Fragmentos en memoria de Juan Alcaide de la Vega | Capítulo 1

El 19 de marzo de 2026 celebrábamos un homenaje en la Real Academia de Nobles Artes de Antequera a la figura excelsa de Juan Alcaide de la Vega, insigne abogado, que fue escritor, director de El Sol y una excelente persona admirada y muy querida por otras muchísimas personas.

Se fue el 20 de enero de 2015 para ocupar su sitio en las estrellas del cielo, «en el otro Río de la Villa», para continuar haciendo arte «allá arriba» junto a otros insignes como Antonio Parejo, Jesús Martínez Labrador, José María Fernández, Muñoz Rojas…
Dejó una Antequera más culta, mejor contada y más orgullosa de sí misma.

Antequera tiene en Juan Alcaide de la Vega a una de esas figuras irrepetibles. Un hombre que hizo de la palabra una forma de hospitalidad; de la cultura, una manera de servir; y de la memoria, un refugio luminoso donde todavía hoy muchos seguimos encontrándonos.

Cuando desde esta revista promovimos y co-organizamos en la Real Academia de Nobles Artes de Antequera el homenaje dedicado a su figura, anunciamos también el propósito de reunir, en estas páginas de ATQ Magazine, voces y recuerdos de quienes tuvieron el privilegio de tratarlo, escucharlo o aprender de él.

No como quien pretende levantar un monumento definitivo, sueño imposible tratándose de una personalidad tan rica y poliédrica, sino como quien recoge, con humildad y emoción, algunas teselas dispersas de un mosaico intelectual y humano de extraordinaria belleza.

Agradezco de corazón a las personas firmantes de cada una de las colaboraciones expresadas aquí y en próximos capítulos, unas como agradecimientos, …semblanzas de amistad; otras como documento histórico o literario o vital.

No hemos pretendido construir una obra total ni una semblanza definitiva. Sería imposible. Juan Alcaide de la Vega no cabe en una cronología ni en una enumeración de méritos. Hay personas que son mucho más que lo que hicieron. Y, siendo admirable su trayectoria, es mucho más lo que fue capaz de hacer sentir (incluso a mí, que soy un admirador póstumo de su figura ).
Él tenía ese don extraordinario de dar brillo a la conversación, de dignificar la amistad, de hacer que la inteligencia nunca resultara fría ni distante, que fuera cercana, cálida, profundamente humana…

Porque Juan Alcaide fue muchas cosas a la vez: abogado brillante, escritor delicado, periodista culto, académico apasionado, gastrónomo de sensibilidad literaria, enamorado de Antequera y custodio de su memoria íntima. Pero, sobre todo, fue un hombre capaz de dejar huella en las personas. De conversar con elegancia sin imponerse jamás. De enseñar sin aparentar magisterio. De hacer sentir importante a quien tenía delante. Un hombre sabio que supo convertir la sabiduría en cercanía cotidiana.

Caricatura de Juan Alcaide, de su amigo Pepe Bouderê


Las páginas que siguen no aspiran, por tanto, a cerrar ninguna biografía ni a resumir una vida cultural tan fecunda. Son evocaciones. Fragmentos. Destellos. Voces que regresan desde la amistad, la admiración o la gratitud. Algunas serán más íntimas; otras, más literarias o históricas. Todas, sin embargo, participan de una misma certeza: la de que la figura de Juan Alcaide de la Vega continúa viva en la conciencia cultural de Antequera y en la memoria afectiva de quienes compartieron con él una conversación, una lectura, una tertulia o simplemente el privilegio de su trato.

Tal vez sea precisamente ahí donde reside la verdadera dimensión de ciertas personas: no sólo en lo que escribieron o construyeron, sino en la delicada permanencia que dejan en los demás. Y Juan Alcaide, todavía hoy, sigue habitando entre nosotros con la serena naturalidad de las personas imprescindibles.

Porque Juan Alcaide amó Antequera de una manera profunda y delicada. La conocía como se conoce a un ser querido: no sólo por su historia monumental, sino por sus silencios, por sus rincones invisibles, por la memoria secreta que habita en las casas antiguas y en las palabras heredadas. Y quizá por eso hoy, al reunir estas colaboraciones, sentimos que no estamos únicamente evocando a un hombre, sino también una forma de entender la cultura como refugio, como elegancia moral, como conversación entre almas.

Insisto, las páginas que siguen no quieren cerrar nada. Al contrario. Quieren dejar abierta una puerta. La puerta de la memoria emocionada. La de quienes todavía, al escuchar su nombre, sienten que algo noble y hermoso vuelve a respirar por un instante en el corazón de Antequera.

Un pequeño cofre de memorias en varios capítulos. Un puñado de teselas rescatadas del gran mosaico de su vida. Textos nacidos desde la admiración, desde el cariño, desde la gratitud serena de quienes pudieron compartir con él un café, una charla interminable, una página escrita o el simple privilegio de escucharlo hablar de Antequera con esa mezcla única de erudición y ternura que sólo poseen quienes aman verdaderamente una ciudad. | ChLL

Capítulo 1.Primeras semblanzas

Por Luis Alcaide | Por María José Pérez Vergara | Por Francisco de Asís Ruiz Jiménez | Por María Antonia Cabrero | Por Miguel Ángel Hortelano | Por Pepe Lozano.


El homenaje citado en la Real Academia de Nobles Artes de Antequera finalizó con la intervención de su hijo Luis Alcaide en nombre de su familia. Me apetece comenzar con ello dejando que se desmadeje y fluya ese hilo precioso desde la emoción que me supuso escucharlo…

Luis Alcaide (segundo por la derecha)

Juan Alcaide de la Vega | Por Luis Alcaide Guerrero

«Comparezco hoy ante vosotros (porque mi querida hermana, Ana, me ha hecho una encerrona).

No, en serio… comparezco con emoción, pero sobre todo, con gratitud, para rendir homenaje a un hombre cuya vida en inseparable de la historia reciente de nuestra querida ciudad de Antequera: Juan Alcaide de la Vega.

Hablar de Juan es hablar de una generación entera. Nació en 1930, en una España que muy pronto se vería desgarrada por la guerra civil. Era apenas un niño cuando el conflicto lo separó de su padre durante los tres años que duró la contienda. Aquella ausencia marcó su infancia y, de algún modo, templó su carácter. Él mismo evocaría aquellos años con la serenidad del que ha aprendido a mirar el dolor sin rencor, consciente de que la memoria no debe ser un arma, sino un puente que acerque posturas y aúne voluntades.

En su obra Memorial de retaguardia, dejó escrito:

                               “La guerra nos robó la inocencia, pero no logró arrebatarnos la esperanza”

Esta frase resume la esencia de su vida: un hombre que conoció la dureza desde niño, pero que eligió siempre el camino de la esperanza, del trabajo honesto y de la construcción.

Desde muy joven sintió la llamada del Derecho. No fue abogado por azar, sino por vocación. Entendía la abogacía no sólo como una profesión, sino como un servicio. Decía que el abogado debía ser, antes que técnico, “intérprete de las heridas humanas”.

Ejerció con rigor, con brillantez y con humanidad. Sus clientes encontraban en él no solo un jurista preparado, sino un hombre que escuchaba, que comprendía y que acompañaba.

Pero Juan no podía limitarse a un solo lenguaje, ni hablar. Si el Derecho era su herramienta para ordenar la vida social, la Literatura fue su forma de comprenderla y celebrarla. Escribir era para él una necesidad interior. En sus libros late siempre una mezcla de memoria, reflexión y amor por su tierra.

En Mi ciudad, obra entrañable y profundamente personal, escribió “Antequera no es solo un lugar en el mapa; Es una forma de respirar, una manera de estar en el mundo”.

                                

Y quienes lo conocieron saben que esa no era una frase retórica. Juan vivía Antequera con intensidad. Caminaba  por sus calles siempre con mirada atenta, conversaba con sus vecinos, escuchaba las historias de su los mayores. Supo convertir lo cotidiano en materia literaria y elevar lo cercano a categoría universal.

También en Paseos por Antequera nos regaló esta imagen:

“Cada piedra guarda un susurro, y cada plaza es un libro abierto para quien quiera leer la memoria.”

                            

Con esa sensibilidad contribuyó a fortalecer la identidad cultural de nuestra ciudad. No solo escribió sobre Antequera: la pensó, la estudió, la defendió y la difundió. Por eso el otorgarle el reconocimiento como Hijo Predilecto no fue únicamente un honor institucional; fue el abrazo de un pueblo a uno de sus hijos más fieles.

Su curiosidad intelectual lo llevó a estudiar y reflexionar sobre otros autores, sobre la sociología de la literatura, sobre la historia y las costumbres. En El Testamento de un intelectual dejó una declaración que hoy cobra especial sentido, y de la que un servidor se enorgullece enormemente, y reza así:

                                   “Escribir es dejar una luz encendida para cuando uno ya no esté.”

                                    

Créanme si les digo que esa  luz sigue encendida. En cada uno de sus libros, en cada artículo, en cada recuerdo compartido y, puedo decir con orgullo, que en cada uno de sus hijos.

Pero si su dimensión pública es admirable, su dimensión humana es aún mayor.

Juan fue esposo y padre ejemplar. Padre de cinco hijos, a quienes transmitió el amor por lo cotidiano, por la honestidad y por la alegría. Aquí me detengo para hacer una alusión a una frase de mi hermana Ana María que se quedó grabada en mi memoria: …”papá nunca fue una sinfonía, pero siempre fue una bonita música de fondo…”. Entendí de sus palabras que nunca fue un padre perfecto, pero para nosotros fue, El padre perfecto.

Juan Alcaide de la Vega y Teresa Guerrero ( antes de la eternidad). Esta foto me encanta | ChLL

Hay un punto de inflexión en la vida de Juan y este fue cuando la vida puso ante él una prueba inmensa, la enfermedad de mi madre, Teresa, que desarrolló esclerosis múltiple tras el nacimiento del que hoy les habla, permaneciendo veinte años postrada en una cama, respondiendo, Juan, con una entereza, que solo los grandes corazones poseen.

Durante dos décadas cuidó, acompañó y sostuvo. No desde el sacrificio amargo, sino desde el amor sereno. Quienes lo trataron en aquellos años recuerdan que nunca perdió el humor, nunca dejó que la amargura ocupase su casa. Su dulzura no fue debilidad, era fortaleza. Su sentido del humor no era frivolidad, era signo de resistencia y de resiliencia.

Era, además, amigo de sus amigos. Fiel, leal y generoso. Sabía escuchar y sabía reír. Tenía ese ingenio fino que desarma tensiones y acerca voluntades. Muchos podrían contar anécdotas de sobremesas interminables, de conversaciones llenas de ironía amable y sabiduría sencilla.

En Gastronomía antequerana, incluso al hablar de platos y recetas, se permitía reflexiones que iban más allá de lo culinario:

                                “Compartir la mesa es compartir la vida”

Y eso hizo siempre: compartir. Compartió su tiempo y su afecto.

No es casual que nosotros, su familia, quisiéramos que su biblioteca, ese tesoro acumulado durante décadas de estudio y pasión por las letras, quedara al servicio de la ciudad. Fue un gesto coherente con lo que fue su vida: lo que fue suyo debía ser, en última instancia, de Antequera.

Hoy, cuando evocamos su figura en esta sala, no recordamos solo a un abogado brillante o a un escritor prolífico, recordamos a un buen hombre, o casi mejor dicho, a un hombre bueno. Y en estos tiempos en los que a veces se confunde el éxito con el ruido y la grandeza con la apariencia, conviene subrayarlo: Juan fue Grande porque fue Bueno.

Nos enseñó que la cultura no es un adorno, sino un compromiso. Que la memoria no es resentimiento, sino aprendizaje. Que el amor-a la familia, a los amigos, a tu ciudad- es la forma más alta de patriotismo local.

Permítanme terminar con unas palabras suyas que parecen escritas para este momento:

“Al final, lo único que verdaderamente nos pertenece es el bien que hemos hecho”

Créanme si les digo que ese bien permanece. Permanece en sus hijos, permanece en sus nietos, en sus lectores, en sus amigos. Permanece en esta ciudad que hoy le honra y que lo recuerda.

Que su ejemplo nos inspire a trabajar con honestidad. Que su amor por Antequera nos anime a cuidarla y engrandecerla. Que su memoria nos recuerde que la verdadera nobleza no se hereda: se construye cada día con actos sencillos y con un corazón generoso. Muchas gracias».
Luis Alcaide Guerrero

Luis Alcaide

Algunas semanas antes había yo contactado con algunas personas referentes en la vida de Juan, en la idea de que me hablaran de él y…

A JUAN | Por María José Pérez Vergara

«Cuando la mañana del 27 de octubre de 2025, recibí una llamada de Carlos Lanzat solicitando mi colaboración para escribir una semblanza sobre Juan Alcaide, afloraron de mi interior sentimientos y emociones contenidas, porque él era “mi amigo del alma”.

Es muy difícil resumir en unas líneas a un ser tan grande, porque Juan tenía muchos perfiles o facetas: abogado, escritor (J.J. Maderuelo), gastrónomo, el amigo de sus musas … etc., pero yo voy a ceñirme en Juan como ser humano y en mi relación personal con él.

Lo conocía desde pequeña. Lo veía caminando por las calles de su querida Antequera con periódico en mano, o departiendo en cualquier esquina con amigos. También, mi padre me había contado algunas anécdotas divertidas de cuando hicieron juntos la milicia universitaria en el campamento de Montejaque, pero no fue hasta 1990, cuando empezamos a tratarnos con más cercanía.  Por aquel entonces, él era Vice-Decano del Colegio de Abogados de Antequera, yo una jovencita licenciada en derecho que iniciaba su andadura profesional trabajando para la Corporación.

Desde el primer momento congeniamos muy bien, y la diferencia de edad nunca fue un obstáculo para nosotros. Nos nutríamos mutuamente, él me aportaba sabiduría, experiencia y conocimiento, y yo a él, supongo que algo de frescura y mis ganas de comerme el mundo. Y así, fuimos fraguando una estrechísima amistad, que se extendió a nuestras familias y que duró para siempre.

Compartimos muchos momentos: celebraciones familiares diversas, sus visitas a la 1 de la tarde al Colegio de Abogados, muchas horas de charla, quedadas de los viernes para tapear, llamadas diarias para comentar algún asuntillo o el capítulo de la película o novela de turno, y mutua compañía en numerosos actos y viajes, tanto de índole profesional como personal. De todos ellos guardo un gratísimo recuerdo y un sinfín de anécdotas.

Juan fue un niño de la guerra, y así lo relata su libro memorial de retaguardia “… el azar quiso que la guerra se hiciese presente desde nuestro nacimiento hasta nuestra desembocadura en la juventud, que se nos vino encima llena de sorpresas y de incertidumbre, de descubrimientos y de dádivas. con veinte mil guerras encima, agobiándonos, y, siempre enhiesta, la esperanza”.  Nada de esto lo amedrentó, porque era una persona resiliente, capaz de adaptarse y superar cualquier cambio o desafío.

Era honesto, integro y tenía fuertes convicciones religiosas, y, a pesar de las circunstancias personales adversas que la vida le deparo, nunca lo oí quejarse, siempre estaba contento y muy pendiente de su familia. Adoraba a su mujer y a sus cinco hijos, de los que siempre me hablaba con mucho orgullo y cariño. Él decía que todos tenemos una cruz, y que esa cruz es nuestro cilicio, nuestro suplicio, pero es también un reactivo para poner en pie de lucha nuestra voluntad, nuestra capacidad de sufrimiento, nuestra capacidad de resistencia ante la adversidad, nuestro espíritu de combate”.

También era inteligente, sensible, divertido, generoso, socarrón, paciente e inmensamente ingenioso. Me sorprendía su habilidad para viajar a los lugares más recónditos de la tierra desde el sillón de su casa, pues su imaginación volaba a través de los libros. Era un ser muy disfrutón y un gran gastrónomo. Amante del futbol, de los toros, del pasodoble, del paseo por el rio de la villa camino a la Iglesia de San Juan, de la sopa de tomate del bar Castilla, las bacaladillas fritas y como no, las aceitunas a la que llamaba “viejas conocidas”. ¡Cuanto disfrutaba comiendo!

Pero Juan, era fundamentalmente un hombre bueno y prudente, al que jamás oí hablar mal de nadie, y siempre tuvo un talante conciliador. Todo ello, gracias a la educación en valores que recibieron los de su generación, basada fundamentalmente en el más absoluto respeto hacia los demás, algo que desgraciadamente hoy está desapareciendo.

Recuerdo especialmente sus manos, esas pequeñas manos con uñas bien cuidadas que Felipe Sánchez supo pintar con tanta exquisitez en el maravilloso retrato que le hizo, y en el que con maestría capto su vida y toda su esencia.

Su muerte fue inesperada y un mazazo para todos lo que lo queríamos, pero todo aconteció tal y como él deseaba, falleció en su casa y sin ser consciente de que se marchaba.  Sin lugar a dudas, Dios, en quien tanta fe tenia, supo recompensarlo por todo el bien que había hecho.

Dejó escrito un epitafio, ese que sus hijos tuvieron a bien grabar en su lapida, y que dice así: “Vivió entre muchas dudas, pero muere con una gran esperanza”. El destino quiso que la noche anterior a su fallecimiento tuviéramos una larga conversación telefónica, y quedáramos para vernos pasados unos días cuando se recuperase del resfriado. Amigo Juan, estoy convencida de que volveremos a vernos y a retomar tantos proyectos pendientes.

Con frecuencia lo echo de menos, entonces releo sus semblanzas, epístolas, cartas que me escribía con motivo de mi cumpleaños o veo nuestras fotografías juntos. Y así, Juan para mí sigue vivo, y doy gracias a Dios por haberlo puesto en mi camino». | María José Pérez Vergara

Juan Alcaide | María José Pérez Vergara | Miguel Á. Hortelano

JUAN ALCAIDE DE LA VEGA | Por Francisco de Asís Ruiz Jiménez

Francisco de Asís Ruiz Jiménez

«No es tarea fácil escribir sobre alguien como Juan Alcaide, a quien conocí desde siempre y con quien mantuve un trato excelente, especialmente en sus últimos años. Nuestra amistad se fortaleció fruto de su vinculación profesional con el Colegio de Abogados de Antequera, donde mi mujer ejerce como Secretaria Técnica durante toda su ya dilatada vida laboral. Nuestra amistad, aunque cimentada en el continuo trato personal, provenía de generaciones atrás. Y, pese a la diferencia de edad, su compañía –la de un hombre cultivado en numerosas disciplinas, dotado de una memoria prodigiosa y con un don para conversar—fue siempre la mejor base donde construir una verdadera amistad.

Para mi familia paterna, Juan era una persona muy querida y admirada. Su padre y mi abuelo mantuvieron estrechas relaciones profesionales y personales, al estar vinculados ambos a HYMASA, una entidad que aglutinaba a los industriales del ramo de las fábricas de mantas en una sociedad anónima.

Al pensar en Juan, recuerdo siempre una anécdota que contaba mi padre y que solíamos comentar juntos. No me resisto a contarla. El trabajo en HYMASA obligaba al padre de Juan – persona de hechuras muy gruesas – a viajar muy a menudo por España. Días antes del 18 de julio de 1936, estadillo de la guerra civil española, marchó a Madrid y, debido a la declaración de guerra, se vio obligado a quedarse a vivir allí durante tres largos años, en la pensión donde habitualmente se hospedaba. Cuando por fin pudo regresar a Antequera, mi abuelo y algunas personas más de la familia fueron a recibirlo a la estación de ferrocarril. A primera vista, a pesar de los esfuerzos en identificarlo entre los pasajeros que se apeaban en la estación de Bobadilla, no fueron capaces de reconocerlo como consecuencia de la pérdida de peso tan alarmante que había sufrido durante su obligada estancia en la capital. Juan siempre sonreía, con su manera particular de hacerlo, al comentar aquel momento.

Juan también trabó una buena amistad con mi padre a través de la familia Cuadra. Salvando la diferencia de edad existente entre los dos, los unieron sus estudios de Derecho en la Universidad de Granada: cuando mi padre terminaba la carrera, Juan comenzaba la suya. Además, siempre los unió el amor incondicional a Antequera, que llevaban permanentemente por bandera, demostrado ampliamente a lo largo de sus vidas y muchos amigos comunes, entre los que destaco a Juanillo Ortega, presente en numerosas ocasiones en nuestras tertulias, gracias a las inagotables y graciosas anécdotas que se podían contar de él.

He de confesar, porque así siempre lo reconoció Juan, que su vocación primigenia era la literatura. A ella dedicaba sus esfuerzos y sus anhelos. Sin embargo, el padre de Juan intercambió impresiones con mi padre sobre el futuro de su hijo, y este le hizo entrar en razón para que estudiara Derecho, argumentando que era una carrera con muchas salidas que además estaba dentro del mundo de las Letras, campo abonado para obtener una amplia formación humanista.

Esa decisión llevó a nuestro amigo Juan a ejercer su profesión con dignidad y prestigio durante más de 60 años, obteniendo numerosos reconocimientos públicos y las máximas distinciones que se conceden en la profesión.

A pesar de su intensa actividad jurídica, nunca abandonó sus irrefrenables aficiones literarias. Desde Mi Ciudad, su primer libro publicado en 1965, Gastronomía AntequeranaPaseos por AntequeraElogio y nostalgia del viejo Instituto hasta Las mujeres que amó un viejo poeta entre otros, pasando por un sinfín de semblanzas, todas llenas de buenísimas y ocurrentes observaciones, discursos elocuentes e innumerables páginas escritas en prensa demuestran su calidad como escritor de reconocido prestigio.

Nunca buscó fama ni gloria, ni en lo que publicaba ni en su ejercicio profesional. Su despacho siempre estuvo abierto a todo aquel que comenzaba en el difícil ejercicio de la abogacía y ayudaba con su consejo y sabiduría al que se lo pidiera.

Juan era un hombre un tanto tímido, sensible, lleno de humanidad y muy observador de todo aquello que le rodeaba, sobre todo de las personas que se cruzaban en su camino. Le apasionaban las mujeres, en el buen sentido del término, y siempre declaraba en la intimidad su predilección por ciertas musas que le correspondían con su amistad y cariño sincero.

Supo sobreponerse a unas circunstancias familiares especialmente duras: la larga y grave enfermedad de su esposa Teresa lo obligó a hacerse cargo de toda una casa con cinco hijos de muy corta edad. Sin embargo, gracias a su tesón constante y a una voluntad que no conocía quiebra, logró salir adelante. Siempre agradecido a Dios y sin perder por un instante sus ganas de escribir ni el deseo de transmitir su legado.

Hoy, al escribir estas líneas, la memoria me retrotrae a nuestras reuniones en el desaparecido bar Castilla, dónde dábamos cuenta de aquellas tapas de cocina tradicional tan del agrado de Juan, siempre acompañadas de las correspondientes copas de manzanilla. Recuerdo también los almuerzos en el campo cuando acompañaba a mi familia y mi madre le preparaba algunos platos de su gusto, como las esponjillas y los estupendos huevos moles que hacían las delicias de Juan. Siempre huía de la cocina de diseño tan de moda en estos tiempos.

Recuerdo que, en cierta ocasión, le restauré un bastón antiguo y muy deteriorado que había pertenecido a su abuelo. Juan le tenía un cariño especial no solo por su procedencia, sino porque aquel bastón había acompañado a su antiguo dueño en su vejez, de la que él mismo fue testigo de niño. Más tarde, a Juan le ayudó en muchas ocasiones en su andar un tanto oscilante en la etapa final de su propia vida.

Comencé esta semblanza con cierto miedo ante un papel en blanco, pero, poco a poco, mi mente se ha ido abriendo al recuerdo y cuando han fluido las ideas y tantas vivencias, me ha resultado fácil plasmar mis sensaciones y dejar constancia del privilegio que ha supuesto para mi haber conocido y contado con la amistad de una persona irrepetible en todos los sentidos, alguien que se marchó de manera repentina e inesperada, pero que siempre ocupará un lugar destacado en nuestros mejores recuerdos. Ya no existe gente como Juan, ni como tantos personajes de antaño que hicieron grande su tiempo.

Desde la eternidad, al leer estas líneas, estoy seguro de que corregirá alguna deficiencia ortográfica que, sin duda, habrá apreciado y prestará su voz, esa voz potente e inconfundible que envolvía cada palabra que pronunciaba, al texto que hoy quiero sirva de homenaje póstumo a su memoria». | Francisco de Asís Ruiz Jiménez

En Las Perdices, tierras de Francisco de Asís

“CARTA BREVE PARA UN LARGO ADIOS” | Por María Antonia Cabrero

Querido Juan:

Me brindan la oportunidad de hablar de ti y me da miedo usar este privilegio, me parece casi una osadía, es tal el respeto y el cariño que le tengo a tu memoria, que no me siento capaz de honrarla en la medida en que se merece.

Me distinguiste con el honor de tu amistad y siempre llevé con orgullo el inmerecido título de ‘’Musa’’ que compartí con otras ocho queridas amigas tuyas. Tu nos reuniste y compartir tu amistad nos hizo a su vez buenas amigas y esa unión ha persistido en el tiempo a pesar de tu irreparable ausencia.  Gustabas de decir que “aun cuando Dios es infinitamente sabio, cuando estuvo más inspirado fue cuando creó a la mujer” y veo todavía tu sonrisa entre pícara y socarrona y tu voz grave y carrasposa al decirlo y a su vez el recuerdo hace brotar en mi una sonrisa melancólica.

Que gran vacío dejaste en nosotras y en todos aquellos que tuvimos la suerte de conocerte y compartir contigo tantos buenos momentos que iban más allá de la simple diversión.

Tu extensa cultura, tus conocimientos del derecho, la  filosofía, la literatura  y sobre todo tu profundo conocimiento del ser humano, del alma humana en todas sus facetas, hacían de tu conversación un delicioso entretenimiento que me envolvía y me hacía olvidar los sinsabores de la vida cotidiana y sus rutinas, al transportarme a un mundo interesantísimo que tu capacidad de observación taladraba y modelaba, un mundo plagado de imaginación y de un nivel intelectual que una simple conversación  se convertía en Clase Magistral para mi.

Me gusta recordar nuestras conversaciones sobre literatura de la que mucho me enseñaste pues tu nivel de lectura estaba muy por encima del mío, pero aun así eras capaz de escuchar e interesarte por mis descubrimientos lectores y compartimos algunos libros que luego amigablemente comentábamos .

Leí con cariño y atención todos tus libros, escritos con ese estilo tan personal y único, sobre todo aquellos en los que mostrabas tu versión entrañable de tu querida Ciudad y sus Personajes y los disfruté doblemente por tener la ventaja de poder escuchar todos los registros de tu voz al pasar mis ojos sobre sus letras. Conservo tus dedicatorias como si de un Cervantes o un Séneca se tratara. Pero sobre todo disfruto releyendo algunas cartas, pequeñas semblanzas y breves escritos que tuviste la gentileza de dedicarme siempre con “cordialidad y afecto”.

Nunca olvidaré lo mucho que disfrutamos, quienes compartimos tu vida jurídica, de las innumerables Semblanzas que escribiste para tantos compañeros Jueces, Secretarios, Funcionarios, Procuradores y Abogados en sus homenajes y despedidas, todas ellas además de hilarantes eran pura literatura y siempre eran largamente aplaudidas y celebradas por todos los presentes. Cuanto me gustaría que todas ellas se hayan conservado y algún día poder leerlas y volver a disfrutar  aquellos entrañables momentos.

Siempre admiré esa capacidad tuya para, fruto de tu discreta y constante observación, desentrañar la personalidad de cada uno, retratar sus peculiaridades e incluso flaquezas con una discreción y sensibilidad que nunca pudieran ofender sino halagar. Siempre fuiste un maestro del retrato literario y por ello has tenido siempre mi más sincera admiración.

Podría seguir rememorando tantos momentos pasados contigo y seguir elogiando tu persona pues muchas eran las virtudes que te adornaban, eras generoso, prudente y paciente, salvo en algunas ocasiones, no se puede ser perfecto y tu desde luego no lo eras, además de divertido, ameno, docto y cultivado pero lo más importante es que siempre fuiste un gran amigo y un buen compañero para el Camino de la Vida.

Un abrazo de tu amiga que te añora,» | María Antonia Cabrero

ALGUNAS PARRAFADAS CARIÑOSAS SOBRE JUAN ALCAIDE | Por Miguel Ángel Hortelano

«Conocí a Juan Alcaide, allá por 1985. Él tenía 55 años y yo 25. Ambos ejercíamos nuestra profesión de abogado; yo la iniciaba en Antequera y él llevaba ya más de treinta años en el desempeño, recuerdo que entonces éramos solo doce abogados, por lo que la interacción de unos y otros era cotidiana e inevitable. Como me iniciaba en la profesión, el trato con los compañeros más experimentados era para mí una obligación, y pronto me llamó la atención la cadencia fluida con la que ambos solíamos coincidir, la mayoría de las veces, enfrentados, en defensa de los intereses de nuestros respectivos clientes. Juan era un abogado sereno, se podía tratar con él. Era fácil. Por entonces, hace ahora 40 años, había en Antequera dos Juzgados y la Justicia funcionaba mucho mejor hoy, que ya no funciona. Como además había Juzgados en Archidona y Campillos, con frecuencia semanal, teníamos que desplazarnos a las vistas, y como él no conducía, nos desplazábamos en mi coche, lo que solía concluir una vez de vuelta, en el aperitivo de mediodía, dado que además vivíamos muy próximos.

El roce fue forjando el afecto, y un par de años después, como consecuencia del prematuro y triste fallecimiento de nuestro compañero y querido amigo, Gabriel Requena Escudero, fui llamado a sustituirle como Diputado en la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados, en el que Juan venía siendo su Vicedecano desde hacía ya bastantes años. Esto fomentó aún más nuestros encuentros y determinaría que esta interacción diaria fraguara en una gran amistad.

Éramos muy diferentes. Desde el punto de vista físico, y por contraste con mi juventud y estatura, él era de dimensiones bastante comedidas y su madurez biológica había adornado su figura con planta de persona bien nutrida, tipo pícnica, es decir, con predominio de las medidas transversales y circulares, talla baja, cuello corto y macizo, y manos cortas y comedidas. Cuando caminábamos juntos, para el viandante desconocido, se adivinada a modo de transustanciación pagana a los mismísimos Quijote y Sancho. Pero si esto ocurría en el plano físico, en el intelectual, los roles se invertían muy claramente, Juan era un culto e instruido hidalgo, y yo su humilde escudero. Él estaba provisto de ironía y una cierta magia, como los personajes de las novelas de su admirado Wenceslao Fernández Flores. Aun así, como suele ocurrir en las relaciones amicales, nuestras afinidades se intercambiaban dependiendo del asunto a dirimir, se alternaban; si yo me mostraba audaz en el análisis de determinado asunto, entonces él destilaba prudencia. Nos entendíamos y complementábamos perfectamente.

Y teníamos aficiones comunes, desde las más prosaicas como el futbol, en la que ambos compartíamos afición por el equipo celestial que hay en España, hasta las culinarias, de obligada referencia en este escrito. Es bien sabido que Juan era erudito en gastronomía. Escribió exitosamente sobre las recetas, sus ingredientes y preparaciones, el manejo exquisito de las especias y su historia en el marco geográfico de Antequera. Yo de esto algo sabía, pero muy poco, de modo que nuestras conversaciones se recreaban en señalar, discutir y sobre todo experimentar, los placeres que deparan la degustación de un variado y sublime tapeo, disfrutando de los pequeños manjares sencillos y tradicionales que nos deleitaban en la hora del aperitivo. Yo hacía mis primeros pinitos en la cocina, me aficioné gracias a su conocimiento por el tema que me generó interés propio; A diferencia de la cocina del norte de España, la nuestra, la andaluza, la que escudriñó y describía Juan, era algo más elaborado y artístico, porque arte es poder confeccionar un amplio elenco de deliciosos platos con tan solo dos o tres ingredientes, ajo, aceite y pan, que junto con las especias heredadas de los árabes, son la base o esencia de la gastronomía andaluza. ¡Cuántas veces discutimos sobre si tal o cual plato debía llevar o no comino, o si podía resultar demasiado aceitoso!

En nuestros aperitivos, -que siempre iniciaba Juan bebiendo medio vaso de agua- antes de servirse de la primera copa de fino, no podían faltar las olivas.  ¡Ah! …¡Aceitunas!  “una fiel y vieja amiga” como solía repetir… esto daba paso al inicio de alguna conversación relajada, también acerca de los avatares profesionales que había tenido esa mañana, que siempre terminaban para él acercándose previamente al colmado de los Maqueda, a proveerse de las viandas que primorosamente le tenían preparadas los ya añosos hermanos que la regentaban. De seguido, en alguna taberna legendaria de esta Ciudad, nos deleitábamos con maravillosas y elaboradas tapas, hijas de la maestría con que las cocineras antequeranas manejan los condumios. Porras, porrillas, chanfainas, callos y casquerías variadas… ¡qué maravillosa época aquella!

De modo que Juan Alcaide era un erudito y reconocido gastrónomo, pero eso sí, un gastrónomo ejerciente y practicante. Por eso obtuvo tantos reconocimientos, entre ellos, el de pertenecer como miembro destacado, -académico de número-, a la Academia de Gastronomía de Andalucía. Su obra «Gastronomía Antequerana», había encontrado un amplio eco entre los gastrónomos al describir magistralmente “la escondida esencia de Antequera», rescatando un recetario útil y, a la vez, un anecdotario poético sobre sus costumbres y tradiciones. Me distinguió cuando me pidió que le acompañase una primavera al maravilloso recinto, que fuera fundado por el matrimonio Loring-Heredia, Jardín Botánico de la Concepción, con objeto de su toma de posesión, allí tuvimos ocasión de compartir anécdotas, experiencias y naturalmente un maravilloso almuerzo que disfrutamos en el incomparable y bellísimo enclave del Cenador de las glicinias, y con la noble y distinguida compañía de ilustres personajes malagueños…Manuel Ortiz-Tallo, Enrique Mapelli, Cánovas, Angel Caffarena, y de tantos y tantas personalidades que procedentes de toda Andalucía, se dieron cita aquel día, todos entendidos y sabios académicos. Fue desde luego para Juan una experiencia inolvidable.

Juan fue muchos años Vicedecano del Colegio de Abogados, y también director y fundador de la Escuela de Práctica Jurídica, donde enseñaba a los recién licenciados. Por todo esto, tenía el reconocimiento profesional de sus compañeros de Antequera y de gran parte de España, y llegó a ser laureado con la Cruz de San Raimundo de Peñafort, la más alta distinción que el Gobierno Español otorga a juristas meritorios.

Hicimos más viajes juntos, sobre todo cuando se presentaba una oportunidad y a Juan le resultaba posible. Visitamos foros gastronómicos en Jaén y Córdoba, y asistíamos a los Congresos de la Abogacía que cada dos años se celebraban a lo largo de la geografía nacional. Allí, Juan Alcaide siempre destacaba, hasta el punto de que llegaba a convertirse en foco de atención, lo que resulta sorprendente, teniendo en cuenta que a estos encuentros suelen concurrir entre mil quinientas y dos mil personas. Tenía una innegable vis atractiva para todo aquel que tenía la oportunidad de acercarse y conversar con él. Hay decenas de anécdotas sobre estos viajes, no creo que proceda relatarlas en el estrecho marco de estas breves líneas, pero los que por entonces le acompañamos nunca las olvidaremos.

Recuerdo, por ejemplo, cuando degustó como guarnición y sin advertirlo unos deliciosos boletus edulis… puso cara de horror y se enfadó un día entero conmigo por no habérselo advertido, pues tenía pavor a las setas; O cuando las puertas de los ascensores se cerraban conspiratoria y violentamente sobre sus costados justo cuando rompía su indecisión de introducirse en la cabina.

…..O, como cuando en el jardín tropical del Hotel Maspalomas del sur de Gran Canaria, que había que atravesar necesariamente para ir a las habitaciones, un pajarraco de enormes dimensiones —posiblemente una Garza Real- del tamaño de un gran pelícano (90 cm de longitud y 1,70 m de envergadura), cada vez que entraba y salía, le sobrevolaba en siniestra rasante a escasos centímetros de su cabeza al tiempo que graznaba su potente gutural «ARRJJJ!», haciendo además noche posado en el alféizar de su balcón de donde no había manera de desalojarlo. Todavía recuerdo su cara, entre amedrentada y divertida, escudriñando si esos desafiantes vuelos rasantes podían obedecer a alguna incompleta penitencia —esto es, un ajuste de cuentas por algún caso o cosa de la que no se habría arrepentido suficientemente— o si esta circunstancia debía ser mejor estudiada y explicada por los augures de la antigua Roma.

Juan atraía, y atraía por su bagaje intelectual, por su erudición no estridente, por su entretenida conversación y por su exquisita educación. Evidente que Juan no pertenecía a la aristocracia, ni había tenido educación “a la inglesa”, pero sí había recibido una sobria educación española, que me permito recordar a muchos de los más jóvenes, que es aquella que padres y profesores transmitían con sus consejos y ejemplos. Nada más y nada menos. Jamás oí salir de su boca una palabra o interjección soez, no podía siquiera escapársele inadvertidamente, simplemente porque no formaba parte de su vocabulario. ¡Porras! Es lo más fuerte que le oí decir, ante cualquier evento inesperado. Era una persona bastante equilibrada, y eso que no lo tuvo nada fácil, ni en su infancia, ni en su madurez. Había coexistido con “muchas guerras” ¡hasta la de Abisinia, en su infancia! según relataba…había atravesado en su niñez las dificultades y el dolor derivado de la obligada ausencia de su padre, que era agente comercial a quien el estallido de la guerra civil le sorprendió en el Madrid republicano que le había impedido durante mucho tiempo atravesar el frente para reunirse con los suyos. Estudió con esfuerzo en la Universidad de Granada donde se forjaron sus aficiones literarias, le atraía el periodismo y con el tiempo llego a ser director de “El Sol de Antequera”. Tras su pasantía como abogado se estableció en Antequera y vivió feliz muchos años con su queridísima esposa, hasta que la enfermedad se cruzó en la vida del matrimonio, les hizo mella, pero no les hizo infelices, antes al contrario, si yo he descubierto el amor profundo de un hombre hacia una mujer, fue muy principalmente, ya de adulto, por el ejemplo del cariño que Juan le tenía a Teresa, su queridísima esposa. Relató en algunas ocasiones más íntimas, como ésta le sonreía con expresiva calidez, cuando se ocupaba de asistirla en su triste y prolongada enfermedad. Esto es, Juan se comportó como un hombre.

Todas estas experiencias, las dichosas, las tristes y las más difíciles configuraron una personalidad estoica. El estoico se caracteriza por buscar la felicidad y la tranquilidad a través del desarrollo del carácter y el dominio interno, tiene la habilidad para aplicar la razón a situaciones complejas. Tienen fortaleza para enfrentar el miedo, el dolor, la adversidad y la incomodidad con brío y entereza, y la templanza para alcanzar un cierto dominio de sí mismo, moderando deseos y placeres. Juan era “muy así”.

En uno de nuestros viajes a Madrid (luego haría alguno más acompañado de sus “Musas”), visitamos el Restaurante Lucio, donde estuvo departiendo tanto tiempo con Lucio, su dueño, que consiguió que se nos enfriasen los huevos con patatas, que junto con los callos, son famoso señuelo y reclamo de la Casa, al siguiente día nos tocó el Restaurante La Bola, en el Madrid de los Austrias, donde degustamos su clásico cocido de tres vuelcos elaborado en vasija de  barro entre brasas de carbón de encina. A la salida, pasamos por un viejo almacén donde vendían figurillas y antigüedades, y le regalé un pequeño busto de Séneca por el que se había interesado. A partir de ahí entré en conocimiento de su interés por la filosofía estoica, que había orientado en gran parte su vida, por lo que más adelante completé mi ofrenda amistosa, con el libro “De la brevedad de la vida”.

Juan fue un gran lector, y por ello, un formidable escritor, a lo mejor no un escritor muy afamado, pero eran muy destacables los delicados episodios plenos de lirismo de su prosa poética, en los que la mujer destacaba como personaje ineludible a la que dedicaba consciente e inconscientemente su obra. Ya dije que fue un hombre estoico, pero era además un hombre poliédrico, y era un hombre muy hombre, esto es, un hombre lleno de dudas. Creo que era una persona profundamente religiosa, no fue ni mucho menos un beato, porque como persona contingente dudaba de que muchos de los relatos Bíblicos pudieran ser verosímiles, ni aún como metáfora de su tiempo, pero parecía no necesitar de esos detalles, porque había sintetizado el Espíritu del mensaje evangélico, del mensaje de Dios a los hombres, y así parece leerse en su epitafio……”vivió lleno de dudas y se marchó fuertemente esperanzado”, que no es ni mucho menos una manera vana de vivir lo religioso, por eso yo, que también tengo dudas, hay una que ya he despejado: Juan está en el Cielo. ¿Dónde si no?.

Su casa de calle Maderuelo, -una de las vías más antequeranas de la Ciudad que describió con mimo-, la misma que le vio nacer y morir, era a la vez su despacho profesional, quien lo visitó, comprobó a poco que fuera observador, y a fe que no exagero, que la mirada se le perdía. Se perdía porque era tal el caos y desorden allí existente que cualquier fotografía que se hiciera a ese recinto se habría vuelto hoy día un fenómeno viral. En cualquier caso, era para él “un desorden muy ordenado”, pues bastaba que se requiriera encontrar un determinado escrito, que pronto deslizaba sus delicadas manos, entre folios, libros, anotaciones, ordenadores y otros objetos de muy variada índole y Voilà!, allí aparecía milagrosamente en su mano. Recibía en una salita anexa decorada de rojo adamascado, que últimamente estuvo adornada por un retrato magistral que le hizo su amigo Felipe, en el que su figura aparece rodeada de una representación onírica y levemente desdibujada, de los libros, musas, personajes y aficiones que le habían acompañado en su viaje vital. Desde hace algunos años, uno de los flancos de esa casa linda con la “Plazuelilla de Juan Alcaide”, merecido y sobre todo, muy oportuno homenaje que le brindó el Ayuntamiento de la Ciudad, en nombre de todos los antequeranos, y fue muy oportuna la iniciativa porque, en contra de lo que absurda y tardíamente suele ocurrir, pasó al nomenclátor de las calles de la Ciudad, en vida del personaje, para que éste pudiese disfrutar y ser consciente de la noble trascendencia que le brindaban sus vecinos.

La verdad es que, con el contraste que da el tiempo, la figura de Juan, su trayectoria vital, se ve agigantada, y su recuerdo permanecerá de forma perenne en la memoria de todos aquellos que le conocimos. Sus amenas conversaciones, sus breves y misteriosos silencios, -en los que debutaba con una breve mueca, la mirada perdida durante un instante, y un balbuceo hacia adentro ininteligible-, hacían pensar que las cosas que callaba debían encontrarse en apasionada pugna de interés, con aquellas otras que exteriorizaba.

Juan está en el Cielo, hoy ya reunido con Teresa, su querida esposa, con sus padres y por supuesto con sus amigos, y a la espera de reunirse algún día con sus queridos hijos. Adoraba a sus hijos, aún más a sus hijas, que eran su debilidad, y a los varones que tanto quebradero le hicieron pasar de jóvenes. Pues eso, que Dios guarde a Juan, que desde allí nos proteja, que nos espere a todos, pero que no tenga prisas, que allí seguro que hay alguna taberna donde deleitarse con una copa de fino, y una asadura en chanfaina que le hará aún más dulce la espera, paciencia nunca le faltó.

Un abrazo muy fuerte, querido y recordado Juan¡!» | Miguel Ángel Hortelano

Recuerdo y admiración | Por Pepe Lozano


«No recuerdo la primera vez que lo vi, ni cuando fue nuestro primer encuentro, de lo que si estoy seguro es que llegó a mi vida como el aceite impregna a la tostada, suave, despacio, empapándolo todo.
Con los acontecimientos del año 1975, mi padre decidió darle un cambio a su vida, vendió los camiones y montó su propio bar en el bajo de la casa donde yo había nacido siete años antes, a partir de ahí, Juan Alcaide, se convirtió en un asiduo en mi vida, donde esos primeros hilos se fueron cosiendo y entrelazando hasta formar un paño donde siempre encontré la ayuda y la comprensión de un padre en el sentido literal y en lo jurídico.

Recuerdo que en el año 1978, Teresa, su mujer, cayó enferma. Al año siguiente, lo hizo mi madre, ambas tuvieron una larga enfermedad que motivó una amistad cómplice y profunda entre Juan y mi padre, cuántas conversaciones, confesiones entre uno y otro que yo observaba de niño y que en aquellos momentos no alcanzaba a comprender.

Mi carrera profesional se la debo a él, me apadrinó en la abogacía el 14/12/1992. Yo quería estudiar medicina o enfermería, recuerdo que en 1986, cuando salió la lista con los primeros admitidos, mi padre me acompañó al rectorado de la Universidad de Málaga y como no había alcanzado plaza en aquéllas, me echó el brazo por el hombro para consolarme y me dijo al oído: “tú será abogado como Juan Alcaide”, y, ese mismo día, regresé a Antequera matriculado en una carrera, la de Derecho, que yo jamás me había planteado, ni sabía siquiera en qué consistía, ni para qué servía.

A partir de ahí, mi relación con Juan se fue estrechando, en él siempre encontré ayuda, comprensión y ejemplo a seguir, tanto en lo personal como en lo profesional, pasé muchas horas en su compañía, en su despacho y en la calle, casi me convertí en su sombra, le acompañaba hasta en las compras que hacía para su casa. Su despacho era un puro desorden, pero ordenado, pues para el observador foráneo, todo era caos, para él, todo estaba en su sitio.

Fueron muchas las anécdotas y las conversaciones, sabía de todo, había leído mucho, siempre tuvo la curiosidad de interesarse por todo y de explorar mundos nuevos. Recuerdo su primer y único juicio con jurado, recién estrenado este tipo de procedimiento penal en España en el ocaso de su dilatada carrera profesional que defendió con mucho afán. Su primer ordenador que nunca llegó a dominar del todo, son sus sobresaltos porque se le había quedado en algún momento atascado por haber pulsado alguna tecla a destiempo y, fuera la hora que fuera, me llamaba para que me desplazara hasta su despacho para resolverle el dislate. Su primer teléfono móvil del que comentaba que jamás lo consultaba por la calle pues eso era motivo para perderse la raja de una falda o unos andares femeninos que pronto
asemejaba a los de una gacela en plena sabana.
Era un observador nato de las personas, siempre te comentaba un detalle o una cuestión que a cualquiera le había pasado desapercibido, pero que él, lo adornaba con notas de poesía. Tenía una retranca y un sentido del humor inigualable, era capaz con una sola palabra, -que había que buscar en el diccionario- , para describirte cómo era una persona.

Siempre estaba escribiendo, desde que se levantaba hasta la noche, una veces preparando una semblanza sobre alguien o para la presentación de algún acto al que le habían invitado, otras para algún artículo que le habían encargado, otras para un libro o varios que tenía en ciernes, y las más, redactando demandas, escritos judiciales, notas de prueba, conclusiones, etc., que su erudita prosa hacía captar la atención hasta del más desinteresado. Bastaba una simple servilleta de un bar para tomar unas notas que en ese momento le habían venido a la mente y que luego volcaba en un texto mayor.
Recuerdo, cuando le acompañaba a las vistas judiciales, cómo los magistrados y magistradas
de turno, seguían sus pláticas con suma atención y que, en la mayoría de las veces, hacía brotar de sus rostros alguna que otra sonrisa, así era Juan, siempre amable, voluntarioso, dotado de una humildad admirable, queriendo caer bien a todo el mundo, sin dañar a nadie, dando a cada uno lo suyo, nunca le conocí enemigos, hasta se vanagloriaba de tener como cliente, a quien anteriormente había sido la parte contraria de un cliente suyo. Para él, éste era uno de sus mayores éxitos profesionales, sembrar justicia hasta en lo más árido, para luego cosechar el fruto.

Juan Alcaide, a pesar de las adversidades que le tocó vivir, triunfó en la vida, como padre y esposo ejemplar, en la sociedad y en el campo profesional, para mí y creo que para muchos más, fue un gran hombre». | Pepe Lozano

Dibujo de Pepe Lozano sobre Juan Alcaide.

Pieza exclusiva de una edición numerada y limitada, desarrollada por José Luis López León, del sello de Correos conmemorativo de este homenaje que, en honor a Juan Alcaide de la Vega, la Real Academia de Nobles Artes de Antequera había autorizado a emitir y en cuya imagen aparece una ilustración cedida, para tal fin, por la familia de Pepe Bouderé, amigo personal de Juan Alcaide.

Próximo capítulo 2. En sus libros con Juan Benítez | Francisco Torres | Nicolás Ramos…