Mini crónica de una singladura literaria en tierra firme | Se presentó en Antequera «Marinero», de Javier García

«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine.es

10 de abril, siete y media de la tarde. La Biblioteca Municipal San Zoilo deja de ser por un rato un refugio de lectores silenciosos para convertirse en puerto de partida.

Javier García, había decidido que nuestra ciudad, tan de interior, podría sentir el olor a salitre al menos por unas horas y… no hizo falta más que un gesto delicado: la música y la palabra. Ambas nos transportaron a la evocación de la belleza del mar.

Incluso desde el corazón de Andalucía, también se puede navegar.

Mientras entraban a la sala los componentes de la mesa presentadora, Kico Calderón, Carlos Torres y el propio autor; el violín de Sofía y el fagot de Elvira (perdón que no recuerde los apellidos, solo sé de ellas lo que sentí: el virtuosismo en sus instrumentos musicales) ambientaban el momento interpretando obra clásica evocadora del mar. Y fue, más que un efecto sonoro, una marea lenta que iba preparándonos al público para lo que estaba por venir.

La obra de Javier García, editada por ExLibric, se presentó como una travesía emocional con ancla en lo real. Más allá de tecnicismos o tratados náuticos, Marinero expone una narrativa que huele a cubierta mojada, a viento tensando cabos y a silencios compartidos entre tripulantes.
Capté de su relato una voluntad clara de capturar aspectos invisibles de la vida en las regatas, la lealtad que no se explica, la camaradería que se forja sin palabras, la disciplina que nace del respeto al mar…

Javier García es jerezano de origen pero antequerano de vida desde su jubilación. Por más datos,joyero (al principio pensé que fue su profesión la de mediar con joyas; al rato comprendí en mi lentitud de pensamiento que era una referencia al gentilicio de habitantes de La Joya, nuestra pedanía antequerana).
Él no escribe desde la distancia, alterna la pisada desde tierra firme con la de sus mocasines marineros chancleando a cubierta de su barco, por ello su voz tiene la autoridad de quien ha vivido y vive el mar sin metáforas.
Visiblemente emocionado y emocionante, aquel joven que a los dieciséis años se enroló en la Armada parece seguir presente en cada línea, recordándonos que algunas historias no se inventan, se sobreviven, se sienten y, con suerte, se cuentan.

La presentación, como he dicho, estuvo arropada por las intervenciones de Kico Calderón y de Carlos Torres y giró en torno a la experiencia, al relato compartido, al respeto por una historia que pide ser leída despacio, lo más parecidos a intentar observar el horizonte desde cubierta.

Foto prestada por Fernando del Pino



No exige conocimientos previos ni afinidad con la náutica. Escuché decir al autor por activa y por pasiva. Basta con tener ganas de sentir el viento. (aquello ya me conquistó del todo). Tal vez fue debido a esa sensación leve, casi imperceptible, de haber viajado en la imaginación sin moverme, por las rutas de la costa que Javier contaba o de e haber entendido, por un instante, lo que él proyectaba: que el mar no es solo un lugar, también es una forma de estar en el mundo. Y a él, se le nota marinero.

Kico Calderón hizo una presentación bonita del autor al abrir el acto y marcó el tono emocional de la travesía. No comenzó hablando del libro, sino del mar como metáfora ¿o quizá como destino? y así la sala, lejos de la costa, seguía llenándose de ecos marinos.

También su intervención fue, ante todo, una presentación del autor desde lo humano. Dibujó a Javier García como hombre arraigado a varios territorios, Jerez, Málaga, Antequera, y, sobre todo, a una vida construida entre la familia, el trabajo y una curiosidad insaciable. Hubo en sus palabras una voluntad clara de situarlo: padre, esposo, emprendedor, técnico, pionero incluso en los albores de Internet en España. Pero, por encima de todo, marinero.

Kico Calderón explicó que Marinero no nace de una ocurrencia literaria, sino de una biografía vivida con intensidad. Desde su juventud, en Javier García parece empujar la vida hacia el mar como quien responde a una llamada inevitable. Habló, Kico, del Rayo Rojo, ese barco, no solo una embarcación, alegoría y personificando en Javier de una forma de estar en el mundo con intensidad, riesgo, vida latiendo en cada travesía. Como el propio mar, capaz de ofrecer calma y, en el mismo gesto, recordar su poder.

Y, en el fondo, dijo con cierta sutilidad, que ser marinero no es un título ni un oficio, sino una identidad. Algo que se adquiere sin diplomas, en la repetición de las singladuras, en el miedo contenido, en el respeto aprendido a fuerza de experiencia. Invitó a embarcarse. A leer despacio. A escuchar el mar entre líneas. Y, sobre todo, a dejarse llevar por esa inquietud que, desde siempre, empuja al ser humano a mirar el horizonte y preguntarse qué hay más allá.

Foto prestada por Lola Melero

Después tomó la palabra Carlos Torres con una intervención que, fiel a su estilo, se movió entre la cercanía y la belleza literaria. Su lectura de Marinero fue directa y sin concesiones: Javier García no ha escrito sobre el mar desde la distancia cómoda del espectador, lo ha hecho desde dentro, desde el instante exacto en que la navegación deja de ser estética y se convierte en verdad. Ese momento en el que la cubierta escora, el viento aprieta y ya no hay lugar para la impostura. Solo quedan el valor, la técnica y una forma de honestidad que no admite adornos.

Para Carlos Torres, el gran acierto de la novela reside en transformar el Mediterráneo en algo vivo. No es un telón de fondo, es un personaje con voluntad propia, un juez, aliado y, en ocasiones, adversario. En sus palabras, no hay en el libro rastro de exhibicionismo náutico ni de relato complaciente. Lo que hay es regata, travesía, tensión real. Y eso, subrayó, se percibe desde la primera página.

Construyó entonces una imagen muy inspiradora, la del lector como tripulante. Marinero avanza, (dijo más o menos aunque con mejor soltura literaria que la que yo pueda recordar y transcribir de oído) como un barco bien gobernado, con rumbo firme y la suficiente intensidad como para obligar a quien lee a agarrarse y no soltarse. No tanto por la acción, sino por lo que late debajo, ese vínculo invisible que une a quienes vuelven al mar una y otra vez, como si en cada salida se jugaran algo más que una victoria. Orgullo, memoria… una forma de sentirse vivos.

Carlos habló también de una épica humilde, la de los hombres corrientes. Y quiso dejar claro que el propio autor lo es; que, cuando llega la salida, se enfrentan no solo al viento o al cansancio, y también a sí mismo. En ese punto, el Rayo Rojo surgió de nuevo como símbolo, no solo es una embarcación, es una «comunidad de afectos, lealtades y cicatrices compartidas».

Carlos Torres llegó a afirmar que Marinero no presume de aventura, que la contiene. Porque, en el fondo, no habla únicamente de regatas, sino de coraje, de decisiones tomadas en el instante justo, de amistad cuando arrecia el temporal… y de ese silencio previo, casi sagrado, en el que aún es posible echarse atrás, pero se elige seguir.

Así, Carlos Torres cerró su intervención dejando una imagen que resumía toda su lectura. Abrir este libro es cruzar una línea de salida. Y, una vez hecho, ya no hay retorno posible. Solo queda dejarse llevar. Dejar que el viento y la historia hagan su trabajo.
Estas palabras tan bonitas ( las que dijo eran aún más inspiradoras) fueron enmarcadas en el ambiente con el fondo musical que Sofía y Elvira interpretaban para nosotros.

Javier García, comenzó desde la sorpresa honesta, casi incrédula, ante la acogida de un libro que nació sin más pretensión que la de ser fiel a una experiencia.

Se presentó como autor, pero sobre todo como testigo. Marinero, explicó, no es otra cosa que un compendio de historias cotidianas en apariencia. Regatas, travesías, maniobras…que, sin embargo, encierran una intensidad que solo comprende quien ha estado ahí fuera, cuando el mar deja de ser paisaje y se convierte en circunstancia.

Foto prestada por Lola Melero

Confesó que el proceso de escritura fue, en sí mismo, una forma de navegación. Durante año y medio, escribir significó revivir. Volver a cada maniobra, a cada salida, a cada instante suspendido entre la calma y el riesgo. Y lo ilustró con una imagen reveladora, nos contó de aquel escáner médico en el que, atrapado por la inmovilidad, decidió escapar mentalmente reconstruyendo una regata paso a paso. Como si el mar, incluso en ausencia, siguiera siendo refugio.

Ahí, en ese recuerdo minucioso… el viento de levante apenas insinuándose, el roce del agua contra el casco, el sonido tenso de las velas, estaba contenida toda la esencia del libro. Porque, como él mismo dijo sin decirlo del todo, así es como engancha el mar. No con grandes gestas, sino con la suma de sensaciones que terminan por instalarse en la memoria.

Quiso dejar claro, eso sí, que hablamos de una obra de ficción. Pero una ficción profundamente anclada en lo vivido. Una recreación que no inventa desde la nada, pero que transforma experiencias reales en relato.
Me llegó especialmente la imagen mental que proyectó en mí su descripción del mar como lugar donde el ser humano se enfrenta a su propia medida. Allí no hay escapatoria posible. Solo están uno mismo, el barco y la decisión.

Y dedicó los últimos minutos antes de las preguntas y de la despedida musical a reivindicar también el sentido último de la novela como homenaje. A los regatistas, a ese mundo exigente y a menudo malinterpretado desde tierra firme. Porque quiso dejar claro que detrás de la imagen amable de velas sobre el agua hay técnica, esfuerzo, intuición y riesgo. Valores que rara vez se perciben desde fuera, pero que sostienen cada travesía.

Y fue entonces cuando puso nombre a todo: marinero. No como oficio, y desprovisto de rango. Una palabra que, en su concepción, iguala a todos. Desde el pescador hasta el campeón, porque no se obtiene con títulos, se consigue con experiencia, con miedo asumido en silencio, con respeto aprendido a fuerza de mar.

La novela, dijo, nace precisamente de esa necesidad de no dejar que ciertas historias se pierdan. De dar forma a episodios que, de otro modo, quedarían diluidos entre recuerdos compartidos por unos pocos. De fijar en palabras esa mezcla de aventura, compañerismo y aprendizaje que define la vida a bordo.

Después de algunas preguntas del público, Javier García cerró su intervención. Fue parecido al momento de amarrar tras una larga travesía. Agradeciendo, invitando a leer y dejando en manos del lector la última palabra. En el fondo, Marinero no busca convencer. Solo propone embarcar.