Miguel Ángel Varo rescata del olvido una joya cinematográfica de 1963: «El Valle de los Dólmenes», un documento histórico para Antequera

«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine

En el Museo del Sitio de los Dólmenes, un documental rescatado del pasado nos recordó que también hay que excavar en la memoria. Muchos tesoros no están bajo la tierra, ni siquiera en las piedras. Y que, muchas veces, el verdadero hallazgo consiste en encontrar a alguien que sepa reconocer el valor de lo que otros dejaron atrás.

La cita tenía algo de especial. No todos los días se asiste al regreso de una película rodada hace más de sesenta años. Y mucho menos cuando esa película habla de uno de los paisajes que mejor explican quiénes somos y de dónde venimos.

El Valle de los Dólmenes, un documental científico realizado en 1963 por encargo del entonces Ministerio de Información y Turismo al corresponsal de RTVE Manuel España Lobo, volvía a encontrarse con Antequera. Lo hacía en el salón de actos Manuel de Góngora, dentro de las Jornadas Otoñales «Tierras de Antequera, Torcal y La Peña», y ante un público que llenó el espacio para compartir una experiencia que tenía bastante de descubrimiento y mucho de memoria.

Para que una película de hace más de seis décadas vuelva a casa, primero hace falta que alguien se pregunte dónde está, que intuya su importancia y que dedique tiempo y esfuerzo a rescatarla. Ese alguien ha sido Miguel Ángel Varo Sánchez-Garrido. Hay que tener los ojos abiertos para descubrir lo que otros no vemos.

A veces hablamos de descubrimientos y pensamos inmediatamente en una excavación, en una piedra que asoma entre la tierra, en una cámara funeraria que lleva milenios esperando a que alguien entre en ella. Antequera sabe mucho de esas cosas. Aquí la historia tiene la costumbre de esconderse a plena vista.

Sin embargo, hay otros hallazgos que requieren una paciencia distinta. No se encuentran necesariamente con un pico y una pala, sino buscando, preguntando, revisando documentos, siguiendo pistas y, sobre todo, sabiendo reconocer la importancia de aquello que uno tiene delante.

El mérito de Miguel Ángel Varo está en haber devuelto al presente un documento que no es simplemente una película antigua. Es una mirada sobre la Antequera de 1963, sobre la forma en que entonces se observaba y se divulgaba su patrimonio megalítico. Una mirada que hoy podemos contemplar desde la distancia, con todo lo que hemos aprendido desde entonces, pero también con la curiosidad de quien se asoma a una ventana que llevaba demasiado tiempo cerrada.

Y es que las imágenes antiguas tienen algo que los libros no siempre consiguen transmitir. Nos acercan a otra época de una manera casi física. Nos permiten imaginar a quienes estuvieron allí antes que nosotros, descubrir cómo miraban los mismos lugares y preguntarnos qué pensaban al contemplar aquellas piedras que siguen desafiando al tiempo.


Lo que para unos podría ser una película olvidada, para otros se convierte en una pieza que faltaba en el puzzle de nuestra historia.

Ahí está, precisamente, la importancia de investigar. No solo en encontrar, sino en comprender. No solo en conservar, sino en compartir.

La proyección fue el primer momento de una jornada que invitaba a mirar hacia atrás sin quedarse anclada en el pasado.

Durante la proyección, el documental permitió a quienes llenaban completamente el aforo del salón de los Dólmenes acercarse a un testimonio audiovisual de enorme interés para la propia trayectoria de la divulgación arqueológica en Antequera.

Más allá de su antigüedad, aquellas imágenes nos ofrecían la posibilidad de comparar épocas, de observar cómo se presentaba entonces nuestro patrimonio.

Después llegó la conversación. Miguel Ángel Varo Sánchez-Garrido condujo un coloquio en el que participaron Juan Campos, Historiador, y Lidia Cabello, Arqueóloga ( Universidad de Málaga) . Entre los tres fueron poniendo contexto a lo que se acababa de ver, abordando cuestiones relacionadas con la película, su época y la importancia de recuperar y preservar documentos de esta naturaleza.

La participación de Lidia Cabello Ligero, Doctora en Prehistoria y Arqueología. Licenciada en Historia. Arqueóloga e investigadora vinculada a la Universidad de Málaga y responsable de su Unidad de Arqueometría, aportó al encuentro su conocimiento especializado de la Prehistoria y de la investigación arqueológica, enriqueciendo el coloquio con una perspectiva científica especialmente valiosa para comprender el legado megalítico de Antequera. Su trabajo, especialmente vinculado a las nuevas investigaciones sobre el paisaje megalítico de Antequera, representa un orgullo para nuestra tierra y demuestra que todavía quedan muchas páginas de nuestra historia por desvelar.

La presencia de Juan Campos Rodríguez, historiador y académico de la Real Academia de Nobles Artes de Antequera, añadió al encuentro la voz de quien lleva años escudriñando los pliegues de la historia local, rescatando acontecimientos y personajes que ayudan a comprender mejor la identidad de nuestra ciudad. Su mirada, curtida en la investigación y en el conocimiento de la memoria antequerana, contribuyó a situar el documental en su tiempo y a recordarnos que detrás de cada imagen antigua hay una historia humana, una sociedad y una forma de entender el mundo. Porque la historia, cuando se cuenta con conocimiento y sensibilidad, deja de ser una sucesión de fechas para convertirse en memoria viva; y Juan Campos es uno de esos estudiosos que nos ayudan a mantenerla cerca.

Ahí residía otra de las virtudes del encuentro, que la película no terminaba cuando desaparecían las últimas imágenes. Al contrario, empezó entonces otra historia, hecha de preguntas, interpretaciones y reflexiones compartidas.

¿Qué nos cuenta este documental sobre la Antequera de los años sesenta? ¿Cómo ha cambiado nuestra manera de entender los dólmenes? ¿Cuánto conocimiento puede esconderse todavía en archivos y materiales que no han recibido la atención que merecen?

La presencia de un historiador, de una especialista en Arqueología y del investigador que había impulsado la recuperación permitió acercarse a esas cuestiones desde distintas perspectivas. La conversación recordó que el patrimonio no es una realidad inmóvil, encerrada en vitrinas o delimitada por una verja. Es algo vivo, porque cada generación vuelve a mirarlo y descubre en él nuevas preguntas.

En Antequera corremos el riesgo, precisamente por convivir con tanta historia, de acostumbrarnos a ella. Tenemos mucho más, pero también tenemos Menga, Viera y El Romeral. Tenemos el Torcal, la Peña y ese paisaje que parece haber sido dispuesto para recordarnos que la naturaleza y el ser humano llevan miles de años conversando en este rincón del mundo.

Y tenemos, desde 2016, el reconocimiento de la UNESCO al Sitio de los Dólmenes de Antequera como Patrimonio Mundial. Un reconocimiento que nos llena de orgullo, pero que también nos recuerda la responsabilidad de cuidar, estudiar y transmitir un legado que nos pertenece y, al mismo tiempo, nos trasciende.

Porque los monumentos no cuentan toda la historia por sí solos. También necesitamos las fotografías de quienes los contemplaron, los escritos de quienes los investigaron, las películas de quienes quisieron mostrarlos y los testimonios de quienes dedicaron su vida a comprenderlos. Cada documento añade una capa de memoria. Cada imagen recuperada nos permite reconstruir un poco mejor el camino recorrido.

El Valle de los Dólmenes tiene precisamente ese valor, el de conservar una mirada de 1963 sobre un patrimonio milenario. Nos recuerda que mucho antes de que llegaran los reconocimientos internacionales, antes de que el nombre de Antequera recorriera el mundo asociado a sus monumentos megalíticos, ya había personas interesadas en documentar y divulgar aquella riqueza.

Volver a ver hoy esas imágenes es tender un puente entre quienes miraron los dólmenes hace más de seis décadas y quienes seguimos contemplándolos ahora. Un puente discreto, construido con celuloide, investigación y memoria.

Quien trabaja cerca de su propia historia sabe que el conocimiento no siempre llega envuelto en grandes titulares. A menudo avanza despacio, gracias a la constancia de personas que dedican tiempo a asuntos que no siempre reciben la atención que merecen. Personas que buscan porque quieren saber. Que investigan porque sospechan que hay algo importante y que comparten lo encontrado porque entienden que el conocimiento cobra verdadero sentido cuando deja de ser exclusivamente de quien lo descubre.

La recuperación de este documental nos habla de esa forma de trabajar. Y también de la capacidad de Miguel Ángel Varo para convertir una investigación en una experiencia de difusión colectiva.
La convocatoria volvió a reunir, por cuarta vez, a un aforo completo en el salón de actos del Museo del Sitio de los Dólmenes. Un dato que habla del interés que despiertan sus propuestas y de la respuesta de un público dispuesto a dedicar parte de su tiempo a escuchar la historia contada desde la cercanía. ¿Te parece poco, lector, lectora?

Y si hay un lugar donde la pasión de Miguel Ángel Varo por la antropología y la historia de su tierra se hace especialmente visible, ese es su canal de YouTube, Antequera Oculta. Un nombre que parece invitarnos a abrir una puerta y entrar en esa otra Antequera que, a fuerza de pasar todos los días junto a ella, a veces dejamos de ver.

A través de sus estudios e investigaciones y sus contenidos divulgativos, Miguel Ángel nos anima a mirar más allá de lo evidente, a detenernos en los detalles, a recuperar episodios olvidados y a descubrir las historias que permanecen escondidas en nuestras calles, nuestros monumentos y nuestra memoria colectiva.

Su labor tiene algo de arqueología sentimental. No se conforma con contemplar el patrimonio, busca las huellas que nos permitan comprenderlo y sentirlo más cerca. Y lo hace compartiendo sus hallazgos, acercando la investigación a quienes sienten curiosidad por su ciudad y demostrando que la historia no tiene por qué quedarse encerrada en los libros.

Antequera Oculta es, en ese sentido, mucho más que un canal, es una invitación permanente a redescubrir nuestro propio hogar.

Porque a veces hace falta que alguien nos señale lo que tenemos delante para comprender el privilegio de vivir rodeados de tanta historia. Y Miguel Ángel Varo lleva tiempo haciendo precisamente eso, recordarnos que Antequera todavía guarda secretos y que merece la pena seguir buscándolos.

La recuperación de El Valle de los Dólmenes encaja de manera natural en esa forma de entender la divulgación. Buscar lo que parece olvidado, reconocer su valor y compartirlo para que otros puedan descubrirlo. Cambia el soporte, pero permanece la misma pasión de quien sabe que cada documento recuperado, cada historia contada y cada pregunta formulada nos ayudan a conocer mejor nuestra tierra.

Quedaba la certeza de que recuperar un documento histórico es una manera de cuidar el patrimonio. Una forma de ampliar el conocimiento, de preservar la memoria y de ofrecer a quienes vengan detrás materiales con los que seguir investigando.

Quizá dentro de muchos años alguien vuelva a contemplar El Valle de los Dólmenes. Tal vez lo haga con herramientas que hoy ni siquiera imaginamos, con nuevos conocimientos y con preguntas distintas de las que nos hacemos nosotros. Pero podrá hacerlo porque alguien entendió que aquellas imágenes merecían seguir vivas.

Y ahí está el verdadero valor de trabajos como el de Miguel Ángel Varo, en conseguir que el pasado no se convierta en una habitación cerrada, sino en una puerta que permanece abierta.

La jornada del 15 de octubre fue, por eso, algo más que un acontecimiento cultural dentro de las Jornadas Otoñales «Tierras de Antequera, Torcal y La Peña». Fue una invitación a mirar de nuevo. A recordar que nuestra historia no se encuentra únicamente en los grandes monumentos, que también se halla en los pequeños tesoros documentales que nos ayudan a comprenderlos.

Antequera tiene también la virtud de que cuando creemos conocerla, aparece alguien que nos enseña una faceta nueva. Un rincón que no habíamos mirado con suficiente atención. Un documento que parecía dormido. Una historia que llevaba décadas esperando su momento.

Esta vez ha sido una película. Una película de 1963 que ha regresado a casa gracias a la labor investigadora de Miguel Ángel Varo y que, al proyectarse de nuevo ante los ojos de los antequeranos, ha conseguido algo muy interesante, convertir el pasado en una experiencia de divulgación compartida.

Porque hay tesoros que están bajo tierra. Pero también los hay en los archivos, en las imágenes y en la memoria de una ciudad. Y para encontrarlos hace falta algo más que suerte. Hace falta alguien que no deje de buscar.

En Antequera, donde las piedras llevan milenios hablándonos, todavía hay quien se detiene a escuchar las voces que llegan desde una pantalla antigua. Y eso también es una forma de cuidar el paraíso.