«EL PRIMER BESO» | Por Ángeles Venteo Lara

Se aproxima la primavera y, con el buen tiempo nos desprendemos de los abrigos.   El sol va haciendo sus primeras y tímidas apariciones de detrás de las suaves nubes blancas y nosotros, como los caracoles, salimos de nuestras conchas. En las ramas de los árboles, comienzan a despertar diminutos brotes verdes que, poco a poco, se van abriendo formando ramilletes de hojas que visten los vástagos desnudos.

Hoy, después de muchos años, tumbado en una hamaca en mi terraza, con el olor a jazmines y el arrullo de las palomas en el tejado que nos hacen sabedores de su felicidad, he cerrado los ojos y ha venido a mi memoria, como si hubiera ocurrido ayer  mismo,  el atardecer feliz en el que subí a la azotea de la casa de mis abuelos con la intención de preparar el guateque al que había invitado a mis amigos para celebrar mi decimoctavo cumpleaños.

Días antes, había pensado que no podría hacerlo porque, en el comienzo de la primavera, habían caído unas intensas lluvias, pero pronto pasaron y solo sirvieron para que todas las plantas reverdecieran y se llenaran de hojas y flores.

Mientras ascendía los peldaños cogido a la barandilla —un poco gastados por los años de uso—, miré hacia abajo. La escalera arrancaba en el patio posterior de la vivienda, encajado este entre paredes encaladas que estaban casi cubiertas por completo por un jazmín de ramas verdes salpicadas de estrellitas blancas, por una enredadera de campánulas azules y los arbustillos de los D. Pedro rociados por sus pequeñas trompetillas multicolor. Una dama de noche que se había adueñado de la propia barandilla y escalaba hasta la pared de la azotea, comenzaba a disparar su embriagador olor. Una alegre bandada de pajarillos, volaba ruidosa a posarse sobre los árboles que orlan el río, con un pío pío enmarañado y confuso que me dieron  ganas de coger una batuta y decir: ‹‹¡Venga, vamos a poner orden!›› y sonriendo  me acodé sobre el pretil y mi mirada abarcaba los terrados y jardines de otras casas y creí que, como en el que yo estaba, no existía otro con los que pudiera compararlos. Al poco rato, observé cómo el azul del cielo comenzaba a oscurecer y aparecían bordados en el inmenso manto, millones de estrellas que, con su titileo, parecía que me guiñaban los ojos con la misma alegría con la que yo esperaba los próximos  acontecimientos. 

Era una linda noche, con ese olor a nuevo que tiene el aire después de las lluvias, y sonreí pensando que era el lugar idóneo para que, sin más dilación, robara el primer beso a la chica de la que estaba enamorado. Y así fue, ella no pudo resistir el arrebatador aroma que se esparcía con la suave brisa nocturna y el romanticismo de las canciones que yo, sabedor de sus gustos, había seleccionado.

Ha pasado el tiempo, muchos avatares en mi vida y dos chiquillos que ahora mismo revolotean a mi alrededor jugando con una pelota y aquella chica de la azotea de la casa de mis abuelos, me está llamando para comer, mientras, las palomas siguen arrullándose en el tejado.

Ángeles Venteo Lara 15/10/2025