Recordaba lo que dijo Lucía cuando lo vio entrar:
—¡¿Qué haces otra vez aquí?! Sabes de sobra que necesito estar sola antes de que empiece la función. Márchate, por favor.
Era la tercera vez que Nicolás iba al teatro ese mes, a pesar del dispendio que cada entrada de platea suponía en su salario de plumilla del ABC. Desesperado por hablar con ella, esa noche había conseguido acceder por la entrada de artistas y colarse en su camerino. No iba para suplicarle otra noche en su cama, ni a recordarle los momentos felices de sus primeros años en Madrid. Había ido a por las respuestas que le ayudaran a comprender por qué lo había traicionado.
—He venido a por una explicación y no me voy a ir sin ella.
—¿De verdad quieres que te diga otra vez que ya no te quiero? ¿Que eres patético y que estoy harta de ti? ¿O añado algo más? —replicó la actriz con un deje de hastío y burla.
—Que para ti solo he sido un tonto útil, ya lo sé. Es otra la explicación que busco…
—Nicolás, no me hagas una escena que aquí la actriz soy yo. Dime sin rodeos lo que quieres oír y acabemos con esto.
—Cierto, tú eres la actriz. La gran revelación de la temporada a quien comparan con Julia Caba Alba o Aurora Bautista —esta vez era Nicolás el que se mofaba —. Pero recuerda que este papel que te ha dado el éxito, me lo debes a mí. ¡Yo escribí Los días olvidados para ti!
—¡Y te lo agradeceré siempre! —repuso Lucía cogiendo las manos de Nicolás entre las suyas.
—¡Suelta! No quiero ni tu gratitud, ni tus caricias. Lo que quiero, lo que te exijo, es que admitas públicamente, en prensa y radio, que soy el verdadero autor de la obra. ¡Qué todo el mundo sepa que me pediste el libreto para que Ramón Conde lo leyera y que me lo habéis robado!
—¿Pero no comprendes, alma de cántaro, que la única posibilidad de que se estrenara Los días olvidados pasaba por que la firmara un autor consagrado? Piensa que mi éxito en esta obra me coloca en posición de ayudarte con lo próximo que escribas. ¡Yo conseguiré que estrenes con tu nombre, sin recurrir ni a Conde ni a nadie! Por favor Nicolás, no montes un escándalo que no beneficia a nadie y tómate todo esto como una inversión a largo plazo. Si sabes esperar, te prometo que, a su debido tiempo, el mundo sabrá quién eres—concluyó Lucía en tono conciliador.
—No voy a esperar, ni a dejar que ese ladrón se quede contigo y con Los días olvidados.
—¡A ver si te enteras de una vez que yo no soy de nadie y menos de un desgraciado como tú! No volvería contigo aunque Ramón Conde no existiera, ¿de verdad crees que, por amor a ti, iba a pasarme la vida cenando latas de sardinas en una pensión de mala muerte? ¿Que el mejor plan de mi vida es ir los domingos a dar de comer a las palomas y a remar al Retiro? ¡Pero si hasta en la cama me matabas de aburrimiento! —le espetó Lucía.
Y Nicolás vio en la mirada de ella un desprecio que era casi un arma mortal…
Ya no recordaba nada más; nada que explicara por qué Lucía Córdoba estaba a sus pies, tirada en el suelo del camerino, con el cuerpo desvencijado, el cabello desparramado sobre las baldosas y los ojos cerrados. No recordaba por qué Lucía Córdoba estaba muerta.
En ese momento, alguien llamó con impaciencia a la puerta y lo sacó, de forma abrupta, de la rumia de sus pensamientos. Creyó, aterrado, que era cuestión de segundos que ese alguien girara el picaporte y entrara en el camerino. Pero eso no sucedió; con el corazón latiendo desbocado, oyó al regidor decir “Lucía, primera llamada, en media hora subimos el telón” y después, sus pasos que se alejaban presurosos.
El miedo y la tensión le dejaron la boca seca y una fuerte sensación de desequilibrio y vértigo. Notaba su mandíbula encajada y la frente contraída en un rictus doloroso. Sin embargo, el rostro de Lucía mantenía la serenidad que fue enseña de su belleza. Parecía dormida, o mejor aún, que representaba su propia muerte y que en cualquier momento, se levantaría con una graciosa genuflexión esperando el aplauso final.
Pero el delgado hilo de sangre que le salía de la oreja izquierda y bajaba por su blanquísimo cuello, certificaba que eso no iba a suceder.
Levantó la vista y se encontró con su propia imagen en el espejo del camerino. Así fue como se dio cuenta de que llevaba en su mano derecha el pie de bronce de la lamparita que antes iluminaba el tocador. Lo dejó caer al suelo y vio que un ligero rastro de la sangre de Lucía le manchaba la palma de la mano; se la llevó a la boca y la lamió.
Nada podía hacer, excepto interpretar la última escena de aquella tragedia: salió del camerino para llamar a la policía y mientras introducía una ficha en el teléfono del pasillo, oyó el grito desesperado de la sastra que había acudido a vestir a Lucía.
Mª Teresa Becerra López

Nací hace 62 años en Ronda. No mucho tiempo después, nos mudamos a Málaga, donde habían destinado a mi madre que era maestra. Estudié EGB en el colegio Sagrada Familia y bachillerato en el instituto Sierra Bermeja. Soy licenciada en Geografía e Historia por la Universidad de Málaga y como llevo la enseñanza en el ADN y en el corazón, he dedicado treinta y seis años de mi vida a inculcar entre mis alumnas y alumnos el amor por la Historia y el Arte. Espero y deseo haberlo conseguido.
Desde 2004 tengo la enorme suerte de vivir en Antequera donde me siento, desde el primer día, querida y apreciada. Estoy dando mis primeros pasos en la creación literaria de la mano del Taller Antequerano de Escritura Creativa, cuya cita quincenal se ha convertido en un momento increíble de compañerismo, aprendizaje y creatividad. Por todo esto doy gracias a esta ciudad y a sus gentes y a la vida.






