casi todos los comensales ( digo «casi», porque yo tengo más cara que espalda y fui con las manos vacías, volví con el alma llena, la mente ilustrada y con una bolsa de viandas de productos alimenticios lugareños entre los que se encontraban cinco racimos gigantes de unas uvas moscatel deliciosas del propio cortijo. A esto se le llama generosidad de los anfitriones). Degustamos un exquisito arroz, cocinado en vivo y en directo (Preparado por Pilar Ruiz. ¡Vaya buena cocinera!) de esos que exigen tiempo, paciencia y una sobremesa sin reloj, y, sobre todo, para celebrar algo que trasciende cualquier acto protocolario: el teatro como lugar de encuentro.

Como digo, el verdadero corazón de la jornada no estaba en los platos, sino en el ambiente de complicidad absoluta que se sentía. La presencia de una auténtica familia escénica. Un elenco que hoy se muestra tremendamente consolidado, no solo por la ilusión y el rigor técnico sobre las tablas, también por algo mucho más sutil y valioso, un tejido humano entrañable, hilado a base de múltiples actividades de cohesión social y cariño compartido fuera de los escenarios.

Después de la comida llegó el momento central de la jornada: la cuarta edición de los Premios Cónique de Teatro, una iniciativa impulsada por Pilar Ruiz Muñoz y Juan López Rama que ha encontrado en el reconocimiento personalizado a sus compañeros de escena una forma especialmente hermosa de entender la crítica y el aplauso.

El punto de partida era, además, de una enorme altura literaria: Bodas de sangre, la tragedia de Federico García Lorca que este grupo de la Escuela Municipal de Teatro llevó a escena el pasado mes de junio bajo la dirección del gran Paula Ramírez. La producción pudo verse los días 25 y 26 de junio en la Casa de la Cultura de Antequera y forma parte de la creciente actividad escénica de la Asociación Antequera Teatro, habiéndose celebrado ya en varios escenarios incluido este cortijo excepcional del que fuimos testigos también en una maravillosa noche de agosto. .

Pero lo verdaderamente singular de estos premios no está tanto en el galardón como en la mirada que lo acompaña. Lo que Pilar y Juan logran no es una simple entrega de galardones rutinarios; es un ejercicio de orfebrería emocional y de profunda generosidad crítica.
Pilar Ruiz Muñoz y Juan López Rama no se limitaron a señalar quién estuvo mejor o quién destacó más. Su mérito consistió en mirar. Mirar de verdad. En detenerse en aquello que normalmente desaparece cuando termina una función, un gesto apenas perceptible, una pausa, una manera determinada de sostener el silencio, el peso de una mirada o la forma particular en que un intérprete encuentra su voz dentro de un personaje...

Y después, ponen palabras a todo ello, con verdadera artesanía escritora de ambos. Los textos personalizados que acompañaron cada reconocimiento eran como pequeñas piezas de crítica teatral íntima. No buscaban únicamente celebrar el talento evidente, también rescatar esas cualidades que pueden quedar ocultas detrás de una interpretación y que, precisamente por ser más sutiles, requieren de un espectador atento para ser percibidas.

Ahí reside buena parte de la belleza de la iniciativa, en hacer sentir al intérprete que alguien ha visto aquello que quizá él mismo, ella misma, no sabía que estaba ofreciendo.

A veces el reconocimiento artístico corre el riesgo de convertirse en una sucesión de etiquetas, fotografías y aplausos previsibles, por eso para mí es muy aplaudible esta iniciativa que dedica tiempo a explicar por qué una persona ha dejado huella sobre un escenario.



Es una manera inventada por Pilar y Juan, que también son actores del grupo, una manera de decir: te hemos visto, hemos observado tu trabajo y hemos entendido algo de lo que has querido contar.
Hay que tener un ojo de espectador excepcional y una sensibilidad a flor de piel para captar esos pequeños detalles.
¡Anda que no tiene mérito esa mirada y toda la preparación que ello conlleva!

Ese mismo reconocimiento justo y cariñoso se extendió a Paula Ramírez, director de este y otros grupos de la EMUTE, cuya labor de guía no solo afianza este ambicioso proyecto de grupo, sino que alimenta el sentido de estos mismos premios.

Cada actor y cada actriz premiados recibieron un regalito personalizado y un pergamino con el argumentario de méritos de su interpretación. Como digo…. artesanía escritora de Pilar y Juan.

No pudieron estar ese día Cecilia, Isa y Juanfran, que también son miembros del grupo, y a quienes les hicieron llegar sus Premios.

La jornada en Cónique tuvo algo más importante que una ceremonia de premios. Fue una celebración de los vínculos. De la amistad que nace haciendo teatro. De las horas compartidas en los ensayos. De la complicidad que solo conocen quienes han atravesado juntos los nervios de un estreno. De esa extraña intimidad que se crea cuando un grupo de personas decide exponerse sobre un escenario para contar una historia que, durante unos minutos, también pasa a pertenecer al público.

Tal vez ahí esté la verdadera dimensión de los Premios Conique, en recordarnos que el teatro no se queda en el comienzo cuando se levanta el telón ni termina cuando se apagan las luces. Continúa en las relaciones que genera, en las conversaciones posteriores, en los recuerdos compartidos y en esa sensación de pertenencia que hace que una agrupación artística pueda terminar pareciéndose mucho a una familia bien avenida.

Fue también una celebración de la cultura, cuando esta no necesita solemnidad para ser importante. Un cortijo. Una mesa. Un arroz. Una conversación que se alarga por propia voluntad de encuentro. Un grupo de actores. Un director admiradísimo y queridísimo. Unos premios escritos desde la atención y el afecto. Y, detrás de todo ello, en esta ocasión, Lorca.

Hay una cultura que no necesita grandes escenarios para ser relevante. Una cultura que se construye desde abajo, entre personas que dedican su tiempo a aprender, ensayar, equivocarse, volver a intentarlo y, finalmente, compartirlo. Y mientras sigan existiendo lugares donde el arte pueda sentarse a la mesa, brindar con la amistad y mirar a los ojos a quienes lo hacen posible, habrá razones para seguir contando estas historias. Porque algunas jornadas no necesitan un gran titular. Basta con haber estado allí.

Me encantó ver a Lidia, recogiendo su premio y diciendo que se sentía en familia.

El resultado fue un acto maravilloso, entrañable en su informalidad, pero conmovedor por su verdad. Una celebración de la amistad, de la entrega al teatro y de la consolidación de un proyecto colectivo en un espacio tan mágico como el Cortijo Conique.

Siempre he tenido la certeza de que la cultura hecha con el corazón es el verdadero motor de esta tierra, no es un simulacro. Y mientras siga ocurriendo así, desde las páginas de atqmagazine seguiremos contándolo con el mismo entusiasmo de quien no deja de maravillarse.

La Escuela Municipal de Teatro de Antequera viene demostrando una notable capacidad de crecimiento y consolidación. Durante el curso 2025-2026 contó con 158 alumnos, doce grupos formativos y un balance de 38 funciones ante más de 2.200 espectadores.

Son cifras que hablan de actividad, pero no explican por sí solas la esencia, la existencia de un tejido humano que se construye ensayo tras ensayo, función tras función y, también, lejos del escenario.
Ese magnífico tejido ha sido visible una vez más en uno de esos grupos en Conique.

Y en esta cuarta edición hubo también un reconocimiento especialmente hermoso: el Premio Cónique al Público, porque el teatro, como recordaba Juan Mayorga, es ante todo «el arte de la reunión y de la imaginación», y sin público no existe esa magia irrepetible que convierte una representación en una experiencia compartida.

La historia que hizo la concesión de este premio al público, tiene, además, mucho de teatro verdadero. Durante una de las funciones de Bodas de sangre, un imprevisto entre bambalinas puso en peligro una escena. Y fue entonces cuando, desde la primera fila, surgió una inesperada inspiración: el recuerdo de una abuela, Sebastiana, que cantaba La Tarara a su nieta.

Aquel recuerdo llegó hasta el escenario y el intérprete del Padre de la novia encontró en esa canción popular una salida tan espontánea como lorquiana. Lo que podía haber sido un momento de desconcierto terminó convirtiéndose en uno de esos instantes mágicos que solo suceden en el teatro.

Pero el premio no quiso reconocer únicamente aquella anécdota. También quiso agradecer una manera de vivir la cultura. Con curiosidad, sensibilidad, memoria y espíritu crítico. Por eso, por unanimidad del jurado, el Premio Cónique al Público 2026 fue para Mercedes S. Espejo, en reconocimiento a su grandeza humana, a su manera de vivir estas Bodas de sangre y, especialmente, como homenaje a su abuela Sebastiana, aquella mujer humilde y sabia que le enseñó La Tarara y cuya memoria terminó entrando, de alguna manera, en el escenario cuando este grupo actuaba.

Un premio al público que es también un premio a todos aquellos espectadores que, sentados en una butaca, hacen que el teatro esté verdaderamente vivo.

Premio Anfitrión a Francisco Ruiz