¡ Mira lo que has conseguido, ALF !

Foto de portada: así se iba hoy el sol justo antes de que empezara la segunda noche del Antequera Light Fest. Foto realizada con dispositivo móvil pachanguerillo antes de salir a ver los otros espectáculos urbanos de luz y sonido.

«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine

Acabo de llegar a casa. Son ya las dos y media de la madrugada de este 19 de julio de 2026. Vengo de ver los distintos espectáculos que en la ciudad han sucedido en esta edición aniversario del Antequera Light Fest, que nació para acentuar el recuerdo de la Declaración del Sitio de los Dólmenes de Antequera como Patrimonio de la Humanidad.

Y tengo que confesarlo, con la quietud que deja la noche desde el lugar donde miraba el Califa, vengo profundamente enamorado de esta ciudad, de su gente, de su estancia pacífica en la toma de unas calles cortadas al tráfico mecánico y totalmente entregadas al asombro, abiertas al paseo nocturno de un lado a otro y a la confidencia templada en las terrazas.

He caminado despacio, fundiéndome en una marea humana que dictaba sus propias leyes de civismo silencioso. No había alboroto, solo vida pacífica y bonita. Me he cruzado con unas veinte mil personas (llevo tres años en Antequera y conozco a mucha gente. Pues bien, hoy me he encontrado con diecinueve mil novecientas personas que no conocía. ¿De dónde han salido?).

A mi lado andaban algunos que, como yo, caminamos ya a paso de mayor, con la calma de quien sabe apreciar el valor del reencuentro. En las esquinas iluminadas, los pequeños jugaban y bailaban como saltimbanquis en la algarabía agradable de su propia alma de niño con el permiso especial de sus padres en la nocturnidad del verano, libres de los peligros del asfalto cotidiano.

Un poco más allá, resguardados por el reflejo de los mapping sobre el barroco de nuestras fachadas, mi mirada descubría a unos jovencitos juntando sus labios ¿quizás por primera vez?, al más puro estilo del Verano del 42; un beso tímido cobijado y tal vez también incitado por los efluvios hormonales lógicos adolescentes de esta noche de verano del siglo XXI.

Y entrelazados con todos nosotros, los grupos familiares, compartiendo los lazos sentimentales de sus distintas armonías y aflorando socialmente su intimidad.

Pensaba, mientras regresaba a la frescura de mi puerta, en cómo otros lugares han sabido construir sus propios hitos de verano. Pienso en la mística penumbra de la Fiesta de la Luna Mora en Guaro,… o en ese mar violeta y perfumado de la Fiesta de la Lavanda en Brihuega que detiene el tiempo en Guadalajara. O en tantos otros …
Son fogonazos de magia estival, desde luego. Pero tú, ALF, has logrado algo que trasciende lo meramente estético o monumental. Has conseguido poner insistencia nueva en la idea de que Antequera no solo es el corazón geográfico de Andalucía, que también es un foco cálido, humano y magnético en las noches de julio.
Has transformado la solemnidad milenaria de nuestros dólmenes y el peso heráldico de nuestras iglesias en una bellísima excusa para que las gentes se miren a los ojos bajo otra luz.

Y ¿sabes, ALF?. Yo pienso que al margen de los maravillosos espectáculos (unos más que otros, como es lógico, cada cual tiene sus gustos, a mí me gusta apreciar el trabajo y el arte que hay detrás de cada uno) que este y otros años nos regalas a nuestros sentidos, lo que más me gusta de que llegues, es el paisaje humano que logras que quede esculpido en cada rincón de esta ciudad paraíso.

Creo que, al margen de las asombrosas atracciones técnicas que los equipos de trabajo y el Ayuntamiento diseñan con un empeño impecable año tras año, el verdadero hilo conductor de satisfacción es ese latido ciudadano en el corazón de Andalucía. Ver a miles de personas deambular sin prisa, sentarse a charlar entre amigos y apurar la madrugada en una paz civil y civilizada que conmueve… eso no tiene precio. Provocar este oasis de concordia en los tiempos en los que a veces saltan chispas cuando cualquier idea de otro la sentimos como un atentado a la nuestra y nos contraría y nos crispa, es un milagro poético.

Antes de apagar mi flexo y dar por cerrado este día, quiero dejar constancia de un agradecimiento que brota de la más pura justicia social. Detrás del interruptor de la luz del ALF, hay un diseño urbano valiente en un entramado nada fácil para que suceda. Y yo lo admiro.

Y además cortar el tráfico, silenciar los motores y regalarle la ciudad al peatón es un acierto rotundo.

Por eso, desde estas páginas nocturnas de atqmagazine.es vaya un aplauso grande, absoluto e importante al Ayuntamiento y a cuantos han facilitado que estas noches, Antequera, además de brillar ante el mundo por su patrimonio, haya demostrado la forma más hermosa que existe de ser habitantes de esta vida: viviéndola en paz.

Gracias, de corazón. | ChLL

«Tiempo le pido al tiempo… y el tiempo tiempo me da» | Mercedes Lacour


Dentro de la Colegiata…


Me emocionó escuchar a nuestra Nazareth (orgullo antequerano) interpretar como despedida del documental el Himno a la Alegría compuesto sobre el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. (Felicidades, Nazareth).

Diez años después de su nacimiento, el Antequera Light Fest ha dejado de ser un acontecimiento para convertirse en un fenómeno cultural. Pocos eventos consiguen que una ciudad cambie, aunque sea durante unas noches, la forma de mirarse a sí misma. Ese es, probablemente, el mayor logro del ALF.

Los datos hablan por sí solos. Más de 40.000 personas recorrieron el centro histórico en la edición de 2025; un despliegue técnico de más de 200.000 lúmenes en proyecciones, 180.000 vatios de iluminación, 42.000 de sonido y más de 20.000 velas transformó plazas, calles y monumentos en un escenario inmersivo. Para celebrar este décimo aniversario, la organización ha ampliado el festival con cinco días de actividades, consolidándolo como uno de los grandes acontecimientos culturales del verano andaluz.

¡Mira que es bonita la cuesta de san Judas, entre naranjos y casas preciosas!. Ven a verla de día o de noche.

Pero las cifras, siendo importantes, no explican por sí solas el éxito. El verdadero patrimonio que ha construido el Antequera Light Fest es intangible. Ha conseguido reconciliar a los ciudadanos con su propio espacio urbano. Durante unos días, las calles dejan de ser lugares de paso para convertirse en espacios de encuentro; las fachadas históricas dejan de contemplarse como decorado cotidiano para recuperar la capacidad de asombro; y el patrimonio deja de ser un legado silencioso para dialogar con la tecnología, la música y el arte contemporáneo.

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El festival ha demostrado, además, que la cultura puede ser un motor económico sin renunciar a su vocación social. Hoteles, restaurantes, comercios y empresas vinculadas a la producción técnica encuentran en esas jornadas un impulso extraordinario, mientras cientos de profesionales (iluminadores, técnicos audiovisuales, diseñadores, montadores, personal de seguridad, comunicación o logística) participan en un proyecto que genera actividad y conocimiento especializado. La cultura, en este caso, no solo emociona, también crea empleo y riqueza.

Existe, sin embargo, un beneficio aún más profundo y difícil de cuantificar, el emocional. El ALF ha reforzado el orgullo de pertenencia de los antequeranos. Ha convertido el aniversario de la declaración del Sitio de los Dólmenes como Patrimonio Mundial en una celebración compartida, abierta a todas las generaciones. Niños, jóvenes y mayores viven el Patrimonio no como una lección de historia, sino como una experiencia propia, creando recuerdos comunes que pasan a formar parte de la memoria colectiva de la ciudad.

Quizá esa sea la verdadera medida del éxito de un festival. No el número de visitantes que atrae, sino la huella que deja cuando las luces se apagan. Diez años después, el Antequera Light Fest ha demostrado que iluminar una ciudad es mucho más que proyectar luz sobre sus monumentos. Es proyectar confianza sobre su futuro, autoestima sobre sus habitantes y una imagen contemporánea de una ciudad capaz de entablar relación con seis mil años de historia sin dejar de mirar hacia adelante.

Cuando muchas ciudades compiten por atraer visitantes, Antequera ha encontrado algo mucho más valioso: una referencia cultural propia que, verano tras verano, sigue creciendo sin perder su esencia.

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También ambientazo en el Paseo Real. Tributo a Héroes del Silencio.