«Hora de volver» | Rosa Arjona

Sé que me pasé. Mis formas y mi aire de superioridad fueron demasiado lejos; fue una manera de sobreactuar, quizás equivocada e innecesaria.

Mientras daba vueltas y vueltas a la cucharilla para mezclar la leche con el ColaCao, mi cabeza no paraba de dar vueltas a lo que había hecho, a la facilidad con la que caí en ello y a lo injustamente que había reaccionado. No podía olvidar la cara del pobre Julio, mirándome espantado cuando tiré el diario sobre su mesa y le exigí explicaciones sobre el artículo de una forma desproporcionada e inconveniente. Provoqué el asombro de toda la redacción. Todos me miraban estupefactos al ver que yo, la siempre tranquila, ecuánime y tolerante, había olvidado mis principios y mis modales, dejándome llevar por la envidia. Sí, en el fondo había sido eso: un ataque de envidia al ver cómo alguien con menos experiencia y mucho más joven que yo había logrado averiguar algo que yo ya daba casi por perdido.

Para calmarme, y sin pensarlo dos veces, cogí el bolso y salí a la calle sin rumbo fijo. Entré en esta cafetería igual que me podría haber ido a El Corte Inglés, al Retiro o a quién sabe dónde…

Ahora que lo pienso, no sé ni por qué pedí ColaCao; hacía años que no lo tomaba. Debe de haberlo decidido mi subconsciente, porque yo no he sido. Es curioso: su sabor me ha transportado a un tiempo lejano, ligado al pan con mantequilla, al olor de la colonia Nenuco y a la cartera llena de libros dispuesta para salir corriendo tras ese beso en la frente; el beso especial que solo las madres saben dar.

Se han despertado en mí los recuerdos de aquellos años y, de forma muy oportuna, ha venido a mi mente una teoría (no sé si es demasiado petulante llamarla así) que descubrí en aquel entonces: las palabras competir y compartir solo tienen tres letras diferentes y, sin embargo, ¡qué distintos son sus significados! Siempre fue la segunda mi preferida; pensaba que el mundo sería mejor si se compartiera más y se compitiera menos.

Me sentí zarandeara por el recuerdo. ¿Qué quedaba de aquella niña? Seguro que ella se habría comportado de una forma muy diferente. Me entristecí al ver cómo había cambiado mi escala de valores. Sentí que con los años había ganado muchas cosas, pero también había perdido otras tantas…

Pensé que era el momento de recuperarlas; debía arreglar el desaguisado cuanto antes. Un baño de humildad no me vendría mal. Tras pagar la cuenta, me dirigí a la redacción dispuesta a dármelo. Me costaría, lo sabía, pero era la única forma de recuperar algo de lo perdido.

Rosa Arjona

Rosa Arjona Nació en Priego de Córdoba. Vivió su niñez y juventud en Granada, donde cursó estudios de Peritaje Mercantil.
Desde 1969 vive en Antequera, donde primero ejerció como madre y ama de casa y más tarde en su Hospital, como auxiliar administrativo hasta su jubilación.
Ha colaborado con relatos, en tres libros publicados por el Taller de Escritura Creativa, al que pertenece.
Sus dos grandes hobbies son leer y escribir: «el primero por aprender y soñar y el segundo por el mero hecho de compartir ideas y vivencias».

Es una gran persona, según decimos mucha gente y una escritora «de pro», como podéis comprobar.