«un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine
En Antequera una exposición está asombrando a quienes la visitan. «Arquitectura del Silencio»
¿Y si los libros, en lugar de cerrar sus páginas, comenzaran una nueva historia?. Juan Ramón Castro Morales convierte esa pregunta en arte con una sorprendente propuesta en la que el papel se pliega, se transforma en un significado nuevo, cobra volumen y se llena de color, belleza y poesía.
Una invitación a descubrir lo extraordinario en aquello que creíamos conocido.
La muestra se inauguró el 19 de octubre de 2026 en el patio claustral de la Biblioteca Municipal de San Zoilo, en Antequera, y está prevista hasta el 7 de noviembre de 2026. La entrada es gratuita.
Antequera acoge estos días una exposición que no te puedes perder, lector, lectora. Y que merece ser recorrida sin prisas, con la disposición de quien entra en una biblioteca y acepta que un libro puede llevarlo a lugares inesperados. Solo que, esta vez, las páginas no esperan a que las abramos. Se han abierto por sí mismas, han tomado cuerpo y han aprendido a hablar con otro lenguaje.
La propuesta consiste en transformar páginas de libros en obras artísticas mediante técnicas de plegado y pintura. Las piezas resultantes tienen formas orgánicas que nos recuerdan al origami japonés y se acompañan de poemas escritos para dialogar, (como nos cuenta la comisaria de la Muestra, María Castro), con composiciones de impacto visual. Es un diálogo entre artes. Las piezas no son únicamente objetos visuales; los poemas aportan otra vía de interpretación.

La técnica conocida como book folding convierte las páginas de un libro en volúmenes y formas tridimensionales. En esta exposición, Juan Ramón Castro añade pintura y trabaja también con páginas de revistas, explorando posibilidades plásticas más allá de la pintura tradicional.
Juan Ramón Castro es un gran lector y poco partidario de desprenderse de sus libros. Comenzó a experimentar con el plegado de páginas de enciclopedias, diccionarios y manuales que habían quedado en desuso, buscando darles una segunda vida. El proyecto creativo se desarrolló durante casi dos años.

Juan Ramón Castro nace en Cuevas Bajas en 1963, aunque será el amor y el deseo de construir una familia lo que le lleve ante Quiera en 1998 convirtiéndola desde entonces en su tierra de adopción. Maestro de profesión y vocación ejerce primero en Alameda y en 2009 obtiene plaza en el Colegio Infante de Don Fernando, donde desarrolla su labor.
Hasta su jubilación en 2023. Durante esos años, acompaña e ilumina a cientos de estudiantes en sus primeros pasos por el mundo del conocimiento. Mientras otra vocación más íntima y difícil de distinguir, continúa reclamando su espacio.
Su pasión por la pintura se encuentra estrechamente ligada a la figura de su padre, uno de sus grandes pilares ideológicos y familiares. Será, sin embargo, un trabajo…
escolar sobre los impresionistas realizado en tercero de Boop, es que despierte de manera decisiva su atracción por el arte. Desde entonces su casa comienza a llenarse de pinturas propias, fruto de una práctica autodidacta impulsada por una fuerte torbellina de inspiración y admiración. Aquella incipiente inquietud artística pronto comienza a debatirse con la vocación de enseñanza, desarrollando su carrera profesional.
en la segunda sin abandonar nunca la primera.
Imposible de extinguir la fuerte atracción que le suscita la formalidad estética de la materia lo lleva a trabajar intermitentemente para mantener viva la llama de la creatividad. El ejercicio de las artes liberales conserva siempre un hueco especial en su vida, aunque intermitente: una pulsión que permanece latente incluso cuando otras responsabilidades reclaman su dedicación. Multifacético e incansable, encuentra en el arte en todas sus formas un mar de posibilidades infinitas donde albergar su torbellino emocional. Agotador incansable de soluciones y medios, ensaya diferentes técnicas y lenguajes en una búsqueda incansable, explorando nuevas maneras de hacer con las que intentar saciar su sed creativa.
Libre pensador insaciable, llena de libros, sus estanterías y su mente. Admirador de la contemporaneidad y de sus posibilidades experimentales. Castro Morales se nutre de un imaginario artístico heterogéneo en el que conviven Jorge Oteiza, Remedios Varo, Antonio Saura, Manolo Millares. Mark Rothko o Santiago Sierra. Referentes diversos que alimentan su particular pedigrí artístico y amplían el horizonte de una práctica que rehúye a acomodarse a una única fórmula. La ausencia de formación reglada alimenta en ocasiones el síndrome del impostor, pero no detiene su necesidad de experimentar ni su deseo de encontrar nuevas maneras de ver y hacer.
Su trayectoria habita así un espacio propio, necesario, aunque incómodo, frente al canon del Otsager, quien, movido por la curiosidad, la necesidad y el impulso creador, explora al margen de los itinerarios académicos establecidos y de las vías convencionales de legitimación artística. No como una renuncia al arte, sino como una forma particular de habitarlo, desde la libertad de quien continúa buscando sin dar por agotadas sus posibilidades, un lugar desde el que la pintura no se entiende como una respuesta definitiva, sino como un campo infinito de experimentación y libertad guiado por la necesidad de dar forma a aquello que, de otro modo, permanecería en ebullición y relegado, sin un espacio donde trabajar su redención.

Un aspecto fundamental es que el artista escribe un poema personal para cada pieza terminada. Esos textos se fusionan con obras de la literatura universal. Algunas creaciones evocan, además, lugares emblemáticos de Antequera, como el Torcal o el Dolmen de Menga.


El papel abandona la quietud de sus páginas para levantarse, plegarse, adquirir volumen, dibujar formas y abrirse al color. Libros que fueron concebidos para ser leídos encuentran aquí una nueva manera de permanecer entre nosotros. No se trata de borrar su pasado, sino de prolongarlo; de mimarlos hasta convertirlos en otra cosa sin despojarlos de lo que fueron.
Es sorprendente la versatilidad artística de Juan Ramón Castro. Es interesantísimo el contraste que plantea el proyecto. Los libros se construyen físicamente mediante pliegues y volúmenes, pero su contenido literario reaparece a través de la poesía con una sensibilidad fuera de lo común y con un arte en su escritura que sirve de homenaje al libro reconvertido, con una mirada nueva llena de sabor intelectual y delicadeza humana. | ChLL
Cuando libros que podrían acabar descartados adquieren una nueva vida y una función distinta, es un mimo a la Reutilización y a la Memoria. Un regalo con arte a la vista y al sentimiento.
Hay en esa transformación una delicadeza que conmueve, porque las páginas dejan de ser únicamente depositarias de palabras para convertirse en materia viva, en arquitectura menuda y sencilla, en paisaje, en emoción…

Me ha dado la sensación cuando he recorrido el itinerario libre por el que se desarrolla la exposición que una de las claves de Arquitectura del silencio es la capacidad de hacer convivir lo que parece opuesto. El silencio y la palabra; la inmovilidad del libro y el movimiento de la forma; la memoria impresa y la creación nueva. Juan Ra construye con páginas, pero también con recuerdos, lecturas y emociones. Y consigue que quienes miramos, frente a cada obra, no solo contemplemos, que también imaginemos.
Juan Ramón Castro trabaja con el papel como quien conoce sus posibilidades y, al mismo tiempo, disfruta descubriendo nuevas. Cada pliegue parece responder a una intención; cada composición, a una búsqueda. El resultado es una plasticidad rica y sugerente, llena de color, de ritmo y de significado. Algunas piezas se presentan enmarcadas, como pequeños universos que invitan a detener la mirada; otras se emancipan del cuadro y se sostienen como estructuras independientes, reclamando su propio espacio. En unas y otras, la forma no es un simple alarde técnico, es el lenguaje con el que el artista propone una lectura diferente del mundo. |
María Castro / Comisaria de «Arquitectura del Silencio»
La labor de María Castro como comisaria acompaña y articula ese encuentro, favoreciendo una aproximación a las piezas que va más allá de su condición de objetos singulares. Porque Arquitectura del silencio no propone únicamente contemplar una colección de trabajos elaborados con papel. Nos invita a preguntarnos por aquello que desechamos, por las historias que permanecen escondidas en los objetos y por las posibilidades que aparecen cuando alguien se detiene a mirar con atención.

La inauguración contó con la presencia del alcalde de Antequera, junto al artista, y de María Castro, comisaria de la exposición, así como del concejal de Cultura, José M. Medina.


En la presentación por parte de la Comisaria se puso de relieve la gran versatilidad plástica y literaria de Juan Ramón Castro Morales, capaz de transitar entre la creación visual y la escritura con una sensibilidad que no establece fronteras rígidas entre ambas disciplinas. Una doble faceta que, lejos de discurrir por caminos separados, encuentra en esta propuesta un territorio común: el de quien necesita crear y descubre que una misma emoción puede expresarse mediante la forma, el color o el verso.
María Castro defendió una idea que atraviesa todo el proyecto: «el silencio no es ausencia, sino posibilidad. Frente a la aceleración de la vida contemporánea, la saturación de estímulos y la exigencia permanente de respuestas inmediatas, la exposición invita a detenerse, a recuperar la atención y a dejar espacio para una escucha diferente. No se trata únicamente de contemplar las obras, sino de permitir que estas nos contemplen también, que despierten en nosotros preguntas, emociones y recuerdos que quizá permanecían ocultos bajo el ruido cotidiano».
Otro de los aspectos sugerentes del discurso de la comisaria es la relación que establece entre la dimensión espiritual de la creación y su materialización en el espacio. Las obras, según explicó, no se limitan a ocupar un lugar físico, sino que construyen una suerte de arquitectura emocional: una estructura habitable que acoge al visitante y le permite aproximarse a la experiencia artística desde su propia sensibilidad. Las paredes, los volúmenes y las formas adquieren así una presencia que va más allá de lo estrictamente arquitectónico. Se convierten en refugio, morada y espacio de memoria; en superficies capaces de conservar las huellas del proceso creativo y, al mismo tiempo, de generar nuevas posibilidades de comunicación.

Porque, como se desprende de las palabras de la comisaria, el arte no siempre está llamado a ofrecernos respuestas. A veces, su cometido más profundo consiste en abrir un espacio en el que podamos formular nuestras propias preguntas y reconocer, entre las formas y las emociones, algo que nos pertenece y que quizá habíamos dejado de escuchar.
Una exposición que invita, en definitiva, no solo a mirar las obras, sino a habitar el silencio y descubrir en él una forma más íntima de encuentro con el arte y con nosotros mismos. | María Castro
La propuesta parte de una convicción fundamental: la obra de arte no termina cuando el artista da la última pincelada o concluye su proceso creativo; alcanza una nueva dimensión cuando encuentra la mirada de quien la contempla. Es en ese encuentro donde la creación abandona su espacio íntimo y se convierte en una experiencia compartida. La mirada del espectador no es, por tanto, un elemento secundario, sino una parte esencial de la vida de la obra, capaz de otorgarle nuevos significados y abrirla a interpretaciones inesperadas. | María Castro
En este sentido, la exposición se presenta también como un ejercicio de transmisión y transformación del conocimiento. Cada obra recoge una experiencia previa, una huella, una memoria, pero no permanece encerrada en su origen: se transforma al entrar en contacto con otras sensibilidades. El arte aparece así como un lenguaje vivo, abierto a la exploración, la identificación, la expresión y la recreación personal. | María Castro
El silencio que propone la exposición no es pasividad ni aislamiento: es una forma de recuperar la presencia, de restituir al tiempo su profundidad y de conceder a la experiencia artística el espacio que necesita para desplegarse.
Por eso, la invitación final de la comisaria no fue buscar una interpretación única ni recorrer un itinerario predeterminado. Al contrario, animó a los asistentes a dejarse atravesar por las sensaciones, a explorar libremente lo que cada obra pudiera suscitar y, sobre todo, a abrir el corazón. En su planteamiento, el arte llega antes por la emoción que por el razonamiento; no exige respuestas inmediatas, sino disponibilidad para escuchar aquello que resuena de manera singular en cada persona.

La exposición se configura así como una invitación a construir un recorrido propio. Cada visitante podrá encontrar en ella una imagen, una forma o una sensación capaz de establecer un vínculo íntimo con su experiencia. No existe necesariamente un camino correcto, porque el sentido de la obra se completa en ese territorio personal donde la memoria, la sensibilidad y la imaginación se encuentran.
Al término de su intervención, la comisaria expresó el deseo de que cada persona pudiera hallar, aunque solo fuera por un instante, un lugar de paz, verdad y autenticidad. Una aspiración que resume el espíritu de la muestra: convertir el espacio expositivo en una pequeña arquitectura interior, un refugio frente al ruido exterior y una oportunidad para reencontrarse con lo esencial.

Comentó también María Castro que esta exposición reivindica el valor de permanecer ante una obra sin apresurarse a descifrarla. Escuchar antes de interpretar. Sentir antes de juzgar. Dejar que el silencio haga su trabajo.
Durante la inauguración, esa conversación entre las artes salió de las propias piezas para hacerse voz. Carmen Parejo, María Córdoba y Pepe Berrocal pusieron voz a algunos de los poemas que acompañan las obras, añadiendo a la experiencia expositiva una dimensión cercana y compartida. Escuchar aquellos textos en el mismo espacio en el que sus imágenes cobran cuerpo fue una manera sumamente agradable de completar el recorrido acompañado también por música . El libro transformado recuperaba, por un instante, la palabra; la palabra volvía a hacerse presente y el silencio adquiría nuevos matices.



Especialmente interesante fue también la interpretación musical en directo de María Laguna y de Guillermo Castro que impregnaron el claustro antiguo conventual, hoy patio claustral de la Biblioteca en un paraíso de armonía de sonido que se fundía dulce y tiernamente con la estética de la arquitectura de la obra plástica y la sensibilidad de los poemas.
Fue una presentación originalísima y mimada de una exposición para hacernos sentir, no solo estar ¡Fue tan agradable para los sentidos!

¡ Es una exposición que me encanta, la recomiendo !. Estas piezas tienen mucho más que una evidente destreza artesanal. Hay en ellas una emoción que no procede solo del color o de la geometría artística que Juan Ra les regala como nueva vida, sino de saber de dónde vienen. Cada página plegada conserva la memoria de un uso, la posibilidad de una lectura, la huella de un mundo que alguna vez estuvo contenido entre sus tapas. Al convertirse en arte, ese mundo no se clausura porque se abre de nuevo.
Arquitectura del silencio es, en definitiva, una celebración de la capacidad de transformar sin destruir, de crear sin olvidar y de encontrar belleza allí donde otros solo ven el final de una historia. Juan Ramón Castro Morales pliega el papel, pero también despliega posibilidades. Y nos recuerda que algunos libros, incluso cuando dejan de leerse, todavía tienen mucho que decir.

Su arte no fuerza al libro a desaparecer para que surja la obra; permite que el libro continúe existiendo bajo otra apariencia. Su nueva vida no reniega de la anterior, la transforma en presencia, volumen y belleza. | María Castro

El papel deja de ser únicamente un soporte para la lectura y se convierte en materia escultórica, sin perder su relación con la literatura. El título sugiere precisamente ese encuentro entre el silencio, la forma, la memoria de los libros y la palabra poética | María Castro















