«Un foráneo en el paraíso». | ChLL para atqmagazine / Fotos prestadas por José Díez de los Ríos
Don Juan volvió a pecar, doña Inés volvió a rendirse, y una vez más Antequera Teatro, que es cultura local de la buena, nos ha recordado que la grandeza no la da el tamaño del escenario, sino el tamaño del talento que lo recorre.

La Asociación Cultural Antequera Teatro ha vuelto a encontrarse con el público antequerano en una nueva edición de su ya tradicional Don Juan Tenorio, una iniciativa teatral que comenzó su actual trayectoria en 2021 y que, año tras año, ha ido consolidándose como una de las grandes citas culturales en Antequera de la festividad de Todos los Santos.
Seis años consecutivos haciendo un Tenorio de calidad consagran a Antequera como un referente en el circuito nacional de representaciones de clásicos teatrales, situándola en ese mapa de ciudades que mantienen vivo el patrimonio dramático universal.
La sexta edición del clásico de Zorrilla ha cambiado la monumentalidad de la iglesia sin culto de San Juan de Dios por la cercanía de la Casa de la Cultura y ha convertido una dificultad escénica en una oportunidad artística. No era fácil pasar del templo al metro cuadrado y sin embargo el Tenorio rebajado a nosotros los mortales ha salido ganando en algunos matices. Antequera Teatro ha demostrado que para levantar un universo no hacen falta grandes decorados, sino grandes intérpretes y un ingenio y un talento que ya se tiene.
Cuando la Asociación Cultural Antequera Teatro decidió trasladar circunstancialmente este año su ya tradicional representación desde la iglesia de San Juan de Dios hasta la pequeña caja escénica de la Casa de la Cultura, el reto no era pequeño. Consistía, por decirlo de alguna manera, en meter toda la Sevilla del siglo XVI, con sus palacios, sus tabernas, sus duelos y sus misterios, en una caja escénica de dimensiones muchísimo más pequeñas.
Pero el teatro, como la vida misma, tiene esas cosas, a veces, cuando parece que todo juega en contra, entra la imaginación y pone las cosas en su sitio.
Después de seis años luciendo hechuras monumentales entre los ecos sagrados de las iglesias sin culto de Colegiata de Santa María y de San Juan de Dios y la amplitud noble de los patios de época, el director Jordi Aguilera se ha sacado de la chistera una pirueta de cirujano escénico y ha mudado el imperio de Sevilla, las estatuas de piedra, los cementerios … a la caja escénica de la Casa de la Cultura.
No es lo mismo representar a Zorrilla entre los muros de una iglesia, pasar de la grandilocuencia barroca, a un espacio recogido; eso sí, coqueto, pero casi de andar por casa en un edificio contemporáneo.
¿El resultado? Una genialidad de proporciones inversas. Donde antes mandaban los metros cúbicos y la arquitectura pétrea, ahora manda el detalle, la cercanía y la mirada de soslayo. Allí, la propia arquitectura participaba en la función; aquí, había que conseguir que la arquitectura desapareciera para que apareciera el teatro. ¡Y apareció!
Jordi Aguilera, director de la obra y del montaje y responsable de una adaptación muy bien puesta y concebida expresamente para las características del nuevo espacio, ha tenido que hacer algo más que cambiar unos decorados de sitio. Ha tenido que replantear la arquitectura de la representación, ajustar sus movimientos, administrar las distancias y encontrar una nueva manera de contar una historia que, en ediciones anteriores, había encontrado en San Juan de Dios un aliado extraordinario.
Seguro que en la imaginación de Jordi ya fluía que el mayor acierto de esta edición era comprender que no se podía competir con San Juan de Dios en monumentalidad. Ni tenía sentido intentarlo. La solución pasaba por cambiar las reglas del juego y… a menos espacio para la escena, más espacio para la interpretación; menos dependencia del entorno arquitectónico, más protagonismo de los actores; menos grandilocuencia visual y mayor precisión en cada escena.
La caja escénica, pequeña en dimensiones, obligaba a una interpretación más concentrada, a medir los movimientos y a aprovechar cada rincón. Lo que en un espacio monumental podía resolverse mediante una entrada solemne o un desplazamiento amplio, aquí exigía imaginación y una planificación casi milimétrica.
Y ahí se reconoce de forma especial también en esta ocasión su magia. La adaptación de Jordi no ha sido un simple ejercicio de reducción, sino una nueva manera de organizar el espectáculo. No se trataba de hacer un Tenorio más pequeño, sino de conseguir que siguiera siendo grande en otro formato.
La iluminación, también bajo su responsabilidad, ha tenido una importancia especial. En este espacio y con las características de esta obra, la luz tenía que dejar de ser un complemento para convertirse en una auténtica herramienta narrativa. Ha sugerido ambientes, ha separado situaciones, nos ha hecho a los espectadores dirigir la mirada y ha creado atmósferas allí donde no existen las distancias ni la profundidad de un edificio histórico. Ha sido y muy bien logrado, una manera de construir escenarios sin necesidad de levantar paredes.
Pero si hay algo que sostiene este montaje es el trabajo interpretativo de los actores y de las actrices.
Los personajes principales tienen, por supuesto, la responsabilidad de llevar el peso de la historia. Y lo bordan. Paula Ramírez, en el papel de Don Juan, Irene Ruiz, dando vida a Doña Inés, y José Francisco García «Guti», como Don Luis Mejía, constituyen el eje sobre el que gira el drama romántico.
Zorrilla tiene una dificultad que no siempre se aprecia desde el patio de butacas. Sus versos hay que entonarlos, no solamente pronunciarlos. Han de tener intención, ritmo, musicalidad y sobre todo verdad. De lo contrario, corremos el riesgo de asistir a una sucesión de rimas muy bien colocadas, pero con la emoción esperando fuera.
En esta ocasión, también la interpretación ha conseguido mantener vivo ese equilibrio entre el romanticismo, la tensión dramática y la naturalidad de los personajes.



Sin embargo, sería injusto detenernos únicamente en los protagonistas. Una representación de estas características no se sostiene solo con Don Juan, Doña Inés y Don Luis. Hay todo un universo de personajes que, aunque no siempre ocupen el centro de la acción, son los encargados de contribuir a darle consistencia. Y si los protagonistas llevan el peso de la historia, hay toda una constelación de personajes que también tienen un mérito superior.











Todo el elenco de actrices y actores ha demostrado que sabe muy bien lo que significa trabajar en conjunto. Los secundarios no están para rellenar escenas ni para esperar pacientemente a que llegue su momento de intervenir. Siempre digo que son parte esencial de la atmósfera. Sus gestos, sus entradas, sus miradas, sus reacciones y hasta sus silencios contribuyen a construir ese mundo de tabernas, encuentros, intrigas y pasiones que necesita la obra.
En un escenario reducido, además, no hay demasiados lugares donde esconderse. Cada intérprete cuenta, cada presencia suma y cualquier gesto adquiere una dimensión especial. Lo que en un espacio amplio podría pasar inadvertido, en la Casa de Cultura nos ha llegado directamente al espectador.
Y eso exige oficio o mucha afición, coordinación y generosidad interpretativa. Porque el buen actor no es solamente el que brilla cuando tiene el foco encima, también lo son quienes consiguen que la escena funcione cuando el protagonismo corresponde a otro.
Los espectadores no necesitamos contemplar una reproducción minuciosa de la Sevilla del siglo XVI para entrar en ella mientras se urdía la trama. Necesitamos que los personajes nos hagan creer que están allí. Y esa es precisamente una de las grandes virtudes del teatro, conseguir que un espacio cotidiano deje de serlo durante el tiempo que dura la representación. Por eso es muy importante la capacidad del grupo que han demostrado para crear los ambientes.
La Casa de la Cultura sigue siendo la Casa de la Cultura. Sus paredes no se convierten mágicamente en las de una taberna sevillana ni su escenario adquiere las dimensiones de un patio palaciego. Pero, cuando los actores entran en acción, cuando la iluminación transforma el ambiente y cuando la palabra de Zorrilla empieza a llenar el espacio, los espectadores hemos terminado olvidándonos de dónde estábamos sentados. Y eso ha sido un triunfo escénico de marca mayor.


Esta sexta edición tiene también el valor ganado de confirmar que el Tenorio de Antequera ha dejado de ser una representación ocasional para convertirse en una cita reconocible dentro de la vida cultural de nuestra ciudad y en el calendario de representaciones a lo largo de la geografía española.
Mantener durante seis años consecutivos desde 2021 y con otra anterior en 2018 en el Teatro Torcal, una propuesta teatral, hacerla crecer, conseguir que el público espere su llegada y, además, atreverse a modificarla cuando las circunstancias lo exigen, habla de un colectivo consolidado que no se limita a repetir una fórmula que funciona.
La Asociación Cultural Antequera Teatro, con Navi a la cabeza de su junta, con el trabajo de sus intérpretes y con la dirección de Jordi en esta obra ha demostrado que una tradición no tiene por qué convertirse en una rutina. Puede conservar su esencia y, al mismo tiempo, cambiar de piel.
También conviene recordar que el público sigue respondiendo con enorme interés. Las dos funciones agotaron sus localidades en menos de una hora desde que se pusieron a disposición las invitaciones, con un aforo de cien personas por sesión. Doscientas localidades que volvieron a demostrar que el apetito cultural de Antequera va, siempre, bastante por delante de la capacidad de sus espacios escénicos.
Y aquí quizá haya una reflexión que trasciende al propio Tenorio: una ciudad que responde así a sus propuestas teatrales necesita cuidar, ampliar y recuperar los espacios donde esa actividad pueda desarrollarse. El talento local merece escenarios a su altura. Esperemos que la espera no sea eterna.
Al final, hay algo casi simbólico en esta edición. Don Juan, que ha pasado buena parte de la obra intentando escapar de sus propias limitaciones morales, ha tenido que enfrentarse esta vez a otras mucho más físicas, las dimensiones de un escenario que no estaba pensado para albergar su particular universo. Y ha salido airoso. Don Juan seguirá siendo Don Juan, aunque cambie de casa.
Y si algo ha quedado claro después de estas dos funciones es que en Antequera, cuando se apagan las luces y empieza a hablar el teatro, los metros cuadrados importan bastante menos que las tablas.
Don Juan podrá seguir presumiendo de conquistas, de desafíos y de aventuras. Pero esta vez hay que reconocerle a Jordi Aguilera y a todo el equipo de Antequera Teatro una conquista bastante más difícil: conseguir que un escenario pequeño parezca, durante unas horas, tan grande como la propia fama de mujeriego del propio personaje de Zorrilla.
Así comenzaba la trama…







Y entonces…
Momentos de la obra






















Al final, el «no hay billetes» que colgó en apenas una hora no fue casualidad ni inercia de la costumbre. Fue la constatación de que Antequera tiene un tejido cultural con cintura de bailarín. Cambiar el templo por la coqueta caja escénica de la Casa de la Cultura ha demostrado que el romanticismo, despojado de artificios colosales, gana en colmillo, en verdad y en gracia, si se tiene el talento que estos actores y actrices tienen.

Mira también la incorporación de Bienvenido Hurtado, un imprescindible con experiencia en la tramoya y de las personas del staff de organización.





