Tras su paso por el CEPER Ignacio de Toledo de Antequera, la exposición “Rostros y momentos. Una mirada personal”, del fotógrafo Manolo Torres, llegó a V11 Espacio Cultural, en Archidona, ampliando su itinerario hasta reunir 46 fotografías.
El incremento del número de obras no ha supuesto una mera acumulación de imágenes; al contrario, ha permitido comprender con mayor amplitud el universo visual de un autor que lleva casi dos décadas construyendo una fotografía silenciosa, paciente y profundamente humanista.
Hay algo muy sereno en su fotografía. No intenta impresionar. No persigue lo extraordinario. Se detiene en personas corrientes, en gestos casi imperceptibles, en escenas que cualquiera podría pasar por alto. Y, sin embargo, consigue que nos quedemos un poco más tiempo delante de cada imagen.
Quizá porque nunca sentimos que esté invadiendo la vida de quienes retrata. Al contrario, da la impresión de que les concede el tiempo y el respeto necesarios para que simplemente sean.
Siendo fotografías técnicamente excelentes, (según me confirman otros amigos asesores personales al respecto), observo que otra gran virtud de Manolo como fotógrafo está en su paciencia en la mirada. Bueno, la verdad es que conociéndole es esta una proyección de su forma de ser en todo.
Quienes conocen su trayectoria dentro de la Agrupación Fotográfica Antequerana saben que nunca ha perseguido el efectismo ni la fotografía de consumo rápido. Su trabajo se ha desarrollado siempre desde la constancia, la participación cultural y una búsqueda muy personal del lenguaje visual. Esta exposición confirma precisamente eso, que detrás de cada imagen existe un autor que lleva años educando su forma de mirar antes que su forma de fotografiar.

Porque Manolo no persigue escenas extraordinarias. Le basta un rostro, una mirada que dura un segundo ( y él la hace eterna); una conversación silenciosa entre dos personas o un instante cualquiera de la calle. Donde otros seguimos caminando, él se detiene. Y cuando uno contempla sus fotografías entiende por qué.
Hay autores que fotografían lo que ven. Manolo Torres parece fotografiar lo que siente mientras observa. Quizá por eso sus imágenes nunca resultan estridentes. No buscan llamar la atención; simplemente esperan a que seamos los espectadores quienes entremos en ellas.

Hay retratos que sostienen la mirada con una honestidad desarmante. Escenas urbanas que parecen suspendidas unos segundos antes de desaparecer. Personas anónimas que adquieren una inesperada dignidad simplemente porque alguien decidió observarlas con atención. Y Manolo Torres no fotografía personajes extraordinarios, fotografía personas. Esa diferencia cambia por completo la experiencia del espectador.
Uno percibe que no existe voluntad de construir héroes ni de dramatizar la realidad. Tampoco busca la espectacularidad técnica como fin en sí mismo. La composición, la luz o el procesado (a veces con un delicado carácter pictórico) están siempre subordinados a la emoción de la escena. Son herramientas, nunca protagonistas.
En esta ampliación de la muestra con respecto a su primera exposición en la sede AFA, se aprecia además algo especialmente interesante: la evolución de una mirada que ha ido madurando con el paso de los años. Muchas de las imágenes pertenecen a momentos distintos de su trayectoria fotográfica, pero el conjunto mantiene una coherencia sorprendente. Hay ese mismo hilo invisible que une fotografías tomadas con años de diferencia, la curiosidad por las personas y la convicción de que cualquier instante cotidiano puede contener belleza si se observa con suficiente atención.
El espacio también ha tenido mucho que ver. ‘V11’ es uno de esos lugares donde el arte parece armonizar con naturalidad. No impone, acompaña. Sus salas invitan a caminar despacio, y eso encaja perfectamente con una exposición que pide justo eso, bajar el ritmo y mirar de verdad.
Me gustó ‘V11’ en Archidona. No es una sala fría ni un espacio que intimide. Tiene algo acogedor, casi doméstico, que invita a acercarse a las obras sin prisa. Allí las fotografías encontraron un ritmo parecido al suyo, pausado, sereno, …humano. Eso es, la escala humana del edificio, su cuidada rehabilitación y el ambiente sereno que genera permitieron que las fotografías «danzaran» con naturalidad, sin interferencias, invitando al visitante a recorrerlas sin prisas, casi como quien pasea por una casa donde cada estancia guarda una historia distinta.

A la noche, ya en la mía, en mi casa pensé que no siempre las buenas fotografías son aquellas que te sorprenden. A veces son las que, horas después, todavía siguen acompañándote en algún lugar recóndito de tu cabeza. Las de Manolo Torres tienen precisamente esa virtud. Entran despacio. Se instalan casi sin pedir permiso. Y cuando uno abandona la exposición descubre que sigue recordando determinadas miradas, determinados gestos o pequeñas escenas que parecían insignificantes hasta que él decidió detenerlas.
Afortunadamente el arte es plural y mágico. Hay fotógrafos que buscan el instante y saben captarlo. La gracia distinta de Manolo Torres ( en mi opinión) es que él parece buscar lo que queda dentro de ese instante cuando ya sucede. Hay exposiciones de las que sales recordando una imagen. De la de Manolo Torres sales recordando una forma de mirar. | ChLL











