«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine
«Hay libros que todavía no saben que van a nacer» | ChLL
Francisco Javier Torres tiene en su haber material posiblemente inédito de nuestro admirado Juan Alcaide de la Vega. Su generosidad abre una puerta a la recuperación de nuevas páginas de un escritor que sigue teniendo mucho que decirnos.
Hay veces en que uno cree que empieza a conocer a un escritor y, de pronto, alguien abre una carpeta, saca unos papeles y te obliga a volver a empezar. Qué suerte tienen los papeles cuando caen en manos de quien sabe reconocer su valor. Y qué suerte tenemos los lectores cuando todavía hay personas dispuestas a conservarlos, compartirlos y contarnos la historia que hay detrás de ellos.
Me ha ocurrido con Juan Alcaide de la Vega, en esta inmersión placentera que estamos haciendo en su recuerdo. Y, en esta ocasión, la puerta la ha abierto Francisco Javier Torres, poeta, crítico literario, director editorial de EDA Libros y actual presidente de la Sección de Letras de la Real Academia de Nobles Artes de Antequera.
Francisco no me ha hablado solamente de unos textos. Me ha hablado de una posibilidad. De algo que quedó pendiente hace años, de una conversación que no llegó a convertirse en libro y de unos materiales que, reunidos y estudiados, podrían devolvernos una imagen más completa de Juan Alcaide. Y yo, que tengo debilidad por esas historias en las que la cultura sobrevive gracias a la perseverancia de quienes la quieren, he empezado a pensar que es bonito que alguien quiera tirar de ese hilo. Paco es el adecuado para hacerlo.

Porque un libro no siempre nace cuando alguien se sienta a escribirlo. A veces empieza mucho antes, cuando alguien guarda un poema, conserva una copia encuadernada con gusanillo o recuerda que cierto autor tenía unos ensayos que nunca llegaron a ver la luz. El libro empieza, quizá, cuando otra persona descubre que todas esas piezas podrían estar esperando el momento de encontrarse.
El primer pequeño tesoro que Francisco pone sobre la mesa está formado por tres poemas de Juan Alcaide de la Vega. Tres textos con recorridos editoriales diferentes y, por eso mismo, con historias que conviene contar por separado.
«Las malaventuranzas» apareció en los números 5-6 de la revista Galeote, publicados en 1990 en el volumen que se dedicó al poeta Pablo García Baena. «La derrota» vio la luz en el número 9, el último de la revista, en 1993. Ambos textos tienen, por tanto, una trayectoria editorial conocida.
El tercero es otra cosa. «Están derribando nuestra niñez» permanece inédito, hasta donde sabe Francisco. Y aquí la historia se vuelve especialmente interesante, porque quien nos habla no es alguien que haya encontrado casualmente un papel olvidado, sino una persona que conoció de cerca al escritor y que, en su momento, tuvo que tomar decisiones sobre lo que publicaba.
Francisco reconoce que entonces se resistió a dar cabida al poema. Le parecía demasiado narrativo. Pecadillos de juventud, me vino a decir con esa indulgencia que nos permite el paso de los años y que, a veces, nos enseña más que cualquier manual de crítica literaria.
Hoy lo lee de otra manera. Le encuentra una intensidad y una carga dramática que merecen consideración, y reconoce en él un importante documento de memoria.
La reconsideración de Francisco tiene, por eso, un valor añadido. No solo nos descubre un texto que podría publicarse por primera vez; también nos muestra cómo cambia nuestra lectura cuando el tiempo nos permite mirar de nuevo.
Hay otra historia que me ha llamado mucho la atención. Francisco conserva un relato inédito de Juan Alcaide en una copia encuadernada con gusanillo. Me dice: «Es un ejemplar privado, de esos que no nacieron para ocupar escaparates ni para formar parte de un catálogo editorial«.
Él supone que Juan pudo hacer otras copias y repartirlas entre sus amigos más cercanos, pero, hasta donde conoce Francisco, el texto no llegó a incorporarse a ninguno de sus libros.
Y resulta que, además de ser divertido y curioso, contiene dos retratos humanos que despiertan la curiosidad. Uno es el de José Antonio Muñoz Rojas, gran amigo de Juan Alcaide. El otro, el de Laura, una joven que trabajaba entonces como secretaria del poeta antequerano. Francisco llegó a coincidir con ella en alguna ocasión en su despacho, de modo que no estamos hablando de un personaje inventado para la ocasión, sino de alguien que formó parte de aquel pequeño y gran universo de relaciones personales.
El relato, según me cuenta, la describe con ternura, al igual que a Muñoz Rojas. Y aquí confieso que me ha entrado una curiosidad de esas que no se resuelven leyendo una ficha bibliográfica. ¿Dónde estará Laura? ¿Conservará recuerdos de Juan Alcaide? ¿Podría aportar alguna pincelada sobre aquellos momentos, sobre las conversaciones, sobre las personas que pasaban por aquel despacho?
No sé si será posible localizarla. A ver si alguien nos ayuda en ello. Tampoco podemos anticipar qué podría contarnos. Pero la sola posibilidad de recuperar su testimonio me parece una aventura cultural de las bonitas, esas en las que un texto literario nos lleva hasta una persona y esa persona, a su vez, puede ayudarnos a entender mejor al escritor.
Porque estudiar a un autor no consiste únicamente en leer lo que dejó escrito. También consiste en reconstruir, con prudencia y respeto, el mundo en el que vivió. A ver si alguien se anima a hacerlo.
Creo que hasta aquí, ya tendríamos materia suficiente para despertar el interés de cualquier lector de Juan Alcaide. Pero Francisco me ha contado algo más.
Conserva otros materiales de Juan Alcaide como escritor y, entre ellos, considera especialmente interesantes unos textos que Juan mencionaba en su bibliografía bajo el título de «Tres ensayos y medio». Según la información que tenemos por ahora, no llegaron a publicarse.
Este es, probablemente, uno de los puntos que más convendría investigar antes de dar forma definitiva al proyecto.
¿Qué contienen esos ensayos? ¿Sobre qué asuntos reflexionaba Juan Alcaide? ¿En qué momento los escribió? ¿Se conservan completos? ¿Qué relación guardan con los libros que sí publicó y con las preocupaciones que recorren su obra?
Todavía no tenemos las respuestas. Y sería un error inventarlas o dar por supuesto que esos textos tienen una naturaleza que aún no hemos podido comprobar. Pero precisamente por eso merecen atención. La referencia bibliográfica constituye una pista que puede conducirnos hasta una zona poco conocida de su producción intelectual.

Francisco dispone, además, de otros materiales, que podrían ayudar a reconstruir el itinerario creativo del autor. Ya sabemos que, cuando uno comienza a reunir los papeles de un escritor, aquello que parecía secundario puede acabar explicando una decisión, una amistad, una evolución literaria o una época.
A veces, el documento más modesto es el que termina iluminando una habitación entera.
La propuesta que empieza a dibujarse es, por tanto, más amplia que la recuperación de unos cuantos inéditos. Se trataría de estudiar el conjunto, identificar los textos, conocer su procedencia y comprobar cuáles pueden formar parte de un volumen coherente. Un libro que reúna poemas, narrativa breve, ensayos y testimonios relacionados con Juan Alcaide de la Vega, sin convertir la mera acumulación de documentos en un sustituto del criterio literario. (¡Qué interesante y qué bien dibujado por Francisco Torres)
Lo más curioso de esta historia es que el proyecto no sería completamente nuevo. Francisco me cuenta que él y Juan Alcaide llegaron a acariciar juntos, hace muchos años, la idea de preparar un libro con parte de estos materiales. Después llegaron otras tareas, otros compromisos y otras publicaciones. Entre ellas, Memorial de villanerías. Y aquel proyecto quedó atrás, como quedan tantas cosas que nos proponemos hacer y que la vida va empujando discretamente hacia un rincón.
No siempre abandonamos una idea porque haya dejado de interesarnos. A veces, sencillamente, no encontramos el momento de llevarla a término.
Por eso me parece que recuperar ahora aquella posibilidad tendría un significado especial. No sería solamente preparar un libro nuevo. Sería retomar una conversación pendiente, dar continuidad a una intención compartida y permitir que unos textos que llevan años esperando puedan encontrar finalmente a sus lectores.
La experiencia de Francisco Javier Torres es aquí fundamental. Su relación con Juan Alcaide y su conocimiento de los materiales aportan una perspectiva que difícilmente podría sustituirse con una investigación realizada exclusivamente a partir de fuentes publicadas.
Además, su trayectoria editorial permite contemplar el proyecto desde una perspectiva práctica. Francisco fue director de Galeote entre 1987 y 1993, y posteriormente estuvo vinculado a Bazar y a diversas colecciones literarias. Su trabajo en la edición de autores contemporáneos y al frente de EDA Libros lo sitúa en una posición especialmente interesante para valorar cómo podría organizarse y presentarse una publicación de estas características.
No se trata de dar por hecho que el libro vaya a publicarse bajo un sello determinado, sino de reconocer que, en este caso, el conocimiento literario y la experiencia editorial pueden sentarse a la misma mesa. Y eso siempre es una buena noticia.
Imaginemos, por un momento, que todas esas piezas encajan. Tendríamos no solo una colección de escritos recuperados, sino distintas formas de aproximarnos a una misma personalidad literaria: la voz poética, la mirada narrativa, la reflexión intelectual y el testimonio de quienes compartieron su tiempo.
Eso es lo que hace que la posibilidad de un libro resulte tan atractiva.
Soy consciente de que entre imaginar un libro y publicarlo existe un trabajo que no siempre se ve. Y quizá sea precisamente ese trabajo el que determine el valor final de la iniciativa.
Habrá que revisar los originales, comprobar qué se publicó y qué permanece inédito, establecer la procedencia de cada texto, estudiar su relación con el resto de la obra y valorar qué materiales merecen formar parte del volumen. También sería conveniente investigar la posible existencia de otras copias del relato y explorar, si las circunstancias lo permiten, la posibilidad de localizar a Laura.
Los «Tres ensayos y medio» necesitarán una atención especial. Habrá que determinar si constituyen un conjunto acabado, si se conservan íntegros y qué lugar ocupan dentro de la trayectoria de Juan Alcaide. Solo entonces podremos decidir cómo presentarlos y qué aparato crítico necesitan.
Todo ello exige rigor, pero no está reñido con la ilusión. Al contrario, cuanto más interesante es el hallazgo, mayor es la responsabilidad de tratarlo con cuidado.
Un libro dedicado a recuperar estos materiales podría incorporar un estudio introductorio, una cronología, notas sobre la procedencia de los textos y testimonios complementarios. No para vestir de solemnidad unos papeles que quizá nacieron en la intimidad, sino para ofrecer al lector las herramientas necesarias para comprenderlos y disfrutarlos.
Y, por supuesto, habrá que pensar en el propio libro como objeto. En su diseño, en su composición, en la manera de presentar los textos y en ese cuidado material que convierte una publicación en algo más que un archivo encuadernado.
Francisco Javier Torres me ha facilitado unos materiales y me ha hablado de otros que podrían completar una investigación mucho más amplia. También ha dejado abierta la posibilidad de retomar aquel proyecto que compartió con Juan hace tantos años. No sabemos todavía qué forma tendrá el resultado ni hasta dónde nos conducirán los documentos. Pero sí sabemos que hay suficiente materia para comenzar a trabajar con seriedad y con ilusión.
Quizá dentro de un tiempo podamos sostener entre las manos un volumen que reúna aquellos poemas, el relato de Muñoz Rojas y Laura, los ensayos pendientes de localizar y estudiar, y otros escritos que hoy permanecen dispersos. Quizá ese libro permita descubrir aspectos desconocidos de Juan Alcaide o volver a leer de otra manera algunos de los que ya conocemos.
De momento, lo que tenemos es una oportunidad. Y una persona que ha sabido conservar los materiales, reconocer su interés y compartirlos.
Yo, que sigo intentando acercarme por admiración póstuma descubriendo las muchas formas en que Antequera guarda su memoria, no puedo evitar pensar que estas historias merecen ser contadas.
Tal vez el próximo libro de Juan Alcaide de la Vega lleve muchos años esperando en una carpeta. Y tal vez haya llegado, por fin, el momento de abrirla.
Y mientras tanto, otra vez de momento, nos regala Francisco Torres generosamente estos escritos de Juan alcaide de la Vega. Como digo, algunos de ellos inéditos.
«Las malaventuranzas” | Juan Alcaide de la Vega
Se publicó en el número 5-6 de Galeote que dedicó la revista al poeta Pablo García Baena en 1990
Malaventurados sean los teólogos,
porque ellos pretenden conocer a Dios.
Su reverso son los agnósticos, (salvo, entre ellos,
los que ejercen proselitismo), porque han desistido
de conocer a Dios por las vías de la razón.
Malaventurados sean los bien pensantes,
porque se consideran instalados al cobijo
de una seguridad inquebrantable,
que al fin resulta falaz.
Su reverso son los dubitativos, que en silencio nadan
entre inquietantes sombras.
Malaventurados los alegres insustanciales,
porque están condenados a quedar, paralizados,
en los umbrales del misterio.
Su reverso son los tristes, porque, inmersos
en el misterio, viven anhelantes
en busca del resplandor de una luz
que no acaba de llegarles.
Malaventurados los políticos, porque, afanosos
en la captura del poder, que les es tan necesario para conseguir el fin,
se olvidan del fin, que es el bien común.
Su reverso son los ciudadanos comunes, persistentes
en la esperanza de ver algún día realizado
en la sociedad a la que pertenecen, el bien común.
Malaventurados sean los falsarios de la piedad,
porque pretenden haberse asegurado el cielo,
cogiendo a Dios por los pies, mientras ensalivan, melifluos, los dorados
clavos de una imagen cualquiera de Cristo,
en cualquier altar de cualquier iglesia.
Su reverso son los que, sobrecogidos, reflexionan
sobre el patetismo de Cristo sudando sangre,
atemorizado, entre un pacífico paisaje de olivos,
ante su destino próximo, que es la Muerte.
Malaventurados sean los listos, porque, carentes
de la auténtica inteligencia, navegan
siempre a favor de corriente y viven, aupados
sobre cualquier peana, en la certidumbre
de una posición privilegiada, ignorantes
de que su aparente victoria se ejerce
sobre una enmascarada podredumbre.
Su reverso son los llamados pobres hombres,
porque, de espaldas a todo éxito, están
en el secreto de que todo, incluso ellos mismos,
son podredumbre.
Malaventurados aquellos a quienes el Dolor y la Muerte
respetan, porque un día el Tiempo les cercena,
inmisericorde, la pérfida ilusión,
que habían incubado, de ser eternos.
Su reverso son los enfermos irremediables, que sufren
sus males sin comprender y que, desde el fondo
de sus ojos entristecidos, llegan a reconciliarse con la Muerte,
que será un día su liberadora.
Malaventurados todos los que han nacido,
porque todos tendrán que morir algún día.
Su reverso son ellos mismos,
porque todos algún día resucitarán.
¡Incomprensible, ignoto, lejano, silencioso Dios,
así me aferro a esperarlo, aunque con harta
frecuencia la esperanza
se entenebrezca entre neblinas,
y la amargura y la angustia celipsen
de modo total el resplandor de una luz
que no acaba de llegarme!
Revista Galeote 5-6, 1990
“La derrota” | Juan Alcaide de la Vega
Se publicó en el numero 9 y último de Galeote en 1993
Oh, jinete sobre el potro del albedrío,
terrateniente de sueños, capitán de días azules
a la inconmensurable ansia de felicidad sacrificados,
por cada día que muere en tus manos anhelantes,
vertiéndose su sangre en la enorme caldera
del horizonte incendiado,
otros mil se congregan ante ti, ofreciéndose,
–frescas frutas colgantes de las ramas–,
destinados a ser pronto devorados.
Mas, ante tal desbordamiento de la alegría
que sube a tu corazón, de un brinco, en el vuelo
de cualquier ave navegadora del cielo,
te digo, muchacho, que detrás de aquel monte,
o quizás oculta en esa nube
que con tan aparente inocencia aguas azules surca,
hay hacia ti una flecha disparada.
No sé el momento, la ocasión, el sitio,
pero vendrá galopante, inesperada, certera,
como aquella piedra de tu niñez lejana,
a mancharte de cicatrices el alma,
en los adentros la vida misma hecha trizas,
puñal que a la ingenuidad, asomada
como un ciervo tras la loma, asesina,
trocando en los ojos entristecido para siempre,
luces como aguas que esplendían,
en sombras hoscas de terror que aniquila.
Arrebatado del caballo de la parada militar,
ya a pie y solo en el paisaje abrupto,
aún la ilusión te finge abiertas las ventanas,
pañuelos que alegres te saludan,
redobles que orlan tu paso todavía triunfante.
El crujido de la hoja seca que el zapato pisa,
a rama del árbol que se encorva y hiere,
el blando aleteo de la lechuza insomne,
son fantasmas retorcidos y voraces
que desde lejos se te acercan, trémulos,
atrayéndote el paso victorioso
a infectos campos de podredumbre.
Eres un rey antiguo sin súbditos que te aclamen,
cándido león entre cepos ignorados.
Pero alégrate, alégrate, alégrate,
porque estás en disposición de ver
el perfil sangrante de la naranja,
la serpiente que cumple reptando su destino,
la espina de la rosa y la rosa entera,
hermosura en aroma derramada.
y la apagada nieve del marfil
en el cadáver de un elefante.
Pero, ay, ese infundido pavor que te hiela el alma,
cuando (la piedra o la flecha) la vida te descabalga,
pone en tu corazón, como un fruto donde construyen
familiares reptiles mínimos túneles sombríos,
una lágrima amarga,
pertinaz lágrima insecable,
hialina perla de la tristeza.
Revista Galeote 9, 1993
“Estaban derribando nuestra niñez” | Juan Alcaide de la Vega
Es, hasta donde yo sé, inédito. Como curiosidad te comento, Charles, que yo me resistí en su momento a publicar ese poema por considerarlo narrativo en exceso. Pecadillos de juventud, ya ves 😉 Lo leo ahora y me parece de una intensidad y con una carga dramática muy a tener en consideración y también lo considero un importante documento de memoria, lo que ha hecho Juan siempre en su obra, por cierto, dicho sea de paso. | Francisco Torres Avilés
Era un día de primavera.
La mañana todavía fresca.
La Luz invadiendo, lenta, las sombras.
Los ruidos aquel día no fueron los de siempre:
la puerta que se abre,
el primer ladrido del perro del vecino,
el grito del lechero que llega,
las risas de las muchachas camino del colegio,
el zureo de las palomas desde los saledizos del muro de la iglesia
Nada de esto se oyó aquel día.
Sí, un estremecimiento de hierros,
el zumbido de un motor,
el rítmico trepidar de una tormenta.
Un pausado monstruo levantaba su largo brazo de hierro.
Los viejos muros, los desvencijados lienzos resistían,
Mas luego caían, en un estrépito súbito, derribados.
¡Qué terrible tarea tan implacable!, ¡cuán lenta angustia!
Estaban derribando nuestra niñez.
Revoloteaban aún palabras de amor en el aire de sus huecos
donde se exhibieron bellezas que ya no existen.
Las heridas de la guerra, o del tiempo, maculaban las paredes,
que lucían, nobles y tenaces, los desconchados.
El agua componía melodías tiernas,
goteando sobre el mármol, o la piedra.
Era hermoso verla allí, enhiesta aún, la casa,
latiendo todavía su corazón cansado.
Extinguido el resplandor, apagada la luz de mediodía,
la memoria recobraba el tesoro disperso
en sus estancias vacías y jardines solitarios.
¿Dónde el sitio exacto de la fuente,
en el centro del blanco patio,
con el sonido del agua siempre cayendo?
¿Dónde los vidrios de color de la gran cristalera,
que fingían un mágico arco iris,
tras el que se contemplaba aquel mundo cercano,
la vida, misteriosa y proteica, tan llena de sorpresas?
El largo brazo de hierro empujaba las paredes
del ámbito que celaba nuestras imaginaciones.
Allasac el, replerel arcíro empjidií, Buffalo Bill, Dick Turpin, Nick Carter,
todos en episodios con láminas preciosísimas,
que sacábamos del arcón aquel, repleto de sueños.
Las muchachas de la casa, sentadas, cantaban,
con los pies en el aire, como si pedaleasen,
canciones alegres de Diana Durbin.
Por la pared cabalgaban, queridos fantasmas nuestros,
los jinetes en la pradera extensa
–ved fugazmente las huellas de los caballos
sobre la hierba húmeda–
y, tras los grandes aros sin cristal,
enormes gafas inútiles, Harold Lloyd,
pendiente, como todos, de las manecillas de un reloj.
Cruzaba el cuadrilátero iluminado el gesto impenetrable
del melancólico Buster Keaton, pastoreando trenes.
Y, más familiares e íntimos,
Stan Laurel, aterrorizado y valentón,
y Oliver Hardy, tan presuntuosamente ingenuo.
Charlot se perdía siempre por el largo camino adelante,
parándose, precavido, entre dos carreras,
mientras se rascaba con el bastón la espalda.
(Ellos nos adiestraron en la resignación y la ternura).
El gigantesco, poderoso brazo tentacular,
atravesando umbrales, tanteando paredes,
iba derrumbando aquellos recintos íntimos.
Sucesivamente, iban cayendo en el mundo del no ser
láminas, imágenes, voces, canciones, suspiros, sueños.
Estaban derribando nuestra niñez.
¿Dónde el sótano, oscuro y húmedo,
con sus grandes tinajas,
lugar de congresos de los gatos del contorno?
¿Dónde el muro que exhibía, subiendo la escalera,
una imagen de la Virgen?
Pasábamos alocadamente, tropezábamos y caíamos
y nos levantábamos prestos.
Apenas si la mirábamos, pero sabíamos
que para nosotros era su sonrisa tierna.
¿Dónde la pequeña celosía de nuestra clausura,
alacena de tiernos secretos y mirador?
¿Sería en aquel lienzo de pared que queda
donde se colgaba aquel mapa de una Europa olvidada,
surgida de la guerra del catorce,
en orla, rodeando los perfiles geográficos,
las imágenes de los que en ella participaron,
Hindemburg, el Kaiser, Petain, Clemenceau?
Por el balcón entreabierto volcábamos la mirada,
en el patio, sobre el níspero del Japón y el cerezo.
¿Dónde la gota, que, lenta, caía
sobre el pilón, medidor pausado del tiempo
en los veranos,
y la pila de verdín y sombra,
con el zumbido de los tabarros,
bajo las copas de los mandarinos?
Ahora sólo es ya aire, pero a la altura justa
del vencejo veloz que cruza, estaban las altas cámaras,
perdidas cámaras en el silencio del ratón y la carcoma,
cerradas las puertas con llaves que se habían perdido
en el transcurso de los días y los años.
¿Es quizá, en esta parte del solar que ya sólo queda,
donde, desde la bóveda verde de la parra,
fluía un aroma denso y se derramaba un denso dulzor?
Olían a tierra mojada los caminos entre los arriates
y nos llamaban a su belleza las rosas y los pinos.
Por detrás, colgaban del muro los jazmines,
que luego, sobre un alfiler en corona,
decoraban los pechos adolescentes,
y era como si el olor a jazmín
emanase, entre las gemelas colinas nevadas,
de la recóndita penumbra.
Un pausado monstruo levantó su largo brazo de hierro.
Los viejos muros, los desvencijados lienzos resistían,
mas luego cayeron, en un estrépito súbito, derribados.
¡Qué terrible tarea tan implacable!, ¡cuán lenta angustia!
Han derribado ya nuestra niñez.
Sólo nos queda ya la memoria,
la pura memoria sin asidero,
el don divino de mantener vivo, en el corazón herido,
un mundo que se acaba, pero que será eterno,
porque atesora en su interior
el germen de nuestros sueños.
Juan Alcaide de la Vega | Inédito. Navidad 1993


Y ahora nos presenta Francisco Torres Avilés un relato de Juan Alcaide de la Vega, inédito
Hasta donde yo sé es inédito. Tengo una copia encuadernada con gusanillo, privada. Por tanto, supongo que Juan haría más copias y las repartiría entre sus amigos más cercanos, pero no llegó a incluirlo en ninguno de sus libros. Es muy divertido y curioso. Describe enternecedoramente, por un lado, a su gran amigo José Antonio Muñoz Rojas y, por otro, a Laura, una jovencita que era secretaria de Muñoz Rojas por entonces, con quien yo llegué a coincidir en su despacho en alguna ocasión.
Don José está a punto de cumplir noventa y cinco años. Don José, a pesar de su edad, está, terne que terne, al pie del cañón. Don José, por su edad es viejo, pero por su espíritu es joven. Tiene lo ojos ya cansados, proclives a cerrarse en un sueño sosegado, pero su mirada sigue siendo niña, propicia a sorprenderse ante la siempre novedad que para él siguen teniendo las cosas viejas, las de toda la vida, más las que son de verdad nuevas para él, novedades sin fin para su curiosidad voraz. Don José va perdiendo el oído, y las palabras le llegan como desde el fondo de un pozo profundo, pero sigue de modo misterioso oyendo el canto de un ruiseñor que había en el jardín de la Casería tantos años hace, y también un reguerillo de agua que de pronto resuena en su interior, un leve murmullo de agua que viene discurriendo, desmoronando terrones a su paso, desde la infancia. Don José –José Antonio Muñoz Rojas– es heterosexual y poeta, y ambas condiciones, ambos modos de ser, que le son esenciales, los asume con una suerte de orgullosa humildad. De ninguno de esos modos de ser reniega y siempre están vivos en su intimidad. Cuando ve a una mujer, don José, que parece ausente, que parece no estar donde está, de pronto se yergue, envuelve a la mujer en su mirada y, sin perder los ojos, los deja en ella como perdidos. Cuando menos lo espera, de pronto recibe de algún sitio desconocido, que no se sabe si viene del exterior o de su interior, una llamada; él la oye con nitidez. Y esa voz, misteriosamente, le va dictando unos versos preciosos, que le dan noticias de su propia memoria, transformada.
–Ante todo, póngase las gafas, don José.
Quien se lo dice, con toda firmeza y con toda dulzura, es su secretaria, Laura. Laura es una muchacha veinteañera, morena pálida, con el pelo negrísimo y largo, que le cae unas veces en melena sobre los hombros, otras recogido por detrás en lazo, o si es en rodete, bajo y como a medio hacer. El cuello lo tiene esbelto y las piernas largas. A su sonrisa y a su mirada le están siempre aflorando dulzura, firmeza, ternura, humor.
–Ante todo, póngase las gafas, don José –le dice Laura.
–A ver, a ver… ¿Dónde están mis gafas? ¿Tú ves, Laurita? Otra vez he perdido las gafas. ¡Ay, Dios, para qué me las das, si luego me las quitas…! Y no veo, Señor, no veo…
–Ay, don José, déjese ahora de poemas. Que vamos a entrar en Internet… Ahí tiene las gafas, debajo de estos papeles. Cójalas y pongáselas. –Don José tiene ante sí un monitor plano de ordenador portátil y en él el mapa multicolor de los iconos en formación. Toma de las manos de Laura sus gafas y se las pone.
– Ea, así, don José. Ahora coja el ratón. Pulse a la derecha. Un momento. Póngase antes sobre el icono ese, el segundo de la tercera fila, contando desde la izquierda. Ahí, ahí. Pique usted ahora.
–Ya he picado. Y ahora ¿qué?
–Espere usted. Es que se está cargando. ¿No oye usted nada?
–Sí, un ruidillo de fondo. Es menester que vaya a que me arreglen otra vez el audífono.
–Que no, don José, que no. Que no es el audífono. El audífono se lo ajustaron ayer sin ir más lejos. Lo que usted oye es tan sólo el chascarreo del ordenador cargándose.
Transcurre un poco de tiempo. Laura, expectante, mira la pantalla. Don José, mientras tanto, pone gesto de resignación, y con los brazos cruzados sobre la mesa, delante del monitor, espera que le avisen de lo próximo que tenga que hacer.
–Ay, cuánta humildad hay que tener, a estas alturas de mi vida, para aguantar las tiranías de la técnica.
–Ya, ya, don José, ya –dice de pronto, casi grita, Laura– Ya se ha abierto la pantalla. Vamos a ver, don José, coja otra vez el ratón.
–Sí, Laurita, sí. Cojo el ratón. Mira que llamarse esto ratón. Bueno, sí, al fin y al cabo tiene lógica. Se llama ratón por la forma, ¿no? El ratón ha dado mucho juego en la literatura. Hay muchos cuentos populares que tienen por protagonista al ratón. Y alguna novela policíaca. Y puede que alguna novela moderna, de autor importante, no lo recuerdo bien. El ratón…
–Don José, donJosé… Vamos a lo que vamos. Póngase en la escala del centro. Suba, suba… Quieto ahora. Ya está. Ahora, pinche usted. Pinche de nuevo, que es que se ha salido usted del marco. Ahora. Acepte usted. Don José, ya estamos navegando.
–¿De verdad., Laurita? ¿Ya estamos navegando? Tú ves, esa palabra me gusta. Navegar…
–Vamos a lo que vamos, don José. Venga. A coger el ratón. Venga, venga. Póngase ahora allí. Y comience a bajar. Uno, dos, tres, cuatro, ¡ya! Pinche ahora dos veces. ¿No quería usted conectar con su amigo, ese que es poeta? Ahí lo tiene usted. www.arizona.and.com. Ahora, ahora, ¡ya!
–Pues es verdad. Mi amigo, el poeta, figura en Internet. Y, por lo que veo, con su nombre registrado, y todo. Ay, Laura, esto es increíble. Mira todo lo que se dice aquí. Que si patatín, que si patatán. Esto es un catálogo de piropos a su obra. Ay, Laurita, que siento vergüenza ajena. Esto es un autobombo. Y el Internet este es una invasión de la intimidad. O, mejor dicho, Internet es, Laurita, una escuela para aprender a desnudarse sin pudor.
–Don José, no sea usted tan exagerado. ¿No me dijo usted el otro día que quería saber cómo iba lo del Diccionario de Autoridades de la Real Academia? Pues vamos a intentarlo ahora.
–Bueno, Laurita. Pero yo estoy ya cansado. Te cedo el timón, o sea, el ratón. Navega tú un poquito. Conmigo nunca llegaríamos a la calle de Felipe IV. Por mucho que esté atento, no me daré nunca cuenta ni qué parte del ratón pulsas, ni cuándo ni dónde pinchas, ni qué tecla es la tecla que te da la solución para llegar al destino propuesto. Pero así es mejor. Para un hombre como yo, que ha vivido lo que ha vivido, créeme, Laurita, la técnica seguirá siendo un milagro, un misterio, y yo seguiré
estando encantado de continuar viviendo entre milagros y misterios. Es lo que he hecho durante toda mi vida.
Laura comienza la operación, con celeridad y destreza de prestidigitadora’, sentada a la derecha de don José, manejando el ratón. Don José espera, con las manos cruzadas sobre la mesa, mientras su voz es un murmulleo de rezador.
–Navegar, eso sí me gusta, eso está bien nombrado, que a esto se le llame navegar. Navegar sí he navegado mucho yo. Navegación áerea, sobre todo. Aquí donde tú me ves, tan modosito –se sonríe de sí mismo–, tengo yo muchas horas de vuelo. Navegación por el mar, menos. No podía yo emplear tanto tiempo en la travesía; además de haber sido yo siempre más bien hombre de campo y monte, y no de mar. Y de río, sí, también he sido de río. Ah, el Guadalhorce, mi río. También el Genil, aquella fábula del dios Genil. Y ganas de alternar en sociedad nunca he tenido, y menos aún sobre la plataforma de un trasatlántico. Bailar el vals de las olas sobre las olas, albarda sobre albarda, Laurita, y muy peligroso para la estabilidad. Un crucero por las islas griegas, y pare usted de contar. Eso sí, he navegado tres ríos, ahora que me acuerdo. El Sena, siempre mirando a la rive gauche, por los libros, ¿sabes, Laurita?, una serie de puestos de libros que nos incitan a la avaricia, la avaricia de libros, un vicio que es también virtud, todo muy peculiar. También he viajado por el Nilo, muy pausadamente, con el deseo de descubrir algún secreto de los faraones. Y también el Mississippi, el río de Mark Twain, que contó las peripecias de esos niños, Tom Sawyer y Huckleberry Finn, que uno hubiera querido ser, y que a lo mejor un día llegó a ser. Si miro bien, navegar es lo que he hecho durante toda mi vida, porque la vida no
es más que una travesía, Laurita, entre los altos oleajes, los mil obstáculos y contrariedades, la tenebrosidad y las tinieblas de las dudas que te asaltan. Un hombre es siempre Ulises, navegando, sorteando sirtes, queriendo volver a Ítaca.
Laura, mientras tanto, había llegado a la sede de la Real
Academia. Don José se interesó por varios detalles, siempre con la ayuda de su bella e inteligente secretaria, y, luego de varios minutos, dijo:
–Todavía queda mucho, a pesar de la ayuda del ordenador. Como siga así, no voy a verle la punta a la edición que se prepara del Dicccionario de Autoridades. Está visto que no lo voy a ver terminado. Cierra la tienda, Laurita, hija.
–Don José, usted nunca va a aprender a manejar estos cacharros. Pero a su lado se aprende tela, ¿sabe lo que le digo?
–Muchas gracias, Laura. Por las dos cosas. Por haberme hecho desistir de esperar en vano la comprensión de estos cacharros, y por suponerme un buen maestro de otras cosas que a lo peor no se aprecian hoy.
–Nada más que estando cerca de usted, se aprende.
–Privilegio de la edad. Con los años he aprendido por lo menos el principio de la sabiduría, que es saber que no sé nada. Y, mientras sí, mientras no, «a mis soledades voy, / de mis soledades vengo, / y por venir de mí mismo / no puedo venir más lejos». A mis años, Laurita, lo único que envidio es la «…descansada vida, / la del que huye del mundanal ruido ,/ y sigue la escondida senda / por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido». Por cierto, Laurita, que el otro día extravié el audífono….
–Don José, ya lo ha repuesto. Tiene otro nuevo.
–Sí, Laurita, ya lo sé, pero lo perdí, me lo dejé en no sé donde y no lo he vuelto a ver. Y ayer perdí el sombrero, y ese me falta todavía, ni lo he encontrado, ni lo he repuesto, y me preocupan tantos olvidos.
-¿Sabe lo que le digo, don José?, que no debe preocuparse de sus olvidos. Uno no debe preocuparse por ningún olvido, ni fallo en la memoria que tenga. Cuando debe uno empezar a preocuparse es cuando no sepa para lo que sirve lo que uno ha perdido.
–Muchas veces pienso que la dotada de sabiduría eres tú, Laurita. Por cierto que ni el audífono ni el sombrero están todavía en el inventario de mis «objetos perdidos».
–No se preocupe usted. En la próxima edición de su libro los incluye.
–Sí, pero para ello tengo que escribir los poemas, y ya no está uno para estos trotes.
–Ay, don José. Eso lleva usted diciéndolo qué se yo cuántos años, y ahí está usted todavía, dale que te pego a la pluma.
Laura es morena pálida, alta, con tacones o sin ellos, y esbelta como no hay dos, vista pantalones vaqueros o minifalda. Tiene el don de la alegría y el don del sosiego. Realiza sus actividades con eficacia. Tiene a punto el comentario oportuno y la sonrisa cordial. Es una atenta observadora de las personas y de los ambientes. Cuando nadie la ve, subraya la opinión que tiene con una sonrisa, siempre con una sonrisa. Muestra con ella todos los sentimientos, el agrado, la simpatía, la reticencia, la ternura, y en ella se reflejan todos los matices, la sorna, la ironía, la cortesía, el humor. Su talante está hecho de espontaneidades y de cautelas, de ingenuidades y de precauciones. Laura es de esas mujeres que tienen aura. Ella no lo sabe todavía, pero la tiene.
–Laura, cada uno es de su tiempo. Mi tiempo ha pasado ya. Me siento como un proscrito –se lamenta don José.
–Don José, un hombre tan auténtico, tan fiel a sí mismo, como usted es, como usted ha sido siempre, nunca pasa. Un hombre como usted, es eterno, no tiene edad.
Don José está, como el otro que dice, al borde de la centuria. Don José está sordo, y oye sonidos que el viento le lleva de los tiempos de su niñez. Don José ve borroso, pero toda la neblina permanente ante sus ojos no es más que un velo que envuelve en misterio las imágenes que sus ojos captan. Don José es heterosexual y poeta, sin menoscabo lo uno de lo otro. Todas las mujeres suscitan su interés y ninguna se le pasa inadvertida. Sus miradas, sus dudas, sus emociones, sus reflexiones, sus recuerdos, se le vuelven con naturalidad poemas hermosísimos.
Juan Alcaide de la Vega | Agosto, 2004


No quería faltar personalmente a la cita, Charles ;-), así que me he puesto y he recuperado el texto que te dije que tenía sobre Memorial de retaguardia. Hay muchas cosas que se podrían añadir a este pequeño comentario que recupero. Reparo ahora en la dedicatoria del libro y mira tú si no se podrían decir cosas al respecto de la lectura que nos propone nuestro querido Juan. Bueno, quede para mejor ocasión. Lo mismo que el análisis de su poesía, que me hubiera gustado abordar, te prometo que lo haré, pero es que me has pillado en una época mala, sin tiempo para recrearme en estas cositas que me gustan tanto. | Francisco Torres
Recibiendo el Premio a la Mejor Labor Editorial en la Feria del Libro de Málaga
Mi Juan Alcaide recobrado | Francisco Torres Ailés
Cuando Juan Alcaide de la Vega me propuso que le acompañara en la presentación de Memorial de retaguardia, el que sería su ultimo libro publicado, seguro que tuvo que notárseme el gesto de satisfacción con el que acogí la propuesta. A Juan Alcaide yo lo he admirado y querido siempre como escritor y como persona desde que lo conocí casi adolescente. Para mí Juan Alcaide significaba la continuación de una noble estirpe literaria antequerana renacida con José Antonio Muñoz Rojas después de un silencio de siglos. A pesar de ese intenso perfume local que desprende su obra y que pudiera confundir a lectores acomodados, siempre he considerado que su calidad literaria sobrepasaba los estrechos límites de la ciudad que lo vio nacer, teniendo en cuenta que lo pequeño, lo aprehensible, lo que tenemos al lado, es muchas veces bastante más significativo, mucho más útil para entender nuestros grandes misterios. Tuve que sentirme por fuerza notoriamente satisfecho. El acto creo que tuvo lugar en septiembre de 2014 en el Archivo Municipal. Para la ocasión escribí un texto. Es este que sigue. Lo recupero ahora para atender a la amable petición de Carlos Lanzat, que me causa igualmente gran satisfacción y que le agradezco profundamente. Creo que da algunas claves de la obra de Juan Alcaide de la Vega. Noto que tal vez algunos cuestiones estén sólo apuntadas con intención de desarrollarlas en la exposición, pero lo reproduzco sin modificar nada:
Lo he comprobado: no acostumbra Juan Alcaide de la Vega a revelar su edad en la nota biográfica que suele incluirse en los libros. Tampoco acostumbra a hacer él referencia a los años que lleva escribiendo y publicando. En alguna ocasion, sí ha indicado el año de alguno de sus libros, pero no ocurre siempre y es curioso. Tal vez lo haga por coquetería, tal vez sea por simple convicción de que ese dato carece de relevancia alguna … Así que yo no revelaré nada tampoco y me limitaré tan sólo a decir que son muchos los años que Juan Alcaide lleva escribiendo y que por su edad no son pocos los libros que ha publicado desde aquel primero, Mi ciudad, tan celebrado aún hoy. La relación de títulos la tienen ustedes en la solapa trasera de este último del que nos va a hablar su autor a continuación. Es innecesario, por tanto, enumerarlos uno a uno.
Lo que sí me parece muy pertinente para empezar a entender el conjunto de la obra de este escritor antequerano, es señalar el ejercicio continuado de la memoria como el rasgo que hace de todos sus libros publicados un conjunto tremendamente homogéneo relacionándolos a casi todos. Fíjense en alguno de los títulos: Nostalgia del viejo Instituto, Memoria de dos centenarios, Memorial de villanerías, este mismo Memorial de retaguardia … Con solo mencionarlos, vamos a saber inmediatamente a qué territorios nos desplazarán estos libros. Los textos que los componen corroborarán con firmeza lo declarado en sus encabezamientos. Podemos señalar, entonces, en primer lugar, el uso de la memoria como el principal recurso en la obra de Juan Alcaide. Y de las diversas clases de memoria que existen, yo creo que la que practica Juan Alcaide es la que llaman los expertos «memoria declarativa», aquella que almacena acontecimientos, lugares, personajes, y los convoca pasado el tiempo para que sean celebrados y recobren su existencia. Esto último de «recobrar su existencia» creo que también es conveniente destacarlo, pues, en general, percibimos siempre una intención de rehabitar lo vivido, aun con la consciencia plena de que no puede ser ya más que de un modo vicario.
«Lo vivido» es en esencia aquella mencionada Mi ciudad, la cercana ciudad de Antequera en la que nació y ha vivido Juan Alcaide toda su vida. Es el discurrir en ella de su existencia, de su infancia, de la siempre difícil adolescencia, de sus personajes curiosos, de sus paisajes inolvidables muchos de ellos arrasados por el inexorable paso del tiempo, de sus costumbres, de su gastronomía incluso (recuérdese su libro Gastronomía antequerana, sin duda, no exagero, uno de los más brillantes maridajes entre cocina y literatura que se hicieron en el pasado siglo, a la altura de los que nos daban sobre este tema Álvaro Cunqueiro o Néstor
Luján, Vázquez Montalban). En «lo vivido» por Juan Alcaide, en el mundo que los libros de Juan Alcaide reviven, no hay grandes acontecimientos ni hazañas rimbombantes, si no lo son mirar siempre con inmensa ternura todo aquello que le rodea o mantener la compostura ante las iniquidades de las que nos hace testigos la vida. Es la memoria de lo cotidiano, de lo insignificante casi, todo ello tocado por una profunda emoción y elevado así, aunque no solo por eso, claro está, a rango artístico.
Este creo yo que es el marco temático en el que se inscribe con voluntad casi obsesiva la obra de Juan Alcaide. Y a pesar de que estas historias menudas, circunscritas en gran medida a un ámbito personal y bastante localizables en la mayoría de los casos, por sí solas pudieran interesarnos, no se despejaría la incógnita literaria, artística, como hemos dicho, si no fuera por el modo en que están escritas. Esto puede parecer una obviedad, pues no existe la obra literaria sin el dominio lingüístico. Pero en este caso es necesario llamar la atención sobre este aspecto, pues sinceramente yo creo que estamos ante uno de los más destacados cultivadores de lo que se ha dado en llamar prosa lírica, casi poemas son en efecto la inmensa mayoría de los relatos escritos por Juan Alcaide, de una maestría a la altura ahora también de sus referentes Juan Ramón Jiménez y José Antonio Muñoz Rojas.
En Memorial de retaguardia estos rasgos generales que hemos señalado para la obra de Juan Alcaide se mantienen:
-El recuerdo, en primer lugar, como motor del libro,
-la intimidad (historias familiares, emociones, gestos…)
-personajes
-paisajes, lugares…
-Y mantiene también, aunque he notado que algo atemperado, ese aire lírico que caracteriza toda su obra y podíamos observar con menos dificultad en libros anteriores.
Desde estos presupuestos he recobrado al Juan Alcaide que me complace tanto. Pero he notado aquí un componente político que creo que no había mostrado el autor antes con tanta determinación como ahora y que me gustaría destacar como un valor añadido de este libro. Existía, claro, pues los recuerdos, los sucesos, las personas, el punto de vista desde el que se escribe, nunca, aunque lo parezca, son, como sabemos, inocentes del todo. El «interés político» de Memorial de retaguardia, reside, en mi opinión, en la clara voluntad de reivindicación de una «tercera vía» en la cual se inscribirían la inmensa mayoría de nuestros compatriotas en una época de infausta memoria, una inmensa mayoría que, como puede ocurrir ahora mismo, se afanaba en vivir su propia existencia del modo más honesto, y, paradójicamente, menos politizado. Esto lo podemos ver ya desde la ilustración elegida para la portada, donde se viene a decir «gráficamente», muy gráficamente, «que les den a todos…» y se declara en el prólogo, nada más empezar. Pero los textos que componen Memorial de Villanerías están plagados de reflexiones en ese sentido. Sólo por comprender la sensibilidad con que un niño primero, un adolescente después, un adulto al cabo, afronta las vicisitudes políticas desde una óptica absolutamente desconcertada, con estupor, con curiosidad también, ante los sectarismos y las arbitrariedades de todos, y reivindica a la vez su derecho a vivir su propia vida en paz, merecería leer este libro.
Como dato curioso, he notado también un interés por la zoologíade la que tampoco había dado muestras anteriormente. Hay muchos animales aquí. El loro, el cordero-perro, palomos, mosquitos, piojos, vacas… Y me ha llamado la atención la extremada delicadeza con la se refiere a todos ellos. No sé, quizás haya alcanzado a saber Juan Alcaide que ellos son muchas veces más dignos de amor, de cuidado, que nuestros propios semejantes …
Y las mujeres, por supuesto…
Francisco Javier Torres Avilés. 2026






