El teatro antequerano tiene en Fernando Pérez uno de sus grandes valores exportables | ¡Vaya actorazo!

«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine

En su gira con La Ratonera ha obtenido ya varios reconocimientos como mejor actor. En el XXII «Certamen de Teatro Amateur Isidro Carbonero», celebrado en Campillos, obtuvo el premio a mejor actor por su interpretación en La Ratonera. Y en el XXIV «Certamen de Teatro Amateur de Valdemorillo» fue nominado a mejor actor de reparto por el mismo montaje.

Pero hace un par de años yo mismo lo advertía. Después de su representación como protagonista de «Un marido de ida y vuelta» comenté: ¡Vaya actorazo!. ¡Cómo ha sacado partido al personaje de Pepe!. No sé quién podría hacerlo mejor. Ha superado al original «dibujado» en el libreto.

Hoy lo suscribo, con más fuerza. Y lo repito, porque hay elogios que no caducan, que crecen con el tiempo: ¡Vaya actorazo!. Lo verdaderamente impresionante no es solo cómo actúa, sino cómo consigue que cada personaje parezca hecho para él. Que el humor resulte espontáneo, que el drama cale hondo y que en cada función tenga vida propia.

No es fruto de la casualidad, detrás hay oficio, entrega
y un talento que merece ser contado.
Si por mí fuera, yo le daría un MAX de Teatro.

Desde entonces, he tenido la oportunidad de disfrutar de sus diferentes registros interpretativos, de verlo actuar en directo y en grabaciones en videos de atrás con papeles de mayor intensidad dramática y comprobar cómo adapta su talento a cada personaje, a cada instante y a cada emoción. Tiene esa capacidad, casi artesanal, de ajustar el gesto, la voz y la intención hasta convertir cada interpretación en una auténtica pieza de orfebrería teatral. Un trabajo de guante blanco, preciso, natural y lleno de personalidad propia en cada papel.

Y qué decir de sus presentaciones ya clásicas de Carnaval, en esa pareja artística perpetua y única con Manolo Rodríguez que parece hecha para entenderse sin necesidad de palabras, donde el humor alcanza una altura extraordinaria y la complicidad se convierte en arte. Porque hacer reír de esa forma tan bien puesta, también exige talento, inteligencia, ritmo y una sensibilidad especial para conectar con el público.


A todo ello se suma, desde hace un año, el recorrido de La ratonera por diferentes ciudades, cosechando reconocimientos en grupo e individualmente y despertando admiración allá donde va. Una trayectoria que habla por sí sola y que confirma lo que algunos ya veíamos, que estamos ante un actor capaz de sorprender, emocionar y conquistar al público desde registros muy distintos.


Es curioso Fernando se subió al escenario por amor y se quedó por felicidad. Hoy por hoy ha descubierto casi sin proponérselo, que su verdadero papel consiste en hacer felices a los demás.

Fernando no soñaba con ser actor. Ni siquiera había sentido de joven esa llamada misteriosa que algunos atribuyen a quienes pisan un escenario por primera vez. No había pasado la adolescencia imaginándose bajo los focos, ni parece que llevara escondido un intérprete a la espera de que alguien lo descubriera. Su historia teatral comenzó de una manera bastante más doméstica, más entrañable y, si se me permiten la licencia, mucho más romántica.

Empezó acompañando a su mujer, la gran actriz Carmen Ramos. Ella sí tenía esa inquietud. Cuando sus hijos eran pequeños, ella decía que, en cuanto crecieran y dispusiera de más tiempo, se apuntaría al grupo de teatro. Y cumplió su palabra. Se incorporó al grupo, faltaban hombres y alguien propuso que Fernando se animara, y se animó. De la noche a la mañana termina aprendiendo a decir un texto delante de desconocidos y, cuando quiere darse cuenta, está esperando entre bambalinas a que se levante el telón…
Lo que viene después ya no lo arregla ni el sentido común. Se llama llevar dentro el gusanillo del arte escénico, que le picó por contagio y no hay vacuna cuando se te mete tan dentro.

Fernando no podía saber entonces, según me cuenta, que aquel gesto de complicidad conyugal acabaría abriéndole la puerta a una nueva manera de entenderse a sí mismo. Ni que, detrás de aquella primera invitación, encontraría personajes, compañeros, escenarios, nervios, aplausos y esa maravillosa felicidad que consiste en pasarlo mal antes de una función, preguntándose qué demonios hace uno allí cuando se acerca el momento de salir y, cuando apenas cae el telón, desear que todo vuelva a empezar.


La vida, que tiene un sentido del humor bastante superior al nuestro, le había reservado un papel que él no había solicitado. Y Fernando, que no parece precisamente un hombre dispuesto a hacerle ascos a una buena experiencia, terminó aceptándolo.

…En esa vida, existe algo especialmente bonito (esto me lo ha contado mi carnet de identidad que lo ha visto en mucha gente en distintas facetas) en quienes descubren una pasión cuando ya han dejado de buscarla. No tienen que demostrar que han nacido para ella ni justificar una vieja obsesión. Simplemente, un día prueban, se sorprenden, aprenden y descubren que hay lugares en los que uno encaja sin haber imaginado siquiera que existían.

Su trayectoria en la Asociación Cultural Antequera Teatro, su participación en montajes de géneros y estilos diferentes y los reconocimientos obtenidos por su trabajo en La Ratonera, de Agatha Christie, permiten hablar de un intérprete con recursos, capacidad de adaptación y una perseverancia que él mismo reconoce como uno de sus rasgos personales.

Me dice Fernando que disfruta especialmente cuando consigue transmitir alegría. Lo dice sin solemnidad, con una sinceridad que merece conservarse intacta: escuchar reír al público es una sensación maravillosa. Y añade algo que dice que cualquier actor de comedia comprenderá perfectamente: cuando el público se ríe, uno se viene arriba.

He ahí una confesión que vale más que muchos discursos sobre la interpretación. La risa tiene una peculiaridad, no admite imposturas durante demasiado tiempo. El público puede permanecer educadamente atento, puede aplaudir por cortesía, pero una carcajada verdadera tiene algo de veredicto espontáneo. Surge cuando el ritmo funciona, cuando la situación convence, cuando el gesto llega en el instante adecuado y el actor consigue que, por unos segundos, la sala entera «baile» al mismo compás.

Hacer reír es una responsabilidad artística. Requiere inteligencia, oído, precisión y una comprensión muy fina de los mecanismos humanos. Para que una situación resulte cómica, alguien tiene que haber observado antes cómo somos, qué nos contradice, qué nos avergüenza y qué pequeñas miserias compartimos sin admitirlo demasiado. El buen intérprete cómico no se limita a provocar una risa. Nos permite reconocernos en ella.


Por eso resulta tan revelador que Fernando elija La ternura, de Alfredo Sanzol, como la obra que se llevaría a una isla desierta. Le interesa una comedia inteligente, divertida, llena de ingenio y capaz de hablar de algo tan profundo como el amor y las relaciones humanas. No concibe la risa como lo contrario de la reflexión, sino como una de sus mejores puertas de entrada.

Y eso dice bastante de su manera de mirar el teatro. La comedia puede ser ligera sin ser superficial; puede entretener y, al mismo tiempo, dejar una pregunta rondando en la cabeza del espectador. A veces, una carcajada abre una puerta que un sermón habría encontrado cerrada.

Fernando también tiene claro que el teatro debería ocupar un lugar más importante en la educación. Si existe una asignatura de Música, se pregunta, ¿por qué no una de Teatro? Su argumento no se limita a formar futuros actores. Habla de ayudar a los niños a ganar seguridad, a expresarse y a enfrentarse a las ocasiones en que la vida les exija hablar delante de otras personas.

Es una reflexión que merece atención. El teatro enseña a escuchar, a trabajar en equipo, a aceptar las indicaciones de otros y a ponerse en el lugar de alguien distinto. Enseña que equivocarse forma parte del aprendizaje y que la confianza no siempre aparece antes de hacer algo: a menudo llega después de haber tenido el valor de intentarlo.

Fernando lo sabe por experiencia propia. Y quizá por eso defiende esa posibilidad con la convicción de quien ha recibido algo bueno y desearía que otros también pudieran recibirlo.

Si uno quiere conocer a Fernando Pérez, no debería quedarse únicamente en el actor. Hay que mirar también al hombre que vuelve a casa después de una función, al marido que comparte con Carmen una canción que es de ambos, al padre que recuerda el nacimiento de sus hijos y al abuelo que habla de la llegada de sus nietos como de algunos de los momentos que le han cambiado la vida.

Su canción imprescindible es La cosa más bella, de Eros Ramazzotti. No la elige por su popularidad ni por una preferencia musical que pudiera defender en una conversación entre entendidos. La elige porque es su canción y la de Carmen, porque la han cantado juntos muchas veces y porque está ligada a una historia compartida. Hay respuestas que no necesitan comentario. Basta con escucharlas.

Fernando habla de la felicidad cotidiana como quien reconoce un privilegio que no necesita adornos, simplemente compartir la vida con Carmen, disfrutar de su familia y encontrar motivos para reírse juntos.

Sus grandes referentes personales son sus padres. De su padre recuerda la capacidad de trabajo y sacrificio; de su madre, la alegría. Dos herencias que, juntas, parecen ofrecer una pequeña explicación de su carácter: el esfuerzo para sostener las cosas y la alegría para que merezca la pena sostenerlas.

También hay en sus recuerdos un lugar que merece una pausa: un rincón del campo familiar al que su padre llamaba cariñosamente «el salón de verano». Allí encuentra una paz especial, unida a la memoria y a los afectos.
Me hace imaginar ese lugar no solo como un paisaje extraordinario, tmbién como esos rincones que solo adquieren su verdadero valor cuando conocemos las historias que guardan.
Me hace pensar y me corrobora que no todo paraíso necesita una postal. Algunos están hechos de recuerdos.

Fernando parece tener bastante claro dónde se encuentran los suyos. No habla de fama, de grandes escenarios ni de una carrera que deba conducirlo a alguna parte. Su sueño para los próximos años es seguir disfrutando de Carmen, de sus hijos y nietos, de los amigos y, por supuesto, del teatro. Y que la salud les permita hacerlo durante muchos años.

Algunos pensarán que es una ambición modesta. Será así solo para quienes todavía no hayan comprendido la dificultad de conseguirla. Llegar a cierta edad y desear seguir compartiendo la vida con las personas que uno quiere, conservar la salud y continuar haciendo algo que le entusiasma… ¿De verdad hay un papel más importante que ese?

Fernando reconoce que a veces le da demasiadas vueltas a las cosas. Si se despierta de madrugada, todavía más. La confesión tiene su gracia porque cualquiera que haya pasado una noche negociando consigo mismo sabe que el cerebro, a esas horas, puede convertirse en un departamento de asuntos pendientes sin horario de cierre.

También admite que aprender inglés sigue siendo una asignatura pendiente que lleva demasiado tiempo dejando para septiembre. Y cuando le pregunto qué piensa antes de salir a escena, responde con una frase que resume mejor que cualquier tratado la mezcla de nervios, humor y humanidad que acompaña a tantos intérpretes: «Fernando, ¿qué haces tú aquí? ¡Con lo tranquilo que podrías estar en tu casa!».

A pesar de mis alabanzas, él no se presenta como un héroe de la interpretación. No construye una imagen de seguridad permanente ni presume de haber nacido para las tablas. Se permite dudar, reconoce sus defectos y conserva la capacidad de encontrar humor en sus propias contradicciones.

Esa naturalidad lo hace cercano. Y también nos recuerda que detrás de cada personaje hay alguien que ha tenido que aprenderse el texto, superar sus inseguridades y confiar en que, una vez encendida la luz, todo ese trabajo encontrará su sentido. Hay una honestidad especial en quienes no necesitan exagerar sus méritos para hablar de lo que aman.

Cuando le pregunto por la virtud que más valora, Fernando responde sin rodeos: la honestidad. Le gusta la gente que va de frente y en la que se puede confiar. No es una respuesta espectacular. No tiene el brillo de una frase concebida para circular por las redes ni la solemnidad de una máxima escrita en mármol. Pero precisamente por eso resulta significativa. Habla de una manera de relacionarse con los demás que no necesita grandes explicaciones.



También reconoce una lección que le ha costado aprender: no todo depende de uno, no podemos controlarlo todo y hay situaciones que debemos aceptar. En esta respuesta hay algo más que sentido común. Hay una forma de madurez que consiste en comprender que la vida no siempre se ajusta a nuestros planes y que la perseverancia, esa palabra con la que se define, no significa empeñarse en controlar lo incontrolable. Significa seguir adelante sin dejar de distinguir aquello que depende de nosotros de aquello que debemos aprender a soltar.

Quizá el teatro le haya ayudado también a comprenderlo. Un actor ensaya, estudia, prepara cada detalle y, sin embargo, cuando llega el momento de la función, tiene que escuchar al compañero, adaptarse al ritmo de la escena y aceptar que el público no siempre responde como esperaba. El trabajo es suyo; la experiencia, en cambio, pertenece a todos los que la comparten.

Algo parecido sucede en la vida. Uno puede poner lo mejor de sí mismo, pero nunca controlar del todo el resultado. A veces hay que perseverar. Otras, aceptar. Y casi siempre conviene conservar el sentido del humor. Fernando parece haber encontrado una combinación razonable de esas tres cosas. Por eso… también lo admiro.



Hay una última respuesta que, para mí, termina de dibujar al hombre que hay detrás del actor. Cuando le pregunto qué siente al caer el telón, me habla de una felicidad enorme, de gratitud y de unas ganas tremendas de repetir. Lo dice después de haber reconocido los nervios previos, esos que le hacen preguntarse qué está haciendo allí en lugar de quedarse tranquilamente en casa.

Esa es, quizá, la pequeña maravilla del teatro, que el miedo y la felicidad pueden vivir en la misma función. Que uno puede dudar antes de salir y agradecer después haberlo hecho. Que algo que exige tanto esfuerzo termine dejando ganas de volver.

Pero hay una respuesta más. La última. La que Fernando elige para que lo recordemos. No recurre a un autor célebre, a una sentencia filosófica ni a una frase diseñada para resumir una trayectoria artística. Toma prestadas las palabras de Pepe Amalio, un sacerdote fallecido recientemente, cuya frase le llegó al corazón y que él suele utilizar al terminar algunos de sus pequeños discursos familiares. Es esta: «Sed felices haciendo felices a los demás».

Me encanta. Porque, al final, si uno tiene que elegir qué dejar detrás, qué frase merece sobrevivir a los aplausos y qué papel vale realmente la pena interpretar, Fernando Pérez ya nos ha dado la respuesta. Ser felices haciendo felices a los demás. Lo demás, querido lector, querida lectora, es teatro. Y del bueno.
Mira este vídeo corto… ¿se puede ser mejor actor?
(Junto al gran Paula Ramírez en el Tenorio de hace un par de años)

En primera persona | Fernando Pérez: el hombre detrás del personaje
Una conversación sobre el teatro, el miedo, el amor, la familia y esa felicidad que empieza cuando dejamos de peguntarnos si estamos preparados y nos atrevemos, sencillamente, a salir a escena.

Charles, tú tienes enchufe con el director Jordi: ha parado el ensayo de La Ratonera para que yo te conteste a estas preguntas.
¡No me lo puedo creer!

Fernando, ¿qué has encontrado en el teatro que no habías encontrado en ninguna otra faceta de tu vida? ¿En qué momento comprendiste que subirte a un escenario era algo más que aprenderte un texto y representar un personaje?
Pues lo curioso es que yo nunca había pensado en hacer teatro. Ni de joven había tenido esa inquietud.
Carmen, mi mujer, sí. A ella siempre le había gustado muchísimo y, cuando nuestros hijos eran pequeños, ya decía medio en broma, medio en serio, que cuando crecieran y tuviera más tiempo se apuntaría a un grupo de teatro. Y cumplió su palabra. Empezó a hacer teatro y, como en el grupo faltaban hombres, me propusieron que me incorporara. Yo acepté fundamentalmente por acompañarla, sin imaginarme dónde me estaba metiendo. Pero poco a poco descubrí algo que no esperaba. El teatro tiene una magia especial: te permite vivir otras vidas, sentir emociones que quizá nunca habrías experimentado y compartir todo eso con tus compañeros y con el público. Creo que comprendí que era algo más que aprender un texto cuando empecé a sentir de verdad lo que estaba ocurriendo sobre el escenario. Cuando dejas de estar pendiente únicamente de tus frases y comienzas a escuchar, a reaccionar y a disfrutar de lo que está sucediendo. Y lo mejor es que todavía sigo descubriendo cosas nuevas. Al final, Carmen cumplió su sueño y, sin proponérselo, me regaló uno a mí.

En La ratonera, de Agatha Christie, interpretas a Christopher Wren, un personaje que exige trabajar con los matices y las apariencias. ¿Cómo consigues entrar en una personalidad distinta de la tuya y encontrar su verdad sin caer en la caricatura?
En el caso de Christopher Wren, gran parte del mérito se lo debo a Jordi Aguilera, nuestro director.
Desde el principio, Jordi tenía muy clara la línea que debía seguir el personaje. Durante los ensayos me fue orientando, corrigiendo y ayudando a encontrar esos matices que hacen que Christopher sea tan particular.
Al principio te acercas al personaje desde fuera, intentando comprender cómo habla, cómo se mueve y por qué reacciona de una determinada manera. Pero, a medida que avanzan los ensayos, ocurre algo muy bonito: el personaje te va calando.
Christopher tiene muchísimas posibilidades expresivas. Es excéntrico, imprevisible y, en ocasiones, desconcertante. Pero no se trata de exagerarlo para provocar una risa fácil. Hay que conseguir que todo lo que hace tenga sentido para él, aunque al espectador le resulte extraño.
Con el tiempo llegué a sentirme muy cómodo interpretándolo. Y eso que no se parece demasiado a mí.
Quizá ahí esté una de las cosas más bonitas del teatro: terminar sintiéndote cómodo siendo alguien que no se parece en nada a ti.

Una de las cualidades más interesantes de un actor es su capacidad para cambiar de registro sin perder autenticidad. ¿Qué te resulta más difícil: hacer reír, emocionar, inquietar o mantener al público pendiente de un silencio?
A mí me encanta hacer reír. Cuando consigues arrancar las primeras carcajadas, notas que el público se relaja, se entrega y empieza a acompañarte. Y eso, para el actor, es una maravilla.
Emocionar también es muy especial. He tenido la suerte de participar en obras como Anillos para una dama, de Antonio Gala, donde Carmen realiza una interpretación extraordinaria, o La dama del alba, de Alejandro Casona, que tiene escenas de una enorme sensibilidad. Inquietar es diferente. A veces basta una mirada, una pausa o algo que no se dice para conseguir que el público se pregunte qué está ocurriendo. Pero, si tengo que elegir lo más difícil, probablemente me quedaría con el silencio. Un silencio bien trabajado puede decir muchísimo. El problema es que, sobre el escenario, hay dos clases de silencios: el que está previsto y el que aparece porque a alguien se le ha olvidado el texto. ¡Y te aseguro que el segundo también transmite muchísimo, sobre todo a los compañeros! Los buenos silencios hablan. Los otros, a veces, te ponen el corazón a doscientos.

Qué diferencia a un actor que interpreta correctamente de otro que consigue dar un brillo especial a una escena? ¿Cómo se aprende cuándo destacar y cuándo dejar espacio a los demás?
En un curso de teatro que hicimos hace unos años, un profesor nos dijo algo que se me quedó grabado: «Un actor tiene que hacer brillar a su compañero. Porque si consigues que tu compañero brille, tú brillas con él».
Me pareció una enseñanza extraordinaria y he procurado aplicarla desde entonces.
El teatro es un trabajo de equipo. No consiste en estar pendiente únicamente de tu intervención, sino en escuchar al compañero, darle la réplica adecuada y ayudar a que la escena funcione.
A veces te corresponde llevar el peso de una escena y otras veces tu mejor aportación es estar ahí, sosteniendo al compañero para que sea él quien destaque.
Llevo unos diez años haciendo teatro y todavía estoy aprendiendo. Pero cada vez tengo más claro que una buena interpretación no se mide solo por lo que haces tú, sino también por lo que ayudas a conseguir a los demás.

¿Qué has aprendido de tus compañeros y de los directores con los que has trabajado? ¿Recuerdas alguna indicación o experiencia que cambiara tu manera de entender un personaje?
Prácticamente todo lo que sé de teatro lo he aprendido de los directores y de mis compañeros.
Jordi Aguilera es quien más me ha dirigido y de quien he recibido muchísimas enseñanzas. Tiene una capacidad especial para entender a los personajes y sacar de cada actor lo mejor que puede ofrecer.
También he trabajado con Marina Pérez, que además de dirigir es una magnífica actriz, y con Paula. Cada director tiene su manera de trabajar y de todos se aprende.
Pero también aprendo muchísimo observando a mis compañeros durante los ensayos. Me gusta fijarme en cómo resuelven una escena, cómo utilizan una pausa o cómo consiguen transmitir una emoción con algo aparentemente sencillo.
Admiro especialmente la versatilidad de Juande Moreno, capaz de moverse entre la comedia y el drama con una naturalidad extraordinaria. Y, por supuesto, a Carmen, que tiene un talento interpretativo innato. Empezamos prácticamente juntos en esto y sigo sorprendiéndome con su capacidad para dar vida a los personajes.Creo que una de las mejores actitudes que puedes tener en el teatro es la humildad de seguir aprendiendo. Y yo, después de estos diez años, sigo yendo a los ensayos con esa disposición.

El teatro aficionado exige compatibilizar ensayos, representaciones y responsabilidades personales. ¿Qué sacrificios no ve el público y qué te compensa de todo ese esfuerzo? ¿Hasta dónde te gustaría llegar como intérprete?
El teatro aficionado exige bastante más dedicación de la que puede parecer desde el patio de butacas.
Hay que compaginar ensayos, estudio del texto, representaciones y desplazamientos con el trabajo y las obligaciones familiares. Y no siempre es fácil encontrar tiempo para todo.
Pero hay una cosa que me ocurre prácticamente antes de cada función. Estoy entre bastidores, con los nervios a flor de piel, y me pregunto: «Fernando, ¿qué haces tú aquí? Con todo lo que tienes a tus espaldas, ¿qué necesidad tienes de meterte en estos berenjenales?».
Y, sin embargo, sales al escenario, empieza la función y todo cambia. Los nervios van desapareciendo, te metes en el personaje y disfrutas.
Cuando termina la representación, escuchas los aplausos y ves la satisfacción de tus compañeros, comprendes que todo el esfuerzo ha merecido la pena.
Además, tengo la enorme fortuna de compartir esta afición con Carmen. Un director nos dijo una vez que no éramos conscientes de la suerte que teníamos de poder vivir juntos esta experiencia, algo que muchos actores contemplaban con sana envidia. Y tenía toda la razón.
No tengo aspiraciones de dedicarme profesionalmente al teatro. Mi deseo es seguir aprendiendo, disfrutando y compartiendo buenos momentos.
Porque lo curioso es que, antes de salir, te preguntas qué necesidad tienes de estar allí y, cuando termina la función, ya estás deseando volver.

Si tuvieras que elegir una obra de teatro que te hubiera marcado, una película que te hubiera emocionado y un libro que te hubiera enseñado algo importante, ¿cuáles serían?
Elegir solamente una obra es complicado, porque todas dejan algo en ti.
La ratonera es muy especial por el grupo que hemos formado, por la madurez que hemos alcanzado trabajando juntos y por todo lo que estamos viviendo con ella.
También guardo un cariño enorme a Anillos para una dama, de Antonio Gala, una obra maravillosa en la que Carmen realiza, a mi juicio, una de las mejores interpretaciones de su trayectoria.
Pero, si tengo que elegir una que me marcara especialmente como actor, sería La dama del alba, de Alejandro Casona.
Hasta entonces habíamos trabajado fundamentalmente la comedia y afrontar un drama de aquella envergadura nos imponía bastante respeto. Gracias a la dirección de Jordi Aguilera conseguimos sacar adelante una representación preciosa. Aquella experiencia despertó en mí una forma nueva de sentir el teatro.
En cuanto al cine, una película que me emocionó profundamente fue La lista de Schindler. Recuerdo haberla visto solo y quedarme muy impresionado. Creo que películas así deberían mostrarse a las nuevas generaciones para que conozcan hasta dónde puede llegar la crueldad humana y comprendan la importancia de no repetir determinados errores de la historia.
Y, en cuanto a los libros, recuerdo especialmente Los renglones torcidos de Dios, de don Torcuato Luca de Tena. Fue uno de los primeros libros que leí y me hizo reflexionar sobre la complejidad de la mente humana, sobre cómo percibimos la realidad y sobre lo difícil que puede ser comprender lo que ocurre dentro de otra persona.

¿Quién te ha cuidado el espíritu a lo largo de tu vida? ¿Qué te ayuda a recuperar la serenidad cuando la vida se complica?
He tenido la fortuna de contar con personas que me han enseñado muchísimo.
Mi padre fue un hombre incansable, trabajador y perseverante, que sacó adelante a cinco hijos a base de esfuerzo y sacrificio. Mi madre, por su parte, tenía una alegría extraordinaria. De los dos recibí enseñanzas que sigo llevando conmigo.
También me ayuda mucho mi fe. Yo tengo mis conversaciones particulares con mi Dios. Le doy las gracias, le pido perdón cuando creo que me he equivocado y le pido ayuda, no solo para mí, sino también para las personas que quiero y para quienes la necesitan.
Creo que todos necesitamos ese espacio íntimo al que acudir cuando las cosas se complican, cada uno desde sus propias creencias.
Y, por supuesto, está Carmen.
Lo he dicho muchas veces y lo creo profundamente: sin Carmen yo no sería la misma persona.
Ella aporta equilibrio, alegría, cariño y, cuando hace falta, también ejerce de mi particular Pepito Grillo.
Hay una canción de Eros Ramazzotti, La cosa más bella, que hemos cantado juntos muchas veces. Y hay una frase que resume perfectamente lo que siento por ella: «Gracias por existir».

¿Qué has aprendido de la vida que no habrías podido aprender únicamente leyendo, estudiando o escuchando consejos? ¿Qué manera de mirar el mundo has tenido que revisar con los años?
Pues mira, he aprendido que hay cosas en la vida que, por mucho que te las expliquen, hasta que no las vives no llegas a comprenderlas de verdad. Por ejemplo, siempre te dicen que la vida pasa volando. Y tú lo escuchas, pero no eres realmente consciente hasta que empiezas a mirar hacia atrás y compruebas lo deprisa que han pasado los años.
Con los hijos ocurre algo parecido. Todo el mundo te habla de lo maravilloso que es tenerlos, pero hasta que no tienes uno en tus brazos no comprendes que, en ese instante, parece que el mundo se detiene.
Y con los nietos, ¡qué te voy a contar! Tenemos la fortuna de tener dos y, aunque todo el mundo te habla de lo especiales que son, hasta que no llegan no descubres esa felicidad tan particular que traen consigo.También he aprendido a relativizar los problemas. Somos especialistas en hacer una montaña de un simple puñado de arena. Y yo el primero.
Soy de los que se desvelan fácilmente por la noche. Más de una vez me he pasado horas en duermevela, dándole vueltas a una preocupación que, conforme avanza la madrugada, parece hacerse cada vez más grande.
Pero cuando finalmente te vence el sueño y despiertas por la mañana, empieza a entrar la luz del día y aquello que parecía tan negro ya no lo es tanto. El problema sigue ahí, pero lo ves con otros ojos.
Con los años he comprendido que no todo merece una batalla, que hay que disfrutar más de las pequeñas cosas y que muchas preocupaciones no merecen robarnos la felicidad.
Y, sobre todo, he aprendido que hay que dejar pasar los problemas nocturnos y esperar a que salga el sol. Porque, por muy oscura que sea la noche, el sol siempre termina saliendo.

Después de interpretar a tantos personajes y de recibir tantos reconocimientos por tu trabajo en La ratonera, ¿qué te gustaría explorar en el futuro?
Bueno, lo primero que me gustaría matizar es que los reconocimientos de La ratonera no han sido tantos a título personal. He tenido la enorme satisfacción de recibir un premio al mejor actor y una nominación, pero creo que sería injusto hablar de esos premios sin reconocer el trabajo de todo el grupo.
La ratonera ha sido una obra muy premiada en su conjunto. Carmen ha recibido tres reconocimientos por su interpretación, Guti también ha sido premiado como mejor actor por su papel de Trotter, Jordi Aguilera ha recibido un premio por su dirección y también se ha reconocido el magnífico trabajo de atrezo realizado por Siranush.
Y eso es precisamente lo que más me satisface: que los reconocimientos hayan estado tan repartidos, porque demuestra que detrás hay un equipo comprometido y un trabajo colectivo extraordinario.
Yo he aportado mi pequeño granito de arena, como cada uno de mis compañeros. Y si mi interpretación ha brillado en algún momento, ha sido también gracias a todos ellos.
En cuanto al futuro, no tengo ningún personaje soñado ni una lista de papeles que me gustaría interpretar. Prefiero dejarme llevar por las propuestas de los directores.
Creo que un buen director sabe ver qué puede aportar cada actor, dónde puede sentirse más cómodo, dónde puede destacar y también dónde puede ayudar a que destaque otro compañero. Y en este sentido, Jordi Aguilera es un auténtico maestro. Tiene una capacidad especial para descubrir lo mejor de cada uno y conseguir que todas esas interpretaciones encajen y funcionen como un conjunto.
A mí me gusta confiar en ese criterio y poner todo de mi parte para sacar adelante el personaje que me corresponda, sea grande o pequeño, cómico o dramático.
No aspiro a ser el protagonista de una obra. Aspiro a formar parte de una buena obra, disfrutar haciéndola y contribuir a que el público también disfrute.
Y si por el camino seguimos aprendiendo y compartiendo buenos momentos, pues muchísimo mejor.

Un grupo o cantante favorito.
Hay muchos que me gustan, pero si tengo que quedarme con uno, elegiría a Joaquín Sabina.

Un libro que regalarías.
¡Hay tantos! Pero recomendaría el último que he leído, La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza. Me lo habían recomendado y ha sido un gran descubrimiento.

Una película inolvidable.
La vida es bella, de Roberto Benigni. Una película maravillosa que consigue hacerte sonreír y emocionarte profundamente al mismo tiempo. Una historia sobre el amor de un padre por su hijo y su capacidad para protegerlo incluso en las circunstancias más terribles.

Una obra de teatro para la «isla desierta» de las minorías elegidas.
La ternura, de Alfredo Sanzol. Una comedia inteligente, divertida y llena de ingenio, que demuestra que se puede hacer reír al público y, al mismo tiempo, hablar de algo tan profundo como el amor y las relaciones humanas. Y, además, ¡buena parte de la obra transcurre precisamente en una isla!

Un actor o actriz de referencia.
Luis Tosar. Me parece un actor extraordinario, capaz de dar una enorme credibilidad a personajes muy diferentes.
(Eso te pasa a ti, eres creíble y auténtico también en el escenario)

Un personaje que sueñes interpretar.
No tengo ninguno en particular. Prefiero dejarme sorprender por los directores y por los personajes que me propongan.

Una palabra que te define.
Perseverante.

Un lugar donde encuentras paz.
Un rincón del campo familiar al que mi padre solía llamar cariñosamente «el salón de verano». Un lugar lleno de recuerdos donde encuentro una paz muy especial.

Un recuerdo que siempre te hace sonreír.
El nacimiento de mis hijos y, años después, la llegada de mis nietos. Son momentos que te cambian la vida.

Una persona que haya dejado una huella imborrable.
Mis padres. Mi padre, por su capacidad de trabajo y sacrificio; mi madre, por su alegría. Los dos me enseñaron muchísimo.

Una virtud que valoras especialmente.
La honestidad. Me gusta la gente que va de frente y en la que puedes confiar.

Un defecto que reconoces en ti.
Que a veces le doy demasiadas vueltas a las cosas. ¡Y si me despierto de madrugada, todavía más!

Un miedo que hayas superado.
Hablar en público. Gracias al teatro he aprendido a manejarlo con mucha más confianza.
Y precisamente por eso creo que, igual que existe la asignatura de Música, debería existir una de Teatro en los colegios. Ayudaría muchísimo a los niños a ganar seguridad en sí mismos y a prepararse para todas esas ocasiones en las que, a lo largo de la vida, tendrán que hablar, presentar o defender algo delante de otras personas.

Una alegría cotidiana.
Compartir la vida con Carmen, disfrutar de nuestra familia y encontrar motivos para reírnos juntos.

La lección de vida que más te ha costado aprender.
Que no todo depende de uno, que no podemos controlarlo todo y que hay situaciones que debemos aprender a aceptar.

Una asignatura pendiente.
Aprender inglés. ¡Una asignatura que llevo demasiado tiempo dejando para septiembre!

Una emoción que disfrutas transmitiendo al público.
La alegría. Escuchar reír al público es una sensación maravillosa. Y, además, cuando el público se ríe, ¡uno se viene arriba!

¿Qué piensas antes de salir a escena?
«Fernando, ¿qué haces tú aquí? ¡Con lo tranquilo que podrías estar en tu casa!».

¿Qué sientes cuando cae el telón?
Una felicidad enorme, mucha gratitud y, aunque parezca mentira después de los nervios que he pasado, unas ganas tremendas de repetir.

Un sueño para los próximos años.
Seguir disfrutando de la vida, de Carmen, de nuestros hijos y nietos, de los amigos y, por supuesto, del teatro. Y que la salud nos permita hacerlo durante muchos años.

Una frase con la que te gustaría ser recordado.
Voy a tomar prestada una frase de un buen sacerdote, Pepe Amalio, fallecido recientemente, y que Dios lo tenga en su gloria.
Era una frase suya que me llegó al corazón y con la que suelo terminar algunos de mis pequeños discursos familiares. Creo que expresa uno de los deseos más bonitos que podemos tener en la vida: «SER FELICES HACIENDO FELICES A LOS DEMÁS».