¡Qué coincidencia más bella! | Menga, la luna llena en la noche  y los dedos mágicos de Victoria Ruiz de la Rubia acariciando su guitarra

«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine

Se va marchando agosto… y el viernes pasado, en Menga, el silencio sonó a seis cuerdas bajo la luna llena.

Scarlatti; Bach; Albéniz; Tárrega; Agustín Barrios; Paco de Lucía; Silvio Rodríguez; la guitarrista Victoria Ruiz de la Rubia y unos cuarenta apasionados de la vida nos citamos bajo la luna llena en Menga para sentir ese momento único cuyo adjetivo más exacto pudiera ser… «fascinante».

Antequera no parece de este mundo en algunas noches. O, al menos, no del mundo apresurado en el que vivimos a diario. En el atrio del Dolmen de Menga, bajo una luna llena de luz, unas cuarenta personas tuvimos la suerte de conseguir la entrada para sentarnos a escuchar a Victoria Ruiz de la Rubia. No hacía falta mucho más: las piedras, la noche, el silencio y una guitarra española.

Bueno, … y Victoria. Porque, después de haber estado allí, sería injusto atribuirle todo el mérito a la luna, al dolmen o al viento. El escenario era extraordinario ( no necesitó ni luces raras, la alumbraba la luna). La idea de la organización, de los programadores de actividades del Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera, fue magnífica y de agradecer: una celebración dentro del ciclo Luna llena en Menga. Los sonidos del viento entre seis cuerdas . Pero alguien tenía que sentarse allí, tomar la guitarra y conseguir que todo aquello sucediera de la forma tan bella que sucedió.

Victoria lo hizo. Se sentó delante de nosotros con su juventud arrolladora, con una naturalidad que nos conquistaba. Sin poses, sin solemnidades innecesarias, sin esa necesidad tan frecuente de demostrar que se es virtuoso.
Y, sin embargo, bastaron unos segundos de arpegios para descubrir que detrás de aquella aparente sencillez había muchísimas horas de trabajo, estudio y oficio.

Porque Victoria tiene tablas. Y se notan. Pero no pesan. Su formación es de las que imponen respeto. Matrícula de honor en el Conservatorio Superior de Música de Málaga; máster de Interpretación de Guitarra Solista y Música de Cámara en la Hochschule für Musik Franz Liszt, en Alemania; premios, festivales, conciertos y una trayectoria que la ha llevado por escenarios de España, Alemania y Francia. (no cabe aquí relatar toda una carrera de logros de esta joven que apenas tiene treinta años y ya es «lo más»)

Todos esos títulos y reconocimientos estaban allí esa noche. Pero, curiosamente, no se veían. Se escuchaba.

Pienso que uno de los mayores elogios que yo podría hacer a un músico es que su preparación no se convierta solamente en exhibición, también en notas de libertad. Victoria tocaba con la seguridad de quien conoce perfectamente el camino, pero con la frescura de quien todavía disfruta descubriéndolo. Y eso llegaba. Así lo agradecimos quienes sentíamos sus acordes, ¡tanta belleza salida de sus dedos moviendo esas cuerdas!. Hasta las piedras, creo yo, que estaban agradecidas.

Apareció de la «oscuridad» de algún rincón en sombra, como si nada, con naturalidad, como si no fuera la artista que es; pero con una personalidad que encandila y comenzó con Scarlatti. Las sonatas K. 208 y K. 209 fueron entrando en la noche con delicadeza. Después llegó Bach y su Chacona, y durante unos minutos tuve la sensación de que el tiempo se había quedado quieto alrededor de Menga. La guitarra sonaba limpia, precisa, pero nunca fría. Había técnica, naturalmente. Mucha. Pero también había algo más difícil de conseguir, la calidez, cercanía, la humanidad que impronta la emoción del arte de «Vito» embrujando el momento.

«Vito» no parecía estar interpretando para demostrarnos cuánto sabía, estaba compartiendo con nosotros algo que ama.

Después llegaron Granada y Asturias, de Albéniz, y La Gran Jota, de Tárrega. Cambiaron los colores, cambió el pulso, superó incluso nuestra manera de escucharla. ¡WOW!

Y allí estaba ella, pasando de un universo a otro con una naturalidad asombrosa. Sin aspavientos. Sin artificios. Con esa mezcla tan poco frecuente de dominio y sencillez.

Otro momento especialmente hermoso con El último trémolo, de Agustín Barrios. Las notas parecían flotar sobre las piedras. Y aquel trémolo, que para quienes escuchábamos parecía casi un milagro de facilidad, escondía detrás toda la dificultad, toda la disciplina y todo el oficio de esta jovencísima intérprete.
Es curioso, Victoria no parecía luchar con la pieza. La dejaba salir libre, respirar… Por eso digo que eso es lo que hace grande a un músico, conseguir que nosotros olvidemos el esfuerzo que hay detrás para que podamos quedarnos únicamente con la emoción.

El silencio de Menga hizo el resto. O quizá no. Me queda la duda de si fue al contrario… quizá el silencio simplemente supo acompañarla.

Con Fuente y Caudal, de Paco de Lucía, la noche cambió. La guitarra adquirió otro carácter. Apareció el nervio, el ritmo, el otro tipo de pellizco. La música se acercó a Andalucía de otra manera y Victoria volvió a demostrar que no estaba allí para recorrer cómodamente solo el territorio. Sabía dónde estaba. Sabía lo que tocaba. Y, sobre todo, sabía contarlo. Seguro que Paco de Lucía la aplaudía en algún lugar del cielo. Fue emocionante.

Pero todavía quedaba la parte más íntima. Victoria se puso a cantar. Mejor dicho: a susurrarnos al oído con esa voz tan cautivadora. De repente, aquella guitarrista que ya admirábamos aparecía ante nosotros de una manera aún mucho más cercana. Fue otro de esos momentos en los que Victoria de la Rubia era «Vito» en guitarra y voz, y tan cercana que la sentíamos, de alguna manera, a nuestro lado. Su voz no necesitaba imponerse a la noche. La acompañaba.

Óleo de una mujer con sombrero, de Silvio Rodríguez.  Después fusionó en un mismo encaje La Barca, ( Dicen que la distancia es el olvido…) que tantas veces habíamos escuchado a Luis Miguel o a Los Panchos finalizando con Ojalá, de Silvio Rodríguez. Le pedimos muchas más y nos regaló esa maravillosa canción de Silvio, El Elegido. (Coincidencias de mi vida, es una de mis favoritas de Silvio y eso que es difícil quedarse con alguna, dejando tantas buenísimas).

Gracias, Carmen Mora. Gracias Araceli López, por organizar algo tan maravilloso. Para un foráneo, noches así son un gran privilegio. Fue… «Lindo haberlo vivido para poderlo contar«… que diría Cafrune.


Escuchar aquellas canciones allí, bajo la luna, con Menga detrás, fue uno de esos pequeños regalos que uno no sabe que necesita hasta que ocurren. El premio estaba allí, delante de nosotros. Las cuerdas de la guitarra hablaban en bellísima música «actual» y Menga le contestaba con el silencio de cinco mil y pico años de historia, mientras la luna sonreía para que pudiéramos sentir ese inmenso bienestar.

Si hubiera estado aquí Renê Descartes habría cambiado en su Discurso del método su famoso «Cogito, ergo sum» por el mío : «Siento, luego existo«.


Fotos y vídeos: prestados por AMaSa