«Los pájaros perdidos» en Antequera (y otras maneras de volver a casa) | Ricardo Mingo vuelve al foco de los grandes poetas

«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine

Ricardo Mingo llevaba años escribiendo sin hacer demasiado ruido. Ahora publica Los pájaros perdidos, una antología de libros inacabados editada por EDA, un sello malagueño de prestigio reconocido en la Feria del Libro de Málaga, que tiene tesoros entre sus publicaciones.

El jueves 15 de octubre , la Real Academia de Nobles Artes de Antequera le puso conversación a una historia que va de poesía, memoria y de esas cosas que siguen vivas aunque uno deje de verlas. Una conversación a propósito de la publicación del libro, con Francisco Javier Torres Avilés, presidente de la Sección de Letras de la institución, y el propio Ricardo Mingo.

El formato tenía su lógica. Ante una obra que parece haber madurado al margen de las urgencias, nada mejor que sentarse a hablar de ella sin necesidad de organizar una coronación.


Y es que hemos terminado por acostumbrarnos a medir la importancia de las cosas por el ruido que producen. Si algo no se convierte en acontecimiento, parece que no ha sucedido; si alguien no está permanentemente presente, sospechamos que ha dejado de existir.

La literatura, sin embargo, lleva siglos funcionando con otra economía. Un poema puede tardar décadas en encontrar a su lector. Un libro puede tener una segunda oportunidad cuando su autor ya ha dejado de esperar nada de él. Y una conversación en una institución cultural puede resultar mucho más interesante que un gran despliegue de flashes y declaraciones.

Hay una edad en la que uno empieza a sospechar que no todo lo importante sucede delante de una cámara. Que hay gente que trabaja mientras los demás anuncian que van a trabajar, que hay libros que se escriben sin la menor urgencia por publicarse y que el silencio, contra lo que pudiera parecer, no siempre es señal de que no esté pasando nada.

El libro se titula Los pájaros perdidos. Su autor es Ricardo Mingo. Y la historia que hay detrás tiene bastante más interés que la consabida noticia de una novedad editorial.

Ricardo Mingo nació en Madrid en 1948 y llegó a Antequera a comienzos de los años ochenta. Desde entonces, su relación con la creación no se ha limitado a la literatura, también ha tocado la pintura y la cerámica, esas disciplinas en las que uno tiene que aprender a mirar antes de ponerse a hacer. A lo mejor es por eso que su trayectoria parece responder a una idea del arte menos pendiente de las prisas que de la perseverancia.

En 1990 prologó Habitación contigua, el primer poemario de Loli Carmona, y ello me toca próximo por mi admiración y mi ternura hacia ella. Un detalle que merece recordarse porque la cultura no se construye solamente con quienes publican sus propias obras, que lo hace también con quienes acompañan, leen y animan a otros a encontrar su voz.

Después, Mingo se fue apartando de la primera fila de la vida pública. Y aquí conviene hacer una precisión a tenor de lo escuchado esta tarde en la Real Academia, una cosa es retirarse de los focos y otra, bastante distinta, retirarse de la literatura. Lo primero puede ser una decisión; pero lo segundo, para quien escribe de verdad, quizá ni siquiera sea posible.

Porque ¿qué hace un escritor cuando no publica?. Puede que escriba. Puede que corrija. Puede que guarde poemas en un cajón, que vuelva sobre ellos veinte años después o que decida que todavía no ha llegado el momento de enseñárselos a nadie. No todo proceso creativo está obligado a producir novedades al ritmo de una cartelera.

Puedes escuchar el poema entero en el video final.

Los pájaros perdidos, publicado por EDA Libros, reúne versos de una trayectoria poética prolongada durante décadas y se presenta como una antología de libros inacabados. Me resulta muy sugerente esa definición.
Vivimos rodeados de productos que se nos entregan con la idea de estar terminados, de aplicaciones que se actualizan antes de que hayamos aprendido a utilizarlas y de discursos que parecen redactados para no dejar un solo hueco sin rellenar. Frente a todo eso, un libro que se asoma inacabado tiene la honradez de recordarnos que la creación no siempre consiste en «cerrar las puertas y los círculos».

El título, además, hace su trabajo. Los pájaros perdidos no son necesariamente pájaros muertos, ni siquiera pájaros que hayan olvidado el camino. Quizá solo habían volado más lejos de lo que alcanzábamos a ver. Quizá permanecían en una rama discreta, ajenos a nuestra preocupación por ponerle nombre a todo, esperando el momento de volver a cruzar el cielo.

Con los poemas pasa algo parecido. Algunos envejecen con su autor; otros se caen de las circunstancias que los originaron y adquieren una vida inesperada. Y los mejores, cuando se encuentran con el lector adecuado, tienen esa capacidad de parecer escritos ayer y haber estado esperándonos desde siempre.

La poesía no tiene la obligación de explicarnos el mundo. Bastante trabajo le cuesta al mundo explicarse a sí mismo. Puede que solo le pidamos que nos haga mirar de otra manera una cosa que creíamos conocer. Una pérdida, una ausencia, un recuerdo que no sabíamos que conservábamos. Si consigue eso, ya ha hecho bastante más que muchos discursos empeñados en explicárnoslo todo.

Creo que ahí reside el interés de una publicación como esta; no en presentar a un autor como si acabara de descubrirse una especie literaria, sino en devolver a la circulación una obra que ha seguido su propio calendario. La literatura también tiene sus retornos. Solo que, a diferencia de los mercados, no siempre avisa con antelación, ni cotiza en bolsa.

Hay otro nombre que merece aparecer en esta historia. EDA Libros, la editorial que ha acogido Los pájaros perdidos. En 2024 recibió el Premio de la Feria del Libro de Málaga, un reconocimiento que situó en primer plano su trabajo dentro del panorama editorial malagueño.

Pero más allá del galardón, hay algo que se merece agradecer a los sellos independientes como EDA. Que sigan haciendo sitio a libros que no necesitan disfrazarse de tendencia para justificar su existencia. Publicar supone elegir, y elegir significa también dejar fuera. Por eso tiene valor que una editorial apueste por una obra como la de Mingo, nacida de una trayectoria larga, alejada de la urgencia por estar siempre de actualidad y necesitada, precisamente, de una nueva oportunidad para encontrarse con sus lectores.

Que EDA Libros haya dado cobijo a estos poemas añade, además, una bonita correspondencia a la historia. Un escritor que ha trabajado durante años sin demasiada exposición pública y un sello que mantiene su apuesta por la literatura se encuentran en un libro que habla, precisamente, de lo que queda cuando el tiempo ha hecho su trabajo.

Publicar no consiste siempre en lanzar algo nuevo, también en permitir que algo que llevaba mucho tiempo esperando encuentre por fin su sitio.

No sabemos qué encontrará cada lector en Los pájaros perdidos. Ni siquiera sé lo que encontraré yo cuando esta semana lo lea, a pesar de que Juan Benítez me ha hablado mucho y muy bien de Ricardo Mingo. Pero ni falta que hace anticiparlo. Un libro empieza a ser verdaderamente de los demás cuando deja de depender de las explicaciones de quien lo escribió. A partir de ahí, cada lector haremos nuestro propio viaje, encontraremos nuestras propias imágenes y decidiremos qué pájaros reconocemos.

Lo que sí sabemos es que el pasado jueves hubo en Antequera una conversación sobre literatura, que Ricardo Mingo volvió a poner su nombre y su trabajo delante de los lectores y que una editorial malagueña ha decidido dar cobijo a una obra que reúne años de escritura. No parece ser una revolución. Tampoco hace falta que lo sea.

La vida cultural de una ciudad se compone, en mucha medida, de estos acontecimientos discretos que no cambian el mundo, pero nos ayudan a entender mejor el lugar donde vivimos. Una conversación, un libro, un autor al que merece la pena volver a escuchar. Cosas pequeñas, si se quiere. Aunque casi todo lo que de verdad importa empieza siendo pequeño.

¿Y si los pájaros de Ricardo Mingo nunca estuvieron perdidos?. ¿Y si éramos nosotros quienes habíamos dejado de mirar al cielo?. El jueves, en la Academia, alguien volvió a señalarlos. Ahora queda lo más difícil y lo más sencillo: encontrar el momento para abrir este poemario y poder disfrutarlo.

Gracias al esfuerzo de Rafael Gallardo Muriel al transmitirlo en streaming, podemos verlo en vídeo.

17 Octubre 2026 | atqmagazine