«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine
Juanjo Álvarez Carro, excelente escritor y admirado profesor con raíces argentinas que ha hecho de Antequera otra forma de estar en casa.
A veces …parece que Buenos Aires está ahí, a la vuelta de la esquina.
¿Pero os habéis ido tan lejos viviendo los dos aquí?, me preguntaba después otro amigo.
Conversar con un escritor excelente como él ofrece la oportunidad de asomarse a su universo más allá de las páginas de sus libros. Yo buscaba conocer y saborear su paisanaje. Habíamos quedado en ‘Buenos Aires’.
No te sorprendas, lector, lectora. No tuvimos que sacar billete, consultar el cambio de moneda ni comprobar si seguía vigente el pasaporte. Nuestro Buenos Aires está en la calle Lucena, en Antequera, y tiene algo que el auténtico quizá envidiaría: la posibilidad de llegar andando y sentarse a conversar sin que el Atlántico se interponga entre el café y la confidencia literaria.
La elección del lugar no fue casual. Juanjo Álvarez Carro nació en Argentina y a este foráneo que suscribe le pareció una buena ocurrencia regalarle, aunque fuera simbólicamente, un pequeño regreso a sus raíces. Un alfajor, algo de dulce de leche y una conversación en territorio «porteño» sin abandonar nuestro actual término municipal. ¡Qué quieres que te diga! A veces uno tiene que justificar su vocación de preguntón con algún detalle de producción.
A Juanjo lo tenía fichado desde 2023, cuando asistí a la presentación de Azul Atlántico (Sur).
Me encantó su lectura. No sé si fue la manera de acercarse al texto, el modo de contar o esa naturalidad con la que parecía llevarnos a los lectores de la mano, pero salí con ganas de saber algo más de aquel escritor.
Después nos hemos cruzado algunas veces en este particular circuito cultural y peatonal que tiene Antequera… una calle, un saludo, una conversación que se queda a medias porque la ciudad sigue con sus cosas. También coincidimos en algún acto cultural y, un año después, volví a encontrarme con él en la presentación de su nuevo libro Cándido, a mi pesar. Memoria de un homicidio descolocado.
Ya sabes cómo funciona esto en los pueblos grandes y las ciudades pequeñas, uno termina reconociendo a quienes merece la pena volver a encontrarse. Y Juanjo es para mí un crack.
Hay personas que, cuando hablan, parecen estar esperando su turno para contar lo suyo. Juanjo, en cambio, tiene la agradable costumbre de escuchar y dejar que la conversación fluya. Se mueve con soltura entre una anécdota y una reflexión, sin solemnidades ni necesidad de hacerse el interesante. Y eso, cuando los ritmos actuales de la vida a veces parece que todos estamos compitiendo por tener la última palabra, es una maravilla.

Lo cierto es que, después de sentarnos en nuestro Buenos Aires particular, comprendí que había mucho más detrás de aquel escritor al que había leído por última vez un año antes.
A Juanjo le ha llevado toda una vida cruzar fronteras, aunque quizá nunca haya dejado de estar en el mismo sitio, en ese territorio íntimo donde la memoria, la curiosidad y el afecto se dan la mano.
Nació en Cruz del Eje, Argentina, pero sería injusto decir que nació en un solo lugar. Viene de una familia que hizo del viaje una forma de existencia, de abuelos que cruzaron el océano hacia Argentina con más audacia que equipaje y de una mezcla de culturas que le enseñó, probablemente antes de saberlo, que las raíces no siempre crecen hacia abajo, a veces también saben navegar.
Criado en un enclave ferroviario y obrero marcado por la llegada de trenes, talleres y horizontes lejanos, su infancia guardó estampas tan singulares como ver pasar las históricas carreras de coches sudamericanas a hombros de su abuelo, o escuchar las historias de una familia de espíritu aventurero con raíces gallegas y sirio-libanesas…
…Una familia en la que las aventuras parecen haberse transmitido de generación en generación. Hay un abuelo que cruzó el océano como polizón siendo apenas un adolescente, historias de viajes, de trenes, de talleres y de una Argentina que formaba parte de la vida cotidiana mucho antes de convertirse en recuerdo.
El automovilismo no llegó a su vida como un pasatiempo decorativo. Fue una pasión temprana, alimentada por la memoria de aquellas competiciones sudamericanas, por la figura de Fangio y por la emoción de las carreras de resistencia. Después vendrían sus propias experiencias como piloto y copiloto, las pruebas, los compañeros y el apoyo de marcas como Renault…
También pasó por la radio, en Radio Torcal y Radio Antequera, donde encontró otro circuito en el que moverse con soltura, el de la palabra hablada. Música, deportes, tertulias… Una versatilidad que, cuando se tiene, parece responder a una curiosidad difícil de domesticar.
Y es que Juanjo tiene algo de hombre renacentista sin necesidad de proclamarse como tal. Le interesan los motores, la historia, la música, los personajes, las personas, … los detalles que otros dejan pasar. Puede saltar de una anécdota familiar a una referencia literaria, de una carrera automovilística a una reflexión sobre la educación, sin que parezca que ha cambiado de conversación.
En realidad, no ha cambiado de conversación. Está hablando siempre de lo mismo. De la vida y de las personas que la hacen interesante.

En 1974, la familia llegó a España. Tras licenciarse en Filología Inglesa por la Universidad de Santiago de Compostela en 1985, un giro del destino lo condujo hasta aquí Antequera (Málaga). ejerce durante décadas como profesor de Secundaria, enseñando inglés e información y comunicación en el Colegio de los Carmelitas.
Casi cuarenta años de aulas, de alumnos, de horarios, de exámenes y de esa peculiar diversidad adolescente a la que él ha educado en valores con comprobada sensibilidad educadora.
Hay algo que me gusta especialmente de su manera de entender la docencia. Una de sus reflexiones más hermosas nace de El fuego y el combustible, título de una de sus novelas, vinculado a una canción de Jorge Drexler. Su interpretación de esa imagen contiene buena parte de su filosofía… cuando somos jóvenes somos fuego, llama que ilumina, energía que reclama su espacio. Pero llega un momento en que comprendemos que también podemos ser combustible; materia generosa para que otros enciendan su propia luz.
Es una idea especialmente hermosa en alguien que ha dedicado tantos años a las aulas. Porque enseñar, cuando se entiende de verdad, no consiste en conseguir que los alumnos se parezcan a uno, sino en darles herramientas para que puedan llegar a ser algo que uno ni siquiera había imaginado.
Hay en esa concepción una forma de generosidad poco espectacular y, precisamente por eso, valiosa. No necesita discursos grandilocuentes ni reconocimientos permanentes. Se ejerce cada mañana, en una clase, en una conversación, en la confianza depositada en alguien que todavía no sabe de lo que es capaz.
Me parece una manera preciosa de explicar lo que significa enseñar. Y también de entender a alguien que ha pasado tantos años acompañando a jóvenes en una etapa en la que todavía están descubriendo de qué están hechos.
La biografía de Juanjo tiene otra curiosa particularidad, podría haber sido bastante distinta. Pudo ser otra cosa y decidió ser él mismo.
Cursó un MBA en el Instituto de Empresa y conoció de cerca aquel universo donde el éxito parecía medirse en marcas, posiciones y conversaciones que no siempre conducían a ninguna parte. Ese universo en el que parece que la vida consiste en subir peldaños, acumular responsabilidades, conducir determinados coches y tener siempre una reunión pendiente. Y decidió que aquello no era para él. No fue una renuncia al éxito, sino una redefinición bastante inteligente de su brújula vital. Mientras otros se afanaban en llegar más lejos, él empezó a preguntarse si no sería mejor llegar antes a casa, caminar bajo el sol y disponer de algo que no cotiza en bolsa… tiempo propio.
Antequera terminó siendo su particular respuesta. Eligió otro camino. La enseñanza, Antequera, sus aficiones, sus libros y una vida con espacio para las cosas que le interesan, que no son pocas.
Porque si alguien piensa que estamos ante un escritor que pasa el día encerrado entre libros y manuscritos, convendría advertirle de que aquí hay también gasolina, ruedas, radio, música, historia y una curiosidad que parece tener dificultades para quedarse quieta. Fue piloto y copiloto, participó en el mundo de la competición y tuvo su espacio ante los micrófonos de las emisoras que ya he citado. Puede hablar de automovilismo, de literatura, de una canción o de una anécdota familiar con la misma naturalidad. Y uno termina preguntándose cómo consigue meter tantas cosas en una sola biografía.

Quizá por eso también tiene esa inclinación a dar oportunidades. Como cuando decidió invitar a un joven enfermero, amigo de su hijo, a ilustrar Cándido… No era una operación comercial ni una búsqueda de prestigio añadido. Era algo mucho más sencillo: ofrecerle a alguien la oportunidad de participar, de crear, de sentirse reconocido. Un pequeño gesto que dice bastante más de una persona que muchos discursos sobre la generosidad.
Y hablando y hablando llegamos a los libros. Me resulta especialmente curioso que Juanjo tardara tanto en decidirse a escribir teniendo semejante almacén de historias en la cabeza. Me dice que la culpa, en parte, la tuvieron Borges y Cortázar. ¡Ahí es nada!.
Te cuento, me dijo. Hay admiraciones que alimentan y otras que intimidan. Cuando uno coloca a determinados escritores en un pedestal tan merecido, puede acabar pensando que cualquier palabra propia está condenada a llegar tarde.
Juanjo convivió durante años con ese respeto casi reverencial por los grandes maestros, sin atreverse a escribir. Hasta que la vida le dio una razón mucho más poderosa para escribir, la necesidad de conservar la memoria de los suyos.
Él necesitó tiempo para comprender que escribir no significa competir con quienes escribieron antes, sino encontrar una voz propia para contar aquello que solo uno ha vivido.
La muerte de su madre, a finales de los noventa, fue un punto de inflexión. Empezó a escribir desde otro lugar. Ya no se trataba de demostrar nada ni de competir con nadie. Se trataba de recordar.
Aunque la lectura ha sido su brújula y el respeto por los clásicos, el vértigo sagrado ante la sombra de Borges o Cortázar, frenó durante años sus impulsos de escritura, la pérdida de su madre a finales de los noventa supuso el detonante definitivo. Juanjo comenzó a volcar en papel los recuerdos, los fantasmas familiares y la memoria de ambas orillas del Atlántico.
Y así fue tomando forma Cruz del Eje, su primera novela, que permaneció durante años guardada en un cajón antes de encontrar su camino hacia los lectores.
Me gusta esa imagen que podría ser guion de una película… un escritor que no corre, que deja reposar una historia durante años y que finalmente decide que ya ha llegado el momento de compartirla. En estos tiempos de publicar deprisa, de anunciarlo todo y de convertir cualquier ocurrencia en un acontecimiento editorial, hay algo reconfortante y muy inspirador en esa manera de hacer las cosas.
Su primera novela, Cruz del Eje, publicada en 2003, había permanecido durante años en un cajón. Quince años de espera para una historia que, de alguna manera, llevaba mucho más tiempo escribiéndose dentro de él. En sus páginas estaba la infancia, estaban los personajes de su memoria y estaba aquel lugar argentino que nunca había terminado de abandonar.
Quizá esa sea una de las claves de su literatura: Juanjo no escribe para inventarse un mundo al que escapar, sino para regresar a los mundos que lo han construido.
Sus influencias tampoco son casuales. John le Carré y Frederick Forsyth le acercan a la precisión de la intriga, a los mecanismos del suspense y a la complejidad de los personajes. Pérez-Reverte le reconcilió, desde la madurez, con determinadas lecturas clásicas y con el placer de una narración que no pide disculpas por contar historias.
Pero lo verdaderamente interesante no está en sus referentes, sino en lo que hace con ellos. Juanjo parece haber aprendido que una novela puede tener una trama perfectamente construida y, sin embargo, lo que termina quedándose con nosotros es un personaje, una mirada, una frase o una pequeña circunstancia que nos recuerda a alguien.
Porque tiene una especial habilidad para detectar que las personas aparentemente corrientes casi nunca lo son tanto.
Ahí está Pepe, aquel hombre de Santiago de Compostela que regentaba una cafetería y llevaba unas Ray-Ban que ocultaban uno de sus ojos. Bastó una pregunta para que apareciera una historia. Donde otros habrían visto a un cafetero con gafas de sol, Juanjo encontró a una persona que merecía ser recordada.
Esa es una mirada literaria. Y también una forma de generosidad, la de concederle a los demás la importancia que quizá ellos mismos nunca se han atribuido.

Su literatura ha ido creciendo desde entonces. Antequera Blues Express, Habanera para un condecito, El fuego y el combustible, Azul Atlántico (Sur) y Cándido, a mi pesar forman parte de una trayectoria en la que se mezclan la memoria, la historia, la emigración, las relaciones humanas y el gusto por las buenas tramas.
Le interesan los personajes, los secretos, las circunstancias que cambian una vida. Hay algo de novela de intriga en su manera de mirar el mundo. Quizás por eso sus historias no se conforman con quedarse en la superficie.
Y luego está el detalle de que también dibuja, ilustra y diseña las portadas de sus libros. No se conforma con escribir y entregar el manuscrito. Quiere participar en el nacimiento de la obra hasta en sus últimos detalles.
Tiene algo de artesano, de esos que disfrutan viendo cómo una idea va tomando forma entre las manos. Y, además, sabe compartir. En alguno de sus proyectos ha dado cabida a jóvenes creadores, de su entorno, permitiéndoles participar en sus libros. Juanjo entiende el talento como algo que merece circular.
Hay una cosa que me gusta de las personas que han vivido lo suficiente. Es el lujo de no tener que demostrar nada. Cuando han encontrado su sitio, dejan de necesitar explicárselo continuamente a los demás. Ya lo decían Fito y sus Fitipaldis.
Juanjo transmite esa sensación. No parece tener prisa por demostrar qué sabe, qué ha hecho o qué ha conseguido. Y eso permite disfrutar mucho más de su conversación.
Tiene sentido del humor, sabe reírse de las pequeñas calamidades y no necesita revestir de trascendencia cada episodio de su vida. Puede pasar de una reflexión sobre la educación a una anécdota de automovilismo, de un recuerdo argentino a una historia antequerana sin que la conversación pierda naturalidad. Es de agradecer.
Porque uno viene a contar sobre un escritor y termina descubriendo a un hombre al que le gusta la vida en sus distintas manifestaciones. Y eso, a mi juicio, es una magnífica noticia para sus lectores. Los libros también se benefician de quienes no viven únicamente dentro de ellos.
Hay otra cualidad que quizá convenga reivindicar: su sentido del humor.

Juanjo sabe hablar de asuntos profundos, pero no parece necesitar solemnidad para hacerlo. Puede recordar episodios dolorosos, contar una anécdota de su juventud o explicar las dificultades de la vida cotidiana con una naturalidad que desarma.
También sabe reírse de las pequeñas calamidades domésticas, de los problemas con los seguros, de las grietas que aparecen donde no deberían y de esa voz que, después de tantas horas de clase, a veces decide tomarse sus propias vacaciones.
Esa capacidad de relativizar es una forma de inteligencia emocional. No significa restar importancia a las cosas, sino saber concederles el tamaño que merecen. Muchas personas convierten cualquier contratiempo en una tragedia y otras consiguen encontrarle un punto de humor incluso a las incomodidades más inoportunas.
Juanjo parece haber aprendido que la vida ya tiene suficientes asuntos serios como para añadirle solemnidad a todos los demás.
Y quizá por eso transmite una sensación tan agradable, la de alguien que ha vivido, ha elegido, se ha equivocado seguramente alguna vez y ha llegado a una edad en la que no necesita convencer a nadie de nada.
En Antequera tenemos la suerte de cruzarnos con personas que han llegado desde otros lugares y que, sin hacer demasiado ruido, han acabado formando parte de nuestro paisaje humano. Juanjo es uno de esos habitantes que hacen ciudad, aunque su partida de nacimiento diga que nació al otro lado del océano. Por eso me apetecía tanto esta conversación. Porque después de haberlo escuchado presentar sus libros, de haber coincidido con él en nuestras pequeñas peregrinaciones culturales y de haber intercambiado saludos por las calles, tenía ganas de sentarme tranquilamente y descubrir qué había detrás de todo aquello. Y, como suele ocurrir, la conversación ha dejado más preguntas que respuestas.
Me quedo con una pequeña conclusión, que hay personas que llegan a una ciudad y simplemente viven en ella; otras terminan enriqueciéndola con todo lo que traen consigo. Juanjo ha traído Argentina, Galicia, los motores, la radio, las aulas, los libros y una buena colección de historias. Y nosotros tenemos la suerte de encontrarlo por la calle.
Su obra publicada
Cruz del Eje (2013). | Su novela debut, gestada durante años en un cajón, un homenaje a los cimientos de su infancia y a las encrucijadas de su tierra natal.

El capitán español Fulgencio Colinas, tabaquero en la Cuba de 1898, muere a manos de un mercenario francés, en plena guerra con los americanos.
Años después, en el verano de 1917, España está sumida en los disturbios que enfrentaban al pueblo y a la monarquía. Curiosamente, las Juntas Militares de Defensa apoyaban ahora reformas que coincidían con las que la sociedad deseaba. Algunos de esos militares rebeldes huyeron del país en busca de otra vida. Pero Alfonso XIII decide mandar a Gorgonio Colinas, del servicio secreto, a Argentina a buscarles.
Se habían vuelto necesarios en la conciliación que el rey pretendía.
Dos meses después, el capitán Gorgonio Colinas acaba encontrando en la ciudad de Cruz del Eje al militar que buscaba, pero tambíén a una verdad reveladora e inesperada.
Antequera Blues Express (2013). | Juanjo Álvarez construye una novela negra en la que Antequera es mucho más que un escenario, es parte esencial de la trama.

Pepe Canales, anticuario y playboy gitano, aparece muerto en Antequera. Una vida de fiesta y negocios turbios que debe investigar el teniente de la Guardia Civil Jabo Azpilcueta. Tendrá que ir desmadejando una historia más compleja de lo esperado, que acaba remontando en el tiempo hasta la Antequera de la República y los primeros días de la Guerra Civil.
A ritmo de blues, con alma flamenca de fondo, esta ciudad hermosa de Andalucía enloquece de amor -como Rita Hayworth sacándose el guante negro- a todo aquel que se acerque a esta historia…
Habanera para un condecito (2016). | Una novela donde confluyen de forma magistral su pasión por el automovilismo histórico, las grandes travesías y la memoria.

El coronel Gorgonio Colinas, ya protagonista en Cruz del Eje, sirve en Buenos Aires, donde es convocado por el presidente Perón. Le encarga buscar una lista de nazis huidos a Argentina desde 1945. Para forzarle en el cometido, Perón, y sobre todo su mujer Evita, lo sitúan ante una antigua amante, amor viejo pero vivo.
La huida de uno de los personajes de la historia distribuye por la narración escenas a bordo de los coches que participan en el Gran Premio de Sudamérica de 1947, que parten desde Buenos Aires y deben terminar en Caracas.
La política argentina de la época, la guerra mundial recién terminada, la guerra civil española y el automovilismo son los escenarios, ampliamente descritos, con la precisión y rigor de un maquetista. La carrera sirve de huida de uno de los personajes, que reparte sus escenas, cortas y casi fotográficas, contadas en presente a lo largo de la narración.
“Habanera para un condecito” no solo está ambientada en los cuarenta, con los gustos y costumbres de la época. Está concebida como las películas de los cuarenta.
El fuego y el combustible (2019). |Un guiño poético a los ciclos de la vida y a la vocación de enseñar.

En el año 2003, con la guerra de Irak a punto de iniciarse, el teniente Jabo Azpilcueta debe viajar a Málaga para poner en marcha la Operación Virila, detonante de la vida de Azpilcueta en la ciudad de Antequera. Eric el Belga y la lucha antiterrorista de fondo desencadenan la que será una nueva vida del guardia civil vasco en la ciudad, la hermosa Atenas andaluza.
Azul Atlántico (Sur) (2023) y Cándido, a mi pesar… | Dos obras donde afianza su prosa cinematográfica, explorando la dureza de la emigración rural gallega, las heridas políticas, los secretos de la historia y tramas que conectan la península con una Argentina convulsa.

Azul Atlántico (Sur) es la tercera entrega de la saga de Jabo Azpilcueta, comandante de la Guardia Civil, especialista en tráfico de bienes artísticos o arqueológicos.
Teddy Bryan, paracaidista británico veterano de Malvinas, aparece muerto en la villa de Fuente de Piedra, donde residía desde 2005. Por su antigua y estrecha relación con personas ligadas al tráfico de bienes, Azpilcueta y Amaya deben hacerse cargo de la investigación. El británico vive de pequeños negocios en los que sus paisanos le confían compraventa de coches y casas, o su restauración. En una de las casas que Teddy restaura en la villa, la Guardia Civil halla una piedra de taracea del siglo XVIII, conocida como Vista de Bermeo, desparecida hace años según los catálogos oficiales del Museo del Prado.
Para completar la investigación, Azpilcueta ha de viajar al Reino Unido, donde se verá con viejos conocidos de las dos novelas anteriores y una realidad con la que el Brexit impregna no solo a los acontecimientos actuales, sino también los históricos.

Un cadáver aparece en un viejo canal de agua en Maside, una antigua villa gallega donde el silencio pesa más que las palabras. El inspector Silleiro llega desde Santiago para investigar lo que parece un homicidio. Pronto descubrirá que nada lo es: testigos incómodos, un loco entrañable que mueve cuerpos sin explicación, y un pasado que se abre como una herida mal cerrada. Entre la Argentina de los años setenta y la Galicia de la transición, las vidas de Magda —militante perdida en el fracaso de una revolución— y Silleiro —policía marcado por los fantasmas familiares— se cruzan en una trama donde memoria y presente se confunden.
Este libro no ofrece héroes intachables ni villanos absolutos. Aquí todos cargan con culpas, errores y supervivencias. La política, la violencia y la traición se mezclan con lo cotidiano: un cigarrillo bajo la tormenta, una conversación en penumbra, una verdad que duele más que una mentira. Cándido, a mi pesar es, al final, la crónica de un crimen que descoloca porque revela mucho más de lo que oculta. Una novela sobre el precio de las lealtades, la fragilidad de las convicciones y la incómoda certeza de que la Historia nunca pasa en vano.
Unas preguntitas más, Juanjo:
Antequera ha sido escenario literario de su libro. En Antequera Blues Express, la ciudad guarda una historia que va mucho más allá del crimen que se investiga.¿Qué secretos le encuentras a Antequera que quizá nuestros propios vecinos ya no ven?
Tal vez no sean secretos sino Historia en mayúscula. Los últimos hallazgos junto a la Peña nos retrotraen a 65.000 años en el tiempo, de gente que vivía ya aquí. Quizá esa antigüedad tan larga nos hace menguar su importancia y nos empuja a la relativización. Vienen amigos míos, a veces de lejos, sobre todo de América, y sienten cierto vértigo cuando se les habla de esa historia que se hunde tan lejos en el tiempo. Ellos protegen y veneran una casa con doscientos años como si fuera la Catedral de Notre Dame, por no decir la Muralla de Lugo o el puente romano de Ourense que tienen diez veces aquella antigüedad. No pierdo ocasión de decírselo a los chicos en mi cole. Somos herederos de toda esa humanidad y tenemos que conocerla. Conocer el pasado no es un ejercicio de nostalgia. Es un deber moral, dijo alguien. Y, por tanto, respetarla. Y otro dijo que sólo se respeta lo que conoces.
En novelas como Cruz del Eje y Habanera para un condecito, te adentras en escenarios históricos alejados de nuestro presente. ¿Qué te permite contar el pasado que sería más difícil contar en el presente?
Al hilo de lo dicho antes, la historia nos condiciona. Nos dice quiénes somos y por qué. Imagino que el ser humano que hay dentro de cada uno conduce al escritor, le dice cómo y dónde explicarse. Creo que el pasado te proporciona un escenario magnífico para hacer viajar al lector. Shakespeare tuvo el éxito que tuvo llevando sus obras de teatro a otros tiempos y países. Eso daba una carta de nobleza especial al relato, tanto para formar a su público como para entretenerlo. Tengo la impresión de que, en cierta forma, tranquilizas al lector porque ya sabe cómo se desarrolló la vida a posteriori y entonces presta más atención al punto esencial del relato, al mismo tiempo que le das consistencia a tu narración.
¿Te interesan más los personajes que hacen historia o los que la padecen?
Los personajes que hacen historia no necesitan relato. Ya lo tienen, infame o glorioso, pero lo tienen. Prefiero a los que sufren las consecuencias de lo infame y lo glorioso. Hay gente que no ha entendido todavía que, por ejemplo, el Capitán Alatriste de Pérez Reverte, es alguien que sufre el relato infame y glorioso de quienes le pagan. Eso, cuando consigue cobrar, claro está. Mi Gorgonio Colinas es un tipo que trabaja más allá de la necesidad, por convicción, como muchos profesores, maestros, médicos o enfermeros, policías, jueces, periodistas. Con una lealtad a sí mismos, a veces, digna de ternura.

La construcción de una saga. Jabo Azpilcueta reaparece en varias de tus novelas y su trayectoria está ligada también a Antequera. ¿Un personaje recurrente acaba siendo una criatura tuya o alguien que ya tiene vida propia?
De joven lo había leído y estudiado. Eso de que los personajes alcanzan vida propia, quiero decir. Y creía que no dejaba de ser una postura de coquetería. Pero acabé por vivirlo en mis carnes. El Jabo Azpilcueta de Antequera Blues es un adulto. Pero en El Fuego y el Combustible me arriesgué y me fui a su infancia y juventud. Me puse un desafío a mí mismo y entendí: el personaje acabó pidiéndome respeto… Mucho. Le respeto tanto que en Azul Atlántico dejé en sus manos terminar el caso o no. Nos lo va a contar en la próxima entrega.
Las obsesiones que regresan. En la saga de Jabo aparecen la investigación, el patrimonio artístico y arqueológico y las redes que conectan distintos lugares. ¿Qué asunto vuelve a tus novelas incluso cuando no te propones escribir sobre él?
Hay una obsesión que regresa una y otra vez. Gorgonio Colinas, Jabo Azpilcueta y Ángel Silleiro no sólo se pelean con el relato glorioso o infame a su alrededor. También comparten una lucha consigo mismos. Los humanos llevamos dentro un mamífero cabrón que debemos domar, controlar, formar y conducir. Lo fácil es dejarnos llevar por los impulsos primitivos de venganza, que no de justicia. Ahí radica la tragedia: verlos dejarse llevar a veces por los instintos, o cómo reflexionan en el segundo previo, justo sobre el límite. Ese segundo da para toda una novela. Acuérdate, Carlos, de los grandes temas de la literatura: muerte, amor, venganza, búsqueda de uno mismo. Es decir, controlar al mamífero cabrón es lo que nos enseña la Historia, el Derecho, la Política, la vida en sociedad. Hamlet tiene que luchar de manera heroica con el mamífero cabrón. Y detrás de él, decenas de protagonistas literarios.
La verdad detrás del crimen. En Cándido, a mi pesar, el homicidio sirve para abrir heridas del pasado y poner en cuestión las lealtades y las convicciones de los personajes. Cuando escribes una novela de un crimen, ¿te interesa más descubrir al culpable o comprenderlo?
Déjame decirte que Cándido es una novela distinta a las demás en ese sentido precisamente. En Cruz del Eje y Habanera, Gorgonio hace un viaje muy largo. Son relatos que pueden pasar por “westerns”. Jabo Azpilcueta, por otra parte, en Antequera Blues, El Fuego y el Combustible y en Azul Atlántico Sur busca culpables, sí, pero durante la búsqueda entra en habitaciones para abrir un montón de cajones y puertas de muebles que sería preferible dejar como están. No son solamente novelas policíacas del “whodunnit” como se decía de Agatha Christie. Ahí levanto el dedo claramente, creo. A Azpilcueta lo rodean temas muy complejos como la Antequera de la posguerra civil; el terrorismo de ETA o el Brexit. En Cándido me preocupa muy poco quién mató a nadie. Desde la primera página. Hablo de Argentina, los terribles setenta, gente próxima, mucho, y la huida a una España que amanecía. De una Galicia interior muy atrasada. Y sin embargo tibiamente acogedora.
Explicaste en la presentación en San Zoilo que Cándido, a mi pesar nace, en parte, de personas y situaciones reales que conociste. ¿Qué es más difícil, inventar un personaje o atreverse a escribir sobre alguien que has conocido?
Cuando creas un personaje es inevitable que se use materiales conocidos. Ya sabes que dicen que un escritor es lo que ha leído, más lo que ha vivido, más lo que ha inventado. Siempre me apoyo en personas y sucesos vividos. Construyes con materiales que tienes a mano. Cándido y El Fuego y el Combustible tienen mucho de autobiográfico. En las demás, un poco menos. Sólo un poco menos. Cruz del Eje empezó como una colección de retratos de emigrados en Argentina, en relatos oídos a mis padres y abuelos. Digamos que la tela es real y que el diseño de la prenda es más libre…

Con el tiempo, cada escritor va construyendo una manera particular de mirar y contar el mundo. ¿Cómo sabes que una página suena a Juanjo Álvarez y no simplemente a alguien que escribe bien?
Algunos amigos me dicen que durante unas horas, al leer, les cuesta sacarse de la cabeza mi voz que les narra cada página. Me encanta porque eso halaga al locutor de radio que llevo dentro desde niño, pues de siempre he querido narrar historias en audio. No he abandonado el sueño, claro. Pero eso tiene una parte incómoda. Y es que no todas las páginas están tan bien como para eso, creo. No lo sé. Sí te diré que leo en voz alta para sopesar cada párrafo. Ya sabes que las palabras, como los elementos químicos, tienen número atómico y peso específico. Creo que hay una proporción que no sé explicar, pero que existe como el número áureo. No sé. Bueno, por algo dicen que hasta los mejores cocineros son incapaces de relatarte una receta con medidas exactas…
Escribir también implica corregir, y me dices aquí en Buenos Aires que corriges al momento en el ordenador. Elegir y renunciar a aquello que, aunque nos guste, quizá no necesita estar en el texto. ¿Qué te cuesta más, encontrar la frase exacta o renunciar a una frase que te encanta?
Ambas cosas cuestan mucho. Creo que si una oración te encanta –o un párrafo-, debe ajustarse al fin para el que la has concebido. Si me permites el símil con los coches, no tiene sentido usar neumáticos buenos en un tramo de tierra. O usar neumáticos de tierra en un tramo de asfalto perfecto. Hay motores potentes que, en mojado, no son tan buenos como los menos enérgicos. El talento de algunos pilotos no sirve en ciertas circunstancias. Y por eso, he borrado páginas completas. Hasta capítulos. La tijera de podar no debe tener contemplaciones.

Toda trayectoria literaria es también un recorrido personal, hecho de aprendizajes, dudas y descubrimientos. Si hoy pudieras conversar con el Juanjo que escribió su primera novela, ¿qué le discutirías?
La bisoñez te conduce a usar los ingredientes de manera incorrecta. También, insistiendo en los símiles de la cocina y los coches, los tiempos y el ritmo son vitales. Crees que has escrito un párrafo bueno y cuando lo relees días u horas después no te parece tan bueno. A veces porque no corresponde a la intensidad de ese capítulo, o porque vas deprisa, no has medido correctamente la frenada. Por lo que respecta a la gramática, lo he tenido claro siempre. Ser parco, si puedo usar el adjetivo o el adverbio adecuado no escribo una subordinada. Y no se debe escribir deprisa, que es lo que nos pasa a los que tenemos que trabajar.
Una novela no termina necesariamente en su última página. Casi siempre continúa en las preguntas, las conversaciones y los desacuerdos que provoca. ¿Qué te gustaría que un lector discutiera contigo después de cerrar una de tus novelas?
Un conocido de Málaga, casado con una paisana mía, ambos médicos, me comentaron cosas relacionadas con Cándido o Azul Atlántico por asuntos de las autopsias… Siempre hay quien te halla un desliz de medio milímetro. Pero también Hewitt, el mismo amigo de Málaga, me comentó que no le gustaba que el final de Azul Atlántico no fuera cerrado. Y es que, a veces, la no conclusión de algún caso, es parte de la tragedia, de la realidad que se hace presente con sus dictados. Me habría encantado que no hubiera habido guerra en Malvinas, o que no hubiera habido Brexit. Debo decir que lo cierto es que me da mucho pudor comentar cosas sobre mis novelas. Creo que con ellas ha quedado todo dicho y eso debería ser todo. Pero es útil, claro que lo es. Corriges y tratas de aprender. En ferias, siempre hay alguien que se detiene contigo a comentar la novela anterior y eso me encanta, claro. Siempre que no haya otras personas esperando, claro está…
Imaginemos que, dentro de cincuenta años, alguien encuentra uno de tus libros en una librería de viejo de Antequera. ¿Qué te gustaría que siguiera vivo en él?
Las novelas son una fotografía de la vida. Insertas muebles, cortinajes, fondos de escena, costumbres, hechos noticiables y episodios que componen un cuadro. Me encantaría que el lector pudiera leer cualquiera de mis novelas sin que hubiera chirridos estilísticos, ni ortográficos ni literarios. Como quien abre un periódico de hace medio siglo y pudiera transitar por la página sin deplorar ni maldecir al plumilla o al fotógrafo. Pasear la vista sólo con el deseo de mirar, de recordar y aprender.

…Que vamos a cerrar, amigos, nos dijo Pedro (también argentino y propietario del lugar) con mucha amabilidad y cortesía, pero con afirmación contundente. (Habíamos llegado a las 11 y eran las 14:00).
Quizá sea haber conseguido que todas esas vidas que cabían en él no se estorbaran unas a otras.
No parece haber necesitado una vida extraordinaria en el sentido convencional. Le ha bastado con prestar atención a la extraordinaria cantidad y calidad de vida que cabe en las cosas aparentemente normales.
Yo pienso que hay algo especialmente admirable en eso.
Porque, al final, uno puede tener muchos libros en las estanterías, muchos kilómetros en el cuentakilómetros y muchos lugares en el pasaporte. Pero lo verdaderamente difícil es haber sabido elegir qué merece la pena conservar, a quién merece la pena acompañar y en qué merece la pena gastar el tiempo.
Juanjo parece haber encontrado sus respuestas sin necesidad de convertirlas en un manifiesto.
Tal vez por eso escribe. Quizá por eso enseña. Probablemente por eso dibuja sus portadas y se detiene a escuchar las historias de un cafetero, de un abuelo aventurero o de cualquier persona que tenga algo que contar. Muchos coleccionan cosas, él colecciona vidas.
En nuestra conversación, entre líneas de sus respuestas deduzco qué ha sido lo más importante de su viaje. Creo que él no señalaría un libro, una carrera, una ciudad ni siquiera un logro personal. Creo que hablaría de las personas que se cruzaron en su camino, de las que le enseñaron algo y de aquellas a las que pudo dejarles un poco de luz.
Después de todo, quizá esa sea la mejor manera de entender su metáfora del fuego: haber vivido lo suficiente para descubrir que la verdadera luz no consiste en brillar más que los demás, sino en conseguir que otros también puedan hacerlo. Y eso, lector, lectora, no lo consigue cualquiera.
Lejos del ruido, de las prisas y de aquellas ambiciones corporativas a las que no sucumbió, Juanjo camina cada día bajo el sol de Antequera sabiendo que el verdadero éxito consiste en ser dueño de su propio tiempo. Escribe y vive como respira, con la certeza de que las historias más grandes siempre laten muy cerca de la memoria del corazón.
El niño argentino que miraba los coches pasar sigue ahí. También el estudiante que respetaba tanto a Borges que no se atrevía a escribir, el joven que descubrió que Madrid no era su destino, el profesor que decidió convertirse en combustible para otros, el hombre que encontró en Antequera una forma de felicidad cotidiana y el escritor que continúa rescatando historias de los pliegues de la memoria.
¡Ole tu, Juanjo!







