Teníamos doce o trece años y una obsesión: la música. Acabábamos de asistir a nuestro primer concierto y, fascinados, sentíamos la necesidad urgente de asomarnos también nosotros a ese mundo, cuanto antes. Lo que nos molaba de verdad era poder manejar los instrumentos musicales, pero ninguno teníamos dinero, solo pequeños ahorrillos. Y sin parné, ¿cómo íbamos a comprar el material necesario para tal fin?
Nos reunimos e intentamos maquinar algún plan que fuera coherente. Tras muchas cábalas, Noni dio con la solución: haríamos una rifa.
Nos pasamos toda la tarde Fede, Leo, Miguel y el inventor de la idea fabricando los boletos. Recortamos decenas de tiras de papel y le pusimos números correlativos para el supuesto sorteo. En el reverso escribimos un mensaje tan escueto como comprometido:
«Se sortea un GALLO. Ganador el que coincida con el número de los ciegos del viernes 13 de abril».
Ninguno de nosotros tenía un gallo, ni siquiera sabíamos de dónde íbamos a sacarlo. Aun así, nos parecieron unas condiciones perfectamente razonables para una rifa.
¡A esa edad los pequeños detalles nunca estropean un buen plan!
Entusiasmados, nos lanzamos a la calle, cada uno con nuestras respectivas papeletas, para intentar vender el mayor número posible. Recorrimos casas, tiendas, plazas; llamando de puerta en puerta hasta agotar todas las posibilidades. Tuvimos suerte: las vendimos todas.
Reconozco que la familia colaboró más por cariño, que por confianza. Mi abuelo Federico, sin ir más lejos, compró casi todas las mías.
Sin perder un momento, con el dinero recaudado, fuimos directamente a adquirir algún que otro sencillo instrumento, con el que dar rienda suelta a lo que iba a ser nuestro proyecto musical. Ya nos veíamos convertidos en los Beatles del barrio: las chicas caerían rendidas a nuestros pies, conquistaríamos sus corazones con nuestras canciones y nuestra música. La fama sería cuestión de semanas.
La realidad, sin embargo, tenía otros planes.
Llegó el día del sorteo y la fortuna decidió que el premio fuera, precisamente, para mi abuelo. El agraciado reclamaba su recompensa, a través de mi padre: el esperado gallo. Mi abuela, que ya se había enterado, había decidido el destino del animal: según parecía, ¡haría un buen caldo! Por lo tanto, apremiaba recibirlo:
ꟷFede, ¿dónde tenéis el gallo? Que el abuelo me ha preguntado por él. Llevádselo rápidamente.
Corrí en busca de mi pandilla musical y los encontré ensayando más ruido que música. Con la cara descompuesta, les hice saber el conflicto que teníamos encima, porque gallo, gallo no teníamos.
Apurados, no nos quedó más remedio que echar mano de mi padre quién, compadecido ante nuestra angustia, nos dejó algo de dinero, aunque acompañó el préstamo con una monumental regañina por culpa de nuestra informalidad.
Salimos a buscar un gallo para comprarlo, pero no encontramos ninguno.
Entonces, Leo, recordó un cortijo abandonado, llamado Sena, donde aún quedaba un viejo corral. Aquello sonó a salvación, así que allí nos dirigimos.
Cuando llegamos, el acceso al gallinero no era nada fácil. Tuvimos que atravesar derrumbes y sortear el lamentable estado de aquel lugar casi en ruinas. Con tan mala suerte que el Noni se hundió en un pozo hasta las caderas.
Nos quedamos sin saber qué hacer.
Recuerdos sus gritos, asegurando que aquello eran arenas movedizas y que iba a desaparecer para siempre bajo tierra, que lo había visto en las películas. Desesperados, después de mucho buscar, encontramos una cuerda. Tirando entre los tres de un extremo, mientras él se aferraba al otro con todas las fuerzas que le permitían el miedo y la desesperación, conseguimos sacarlo de aquel atolladero: empapado, cubierto de barro, sin zapatos y con la ropa hecha jirones.
Resuelto aquel embrollo, no había tiempo que perder; no habíamos llegado hasta allí para rendirnos.
Por fin pudimos acceder al corral. El aire olía a polvo, estiércol y plumas calientes. Las gallinas corrían despavoridas entre nuestras piernas mientras los gallos defendían el territorio con una determinación que ya habría querido para sí cualquier ejército. De pronto, los gallos en tropel se nos lanzaron a los hombros y a la cabeza defendiendo como fieras a las asustadísimas gallinas. Hasta que, en un movimiento final, a la desesperada, Leo consiguió agarrar a uno por el cuello y meterlo como pudo en una bolsa de plástico. El animal se revolvía furiosamente dentro de ella.
Con el objetivo cumplido, nos encaminamos a casa de mi abuelo, que ya estaba exasperado ante la insistencia constante de la abuela. Subimos solo dos de nosotros, porque Miguel acompañó al maltrecho Noni a su casa.
Nada más entrar, le entregamos la bolsa. En ese instante el animal soltó un cacareo infernal y dio tal sacudida que casi le arranca la bolsa de las manos. Aprovechamos la confusión para salir disparados escaleras abajo.
Ya en la calle, mientras corríamos, escuchamos la voz de mi abuela desde el balcón:
ꟷ ¿Y ahora cómo mato yo este gallo?
Aquello nos hizo correr todavía más rápido.
Aquel día aprendimos a no fantasear tanto con nuestras locas ideas; nos enseñó que no conviene organizar rifas de premios inexistentes y que los gallos son más peligrosos de lo que parecen. Además, la broma nos costó varias semanas de castigos.
En realidad, ni conseguimos atraer a las chicas con nuestra música, ni llegamos a hacer gran cosa con aquellos tristes instrumentos que, por supuesto, ni siquiera sabíamos tocar.
Salimos de aquella aventura como el gallo de Morón: sin plumas y cacareando.
Inma Puche

INMA PUCHE MANZANO
Antequerana y de profesión comerciante, estuvo 40 años detrás de los mostradores de un pequeño negocio familiar textil muy querido en la ciudad.
Madre de dos hijos maravillosos.
A día de hoy, dispone de tiempo para disfrutar de sus pasiones: estar con la familia, con amigos, viajar, la pintura, las manualidades, restauración y últimamente la escritura.
Pertenece al Taller Antequerano de Escritura Creativa, donde junto a sus compañeros y a su profesor, desarrollan este arte y sobre todo los relatos breves. Se sorprende de cómo, con tan pocas palabras, se puede narrar una historia. Y se hace eco de los momentos donde es leído, escuchado y ese ambiente que se crea alrededor de la lectura.
Es autora de ‘Biografías del Alma’.*
Le encanta aprender de los trabajos de investigación, que a veces tiene que llevar a cabo para “retratar” a un personaje, en terrenos que no conoce, o en ciudades lejanas, sus formas de vida y costumbres. Trasladar al papel descripciones, que te hacen adentrarte de lleno en la figura reseñada, penetrar en la piel del protagonista o protagonistas y vivir con igual emoción como ella pone en todo lo que hace.
Agradecida, disfruta del momento presente y de todo lo bueno que tiene la vida.
*atqmagazine pidió en su día a Inma su colaboración con nuestra revista para ir contando esas ‘Biografías desde el alma’ con las que suele describir a distintas personas de otras ciudades y de la sociedad antequerana, que iremos publicando en nuestro digital en una sección específica.
A ella también le hicieron una biografía. Pon auriculares y sube volumen:






