«Un foráneo en el paraíso» | ChLL para atqmagazine
Mi crónica de hoy trata de … cómo Rosa Miranda alumbró una mañana preciosa en el MVCA al recibir el Premio «Venus de Anticaria’. Ella nos regaló su voz en cuatro temas que nos alegraron la vida.
La excepcional soprano recibió el pasado sábado 16 de mayo el Premio ‘Venus de Anticaria’ en una emotiva ceremonia celebrada en la Sala Roma del Museo de la Ciudad.
La revista cultural atqmagazine distinguió a la artista antequerana junto a la estatuilla de la Venus original del siglo II d.C., símbolo de belleza, sensibilidad, sabiduría, armonía y eternidad.
La mañana del sábado 16 de mayo quedará ya unida para siempre a una de esas emociones difíciles (al menos para mí) de explicar con palabras. La Sala Roma del Museo de la Ciudad de Antequera acogió el acto de entrega del Premio “Venus de Anticaria” a la soprano Rosa Miranda, en una ceremonia cargada de sensibilidad, simbolismo y admiración sincera hacia una artista cuya voz ha trascendido hace tiempo el territorio de la música para instalarse directamente en la memoria emocional de quienes la escuchamos.
El acto se celebró junto a la estatuilla original de la Venus de Anticaria en el MVCA, delicada pieza romana del siglo II d.C. encontrada en las excavaciones en la Villa Romana de la Estación por el equipo arqueológico municipal dirigido por Manuel Romero Pérez.
Y pocas veces un escenario puede resultar más apropiado. Porque si aquella Venus simbolizó hace diecinueve siglos la excelencia humana, nuestras actuales Venus representan hoy esa misma capacidad de conmover a la sociedad, en este caso desde el arte más puro.
Este momento pasa a formar parte con letras de emoción, en la memoria de mi alma, con agradecimiento, afecto y admiración hacia ella, al igual que las anteriores entregas de reconocimiento de este premio tan importante para nosotros.
Los Premios “Venus de Anticaria”, impulsados por atqmagazine, se han consolidado como uno de los reconocimientos culturales y humanos de notable interés en nuestra ciudad. Nacieron para homenajear trayectorias ejemplares desde la admiración y el agradecimiento colectivo, distinguiendo a personas cuya labor profesional deja también una huella humana y emocional imborrable. Mujeres comprometidas con causas humanitarias y de activismo social, investigadoras, arqueólogas, musicólogas, médicas, creadoras, diseñadoras, divulgadoras,… artistas y profesionales de distintas disciplinas han recibido ya esta Venus simbólica que reconoce no solo el talento, también la sensibilidad y el compromiso con la sociedad en distintos ámbitos, con distinto alcance y siempre auténticas.
Y precisamente talento y sensibilidad fueron las palabras que parecieron envolver toda la ceremonia dedicada a Rosa Miranda.
Durante la presentación del galardón, el director de la revista pronunció una intervención profundamente intimista con palabras que nacían más adentro de su garganta erosionada por la emoción. Recordó cómo la música ya era considerada sagrada en la antigua Roma y cómo, desde los orígenes de la humanidad, el ser humano ha cantado para celebrar la vida, aliviar el dolor y sentirse acompañado frente al misterio de existir.
“Hay voces que se convierten en hogar”, expresó durante una dedicatoria que buscaba convertir el acto en algo mucho más profundo que una entrega de premios.
Porque hablar de Rosa Miranda es hablar de una artista capaz de detener «el ruido del mundo» mientras ella canta. De una voz que acaricia el alma antes y después incluso de que llegue el aplauso. De una interpretación que no necesita artificios porque su don ya está tocado por los dioses.
La emoción fue creciendo en la Sala Roma conforme avanzaban las palabras dedicadas a la soprano antequerana. Se habló de su disciplina, de los años de estudio, de la técnica impecable que la ha llevado a actuar en importantes escenarios, pero sobre todo de esa esencia innata imposible de enseñar ni siquiera en los conservatorios: la capacidad de conmover.
“Tu voz no solo se escucha; permanece”, afirmó el director de atqmagazine, definiendo quizá en una sola frase el sentimiento compartido por quienes han tenido la fortuna de escucharla cantar.
Porque Rosa Miranda posee esa rara mezcla de delicadeza y fuerza que tienen los artistas verdaderamente auténticos. Su voz puede ser todo a la vez. Cristalina, sedosa, elegante, celestial, melódica, pura, envolvente, armónica, delicada, magnética, cálida, plateada, sublime, …y hasta embriagadora; pero también profunda y antigua como esa emoción eterna que siempre estuvo esperando dentro de nosotros. Como las mareas antiguas que parecen suaves desde lejos y esconden debajo toda la intensidad del océano.
Y tal vez por eso este reconocimiento parecía inevitable.

La ‘Venus de Anticaria’ entregada a Rosa Miranda no premia únicamente una brillante trayectoria en este caso artística. Reconoce también la humanidad de una mujer que ha hecho del arte un acto de entrega y de sensibilidad. Una artista que, allá donde canta, lleva consigo la esencia emocional de Antequera.
Tras recibir emocionada la estatuilla y agradecer profundamente el reconocimiento concedido por la revista y por su ciudad, (ella es toda simpatía), Rosa Miranda quiso corresponder de la forma más hermosa que sabe hacerlo: cantando.

Y entonces ocurrió algo difícil de olvidar.
Sin acompañamiento musical alguno, únicamente sostenida por el silencio reverencial de la Sala Roma, la soprano regaló a los asistentes cuatro interpretaciones, a capela, de una belleza sobrecogedora.
Cuatro momentos íntimos y puros en los que su voz volvió a llenar el espacio de emoción auténtica, sellando definitivamente la mañana como uno de esos actos que permanecen para siempre en la memoria colectiva.
No hacía falta nada más.
Ni escenografía. Ni artificio. Ni grandes recursos.
Solo su voz extraordinaria atravesando el aire antiguo del museo y llegando directamente al corazón de quienes estábamos allí.
Hubo instantes de absoluto silencio durante aquellas interpretaciones. Un silencio distinto. No el que nace de la ausencia de sonido, hablo de ese silencio envolvente que aparece cuando las emociones encuentran algo verdadero frente a ellas.
Fue como un encantamiento, como un hechizo de luna.
Rosa nos embrujó a quienes ya estábamos conquistados por el talento extraordinario de su voz. Lo hizo también con su cercanía, con la emoción sincera de sus palabras y con esa grandeza humana serena que poseen las personas verdaderamente excepcionales. Cada gesto suyo transmitía humildad, gratitud y sensibilidad, haciendo que el reconocimiento adquiriera una dimensión todavía más emotiva.
Hubo momentos en los que el tiempo pareció detenerse dentro del museo.
De hecho, un grupo de turistas que en ese instante visitaba casualmente la Sala Roma quedaron absolutamente sorprendidos al encontrarse, de manera completamente imprevista y sin preparación alguna, ante un espectáculo musical de una calidad artística extraordinaria. Muchos permanecieron inmóviles, contemplando la escena con asombro, conscientes de estar viviendo uno de esos instantes únicos que los viajes regalan muy pocas veces al descubrir, casi por azar, una vivencia tan auténtica e irrepetible.
La mezcla entre el entorno histórico, la presencia milenaria de la Venus de Anticaria y la voz desnuda de Rosa Miranda creó una atmósfera mágica que terminó de sellar la mañana como un acto memorable para quienes estábamos allí presentes.
La Venus romana permanecía allí, inmóvil pero cómplice y feliz de sus réplicas humanas, diecinueve siglos después, mientras otra Venus contemporánea recibía el abrazo simbólico de toda una ciudad orgullosa de ella. Una ciudad que la siente embajadora de su sensibilidad más profunda.




Todo fue íntimo. Cercano. Verdadero. Amigos y familiares, compartieron una mañana encantadora.







