«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine
Este «foráneo» (que cada día se va sintiendo más de aquí),
está contento de escribir esta reseña, porque aún sin ocupar grandes titulares, esta noticia sin embargo, habla del futuro de «mi ciudad» como una pequeña victoria cultural que devuelven vida a un patrimonio que parecía condenado al recuerdo.
Antequera acaba de recuperar uno de esos oficios que nunca debieron desaparecer. Y lo hace de la mano de un artista consagrado en otra faceta artística, la escultura, que tiene una formación, una experiencia y una trayectoria en otro tiempo en este arte de la marquetería. Lo hace de la mano del gran escultor Pedro Fernández Roales.
El gran Antonio Casero ya se jubiló hace años. Piero, enorme artista, cerró hace poco esa faceta. Cristóbal disfruta ya también de ese tiempo de jubilación después de años de tradición enmarcando cuadros. Que yo sepa, ya no quedaba nadie que pudiera enmarcar con alma en Antequera.
Nostálgico puedes llamarme si quieres, lector, lectora; pero para mí que este rescate no es un detalle menor. Dominados por la producción seriada y la inmediatez, rescatar un oficio artesanal significa recuperar una forma de entender el tiempo, la paciencia, el conocimiento de la madera y el respeto por el trabajo bien hecho. Significa devolver dignidad a un lenguaje artístico que durante siglos decoró muebles, capillas, escritorios y espacios nobles con auténticas filigranas realizadas a mano.
El responsable de este regreso es Pedro Fernández Roales, un nombre sobradamente conocido en Antequera por su extraordinaria trayectoria artística, pero quizá menos conocida en una de las facetas que hoy adquiere un valor especial.

Escultor de reconocido prestigio, Pedro lleva casi dos décadas dejando una profunda y bonita huella en la ciudad y en otros municipios de otras provincias andaluzas. Buena parte del paisaje artístico contemporáneo de Antequera lleva su firma. Desde el conjunto escultórico «El Arte sin Tiempo», dedicado a José Antonio Muñoz Rojas y José María Fernández en la Plaza de San Sebastián, hasta el Monumento a la Semana Santa, o el busto del profesor y arqueoastrónomo Michael Hoskin, situado en el Mirador de la Alcazaba junto al Arco de los Gigantes, o la más reciente escultura dedicada a Cristobalina Fernández de Alarcón. Sus obras públicas y exposiciones han consolidado una trayectoria que el propio Museo de la Ciudad (MVCA) reivindicó recientemente con la muestra Bronces y Modelos, dedicada a dos décadas de creación escultórica.
Pero antes de convertirse en uno de los escultores más identificados con Antequera, Pedro Fernández Roales acumuló una experiencia profesional que hoy cobra una importancia extraordinaria. En su Zamora natal desempeñó la responsabilidad de dirigir uno de los talleres de marquetería más prestigiosos del noroeste español, un trabajo que exigía el dominio de técnicas artesanales que han ido desapareciendo paulatinamente del panorama nacional.
No hablamos únicamente de fabricar elementos decorativos. La marquetería representa uno de los niveles admirables de la ebanistería artística: selección de maderas nobles, chapas de diferentes tonalidades, cortes de precisión milimétrica y composiciones capaces de convertir la madera en auténticas pinturas realizadas con vetas naturales…
Ese conocimiento, adquirido durante años y conservado con mimo, es el que ahora vuelve a instalarse en Antequera. Y lo hace, además, desde un lugar cargado de simbolismo. El escultor Pedro Fernández Roales acaba de hacerse cargo de la histórica tienda de cuadros de Cristóbal, en la calle Santa Clara. Un establecimiento muy conocido por generaciones de antequeranos que, lejos de desaparecer, inicia una nueva etapa convertida en un Estudio Abierto.
El concepto resulta muy sencillo y muy ilusionante. Un taller donde el trabajo pueda contemplarse a pie de calle, donde el visitante vea cómo se restaura un marco, cómo se encastra una obra o cómo la madera cobra una nueva vida entre herramientas, gubias y barnices. Pero será también un espacio de creación, de encuentro y de exposiciones para artistas consagrados y emergentes en diferentes facetas del arte.
No tiene ánimo de negocio ( la mayoría de los artistas tienen los bolsillos rotos), aunque sea necesario para el pan de cada día. Es también un foco cultural que se enciende en pleno corazón de Antequera. ¡Y eso, amigos míos, también hay que celebrarlo!.
Porque las ciudades no sólo conservan su patrimonio restaurando monumentos. También lo hacen manteniendo vivos los oficios que hicieron posible ese patrimonio. Cada taller artesanal que cierra supone la pérdida de un lenguaje. Cada maestro que transmite su conocimiento representa una victoria frente al olvido.
Antequera podría presumir nuevamente de recuperar oficios que en su día dieron lustre y riqueza artística a esta tierra, canteros (¡cuidado que se nos jubila ya mismo «el último picapedrero»! y ese arte tampoco es fácil de sustituir), restauradores, forjadores, ceramistas… (Ojalá recuperemos estas artes)
Ahora este gran escultor, ha frenado con valentía la desaparición de otro de esos oficios artísticos para que la marquetería no deje de ser en Antequera un oficio vivo. Pedro Fernández Roales, que es un creador acostumbrado a que sus manos acaricien el barro, el bronce, la madera… entiende perfectamente que el arte no empieza cuando se inaugura una escultura, o una exposición sino mucho antes, cuando unas manos conocen el comportamiento de la materia y dialogan con ella.
Quizá sea ésta una de las mejores noticias culturales de los últimos tiempos. Porque inaugurar una exposición es importante. Levantar un monumento también. Pero rescatar un oficio a punto de perderse significa regalarle futuro a esta ciudad que fue arte puro y quiere seguir siéndolo.

La Antequera Cultural debería felicitarse a sí misma. Recupera un oficio, recupera un espacio emblemático y gana un lugar donde el arte deja de ser únicamente un resultado para convertirse también en un proceso compartido con la ciudadanía.
Ya termino, que sé que soy pesadito e intenso, pero quiero terminar con otra reflexión muy personal:
Resulta un auténtico lujo que un escultor de la talla de Pedro Fernández Roales, capaz de modelar algunos de los monumentos que ya forman parte de la memoria visual de la ciudad, dedique también parte de su tiempo a encastrar con la misma delicadeza un cuadro familiar en una moldura labrada, a vestir un retrato de nuestros hijos con una sencilla y elegante cañilla antequerana o a devolver la dignidad a un marco heredado que parecía condenado al olvido. O a…
Porque ahí reside la grandeza de los verdaderos artistas, en no establecer jerarquías entre el gran monumento y el pequeño gesto cotidiano. Y eso, en una ciudad como Antequera, es un privilegio.
¡Ole tú, Pedro!. Ojalá te veas acompañado de muchos de nosotros en este rescate cultural.
Nota casi innecesaria: ‘Estudio Abierto‘ de Pedro Fernández Roales está ubicado en Calle Santa Clara, enfrente de la iglesia de Santa Clara.






