LAS MIL HISTORIAS NATURALES de Francisco Javier Rodríguez | «Flores para un Desfiladero»

LAS MIL HISTORIAS NATURALES | de Francisco J. Rodríguez

La primavera llegó pronto este año. Las copiosas lluvias que, sin perdón, descargó el carrusel de borrascas desde inicios de año, dejaron henchida la sierra, y un denso herbazal tapiza hoy sus llanos y cantiles. Porque en este cerrado cañón calizo, el Desfiladero de los Gaitanes, que cincelase paciente el río, sin prisa, pues el paso del tiempo jamás le angustió, luce un verdadero vergel, festival de colores a modo de vibrante jardín vertical.
Sobreviven, allá arriba, las arriscadas sabinas litorales (Juniperus turbinata), vestigios vivos de un pretérito tiempo marino cuyas aguas se retiraron hace ya mucho tiempo, cuando hasta aquí alcanzó un océano primitivo.

Acaban de entrar los visitantes más madrugadores. Jamás imaginaron que la naturaleza fuese capaz de esculpir tan portentoso espectáculo natural. Procedentes de medio mundo, y ávidos de sumergirse en la naturaleza española, avanzan asombrados por la histórica pasarela que un día, allá por 1921, atravesase junto a su séquito el rey Alfonso XIII. Lo llamaron desde entonces el Caminito del Rey. Casi dos décadas llevaban entonces transitándolo los abnegados operarios que mantuviesen viva la antigua central hidroeléctrica de El Chorro.

Las primeras flores del calendario ya lucen sus mejores colores en el corazón del desfiladero. Llamativas galas con que seducirán a insectos mil, que acudirán hechizados para acabar impregnándose en el denso polen, precio a pagar por el dulce néctar que, ingenuos, creyeron robar sin pago alguno. Pues aquí nada es gratis, en este milenario pacto secreto que un lejano día firmaron ambos reinos.

Disparado el pistoletazo de salida, no hay marcha atrás: avanzan las semanas, y una cascada de protagonistas florales irá apareciendo, en una galería interminable donde desfilarán las mejores colecciones sobre la pasarela.  Abrirán sus pétalos sucesivamente, una tras otra, en un contagioso  efecto dominó, el de un mundo verde borracho de clorofila. Colores y formas que ilustrarán las páginas de este calendario de lo vivo en la montaña.

Los lirios de invierno (Iris planifolia) inauguraron, impacientes, la temporada. Aún arreciaban los fríos cuando decidieron abrir sus flores.

Tras ellos, blancos narcisos (Narcissus papyraceus), también tempraneros, desplegaron sus pétalos, que remataban el final de un tallo de medio metro de altura. Las primeras lluvias intensas  los estimularon a salir.

Llamados narcisos de papel, la envoltura de sus capullos antes de abrir la flor es fina y traslúcida como el papel de fumar. Pero cuidado, jamás comas de un narciso La licorina que lleva en su interior, te revolverá el estómago hasta echar la primera papilla.

         Foto: Narciso de papel (Narcissus papyraceus)

Sobre el herbazal, una alfombra de dorados reflejos atrae poderosamente  la atención: son los botones de oro (Ranunculus bullatus), brillantes ranúnculos con cinco pétalos de un amarillo que a nadie pasa desapercibido.

Fotos: Botón de oro (Ranunculus bullatus)

Belleza… pero traidora: la toxicidad que amasan en su interior causará también retortijones a quien ose degustarlos. Las borregas, sabias a pesar de su fama, conocen tan traidor secreto y evitarán consumirlos. Efecto dañino que, aplicado con cabeza y buen tiento sobre verrugas y callos, logró desde antaño combatirlos con efectividad. El brillo especial de las flores brota de sus pétalos, de unas microscópicas estructuras que actúan como espejos naturales.

Fotos: Botón de oro (Ranunculus bullatus)

Pero no es oro todo lo que aquí reluce, pues el crisol florístico de los tajos continúa con un desfile de nazarenos (Muscari neglectum), de apretados racimos que asemejan minúsculas uvas color violeta.

Foto: Nazareno (Muscari neglectum)

Sus pequeños bulbos subterráneos, cocidos, se aplicaron otrora contra irritaciones indeseables. Su aparición en los prados, dicen, anuncia un pronto final del invierno. Congregados estos nazarenos de morada túnica en sobria procesión, parecen anunciar el pronto advenimiento de la semana más santa del calendario cristiano.

De entre el plantel botánico descuellan, en busca del cielo, altas varas de hasta metro y medio, hermosos racimos de blancas flores: las varitas de San José o gamones (Asphodelus albus). Son especies también de bulbo, parte de la planta que antaño fuese aprovechada por la gente del campo para obtener una sustancia pegajosa con que fabricar cola vegetal.

Foto: Gamón o varita de San José (Asphodelus albus)

Pero tiempo atrás llegaron hasta aquí forasteros florales procedentes de orillas lejanas. Dos siglos hace de su aventura: polizones que viajaron escondidos entre el cargamento de árboles frutales y cítricos, en forma de cebollitas adheridas a la tierra. Procedían  de la región de Namibia y Sudáfrica. Aquí anclaron sus raíces, en una tierra que les brindó clima similar al de su cuna, y aquí florecieron. Eran las vinagretas (Oxalis pes-caprae).

En poco tiempo tiñeron de amarillos pálidos extensas zonas de la costa. Su agrio sabor, semejante al del vinagre, motivó su denominación popular. Llegada la noche,  sus flores duermen, cerradas; y cuando salga el nuevo sol, comenzarán a abrir sus pétalos, buscando la vida que los rayos, generosos, les brindarán.

Foto: Vinagreta (Oxalis pes-caprae)


Un poco más allá, enraizados en el mantillo fértil ⸺el que descansa sobre rocas areniscas que un día fueron arenas de playa, hoy endurecidas⸺, se encuentran dos hermosos tulipanes silvestres. Los llaman la meleagria encarnada o campanica (Frutillaria lusitanica). Se erigen en el claro del pinar. Su campanilla cuelga por el peso de los pétalos. Su flor, color caoba de largas franjas, es masculina y femenina a la vez, todo en una, hermafrodita como ninguna. Y abajo, en la base de la planta, enterrados, bulbos venenosos, empleados tradicionalmente en ciertas zonas agrícolas para repeler a los dañinos topos.

Pero hay más campanitas en este jardín de los cantiles. El jacinto de los bosques (Hyacinthoides hispanica) luce apretados conjuntos de campanillas colgantes color violeta. Su dispersión está garantizada por los minúsculos seres del lugar: una hilera de hormigas transporta, en alineada columna, las semillitas del jacinto, que enterrarán en lo más profundo del hormiguero. El agua filtrada por el próximo aguacero las hará germinar en su nuevo emplazamiento, merced a la involuntaria labor de dispersión que hicieron los laboriosos insectos.                                             

Foto: Jacinto de los bosques (Hyacinthoides hispanica)

En esta incesante sucesión de floraciones en cascada sin vuelta atrás, emergen también bajo las sombras unas copas de blancas flores que se abrieron, como lágrimas, al final de cortos pedúnculos, en umbelas. Son las lágrimas de la Virgen u ojos de Cristo. Brotaron de pequeños bulbos subterráneos, los ajitos. Su nombre de pila, ajo blanco o ajo porro (Allium neapolitanum). Allium le llamaron los celtas porque quemaba, porque el ajo ardía y picaba en boca, y porque el olor de la planta era fuerte y acre. Es también llamado el ajo napolitano, el que fuese descubierto por primera vez en la región italiana de Nápoles. Pero sólo una de sus especies primas cubre las flores de un rosa puro, el ajo rosado (Allium roseum), planta cuyas hojas, en forma de cintas, tienden a enroscarse cuidadosamente en torno a su propio tallo.  

     

     Foto: Ajo blanco o ajo porro (Allium neapolitanum).

Foto: Ajo rosado (Allium roseum)

Más tarde aparecen las estrellas de Belén (Ornitogallum umbellatum). También llamadas leche de gallina o leche de pájaro. Son estrellas blancas que aparecen entre las sombras. Sus bulbos se usaron antiguamente por sus efectos diuréticos y laxantes.

Foto: Estrella de Belén o leche de gallina (Ornitogallum umbellatum)

Pero destacan unos pequeños ramilletes de inflorescencias rosáceas, la valeriana de las boticas o medicinal (Valeriana officinalis).

(Valeriana officinalis)

De la raíz se obtiene un extracto que se emplea por sus efectos sedantes y contra la ansiedad, facilitándonos el sueño. Aunque de su eficacia no está del todo convencida la comunidad científica; la controversia está servida. El aroma intenso que desprenden las raíces al trabajarse, es el responsable de sus efectos relajantes. Mas los felinos opinan bien distinto: les produce efecto opuesto, pues actúa como psicoactivos sobre el comportamiento de los gatos, causándoles gran sensación de placer; un olor que les atrae locamente, hasta terminar comiéndosela a fauces llenas. Motivo por el que la llaman también hierba gatera o hierba de los gatos.    

Los campesinos emplearon la valeriana, tras fermentar su extracto o tras prepararla en infusión, para fumigarla sobre los campos, protegiendo así a las plantas de indeseables heladas tardías. Las larvas de algunas especies de mariposas y polillas la consideran su planta nutricia por excelencia, dependiendo de ella para su supervivencia.

Son todos ellos actores florales, protagonistas de una obra coral que se va representando por actos, en sesión continua, y como trasfondo un escenario natural sobrecogedor.

La presente narración es solo un breve fragmento de toda la historia, sólo varias páginas escogidas al azar del apretado calendario vegetal cuyas páginas, llenas de savia, seguirán pasando una tras otra, episodio tras episodio, en un ciclo dinámico como este, el de los cañones a plomo recubiertos de tapices verdes, trufados de una flora vibrante y multicolor. El devenir de las estaciones, aquí, en el corazón de las montañas sureñas, en Los Gaitanes, El Chorro. 

Francis Rodríguez


Francisco J. Rodríguez es un investigador y divulgador medioambiental con una amplia trayectoria en el estudio del ecosistema del Torcal de Antequera (Málaga).

Ha sido premiado por:
La Agencia de Medio Ambiente de Andalucía
El Colegio de Doctores y Licenciados de Málaga por su trabajo sobre el ecosistema del río Guadalhorce
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Encargado del inventario y propuesta de restauración de fuentes y abrevaderos del Torcal, por el Ayuntamiento de Antequera.

Es autor del libro “La naturaleza en Villanueva del Rosario”, publicado por su Ayuntamiento.

Forma parte de un grupo de seguimiento de la colonia de cernícalos primilla, una rapaz protegida en el núcleo urbano de Antequera.

Actualmente trabaja como guía e intérprete de la naturaleza en el Caminito del Rey, en el Paraje Natural del Desfiladero de los Gaitanes.

Y es autor de además de numerosos trabajos científicos, del libro ‘Torcal. Habitantes del tiempo | Una historia humana.