«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine
Algunas ciudades no se conforman con poner las cosas en su sitio. Antequera se permite el lujo de poner el alma en lo cotidiano. Lo demuestra con una iniciativa que tiene poesía, bastante de sentido común y mucho de humanidad: convertir la vacunación en una pequeña celebración de la cultura.
La sala de estudios Miguel de Cervantes, junto a la Biblioteca Municipal de San Zoilo, vuelve a recibir a quienes acuden a protegerse frente a la gripe y la COVID-19. Esta vez, sin embargo, entre la aguja y el algodón, entre la prudencia sanitaria y la conversación inevitable de las esperas, se ha colado la literatura. Y no como quien coloca un adorno sobre una mesa, sino como quien entiende que la cultura debe estar donde está la gente, especialmente donde más necesaria resulta la atención a los demás.

La propuesta se llama «Dosis literaria: las palabras también inmunizan». Confieso que el nombre me parece una pequeña joya. Tiene ingenio y también una verdad que va más allá del juego verbal. Porque las palabras no sustituyen a las vacunas, ni los versos detienen un virus. Conviene decirlo para que nadie confunda las metáforas con los prospectos.
Pero hay otras dolencias, la soledad, el desamparo, la sensación de que el mundo corre demasiado deprisa y nos deja atrás, para las que un poema, un relato o unas líneas escritas con cariño pueden convertirse en una forma inesperada de compañía. Y ahí reside, a mi juicio, el acierto de la iniciativa.
Quienes acuden a vacunarse reciben un texto literario firmado por alguno de los participantes de los grupos municipales de escritura creativa. Más de cuarenta personas han puesto su imaginación al servicio de este encuentro entre la salud y la cultura. Poemas, fragmentos en prosa y relatos breves viajarán de unas manos a otras, hacia las casas de los antequeranos, con el nombre de sus autores.
Me gusta imaginar la escena. Una persona mayor como yo llega a la sala, cumple con el trámite sanitario, escucha las indicaciones de los profesionales y, al terminar, recibe un papel doblado, unas líneas que alguien ha escrito sin saber quién las leerá. Quizá en ese momento no le preste demasiada atención. Quizá lo guarde en el bolso o en el bolsillo de la chaqueta. Y quizá, horas después, en la tranquilidad de su casa, lo despliegue y encuentre una frase que le haga sonreír, un recuerdo que creía olvidado o una emoción que no esperaba recibir aquel día.
No hace falta que ocurra nada extraordinario. A veces, la lectura cumple su cometido precisamente cuando parece que no ha sucedido nada.
Hay algo especial, además, en que esos textos procedan de los Grupos Municipales de Escritura Creativa con sede en la Biblioteca y que dirigen Juan López Rama, uno; y Rocío Testa el otro.
No llegan de una vitrina, ni de un nombre consagrado ( aunque algunos y algunas ya tienen publicaciones importantes ), ni de una colección reservada a quienes ya poseen el hábito de leer. Nacen de personas que podemos reconocer por las calles de Antequera, que han encontrado en la escritura una manera de expresarse y que ahora comparten una parte de sí mismos con otros vecinos. Eso también es cultura de altura.Y acaso sea una de sus formas más nobles.
Durante demasiado tiempo hemos tratado las políticas culturales como si su territorio natural fueran los escenarios, las salas de exposiciones y las fotografías de rigor. Todo eso tiene su lugar, por supuesto. Pero una ciudad culta no es únicamente aquella que programa actividades de este estilo, es la que consigue que la cultura circule, que se mezcle con la vida diaria y que llegue a quienes quizá nunca se acercarían a buscarla por iniciativa propia.
Por eso me parece especialmente afortunado que esta propuesta surja de la colaboración entre el Área Sanitaria Norte de Málaga, el Área de Cultura del Ayuntamiento y la Biblioteca Municipal. Cada institución aporta lo que sabe hacer. Los profesionales sanitarios cuidan de la salud; los responsables culturales acercan los libros y espacios de creación; el Ayuntamiento facilita un encuentro para que ambas tareas coincidan. Y, en medio, las personas. Siempre las personas, que son la razón de cualquier servicio público que merezca ese nombre.

Y entre esas personas estamos nosotros, los mayores. En una sociedad que a menudo presume de juventud, velocidad y novedad, dedicar atención a quienes han vivido más no debería ser noticia, sino costumbre. Facilitarnos el acceso a la vacunación es una medida de prevención y responsabilidad. Entregarnos, además, una lectura es recordarnos que seguimos siendo interlocutores de pleno derecho de la cultura, personas con curiosidad, memoria, sensibilidad y ganas de descubrir. No destinatarios pasivos de cuidados, sino ciudadanos a quienes todavía nos pueden sorprender unas palabras.
Por eso la iniciativa me parece más importante de lo que aparenta. No porque un poema vaya a resolver los grandes problemas del sistema sanitario o de la gestión cultural, sino porque demuestra que no siempre hacen falta grandes presupuestos, campañas solemnes o discursos interminables para mejorar la experiencia de alguien. A veces basta con mirar un procedimiento cotidiano desde otro ángulo y preguntarse qué más podemos ofrecer.
Una vacuna protege el cuerpo. Un texto puede acompañar el ánimo. Y una administración que entiende la utilidad de ambas cosas, sin confundirlas, demuestra que los servicios públicos también pueden tener imaginación.
Me quedo, por tanto, con esa imagen sencilla. Sin pedirles que compren un libro, que se inscriban en un curso o que crucen el umbral de una biblioteca. La literatura, esta vez, hace el camino inverso. Va hacia ellos. Y si uno puede salir de una sala de vacunación un poco más protegido y, además, con un poema en el bolsillo, quizá este paraíso tenga todavía más motivos para llamarse así.A mi modo de ver esto merece un aplauso sincero.
Porque no todo lo que cura tiene forma de medicamento, aunque convenga distinguir siempre una cosa de la otra. También nos hacen bien la atención, la belleza, la memoria compartida y esa delicadeza de quien nos entrega algo sin esperar nada a cambio.
Antequera ha decidido acompañar una campaña sanitaria con palabras nacidas en casa. Ha unido la prevención con la creación, la responsabilidad con la ternura y la utilidad con la imaginación. Me parece tan bonito.
De vez en cuando aparece una iniciativa como esta, discreta y a la vez romántica, que nos recuerda que una ciudad se mide por la forma en que cuida a sus habitantes.
Si uno puede salir de una sala de vacunación un poco más protegido y, además, con un poema en el bolsillo, quizá este paraíso tenga todavía más motivos para llamarse así.







