Susana García, el arte de acariciar la herida | 21 años en la trinchera de la salud mental

La reconocida como excelente psicóloga, Susana García sigue siendo optimista, aunque describe una radiografía implacable de la sociedad actual: el auge de las adicciones digitales, la sobreprotección infantil y juvenil y una alarmante incapacidad colectiva para tolerar la frustración.

Este año cumplirá 21 desde que inició su trabajo como terapeuta en la Asociación Resurgir. Proyecto Humano de Antequera que nació en 1992 como un faro de esperanza y un refugio seguro para quienes atraviesan el difícil camino de las adicciones o las conductas de riesgo. Allí se reconstruyen vidas y redes de apoyo, devolviendo la dignidad y el propósito tanto a los usuarios como a sus familias. Allí se teje una red invisible de prevención, intervención y reinserción que transforma el aislamiento en comunidad y el miedo en un nuevo mañana, demostrando que es posible volver a empezar y abrazar un estilo de vida saludable y pleno.

Suelo leer sus artículos de opinión en El Sol de Antequera. Algunos de ellos en la actualidad del día de su publicación y otros con carácter retroactivo, (cuando la vida me pasa la fecha mientras estoy en otras lides). Gracias a su columna de opinión recalé mi mirada en la Asociación Resurgir por cuya labor siento admiración y quiero pronto escribir sobre esa misión impagable que realizan mejorando la sociedad.

Hoy me quedo a las puertas de ello, pero con alguien que está muy dentro, trabajando junto a otros/as terapeutas, junto a otras personas dedicadas en otros cargos del organigrama de gestión y junto a los voluntarios que ayudan a hacer un puerto seguro para quienes necesitan otra oportunidad y poder renacer. Todos juntos son el alma que palpita para dotar de vida real a la palabra «resurgir».

He coincidido con ella en algunas charlas relacionadas con la Naturaleza, en las que me llamó la atención sus asistencia en familia, marido e hijos a los que trataban de contagiar ese amor por el medioambiente, ¡qué bonita forma de educar!.

Escuchar el dolor a diario, durante más de dos décadas, transforma inevitablemente la mirada. No es un trabajo que se deje en el perchero al cerrar la puerta del despacho; es una realidad que se infiltra en las costuras de la vida.

Susana García cumple 21 años de ejercicio profesional en una entidad dedicada a la intervención clínica y la prevención. Lo que empezó como la clásica incertidumbre de una joven licenciada se ha convertido hoy en una de las voces más lúcidas para entender no solo las patologías individuales, también las grietas de una sociedad que, en sus propias palabras, «está evolucionando de una forma preocupante y alarmante».
Pero… «aunque pesen las palabras y aparezcan las sombras, todavía puede hacerse mucho, si nos ponemos a ello con mirada social sincera y ganas comunes de arreglar esta sociedad, frente al sávese quien pueda».

A lo largo de nuestra entrevista en Buenos Aires (no pienses que he viajado hasta Argentina, hablo de la cafetería de la calle Lucena), Susana respondía a mis preguntas y con ello despojaba a la psicología de algunos mitos, analizó el impacto de la tecnología en la juventud y lanzó una advertencia incómoda: estamos perdiendo la capacidad de sufrir.

Para la sociología contemporánea, es un activo fundamental en el mapa del bienestar social de Andalucía; para los cientos de familias que han cruzado el umbral de su despacho, Susana es uno de los faros que permanece encendido cuando la tormenta de la dependencia lo apaga todo.
Para ella, el éxito no cabe en un gráfico de barras ni en un informe de gestión. El éxito es, en sus propias palabras, «una mirada limpia» y «una familia que vuelve a funcionar».

La trayectoria de Susana García es el resultado de un destino cruzado. Antes de enraizarse definitivamente en la psicología en la Universidad de Málaga (UMA), ejerció como periodista en la radio tras presentar un proyecto juvenil en el Ayuntamiento.

Esa pasión temprana por la comunicación, la lectura y la escritura no se ha evaporado; al contrario, se ha convertido en su principal herramienta clínica. Quienes leen sus frecuentes columnas en El Sol de Antequera o recuerdan sus colaboraciones en la radio local, saben que su voz posee una vibración distinta. Es la de una humanista que ha sabido hibridar la precisión de la psicología con la sensibilidad de la palabra escrita y radiada. La sensibilidad que derrama en sus columnas de opinión y la que en su día llevó a las ondas de la radio local, demuestran que la divulgación emocional es la mejor herramienta de prevención.
Si esta mujer hiciera podcast tendría millones de seguidores, escribe fenomenal y lo cuenta aún mejor.

«Con la palabra se puede hacer daño muy fácilmente, pero también es un medio para acariciar, para acercarte y tocar la herida, para encontrarte con el otro y ayudarlo», | Susana García Muñoz, Psicóloga

Ese respeto vocacional por el lenguaje fue lo que la sostuvo cuando, en su primer año, descubrió el vértigo de la praxis: «Recuerdo el nerviosismo, pero sobre todo el tomar muy en serio la gran responsabilidad que supone tener la vida de una persona entre tus manos».

A lo largo de 21 años, esa responsabilidad ha tomado la forma de secretos que nadie más conoce en el mundo. Para Susana, el momento en que un paciente decide revelar su lado más oscuro no genera alarma, sino un profundo respeto terapéutico: «Siento paz, siento esperanza y siento que se abre un camino de más luz. Me siento agradecida y afortunada de que se dejen acompañar».

Sin embargo, el viaje no es inocuo. El dolor deja huella. Al recordar sus inicios, reconoce haber vivido situaciones durísimas, lazos estrechos con familias enteras y procesos que, en los casos más trágicos, terminaron en el fallecimiento del usuario. «Esos casos los guardo con mucho respeto en mi corazón», me confiesa evidenciando que el terapeuta no es una máquina impermeable.

Pero entre el refugio y el desgaste entra en escena la paradoja de la empatía. Uno de los grandes debates de la psicología clínica es dónde situar el límite de la implicación. Para Susana, la respuesta es tajante, en la competencia profesional y la distancia terapéutica. El límite de la empatía es la preservación de la propia identidad y del rol profesional. En el momento en que te fundes con el paciente, la empatía desaparece y se convierte en interferencia.

¡Qué difícil equilibrio! ¿No?

Para que un proceso de cambio funcione, Susana defiende una fórmula invisible pero estricta. Me habla de algo primordial, una base indestructible de afecto, cercanía y cariño transmitido de forma constante. De una firmeza rotunda para confrontar al paciente con las verdades que no quiere escuchar, pero que necesita oír. Y que el usuario asuma su propia responsabilidad en el cambio.

Este nivel de exigencia clínica genera facturas emocionales que Susana reconoce sin rodeos: «No sería honesta si dijera que no he sentido nunca miedo en mi labor. He sido hiper responsable; miedo a equivocarme».

Escuchar el dolor ajeno a diario tiene un precio alto que Susana paga sin victimismo. Reconoce haber llorado por sus pacientes, haber sentido el peso asfixiante de la hiper responsabilidad y haber visto cómo el sufrimiento se colaba, a veces, en sus propias pesadillas. Frente a ese desgaste, su método es una danza perfecta entre la firmeza y la vulnerabilidad. «La firmeza es necesaria para el cambio», me explica, «pero solo es efectiva si antes se ha construido un puente inquebrantable de afecto, honestidad y confianza».

¿Dónde se coloca el dolor ajeno al terminar la jornada?
«Los primeros años lo llevaba peor. Ahora sé situarlo en un apartado de mi mente, a un lado, con calma». «Trato de mantener una distancia clínica sana, pero sin permitir jamás que me deje de importar el sufrimiento del otro».
Para vaciar esa mochila, me cuenta Susana que, recurre al sentido del humor, al deporte, al contacto con la naturaleza y a su pasión por coser, dibujar y leer sin mirar el reloj. Pero, sobre todo, al apoyo de su equipo de trabajo y de su familia. Su marido, a quien define como «refugio, protección y cómplice», y sus hijos son el ancla que le permite recordar quién es cuando se quita la bata de psicóloga: «Una mujer normal y corriente, sin artificios, que disfruta del presente cotidiano».

«Me define el disfrute pleno del presente. Me encanta salir al campo a respirar el aire de Antequera, practicar deporte para resetear el cuerpo, coser mis propias cosas o perderme en una tarde de lectura en absoluto silencio. Cuando estoy fuera del entorno clínico, me sigo reconociendo como esa persona altamente sensible; durante mucho tiempo pensé que la alta sensibilidad era una debilidad, pero la psicología me ha enseñado que es una virtud hermosa que me permite percibir y saborear la vida con una intensidad mayor».

Con toda honestidad, ¿has llorado alguna vez por un paciente?
Muchas veces. Me he emocionado tanto de alegría desbordante por un logro que parecía imposible, como de profunda tristeza ante una recaída dolorosa o una pérdida. He sentido en mí misma una impotencia enorme. Soy psicóloga, pero antes soy persona, y considero que es profundamente transformador mostrar esa emoción sana; eso le transmite una humanidad vital al paciente, le dice nuestra verdad, que su vida nos importa.

Es en el análisis de la realidad actual donde Susana García se vuelve más crítica y urgente en muchos aspectos, empezando por estos. Hablamos que estamos viviendo una «crisis emocional colectiva» empujados por una evolución social para la que no tenemos herramientas de gestión.

«La sociedad avanza a una velocidad vertiginosa a nivel tecnológico y material, pero somos analfabetos a la hora de gestionar los impactos emocionales de ese progreso. Hay una pérdida generalizada de la tolerancia a la frustración; parece que se ha instalado el mandato social de que no se puede sufrir bajo ningún concepto. Evitamos el malestar a toda costa, y esa incapacidad para transitar el dolor cotidiano, el aburrimiento o el duelo es el caldo de cultivo perfecto para las adicciones, tanto a sustancias como comportamentales». | Susana García Muñoz, psicóloga

Su diagnóstico apunta primero directamente a una preocupante banalización de la salud mental en el lenguaje cotidiano. La confusión de términos. Se ha normalizado el uso de palabras como «ansiedad» o «trauma» para referirse a cualquier contrariedad ordinaria. «Las normas, los límites o las frustraciones no generan un trauma por sí mismos. Un trauma es algo mucho más profundo y oscuro», me aclaró con contundencia.
La patologización del día a día. Existe una tendencia alarmante a diagnosticar en exceso desde edades tempranas en busca de «etiquetas» rápidas.
La vía rápida de la farmacia: «Estamos absolutamente sobremedicados porque no toleramos el malestar cotidiano». Susana aboga por recuperar vías de desahogo naturales y saludables, como el deporte, la meditación o la red de apoyo social, antes de recurrir a la química para anestesiar procesos normales de la existencia.

Esta evitación sistemática del dolor está, directamente vinculada con el auge de las adicciones. Al no enseñar ni enseñarnos a transitar el sufrimiento, la sociedad busca válvulas de escape rápidas, fáciles y destructivas.
Las cifras analíticas de salud mental evidencian una sociedad sobremedicada e intolerante a la frustración.

Le pregunté por adicciones actuales, por el auge de las pantallas, la sobreprotección y el vacío de muchos jóvenes, ya que lideran programas específicos de prevención y curación de estas causas.

Como profesional que participa activamente en programas de prevención juvenil, el escenario que describe Susana es desolador, pero tremendamente realista. «Estamos criando hijos sobreprotegidos y débiles», afirma con preocupación. La prisa, las jornadas laborales extenuantes de los padres y la búsqueda por ello de un descanso inmediato han llevado a una preocupante improvisación educativa. En lugar de gestionar el conflicto y acompañar el malestar de los hijos, con demasiada frecuencia se recurre al «chupete digital».

«Les damos teléfonos móviles y aparatos digitales desde muy niños, pero no les damos herramientas para tolerar la frustración, para saber decir que no, para aguantar la presión de grupo o para reafirmarse en su identidad…». |
Susana García Muñoz, psicóloga.

Hablamos de que el resultado de esta desconexión es una juventud hiperconectada digitalmente pero profundamente aislada en lo afectivo, lo que dispara los índices de acoso escolar, conductas autolesivas y suicidios.

Susana identifica algunas grandes zonas de sombra en la educación actual de los jóvenes, entre ellas La falta de una educación afectivo-sexual sana, por la que al abdicar las familias de este rol, los pequeños y adolescentes acceden a información distorsionada a través de las pantallas, con las graves consecuencias clínicas que se detectan luego en las consultas. Hoy en día, la atención de nuestros jóvenes está fragmentada por la inmediatez digital, lo que nos está llevando a ignorar una necesidad vital, el cultivo de su dimensión interior. Cuando hablamos de espiritualidad en la juventud, nos referimos a la urgencia de rescatar el autoconocimiento, la introspección y el anclaje en valores sólidos que llenen sus vacíos emocionales más allá del consumo instantáneo.

Me inquieta profundamente que les estemos entregando dispositivos móviles de última generación con acceso ilimitado al universo digital a edades tempranas, pero no les estemos dotando de las herramientas emocionales más básicas para decir «no», para forjar una identidad propia o para resistir la brutal presión del grupo. Nos enfrentamos a tasas de suicidio juvenil demoledoras, a fenómenos de bullying digital feroces y a una normalización de la falta de respeto en las aulas y las familias que da escalofríos.

Hemos externalizado la crianza en las pantallas y hemos vaciado de contenido la educación afectivo-sexual, sustituyéndola por el acceso precoz a la pornografía. Además, se ha abandonado por completo el cuidado del crecimiento en valores y del mundo interior, entendido en su sentido más amplio de trascendencia y propósito; y la introspección. Irónicamente, la tecnología nos ha vendido una falsa apariencia de «superconexión» mundial que, en la práctica, está aislando radicalmente a muchos jóvenes en sus habitaciones, dejándolos solos con sus miedos. .

A pesar de la dureza del panorama, tras 21 años de carrera, Susana García se encuentra en su mejor momento personal y profesional, para seguir aportando a la sociedad su conocimiento y su experiencia profesional y su buen hacer con herramientas de calma y paz. La psicología no la ha endurecido; la ha hecho más fuerte sin restarle un ápice de esa alta sensibilidad que muchas personas consideran su mayor virtud para percibir y conectar con el otro.

La historia te explica, pero no tiene por qué definirte; tu pasado debe ser fuente de crecimiento, no un lastre. |
Susana García Muñoz, psicóloga

Para ella, el éxito terapéutico no se mide en frías estadísticas institucionales, sino en el bienestar real del entorno familiar del paciente; en lograr «una mirada limpia, en llenar los vacíos y en conseguir que la luz brille en la oscuridad de quienes la sienten, cuando aprenden a mirar en esa dirección».

Si tuviera que resumir dos décadas de aprendizaje en la trinchera de la mente humana, Susana se queda con una certeza inamovible que le ha regalado su trabajo: que el ser humano, por muy profunda que sea la herida o por muy oscuro que sea el pozo en el que se encuentre, posee una capacidad asombrosa y bellísima para volver a empezar. Para, en el sentido más estricto de la palabra, resurgir.

La empatía es el fondo, pero la firmeza es necesaria para el cambio. Hay que hacer escuchar lo que el otro no quiere, pero necesita oír |
Susana García Muñoz, psicóloga

Una palabra que defina tu profesión.
Acompañar.

Una virtud imprescindible en un terapeuta.
La humildad.

Un mito sobre la psicología que te gustaría desmontar
Que los psicólogos no nos equivocamos, no sufrimos o que lo tenemos todo controlado.

Una emoción que veas demasiado en consulta.
El miedo.

Una emoción que eches en falta en la sociedad
La compasión y la paciencia.

Una certeza que te haya regalado tu trabajo
Que todo el mundo, si se le da la oportunidad y el espacio adecuado, puede volver a empezar.

Una duda que aún conserves
Hasta dónde llega verdaderamente nuestra capacidad de influir en el destino de alguien.

¿Salvar, acompañar o transformar?
Insisto, acompañar, siempre. Transformar es cosa de ellos.

¿Esperanza o disciplina?
Una mezcla de ambas, la esperanza marca el norte; la disciplina es la que te hace caminar hacia él.

¿La psicología te ha hecho más fuerte o más sensible?
Más fuerte. Sensible ya lo era de fábrica, pero ahora tengo más herramientas para decidir qué sí y qué no en mi vida.

¿Qué es más difícil, iniciar un proceso o sostenerlo?
Sostenerlo. Mantener la motivación cuando el camino se pone cuesta arriba es el verdadero arte de la terapia.

¿Qué pesa más, la historia de un paciente o su capacidad de cambio?
Su capacidad de cambio, su motivación y su capacidad para perdonarse a sí mismo. La historia te explica, pero no tiene por qué definirte.

¿Existe el riesgo de endurecerse con el tiempo?
Sí, existe y se ve mucho. El reto es encontrar una distancia que sea sana para ti sin que te deje de importar el dolor del otro.

¿La tecnología conecta o aísla?
Aísla. La superconexión digital nos ha terminado distanciando emocionalmente.

¿Qué te devuelve la alegría tras una semana difícil?
Lo cotidiano. Estar en casa con mis niños y mi marido, besarlos, charlar, pasear y disfrutar del presente sin tener que mirar el reloj.

Veintiún años en la Asociación Resurgir se dicen pronto, pero son más de dos décadas de historias humanas. ¿Qué queda hoy en ti de la Susana que subió aquella cuesta por primera vez?
Queda lo esencial: la ilusión intacta, las ganas diarias de seguir aprendiendo y, sobre todo, la humildad de saber que el logro terapéutico es siempre del paciente, nunca del profesional. Para llegar a donde estoy hoy, he tenido que hacer un ejercicio muy profundo de «desaprender» muchas estructuras mentales, estereotipos, prejuicios y creencias que todos llevamos dentro. Solo vaciándote de ti misma puedes lograr algo vital en esta profesión: escuchar al otro sin juzgarlo.

Veintiún años de fidelidad a unas siglas. ¿Qué significa para ti, a nivel estrictamente personal, la palabra «Resurgir»?

Para mí, Resurgir significa, por encima de todo, la constatación de que siempre existe otra oportunidad. Significa fuerza colectiva, esperanza, cambio real y luz en mitad del túnel. Es la oportunidad absoluta de recuperar las riendas de una vida que se creía perdida.

Hay muchos jóvenes que quieren estudiar Psicología, para poder ayudar a otros ¿Se puede enseñar a escuchar en una facultad de psicología o es un don del alma?
Se puede entrenar, por supuesto. Sin embargo, no te voy a mentir: creo que existe una parte de actitud innata, un talento relacional que viene de serie y que la formación académica se encarga de potenciar y refinar. En mi caso, desde muy joven sentía que tenía esa capacidad de sintonizar con el sufrimiento ajeno de forma natural, pero sin la técnica y la ciencia detrás, ese talento habría sido insuficiente.

Si pudieras condensar estas dos décadas de carrera en un solo logro del que te sientas plenamente orgullosa, ¿cuál sería?
No lo vas a encontrar en ninguna memoria de sostenibilidad ni en las estadísticas oficiales, Mi mayor logro es lo pequeño, lo invisible: que un usuario cruce el pasillo de Resurgir, me mire a los ojos y me diga con total honestidad que me quiere y que me siente cerca. Que confíen en mí cuando no confían ni en ellos mismos. Me siento profundamente orgullosa de haber sabido transmitir honestidad, compasión y humildad en cada intervención.

A nivel personal, mi mayor éxito es ver graduarse a las personas que completan el programa, fundirme en un abrazo sincero con una madre que recupera a su hijo y saber que mis propios hijos están creciendo viendo esos valores de solidaridad y entrega en casa. Ese es mi verdadero legado: que ellos lleguen a ser, por encima de todo, buenas personas, honestas y comprometidas con su entorno.

Para cerrar esta conversación, Susana, si la tecnología nos lo permitiese y pudieras sentarte a tomar un café con la Susana del año 2005, aquella joven psicóloga que subía por primera vez las escaleras de Resurgir llena de dudas, ¿qué le dirías al oído?
Le daría un abrazo muy fuerte, la miraría fijamente a los ojos y no le diría absolutamente nada negativo. No le advertiría de los dolores ni de los momentos de llanto, porque todos ellos han sido necesarios para moldear mi corazón. Simplemente le diría: «Venga, Susana, adelante. Confía en tu instinto y, sobre todo, disfruta al máximo de la experiencia».

Y sabes qué es lo más bonito… que todavía hoy, veintiún años después, cada mañana cuando me despierto y me encamino hacia la asociación, sigo repitiéndome mentalmente esa misma frase: «Venga, vamos a intentar hacerlo lo mejor posible hoy y a disfrutar de la experiencia». Me sigue emocionando un pequeño avance de un paciente, una llamada telefónica de agradecimiento o una buena noticia familiar exactamente igual que el primer día. Esa capacidad de asombro y de amor por el ser humano es mi mayor fortuna.

Gracias, Susana por tu dedicación a mejorar esta sociedad. Y por transmitirnos el optimismo de que aún podemos hacer muchas cosas buenas para ello.