28 escritoras antequeranas, en representación de otras muchas, reunidas para abrazar y significar «Palabras de Mujer»

«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine

28 escritoras antequeranas en representación de otras muchas fueron las protagonistas del encuentro «Palabras de mujer«, celebrado el pasado 15 de octubre en el Claustro de la Biblioteca Municipal San Zoilo, en Antequera.

Una tarde para escuchar, compartir y disfrutar de la lectura en voz alta a través de las poesías y relatos breves de mujeres que nos emocionan con sus historias, sus versos y su manera de mirar el mundo. El encuentro se convirtió en una bonita oportunidad para celebrar la escritura, dar visibilidad al talento femenino y recordar la importancia que han tenido y tienen las mujeres en la literatura.

Estábamos convocados todas las personas que quisiéramos acudir para celebrar juntas (femenino inclusivo referido a personas), el poder de las Palabras de Mujer. Fue el 15 de octubre a las 17:30 h.

Con motivo del Día de las Escritoras, el Área de Mayores, Equidad, Infancia y Familia nos invitaron a disfrutar de «Palabras de Mujer». Fue muy bonito escucharlas recitar, leer lo que su alma o sus cerebros escribieron… Fue un abrazo al arte en femenino en el Claustro de San Zoilo.

Fue una tarde en las que el tiempo pareció aflojar el paso, las prisas se quedaron al otro lado del portón y pude descubrir que la belleza no siempre necesita grandes escenarios, que a veces le basta un claustro, unas cuantas sillas y personas dispuestas a compartir lo que llevan dentro.


Fue un encuentro de generaciones, sensibilidades y experiencias; una conversación entre almas que encontraron en la palabra el modo más sincero de reconocerse.

El presentador, encargado de conducir el acto, explicó a los asistentes que la jornada de hoy encierra un doble gesto de amor que nos brinda María Sierras desde la Concejalía de Equidad del Ayuntamiento en la celebración de un día tan significativo. Un doble homenaje que nace, por un lado, de la invitación a compartir la lectura en voz alta y, por otro, del reconocimiento a las escritoras de todos los tiempos, junto al encuentro con las escritoras antequeranas de hoy, cuyas voces continúan enriqueciendo nuestra cultura y nuestra memoria colectiva.

Durante su intervención, evocó aquellos años de infancia y juventud «Cuando aún teníamos todos nuestros sueños intactos y la energía para conseguirlos en la punta de los dedos. Una etapa en la que, como seguramente les habrá ocurrido a muchas de las personas presentes, nos acercábamos a la literatura a través de la lectura en voz alta.

Era entonces, en el hogar y en la escuela, donde las palabras comenzaban a echar raíces en nuestra imaginación, abriéndonos las puertas a mundos desconocidos, a horizontes insospechados y a los sentimientos que otros y otras habían sabido transformar en historias y versos. Poco a poco, aquellas palabras ajenas se hacían nuestras; aquellas vidas, aquellos sueños y aquellas emociones pasaban a formar parte de nuestro propio universo interior.

Y quienes nos leían , nuestros padres, las maestras e incluso nuestros propios compañeros de clase, nos estaban ofreciendo mucho más que palabras. Nos regalaban la posibilidad de imaginar, de descubrir otros mundos, de reconocernos en otras vidas y de aprender a mirar y sentir más allá de nosotros mismos. Porque leer en voz alta es también un acto de generosidad. Es compartir la emoción de una historia, dar vida a las palabras y tender puentes entre quienes escuchan y quienes escriben. Es, en definitiva, regalarnos el placer de soñar, de vivir… y, sobre todo, de sentir.

A partir de esa sencilla afirmación, todo adquirió el justo sentido de la reunión. Leer en alto para otros es ofrecerles algo más que un texto, es prestarles nuestra voz, regalarles nuestros silencios, permitir que durante unos minutos vivan un mundo que hasta entonces solo existía en nuestra intimidad. Quien lee se desnuda un poco; quien escucha, si lo hace con el corazón abierto, termina por reconocerse en la historia ajena.

Cada intervención fue una puerta entreabierta. Detrás de ella había recuerdos, heridas, sueños, preguntas, humor, ternura y esa manera tan humana de intentar comprender la vida escribiéndola.

El claustro, con su piedra antigua y su serena belleza, parecía entenderlo. Hay lugares que guardan memoria entre sus muros, y puede que sea por eso que resultaba tan emocionante escuchar allí voces contemporáneas que, a su manera, también estaban construyendo memoria.

Antes de celebrar a quienes hoy escriben, era justo volver la mirada hacia quienes lo hicieron antes, muchas veces contra las convenciones de su tiempo y casi siempre con más obstáculos de los que la literatura debería exigir a nadie.

Las representantes del CEPER Ignacio de Toledo, a través de su club de lectura, nos propusieron un recorrido didáctico por la historia de las escritoras y por esa línea del tiempo en la que tantas mujeres tuvieron que conquistar, palabra a palabra, el derecho a contar el mundo desde su propia mirada.

Fue un comienzo necesario. Porque ninguna voz surge del vacío. Detrás de cada mujer que hoy se atreve a publicar un poema, escribir una novela o compartir un relato hay otras que abrieron camino, que resistieron el silencio impuesto y que demostraron que la inteligencia, la imaginación y la sensibilidad no entienden de fronteras ni de géneros.

En aquella evocación colectiva participaron Mayte Cabrera, Paqui Casado, Ana Monteza, Milagros Montenegro, Rosario González, Lola Ramírez, Ana María Moreno, Pepe Berrocal, Reyes García, Lola Gallegos, Carmen Bahuer, y Domi Casado. Y pusieron evidencia y reconocimiento desde la primera mujer escritora hasta nuestros días… Sus voces contribuyeron a enlazar pasado y presente, recordándonos que la historia de la literatura también se escribe recuperando los nombres que durante demasiado tiempo quedaron en los márgenes.



Las actrices Olga Montemayor y Lucía Montes teatralizaron con excelencia artística parte de ese guion interpretando personajes clave en la historia.

Y qué hermoso resulta que esa recuperación no se produzca únicamente en los libros de historia, sino en un encuentro ciudadano, cercano, abierto, donde la cultura deja de ser patrimonio de unos pocos en la intimidad para convertirse en casa común.



Después de este interesante recorrido, en el que nombraron a Enheduanna, a Safo, a Hipatia de Alejandría, a Christine de Pizan , a Teresa de Jesús, a George Sand, Emilia Pardo Bazán, Rosalía de Castro, Agatha Christie… de quien representaron una escena breve de «Un cadaver en la Biblioteca»… fueron apareciendo ante el atril escritoras actuales antequeranas.

Araceli Ruiz Artacho, vinculada al Centro de Participación Activa y participante en su día del colectivo Alas de Papel, cuya trayectoria literaria ha recibido premios y reconocimientos, inició las lecturas con dos de sus textos «La pompa de jabón» y «Cuando tú llegaste» acercándonos a esa capacidad de la escritura para convertir lo pequeño en algo extraordinario.

Después llegaron las voces del Taller II Municipal de Escritura Creativa (dirigido por Rocío Testa), voces con esa intimidad de quien comparte algo que no ha sido escrito para permanecer encerrado en un cajón.

Soledad Rodríguez Cedano nos acercó a los desvelos y la magia de «Anhelo». (¡qué bonito!…Y mis desvelos se vuelan… Se intuye la magia… Un latir en este día… Celebrando la palabra.

Teresa Santiago García, con «Maternidad», nos condujo al espacio sagrado del vientre, ese primer hogar donde una vida comienza a pronunciarse sin palabras. Tiene su primer poemario a punto: «Jugando a Poeta».



Rosario Atroche volvió la mirada hacia la infancia con «La ilusión de una niña», abriendo la puerta a las emociones que el tiempo no siempre consigue borrar.

Paqui Pérez, en «El viejo papel», convirtió los sueños en una imagen de libertad, como si las hojas pudieran alzar el vuelo después de romper sus cadenas.



Y Rocío Testa, directora y escritora del taller, psicóloga y autora de «Poemas de amor para sanar«, nos invitó a reencontrarnos con esa niña que sobrevive en algún rincón de nuestra memoria a través de su texto «A esa niña».

Escuchándolas, uno comprende que escribir no siempre consiste en inventar mundos. A veces consiste en regresar al que llevamos dentro, recoger aquello que dejamos olvidado y encontrar las palabras capaces de mirarlo sin miedo.

El intermedio musical de Rapsodia de Poesía y Música, con José Luis López León, Carmen Vera, Pepe Berrocal y Nani Pérez Cervantes, nos regaló «Gracias a la vida», de Violeta Parra. Fue una elección que encajaba como una pieza imprescindible en el corazón del encuentro. Agradecer la vida, con sus felicidades y sus tristezas, es también reconocer todo lo que nos permite seguir creando, amando y compartiendo.

Bajo los lemas Nos queda la Palabra y Ver para crear, el Taller de Escritura Creativa I, dirigido por Juan López Rama, tuvo su representación en el encuentro y desplegó un abanico de estilos y universos personales que confirmó algo que a menudo olvidamos, y es que no existe una sola manera de escribir, porque tampoco existe una única forma de sentir. ¡Qué bien escriben distinto!

Carmen Becerra, autora del éxito editorial En el umbral de Rebeca Mundo, nos acercó «Al otro lado», una muestra de esa inquietud narrativa que busca explorar territorios menos convencionales. Su trayectoria, reconocida en distintos medios y certámenes literarios, anuncia además nuevos caminos con un segundo libro próximo a publicarse.

Carmen Menjíbar, autora de dos publicaciones en el aire Huellas del Genil y El eco de tus pasos, puso voz a «La batalla del amor», un título que ya encierra la contradicción que tantas veces acompaña a ese sentimiento capaz de elevarnos y desarmarnos a partes iguales.

Ángeles Venteo, distinguida con el Premio Cristobalina Fernández en 2015 y participante en proyectos colectivos como Nos queda la Palabra y Miradas. Ver para Crear, nos ofreció «El ojo de la cerradura» un interesante e inspirador relato que invocaba el recuerdo y la nostalgia.


Marga Martínez, por su parte, aportó con «Las cifras de mi vida» una mirada en la que asoman el salero y la ironía, ingredientes indispensables para retratar la realidad sin renunciar a una sonrisa. Ingeniosa ella.

Y María Teresa Becerra, finalista en Premio Nacional Puy de Fuy nos llevó hasta «Huérfanos», una palabra que por sí sola abre un territorio de ausencias, desamparos y preguntas, escrito con su excelencia habitual en las formas.

Cada texto tenía su temperatura. Cada autora, su cadencia. No se trataba de que todas escribieran igual, sino de celebrar precisamente lo contrario, la riqueza de una pluralidad en la que cada voz encuentra su lugar.

También hubo espacio para reconocer a Inma Sánchez Gallardo, autora de La hija de la oscuridad y El origen de las leyendas, cuya narrativa juvenil ha encontrado lectores más allá de nuestras fronteras. Señaló el presentador la capacidad de su literatura para llegar a otros y despertar nuevas vocaciones lectoras.

Después, el encuentro fue abriéndose nuevamente hacia la poesía, ese espacio donde las palabras parecen desprenderse de su significado cotidiano para ofrecernos una segunda mirada sobre las cosas.

Eva Bailén, autora de Los poemas de la Abuela, aportaba el valor de la memoria y de los afectos que pasan de una generación a otra. Porque las abuelas también escriben en la vida de quienes las escuchan, aunque sus versos no siempre aparezcan impresos en un libro.

Teresa Pérez del Pino, autora de los poemarios A tumba abierta y Memorias en tinta negra, y divulgadora cultural y directora del Taller de Lectura de jóvenes; colaboradora influencer en el programa KM0 de 101Tv Antequera en el que de una forma muy original y atractiva, junto a María Rosales, seduce para la lectura a personas de todas las edades, compartió «Ignis» y «Marca blanca».

Inma Pérez García, una de las voces revelación de este año con su libro Sembrando bambú, nos ofreció «Gratitud». Y pocas ideas podían resultar más apropiadas para cerrar este recorrido interior: agradecer la mirada que nos permite descubrir belleza donde otros solo ven rutina, reconocer a quienes nos enseñaron a nombrar las cosas y aceptar que la sensibilidad también se cultiva, como el bambú, con paciencia y raíces profundas. Porque la poesía, cuando es verdadera, no nos aleja de la vida. Nos devuelve a ella con los ojos más despiertos.

La tarde tuvo también un recuerdo para otras escritoras que no pudieron acompañarnos: Milagros Jiménez, profesora de Lengua y Literatura durante décadas en el instituto Pedro Espinosa, y Loli Carmona, de quien bien podría decirse que nació poeta, creció escribiendo y terminó convirtiéndose en poesía. Sus ausencias no fue olvido, sino sorpresas del momento. Carmen Requena, novelista y poeta, que está a punto de publicar su segunda novela…

También fue ese recuerdo para el resto de escritoras de Antequera, no están todas las que son, pero son todas las que están. Habría sido una reunión con duración de días si hubieran estado todas las escritoras. Cada año participan personas diferentes en este encuentro que ya ha celebrado su segunda edición.

Y es que una de las mayores virtudes de «Palabras de Mujer» es su capacidad para reunir mundos que con demasiada frecuencia transcurren por separado. Han convivido la experiencia de quienes llevan años escribiendo y la ilusión de quienes empiezan a descubrir su propia voz; las aulas de los talleres creativos, los clubes de lectura, la poesía publicada, la escritura íntima, la música y la tradición popular. Hubo mujeres y algunos hombres que homenajeaban, distintas edades, trayectorias diversas y maneras muy diferentes de entender la creación del arte de la escritura.

No era una competición. No había que demostrar quién escribía mejor ni quién poseía una trayectoria más extensa. Bastaba con estar, escuchar y compartir.

La cultura de proximidad, la que nace en una biblioteca, en un taller municipal, en un centro de participación o en la reunión de un pequeño grupo de amantes de las letras, no suele ocupar grandes titulares. Sin embargo, es la que mantiene viva la conversación de una comunidad consigo misma. La que permite que alguien descubra que tiene algo que contar. La que convierte a un vecino en lector y a una lectora en autora. La que nos demuestra que el talento no siempre espera a que alguien le conceda permiso para existir.

Por eso, encuentros como este merecen algo más que una fotografía y una mención en la agenda cultural. Merecen ser contados, recordados y repetidos.

El broche final, con el Taller de Copla y Montse Delgado, devolvió a la velada el sabor de una tradición que también forma parte de nuestro patrimonio sentimental. La copla, con su capacidad para narrar amores, desengaños, ausencias y esperanzas, coqueteó de manera natural con la poesía que había llenado el claustro. Porque cambian las formas, pero hay emociones que siguen encontrando en la música y en la palabra su mejor refugio.

Montse Delgado, artista, actriz, docente, escritora de guiones educativos, divulgadora de Cultura Musical, creadora, directora y productora de espectáculos.

Y entonces comprendimos que las palabras también abrazan, uno podía llevarse en la memoria el nombre de un poema, una frase que había rozado alguna fibra íntima, una melodía o el rostro emocionado de quien acababa de compartir algo propio. Pero, por encima de todo, quedaba una sensación difícil de resumir y fácil de reconocer, la de haber asistido a algo auténtico.

«Palabras de Mujer» no ha sido únicamente una celebración del Día de las Mujeres Escritoras. Ha sido una reivindicación serena, sin estridencias, del derecho de las mujeres a contar su historia, a construir sus propios relatos y a ocupar el espacio cultural que siempre les ha pertenecido. Y ha sido también una muestra de gratitud hacia todas aquellas que escribieron antes, hacia quienes hoy siguen haciéndolo y hacia las que, sentadas entre el público, quizá descubrieron que ellas también podrían tomar un día la palabra.

Porque cada mujer que escribe añade una perspectiva al mundo. Y cada persona que se detiene a escucharla ensancha un poco el suyo.

Me gusta pensar que, durante aquella tarde, el viejo claustro de San Zoilo se convirtió en una casa sin puertas. Una casa donde cabían la infancia y la madurez, el recuerdo y la esperanza, el verso y la prosa, la música y el silencio. Una casa en la que nadie necesitaba justificar por qué escribía, porque todos comprendíamos que, en el fondo, escribir es una forma de seguir buscando respuestas y, algunas veces, de aprender a convivir con las preguntas.

Y si algo nos enseñó aquella tarde es que la palabra no pierde fuerza cuando se comparte. Al contrario: se multiplica, se hace memoria, se vuelve puente y acaba encontrando un lugar en alguien que, hasta ese instante, quizá no sabía que necesitaba escucharla.

Antequera tiene la suerte de contar con mujeres que escriben, que imaginan, que enseñan, que se atreven y que ponen su talento al servicio de una cultura compartida. Y tiene también el deber hermoso de seguir ofreciéndoles espacios donde sus voces puedan encontrarse, crecer y llegar cada vez más lejos.

Me gusta que mi nueva ciudad, admirada por su monumentos, por sus plazas y sus gentes, por el Torcal, los dólmenes y la Peña de los enamorados, incluso por la belleza de sus calles estrechas, sea considerada al menos interiormente por la calidad de sus encuentros y en la capacidad de reconocer el talento que florece a su alrededor.

El acto fue despedido por el Alcalde de Antequera, que había escuchado todas las intervenciones y dijo haber disfrutado con ellas. Felicitó a las escritoras, agradeció al público su presencia y reforzó la bonita idea de María Sierras al haber provocado este encuentro.

Al Alcalde Manolo Barón le salió su vena poética y educadora en sus palabras de despedida,
después de haber escuchado versos y relatos de tanto valor literario.
«Ojalá que haya más poesía y menos whatsapp; ojalá que haya más ensayos y novelas y menos facebook… ¡Ojalá!

Fotos: prestadas por Manolo Torres