El pincel de Mohedano y el arte de saber mirar que transmite Manuel Rodríguez

Fotos prestadas por Manolo Torres

«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine

Permíteme, lector, lectora, que me fije en el hecho vivido porque ratillos así dan vida a la vida.. En la figura de Mohedano de centra el propio Manolo Rodríguez en su blog con el que te facilito enlace al final de esta reseña.

Hay una diferencia muy sustancial, abismal, entre contemplar una obra de arte y que alguien te abra la puerta a su verdadero aliento. Ayer tuve la inmensa fortuna de comprobarlo una vez más en Antequera.

Formar parte de un reducidísimo grupo guiado por el historiador del arte Manuel Rodríguez García no fue una visita guiada más; fue, francamente, uno de esos privilegios que justifican mi vocación de aprender y disfrutar, y que uno agradece al descubrir que, detrás de lo que creía conocer, había mucho más.

Para quienes venimos de fuera, Antequera ya impresiona por la rotundidad de su patrimonio. Pero escuchar a Manolo Rodríguez transforma por completo la experiencia. Hay en su manera de acompañar la mirada una rara combinación de rigor académico, sensibilidad exquisita y una capacidad didáctica natural verdaderamente extraordinaria. No se limita a explicar las obras de arte, consigue enseñarnos a mirarlas. Y eso, que parece sencillo, muy pocos saben lograrlo. Bajo su guía, la pintura deja de ser solamente pintura. Un rostro empieza a hablarnos; una mano revela una intención; un gesto, hasta entonces imperceptible, adquiere un significado; una luz que parecía accidental se convierte de pronto en una declaración…

Manolo tiene ese raro talento de hacer visible lo que estaba delante de nuestros ojos y, sin embargo, no habíamos sabido ver. Después de escucharle, uno experimenta de forma práctica que contemplar una obra de arte no consiste simplemente en mirarla, sino en aprender a verla. Y que, cuando alguien sabe enseñarte esa diferencia, la visita deja de ser una explicación para convertirse en un auténtico descubrimiento.

Nos empezó el recorrido, en el interior sosegado de la Iglesia de San Sebastián, marco idóneo para entender la escala que impulsó su trazo. Desde allí, la travesía nos llevó a las salas del Museo de la Ciudad de Antequera (MVCA). Así que fue una jornada con itinerario en tres actos.

Iglesia de San Sebastián: el punto de partida. Comprender a Mohedano en el espacio para el que concibió su luz y sus formas contextualiza de inmediato su maestría técnica y su peso en el manierismo y primer barroco andaluz. Allí, entre arquitectura, devoción y pintura, la obra de Mohedano recupera algo que ninguna reproducción puede ofrecer: su dimensión original. Comprender una pintura en el lugar para el que fue concebida es otra manera de mirarla. Las proporciones cambian, la luz cambia, cambia incluso la distancia desde la que uno se aproxima a ella. Y, con las explicaciones de Manolo, también cambia el espectador que todos llevamos dentro.

La Colección permanente del MVCA, la sala estable permite apreciar la evolución del artista y su diálogo constante con la tradición estética. Fue entonces cuando las piezas que uno había podido contemplar quizá de pasada comenzaron a adquirir otra profundidad.

Exposición temporal en el MVCA: una muestra que reúne piezas y redescubre la magnitud de un creador que merecía, sin duda, un tributo.

Esa es precisamente la magia de una visita como esta. No se trata de que Manolo Rodríguez nos diga qué tenemos delante. Se trata de que nos enseña a mirar lo que siempre estuvo ahí.

Su manera de explicar no abruma. Al contrario. Hace que quieras saber más. Va llevando la mirada de un detalle a otro, relacionando una obra con otra, poniendo en contexto al artista, pero dejando siempre espacio para la emoción y para ese pequeño milagro que se produce cuando una pintura deja de ser algo que simplemente “está” y empieza a decirte algo.

Volver a casa tras una jornada así deja la sensación de haber sido un afortunado que ha tropezado con un tesoro escondido. Mohedano puso el genio; Manolo Rodríguez, la luz para comprenderlo.

Y, como toda buena ruta cultural que se precie, la de ayer pedía después un pequeño desquite gastronómico, de mesa compartida, de conversación (y no voy a ocultarlo) de esas cervezas que ayudan a celebrar que uno ha tenido un buen día.

Yo, sin embargo, tuve que salir corriendo hacia otro encuentro y me quedé con las ganas. Mi cuerpo reclamaba ese entonado de cervezas compartidas con el grupo de gente maja con el que tuve la suerte de hacer la ruta. Pero tampoco me fui de vacío. A mi cuerpo le faltaron las cervezas; pero mi cabeza ya había sido nutrida por esta ruta intelectual y mi alma se iba agradecida del re-encuentro.

Mohedano puso el talento. Antequera conservó el legado. Y Manolo Rodríguez puso algo que no aparece en ninguna cartela: la luz necesaria para comprenderlo.

Así que, si alguna vez Manuel Rodríguez García os invita a participar en una de estas experiencias, no lo dudéis. Daos por privilegiados. Es uno de esos honores que se disfrutan de verdad. Porque uno puede ir a ver arte, o puede tener la suerte de que alguien le enseñe a verlo. Es casi lo mismo, ¡pero no!.
Nota. No te pierdas conocer la obra de Antonio Mohedano en el MVCA .
Te sugiero también que entres en el blog de Manolo Rodríguez: ANTONIO MOHEDANO DE LA GUTIERRA. (1563?-1626) | ANTEQUERA,PINCELADAS de MANOLO RODRÍGUEZ para este y otros muchos temas interresantes de la Historia y el Arte en Antequera.

Antonio Mohedano de la Gutierra ( 1563 ?– 1626) es uno de los grandes referentes de la pintura manierista y del primer barroco andaluz. Vivió y trabajó activamente en Antequera durante una etapa decisiva de su madurez artística, dejando una huella patrimonial fundamental en la ciudad

Entender a Antonio Mohedano de la Gutierra —uno de los grandes nombres de la pintura andaluza de finales del XVI y comienzos del XVII— es también entender una parte esencial de la historia artística de Antequera. Vinculado estrechamente a la ciudad durante su madurez, Mohedano dejó aquí una huella extraordinaria y convirtió a Antequera en uno de los escenarios fundamentales para conocer su obra.

Y aquí aparece uno de esos datos que, para un foráneo como yo, resultan casi desconcertantes: Antequera conserva el mayor conjunto de obras conocidas de Antonio Mohedano. No estamos, por tanto, ante la historia de un pintor que pasó por la ciudad dejando alguna pieza aislada. Estamos ante un artista cuya presencia forma parte del ADN artístico de aquí.

Su obra puede seguirse en iglesias, en el museo y en distintos espacios patrimoniales de la ciudad. Y esa presencia permite comprender algo fundamental: Mohedano no pintó simplemente para Antequera; ayudó a construir una parte de la imagen artística de la ciudad.

Formado en la tradición manierista y profundamente interesado por la cultura artística italiana de su tiempo, desarrolló un lenguaje en el que el dibujo, el color, la composición y el tratamiento de la luz anuncian ya algunas de las grandes conquistas de la pintura barroca. Y fue, además, un extraordinario especialista en la pintura al fresco, una faceta especialmente relevante para entender su importancia y su influencia posterior.