Ya diviso la torre de la iglesia. Pronto llegaré a mi pueblo a pasar el fin de semana con mi madre. Pero, antes de entrar en su casa, daré una vuelta. Es mi ritual: ver cómo, poco a poco, van cambiando los lugares, aunque yo, al mirarlos, los vea todavía como eran antes.
Hay rincones que apenas han cambiado, como el parque de al lado de mi casa, donde pasé momentos jugando como solo se sabe jugar en un pueblo; el llano de la feria, donde montaban la caseta municipal y bailábamos desde la música más moderna hasta los pasodobles preferidos por los mayores; o el camino de las palmeras, que entonces era una senda de tierra con apenas diez o doce ejemplares que le daban nombre. Aún recuerdo mi primer beso, a escondidas, junto a la palmera más grande…
Vuelvo al presente. No sé si saldremos a caminar, depende de cómo se encuentre, pero seguro que se anima y cogerá ese bastón que la ayuda a sostener tantos años vividos.
—Mamá, ¿cómo te encuentras?
—Bien, hija… con los mismos males de siempre. Este dolor de piernas que no me deja y el de la espalda, que cada vez es más fuerte… Pero bueno, son los años. Aquí sigo, esperando mi hora.
—Mamá, no digas eso… ¿Cómo se te ocurre?
Sus manos descansan sobre el regazo y sus dedos se mueven despacio, como si realizaran alguna labor invisible. En un momento noto que su mirada cambia. No es tristeza, es otra cosa: como si una niebla suave se posara sobre su memoria. Entonces, la conversación vuelve a empezar.
—¿Y los niños? ¿Ya salieron del colegio?
Esos hijos por los que pregunta ya son hombres, pero en su cabeza siguen corriendo con mochilas pequeñas y comiendo sus magdalenas. Además, me confunde con mi hermana; yo tengo dos hijas. Me habla de su infancia, de los juegos con sus hermanos y vecinos, y de mi abuelo.
—Mi padre era un hombre cabal, prudente y justo. ¿Te acuerdas de Pepito? Pero ¡qué tonta!, si te casaste con él… ¡Ay!, esta cabeza mía me traiciona. Pues su abuelo se pasó escondido desde el año cuarenta hasta que murió Franco. En la cocina tenían un chinero muy alto y, tras las puertas de abajo, se accedía a un cuartucho. Allí vivía el pobre. Mi padre lo sabía. Cuando el hombre desapareció, llevaron a tu abuelo al cuartelillo, pero él dijo que solo sabía lo que le había dicho su mujer: que se despidió y se marchó. »Muchas noches mi padre le decía a mi madre: “Que salgo”, y esa era la contraseña. Se iba a charlar o a jugar a las cartas, al dominó o al ajedrez con él, con don José, que había sido el maestro del pueblo. Le llevaba ropa suya, libros, periódicos… Una vez que don José enfermó, mi padre fue al médico y le explicó los síntomas. Aunque el doctor veía a mi padre sano, no pidió explicaciones; solo insistió en que fuera a verlo si no mejoraba tras el tratamiento. El doctor también lo sabía porque, en más de una ocasión y a altas horas de la noche, fue a visitarlo al escondite gracias a mi padre. Cuando por fin pudo salir, la primera visita que hizo don José fue a su amigo. Le dio un abrazo enorme y le dio las gracias por todas las horas que había pasado con él.
—Qué interesante, mamá, y qué buen vecino fue el abuelo.
Otra vez me ha vuelto a confundir; yo soy viuda y mi marido no era de aquí. Me cuenta la historia como si hubiese ocurrido ayer y, sin embargo, olvida lo que ha pasado hace un rato. Creo que, en su memoria, todo transcurre al mismo tiempo: la niña, la madre y la abuela. Con mucho cuidado, se levanta del sillón. Camina despacio. Cuando llega a la cocina, me grita:
—¿Quieres un cafelito?
—No, mejor un té. Pero no te preocupes, voy yo.
—No, ya te lo llevo.
Regresa con la taza humeante entre las manos. Me fijo en ellas, en esas pequeñas manchas que parecen mapas del tiempo. Tomo el té despacio. Apenas coloco la taza sobre la mesa, me mira y me pregunta:
—¿Quieres un cafelito?
La miro y sonrío. Siempre la he conocido en el papel de madre estricta, cariñosa y agradecida, la que rezaba por todos nosotros. La vejez le ha llegado despacito. Y vuelve a hablarme de su infancia:
—Mi padre era un hombre cabal, prudente y justo…
Mientras me vuelve a contar la misma historia, pienso en la suerte que tengo de ser tu hija, por haberme querido y cuidado tanto. Te estás marchando poco a poco, pero cada vez que venga al pueblo y pasee por sus calles, resonará en mis oídos la historia de don José. Por eso no me importa que me la cuentes otra vez. Te escucho.
Manme Morillo Fillol

María del Carmen Morillo Fillol, nació en Campillos. Desde hace 41 años vive en Antequera. Estudió en el instituto de su pueblo y en la Escuela Universitaria María Inmaculada de esta ciudad. Está casada y tiene dos hijas y dos nietas maravillosas (las cuatro).
Maestra jubilada.
Desde pequeña, su madre, le inculcó el gusto por la lectura y la escritura. Pertenece al club de lectura de la biblioteca de San Zoilo y al Taller Antequerano de Escritura Creativa. Ha publicado en Las 4 esquinas, en atqmagazine y participado en 2 libros de relatos del Taller. Coautora del libro Desde una mirada, ver para crear
Es voluntaria de la AECC.






